Dic 21 2007
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Política

TIEMPO DE MATANZA, GANAS DE OLVIDO, INSURGENCIA DE LA MEMORIA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

LA PEOR MASACRE

Esos espectros de Santa María de Iquique no están, ni mucho menos, solos. Ni han sido olvidados. Todavía se les canta y venera.

Felipe Portales*

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La matanza de Santa María de Iquique –cuyo centenario se conmemora el próximo sábado 21 de diciembre– constituye muy probablemente la peor masacre de la historia de la humanidad en tiempo de paz. Esto, por el número de víctimas fatales (que las estimaciones más confiables sitúan en cerca de 2.000); por la brevedad del tiempo en que se efectuó (alrededor de tres minutos); y por la extrema barbarie y cobardía en ametrallar hombres, mujeres y niños pacíficos e inermes.

De este modo, el democrático Malaquías Concha –quien estuvo en Iquique muy poco después de la masacre– denunció en la Cámara de Diputados que
“Sobre diez mil obreros inermes se disparó con ametralladoras, no por el espacio de treinta segundos, como dice el parte (del general Roberto Silva Renard), sino que esta espantosa carnicería ¡duró por lo menos tres minutos! ¡Se formaron montañas de cadáveres que llegaban hasta el techo de la Escuela Santa María! ¡Horrorícese la Cámara!”.

Y señaló que los sucesos de Iquique “son un estigma de vergüenza y oprobio para nuestra patria; acontecimientos que pasarán a la historia, señor vice-presidente, en condiciones más ominosas que las legendarias matanzas que nos refiere la historia de los primeros cristianos, que el legendario incendio de Roma atribuido a Nerón, que la matanza de San Bartolomé atribuida a los católicos contra los protestantes…que las matanzas que hoy mismo se llevan a cabo, en Turquía, contra los cristianos, en Rusia, contra los judíos” (Boletín de Sesiones de la Cámara; 30-12-1907).

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Sin embargo, lejos de horrorizarse, la Cámara aprobó la barbarie, con sólo cuatro excepciones (además de Concha, el democrático Bonifacio Veas, el radical Daniel Espejo y el liberal Arturo Alessandri Palma). El liberal Luis Izquierdo llegó al extremo de admirar la frialdad y premeditación con que se efectuó; al decir que los oficiales que la habían ordenado “han cumplido su deber, el más amargo, el más cruel de los deberes que pueden corresponder a hombres de corazón y de honor. Y mientras no se nos pruebe –lo que no se nos probará– que ha habido de su parte imprudencia, impremeditación, arranques de cólera, algo que revele el abandono de la calma y de la serenidad, propias de la hora, debemos inclinarnos con respeto delante de ellos” (Boletín de la Cámara; 4-1-1908).

Más tarde, frente a las insistentes solicitudes de interpelación al ministro del Interior por parte de Alessandri, Concha y Veas; Izquierdo añadió la obscenidad, al plantear que “concluyamos una vez, con este asunto (de Iquique) que está demasiado fiambre” (Boletín; 6-2-1908).

A su vez, el ministro del Interior, el nacional Rafael Sotomayor, no solo justificó la matanza como “inevitable para cumplir el deber de mantener el orden y de dar garantías a las vidas y a las personas”, sino que además hizo un encendido elogio de sus autores:

“¿A qué conducen, pues, las expresiones ofensivas contra las autoridades que libertaron al pueblo de Iquique de los desmanes de turbas inconscientes contra la propiedad y la vida de los ciudadanos?…Ellos, impidiendo ese movimiento subversivo, han salvadp al país de una vergüenza y de futuras complicaciones internacionales…el instinto de conservación social (de los diputados críticos) debería inducirlos a elogiar y aplaudir su conducta, como un estímulo y un ejemplo digno de imitarse por parte de aquellos a quienes la sociedad ha confiado la defensa de su vida e intereses” (Boletín; 2-1-1908).

Por su parte El Mercurio señaló que “es muy sensible que haya sido preciso recurrir a la fuerza para evitar la perturbación del orden público y restablecer la normalidad, y mucho más todavía que el empleo de esa fuerza haya costado la vida a numerosos individuos…el Ejecutivo no ha podido hacer otra cosa, dentro de sus obligaciones más elementales, que dar instrucciones para que el orden público fuera mantenido a cualquiera costa, a fin de que las vidas y propiedades de los habitantes de Iquique, nacionales y extranjeros, estuvieran perfectamente garantidas. Esto es tan elemental que apenas se comprende que haya gentes que discutan el punto” (“El Mercurio”; 28-12-1907).

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Poco después, el mismo diario, frente a una amenaza de huelga general destinada –entre otras cosas– a “obtener del poder público la separación y castigo del general Silva Renard y del Intendente de Tarapacá (Carlos Eastman)” se preguntaba: “¿Cómo podría el Gobierno acceder a un castigo de funcionarios que han cumplido su deber?” (“El Mercurio”; 4-1-1908).

Al constatar esta mentalidad se hace plenamente comprensible la promoción y el apoyo de la derecha chilena a una dictadura que –en aras de la conservación de sus privilegios sociales– desarrolló una política sistemática de terrorismo de Estado que se tradujo en decenas de miles de desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y torturas.

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* Sociólogo.

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EL TIEMPO,
LOS ÁRBOLES DE LA VIDA

En el portal del cantautor José Cerpa (www.josecerpa.com) se lee una pregunta terrible: “Un niño juega en la escuela Santa María; si juega a buscar tesoros, ¿que encontraría?”.

Redacción

En el frontis de la escuela, el mismo lugar donde cayeron los trabajadores de la pampa, y en las misma calle por donde corrió su sangre derramada, hoy 100 años después, el pavimento se llena de colores, juegos y risas inocentes, tal vez en sus pequeñas conciencias no logran imaginar el horror que sintieron niños como, ellos que hace un siglo atrás acompañaron a sus padres y madres, después de cruzar el desierto calcinante y de no dormir en las frías noches sin luna.

Esos niños –de ayer y los del presente– comparten la misma inocencia, pero también comparten la esperanza de un futuro mas justo, sus padres, los de ayer y los de hoy, luchan por las mismas causas, y en contra de las mismas injusticias cometidas ayer y hoy.

Pocos, si alguno, recuerdan San Lorenzo. Cuesta llegar a San Lorenzo. Y por eso su nombre no figura en ningún programa conmemorativo “oficial”, ni menos en agendas de coordinadoras y referentes, de diversa y transitoria composición y origen, que han aflorado en el caluroso diciembre iquiqueño.

Fue en San Lorenzo donde el 10 de diciembre de 1907 se inicia el movimiento huelguístico –como lo reconocen los versos de la conocida Cantata– que concluyó trágicamente en la escuela San María de Iquique.

Lo mismo puede decirse del alto San Antonio, ex pueblo salitrero, lugar donde los obreros se juntaron para caminar a Iquique el 14 de diciembre de ese fatídico año para morir asesinados por miserables siete días después.

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La ausencia presidencial para el aniversario del siglo transcurrido desde la matanza no tiene excusa, pero ayuda a comprender algunas cosas, la política económica de la Concertación, por ejemplo; sus palmadas y abrazos y coqueteos con la otra derecha, la que manda; sus brindis con vino Merlot –buen vino, por cierto, pero al que un gourmet argentino (mera coincidencia, no sabe de política chilena) encuentra un poquito como travesti, sin ofender a los travestis–; sus “negocitos” de allá y acullá y ese inconfundible aroma que exhalan sus “entrepeneurs”, a desodorante –o perfume– caro, pero mal llevado –como su ropa “casual”– y sus títulos reales y no reales de universidades extranjeras; su traición, o sea, a los descendientes de todas las matanzas.

No importa, al fin y al cabo los que murieron en Santa María, en San Gregorio, en La Coruña, en Ranquil, en Puerto Montt, en Magallanes, en… tienen quienes les canten. Y muchos más que no olvidan.

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