Sep 13 2007
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Opinión

UDLA, México – UNA EXTRAÑA UNIVERSIDAD

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Santa Catarina Mártir, Cholula, Puebla. Tras dos horas y media de viaje desde la ciudad de México, por fin el autobús arribó a la ciudad de Puebla. Lo hizo en la CAPU, que es la central de autobuses de dicho lugar. Me trasladé allí, pues por irónicas y curiosas razones del destino, había sido invitado a la Universidad de las Américas como sinodal en un examen profesional.

Me pareció muy interesante el asunto, pues ocurría justo cuando los problemas que esa institución padece, se han hecho públicos en meses recientes, como los injustificados despidos a algunos de sus profesores (el 17 de mayo pasado, 13 catedráticos fueron humillantemente escoltados por guardias de seguridad hacia la salida de la UDLA, luego de que prácticamente se les echó, dándoles peor trato que a los obreros), algunos de ellos muy renombrados y prestigiosos, así como sanciones a estudiantes y prohibiciones de que éstos siguieran publicando “La Catarina”, un periódico escolar interno, en donde se denunciaron dichos despidos y otras arbitrariedades.

Llegar a la UDLA

Ya en la terminal, averigüé que para llegar a la UDLA (las siglas de la universidad en cuestión), debía tomar allí mismo un autobús suburbano, el Momoxpan-Cuatro caminos, que luego de más de media hora de espera, arribó. Y debieron transcurrir otros 15 minutos para que saliera del sitio, lo cual lleva a reflexionar cuan ineficiente es el transporte público poblano (horas más tarde, ya de regreso, debí esperar también más de 40 minutos para abordar el camión de regreso a la CAPU).

Y las primeras calles y zonas por las que inició su recorrido el saltarín, contaminante camión, no son las mejores de la ciudad, pues se trata de populares colonias (barrios) formadas por viejas casas, muy deterioradas, despintadas, con fachadas de grises ladrillos sin repellar, mal construidas desde un principio, asfalto en mal estado, baches… todo lo cual ofrece al paseante no acostumbrado a verlas, desalentador espectáculo, llevándonos a pensar que en dónde han quedado todos los “avances” de los que se jacta el actual gobierno de ese estado si en esas colonias, al menos, eso no se ve por ningún sitio, más preocupado, al parecer, de proteger redes de traficantes sexuales de mujeres y niños.

Luego de unos minutos, el paisaje cambia, pues entramos a un bulevar en donde las construcciones son mejores, algunas de ellas negocios, tales como franquicias de “fast food”, mini supers, almacenes… Otras son unidades habitacionales que, por sus características constructivas (buenos acabados, planeada arquitectura, amplios jardines, confinadas por altas bardas, y a las que se accede sólo con identificación por una única puerta de entrada cuidada por guardias privados), dan idea de que sus habitantes estarán entre los poblanos más privilegiados del estado, sí, justamente los que pueden acceder a universidades tan elitistas y costosas como la de las Américas.

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Antecedentes

Desde su origen, esta institución emanó de un colegio dirigido a los sectores más opulentos y conservadores de la ciudad de México, el Mexico City College, el cual se creó en 1940, fundado y administrado por estadounidenses, siguiendo la oleada que por aquel entonces se dio de escuelas creadas por extranjeros en el país (colegios como el Español, el Francés, el Inglés, el Alemán, entre otros, surgieron en aquellos años), dada la tendencia a la marcada occidentalización que sufrió México en esa época (sí, tendencia cuyo énfasis era que para que todo país subdesarrollado se considerara moderno, debía de parecerse lo más posible a las naciones más adelantadas, como, en nuestro caso, los Estados Unidos, incluida la educación, desde luego).

En 1944 se graduaron los primeros 12 estudiantes, y la UDLA reivindicó su carácter elitista y extranjerizante al ser aceptada en 1959 como miembro de la Southern Association of Colleges and Schools (SACS) de los Estados Unidos. Luego, bajo iniciativa de la fundación Mary Street Jenkins , lo que dejó muy claro sus extranjeros orígenes, se buscó trasladarla a la ciudad de Puebla, en donde en 1967 se iniciaron los trabajos constructivos para establecer dicha universidad allí.

Los terrenos en los que actualmente se halla el campus de la UDLA pertenecieron en la antigüedad, en el siglo XVIII, a la hacienda de Santa Catarina Mártir, ubicada en el municipio de Cholula. Allí se edificaron la mayoría de los inmuebles, 38 en total, que hoy la conforman, por aquella fundación, para ser “donados” a la universidad.

El llamado del dinero

Claro que tanto prestigio tiene su precio, ¡vaya precio! Por ejemplo, los costos para la licenciatura en este año son de $1.740 por unidad, lo cual, aparentemente, no parecería demasiado. Sin embargo, cada materia semestral consta de 6 unidades, así que una sola cuesta en total $10.440 y las materias que normalmente cada estudiante debe inscribir por semestre son 7, es decir, que un semestre asciende a nada menos que $73.080 que, además, ¡debe cubrirse por adelantado! (¡la casa no pierde!).

Eso no es todo: cada estudiante tiene la obligación “académica” de inscribirse en un mínimo de 30 unidades, o sea cinco materias. Pero si por alguna causa, la que sea, un estudiante no puede tomar cinco materias, y sólo se apunta en cuatro, de todos modos debe de cubrir una “cuota diferencial”, la cual, muy casualmente, equivale a las seis unidades correspondientes a la quinta materia que no se pudo cursar. Es decir, se trata de un mínimo, una suerte de “cover” escolar sin el cual, la escuela no daría el “servicio educativo” solicitado, lo que evidencia el profundo carácter mercantilista de tales instituciones, más inclinadas a actuar como meros negocios, que como verdaderos centros educativos.

El colmo se da cuando, a pesar de que, digamos, a un estudiante sólo le faltaran dos materias para concluir su carrera, en cuyo caso ya no tendría por qué pagar dicha cuota, de todos modos la universidad se la sigue cobrando por default, intencionadamente, lo que hace pensar en que sería una especie de cuota mínima de operación.

Si el estudiante o sus padres no son suficientemente cuidadosos, y no revisan el estado de cuenta, lógicamente la universidad no se tomará la molestia en avisarles que ya pagaron de más –¡claro que no!– y se quedará con ese dinerito extra. Pero si aquéllos son cuidadosos y notan el cargo extra que ya no debieron de haber pagado, pueden, según los reglamentos internos, solicitar la devolución de dicha cantidad, ¡pero la burocracia udladiana hará lo imposible para que esa cantidad no se recupere, mediante una serie de engorrosos, desesperantes trámites, malos tratos, burlas y, en todo caso, los estudiantes y sus padres se den por vencidos y declinen exigir la devolución!

Bueno, y regreso al autobús suburbano que me llevaría, me dijeron, a la parte trasera de tan prestigiada universidad. Por el camino subió un joven quien claramente se veía que era, además de estudiante, estadounidense, tanto por su aspecto sajón –rubio, ojos azules, delgado, alto–, como porque hablaba inglés americano a través de un celular, algo con respecto a una tarea que debió haber hecho, pero que tuvo problemas y no la elaboró, según pude entender. Portaba una identificadora maleta con las siglas de la UDLA. Eso me tranquilizó, pues ignoraba cuánto más me llevaría llegar allí, en vista de que la media hora que alguien me indicó tomaría el viaje, ya había transcurrido hacía 10 minutos y nada veía.

La llegada

Sí, estuve seguro de que aquel joven bajaría en la UDLA… aunque no hubiera sido necesario, pues realmente sin haber estado antes allí, supuse que ya había llegado a la universidad al notar que el paisaje mejoraba tan sustancialmente con respecto a todo lo que antes había visto, que ninguna duda tuve. Sí, entró el camión en una calle perfectamente trazada, a la derecha de la cual, se ubicaban muy lujosas construcciones, pertenecientes a restaurantes de lujo, franquicias de “fast food” –claro que con inmuebles de primer mundo–, otros prestigiados centros educativos privados y opulentos multicondominios.

A la izquierda estaba la parte trasera de la UDLA, en donde se localizan varios estacionamientos en los cuales profesores y estudiantes guardan sus autos, todos modelos muy recientes, muchos de lujo –pude ver varios Mercedes, Jaguares, BMW’s, Audis, Hummers…– y uno que otro Chevy. Están rodeados de cuidadísimos céspedes y jardines que resaltan el lujo de algunos de los vehículos allí aparcados.

Al fondo de todo eso se ven varios de los edificios que conforman las instalaciones de la UDLA, todos muy arquitectónicos, estéticos, modernos, pero con tintes de coloniales… sí, nada que ver con los feos edificios de los que las universidades públicas están formadas –según declaró muy orgulloso uno de los sinodales con quien compartí el examen profesional: “La verdad es que esta es la universidad más preciosa del país… bueno, después de Ciudad Universitaria… pero sólo de la parte que se declaró patrimonio de la humanidad, ¿ves?”.

Bajé del camión, contrastando el proletario transporte en que había llegado con tanto dispendio constructivo. Tal y como fui instruido, me dirigí hacia una de las entradas posteriores de la universidad. Preparado, como supuse que debía de ser allí, alisté mi identificación –credencial de académico de la UNAM–, me acerqué a la caseta de vigilancia y al momento de mostrarla, informé al guardia de seguridad privada, un tipo de serio, intimidatorio gesto (el clásico adoptado por todas esas personas a cargo de la vigilancia en las entradas de edificios públicos, empresas, calles cerradas y exclusivas unidades habitacionales), el motivo de mi visita, como ya dije, el de ser sinodal en un examen profesional.

Tras haber escudriñado minuciosamente mi credencial, informó por radio a otro guardia sobre mi presencia y que verificara si en efecto iba a realizarse el examen a nombre de quien yo le había dicho. Esto me pareció excesivo, pues más que la entrada a una simple escuela, parecía que estaba yo pidiendo penetrar a una base militar, no sé: al Pentágono, quizás. Ni cuando he entrado, por ejemplo, a la Cámara de Diputados –que ya es mucho decir– se me ha sometido a tanto rigor. Ni modo, me dije, a soportar ese trato tan humillante, más cuando casi transcurrió ¡media hora para que el otro guardia verificara que sí iba a realizarse un examen profesional!

Di pie a algo de conversación cuando le pregunté al hombre que si eso era Cholula, y ya me aclaró que allí se llamaba Santa Catarina Mártir, a un lado de San Andrés, y que si yo deseaba conocer algo, que fuera a una iglesia cercana (cuyo nombre no pudo él recordar) cuya cúpula es de lámina de oro, que ha sido saqueada durante muchos años. “Sí, si se fija, va a ver que le faltan cachitos de oro a la cúpula”.

Finalmente el radio del guardia sonó, una vez verificado que sí iba a realizarse un examen profesional de tal persona. Entonces ya me permitió entrar, luego de que anotara mis datos en una libreta, retuviera mi credencial – llegó al extremo de pedirme que la firmara en un espacio en blanco que trae en la parte posterior, pero le aclaré que mi firma estaba digitalizada al frente, algo que no había notado aquél –e indicarme, ya un tanto más amable, en dónde se localizaba el cail 004, que era el salón en donde se efectuaría el acto–.

En el sancta sanctorum

Ya dentro de las instalaciones, de nueva cuenta me deslumbró tanto lujo y orden, como dije, tanto por los edificios, la limpieza, los cuidadísimos jardines… incluso, entré al baño y en una de las paredes se hallaba un letrero que decía “¿Encontró sucio el baño? Repórtelo al teléfono tal”… sí, claro, para que así metieran en cintura a los irresponsables empleados de intendencia y limpieza que lo dejaran desaseado, reflexioné, a los cuales, si a los académicos los han estado despidiendo de manera injustificada, arbitraria, autoritaria e intimidatoria, pues qué se puede esperar que hagan con simples trabajadores manuales… ¡quizá amenazas y torturas!

Sí, eso me llevó a tener presentes los despidos que desde meses atrás la UDLA cometió contra profesores, varios de ellos muy prestigiados y distinguidos, quienes tenían varios años de estar laborando en esa universidad. Todo comenzó porque algunos de ellos cuestionaron la cerrazón de las autoridades para permitir cierta apertura en los cuerpos colegiados, para que de esa manera se dieran más libertades académicas.

Para el actual director, el licenciado Pedro Angel Palou (muy renombrado también por su trabajo como escritor, que le ha merecido incluso premios literarios), eso era ir demasiado, “una conjura en mi contra” sentenció, y sin mediar palabra alguna o advertencia, simplemente se ha empeñado en ir despidiendo injustificada y arbitrariamente a tan distinguidos académicos, a quienes les ha notificado “por internet” de sus despidos. Incluso, se les han inventado supuestos “complots” contra las institución, pero esto sólo para no darles ni siquiera liquidación. Y en verdad que el tipo de “pretextos” para correr a maestros y funcionarios de primer nivel, parecieran más cobros o ajustes políticos que situaciones académicas, las que, al menos en el caso de los despedidos, todos eran maestros muy reconocidos, como dije.

Por ejemplo, se cita el caso de la jefa de departamento de Ciencias de la Comunicación, quien invitó a la periodista Lidia Cacho a dar una ponencia en la universidad y por ese sólo hecho, el rector Palou la despidió, pues da la infeliz casualidad de que Palou es íntimo amigo del así llamado “gober precioso”, el mal afamado señor Mario Marín, quien se ha visto muy envuelto en escándalos de tráfico de influencias y protección a redes de pederastas y sexotraficantes, pero que a pesar de eso, nada le ha sucedido al señor y sigue tan campante.

Incluso, más tarde, uno de los sinodales con quien compartí el examen profesional, al que ya hice alusión (cuyo nombre omito por razones de seguridad), me contó que mucha gente del gabinete de Marín, trabaja actualmente en los cuadros directivos de la UDLA –“son melquiadistas” dijo–, con lo que se comprenderá el total sometimiento a que se sujetan sus trabajadores. Lo hizo muy discretamente, con evidente miedo de que algo de lo que dijera fuera captado por una cámara de vigilancia, estratégicamente colocada en una esquina del auditorio en donde se realizó el examen.

“No, en serio –me dijo en voz muy baja–, aquí tienes que andarte cuidando de todo mundo”.

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¿Atmósfera académica..?.

Sí, de hecho, también me platicó que le está costando bastante cuidar su empleo, a costa incluso de su dignidad: “Mira, pues a mí si me tratan como esclavo, pues lo aceptaré, porque pues el salario es bueno y no creo que pueda hallar otro igual en otra parte”.

El es profesor de tiempo completo del área de relaciones internacionales, con cuatro materias frente a grupo y ocho horas de oficina, percibiendo 32.000 pesos, con todo e impuestos, claro, quedándole libres unos 25.000 pesos.

“¿Es cierto que la universidad les da casa a sus profesores?”, pregunté, a lo que me contestó, también casi en secreto, “Pues sí, pero fíjate que las casas de los que han ido corriendo, no las están usando ya, mejor las dejan vacías, como que ya no han de querer que se habiten. Una que otra la están habilitando como la oficina de algún funcionario importante, pero hasta allí. Yo nunca acepté vivir aquí, mejor preferí recibir un bono de compensación que nos dan a los que no queremos casa”. Ese bono, me dice, es actualmente de muy modestos 2800 pesos, y ha ido bajando, de más de 3000 que era antes, tampoco demasiado, consideré.

Él mismo fue víctima de un injustificado despido hace más de un año, pero dice que recurrió a licenciado y toda la cosa para que se le reinstalara, pero a qué costo, reflexioné, de andarse ahora cuidando de todo mundo, sobre todo de supuestos empleados de intendencia y de guardias del estacionamiento que, me confía, actúan como “orejas”. Y ante tal ambiente de campo de concentración, la verdad es que la imagen de “prestigiada institución” de la UDLA, francamente se pierde, además que el demérito de la calidad académica de la que gozaba antes, ha ido en aumento.

La estudiante que hizo el examen que atendí, me había confiado antes que “Pues la verdad que cuando ingresé a esta institución, venía convencida que era la mejor opción para desarrollar mi carrera y que los beneficios que se ofrecían eran reales, pero con el paso del tiempo, me he dado cuenta que no fue la mejor decisión. Los costos de estudiar aquí son bastante altos, ya que cada vez los precios suben, pero la calidad del servicio baja.

“Los catedráticos que conocí al llegar, profesores excelentes con un currículum asombroso, se han ido de dos en dos, de tres en tres, sin que podamos hacer algo al respecto y como relevo nos ponen a profesores que carecen de vocación y ética, gente que realmente no merece percibir el sueldo que les dan. Todo esto por la sencilla razón de ahorrar y prefieren pagar a dos profesores sin experiencia que pagar a uno que tiene una trayectoria ejemplar, como son los doctores que laboraban en el departamento de Relaciones Internacionales, a quienes de un día para otro despidieron sin explicación alguna forzándolos a firmar su renuncia para no darles su liquidación, inventando complots y amenazándolos con tomar represalias en caso de reclamo”.

Creo que por sí mismo lo que me platicó es muy elocuente e ilustrativo de los problemas tan graves que han ido transformando a la UDLA en un feudo de poder y han ido acabando con su carácter de institución educativa y que han frustrado a estudiantes como ella, quien agrega con amargura: “Si por mí fuera, hubiera preferido estudiar en una escuela pública, pues por lo que sucede aquí, la verdad es que no tiene mucha ventaja ya el estar en universidades privadas, al menos ahora ya no.

“Vengas de donde vengas ya no te contratan, y cuando lo hacen, sí, quizás te llamen porque seas del Tec de Monterrey, de la Ibero o de la UDLA, pero ¿eso qué, cuánto duran?, porque es gente que la mayoría es incompetente, gente bonita y pudiente que sólo porque pagó una misma materia cinco veces, pudo terminar su carrera, pero no porque en realidad sepan o hayan aprendido algo, no, sino porque gracias a su dinero se recibieron. Y qué lástima que esa persona que prácticamente compró su título, es aquélla que va a estar en puestos dirigiendo a personal muchas veces mejor capacitado que ella misma, sí, egresados de escuelas públicas, que tienen el conocimiento del cual ella carece. Pero a la larga va a cometer alguna estupidez y… bye bye”.

Ella estudió allí por el generalizado prejuicio social, compartido por sus padres, de que las escuelas privadas son mejores que las públicas, pero su testimonio es un claro indicador de que eso es cuestionable y de que esas escuelas se preocupan más por la salud de sus finanzas, que por la calidad de su enseñanza.

Volviendo a los problemas en que ha incurrido la UDLA, no sólo a los profesores los han reprimido y corrido, sino que también se ha ejercido autoritaria presión contra los estudiantes que se han atrevido a denunciar las arbitrariedades cometidas. De hecho, como ya mencioné, se suprimió la publicación de la “Catarina”, el periódico estudiantil en donde se expusieron las arbitrariedades.

Así que resulta más que evidente por qué en la pasada graduación, en mayo, los estudiantes que recibieron sus diplomas, protestaron, junto con sus padres, masivamente contra esa política represiva y antidemocrática y contra el rector Palou, quien, advertido de que los jóvenes egresados le darían la espalda y corearían consignas en su contra, prefirió observar todo desde la comodidad de su lugar y sólo se limitó a entregar los diplomas y medallas a los más destacados con algunas frías sonrisas, para evitar los anunciados actos de agravio a su persona.

Ni tampoco pudo el afamado escritor del grupo literario del crack, ex secretario de cultura de Marín, hacer oídos sordos a las consignas que estudiantes y padres de familia le gritaron de “¡Arriba los graduados, fuera Palou!” o la de “¡Rata, Palou!”, que otro joven logró también espetarle. Quizá porque Palou se sentía muy protegido al estar sentado junto al secretario de Educación Pública marinista, Darío Carmona García, de quien también es muy buen amigo, aparte, como ya dije, de Marín, quienes en todo momento han apoyado incondicionalmente las acciones represivas de Palou.

El examen transcurrió sin contratiempos, versando sobre el tráfico sexual en el mundo. Resaltaron las diferencias de opiniones entre los otros dos sinodales, una maestra de la universidad Iberoamericana, la directora de la tesis, y al que ya me he referido (ambos egresados de la UDLA), pues en la parte en donde la sustentante culpó a la globalización como la causa de que el problema del comercio sexual en el mundo haya aumentado, aquéllos no estuvieron de acuerdo, alegando que gracias al internet, las denuncias “ya son más fáciles”, cosa que yo, debido a mi formación, egresado de la UNAM, negué, apoyando totalmente la tesis sostenida por la examinada, porque, al contrario, gracias al internet se ha facilitado dicho tráfico, aunado al incontrovertible hecho de que también actualmente han aumentado brutalmente los millones de desposeídos en el mundo, mujeres entre ellos, quienes buscan así, engañadas de que trabajaran como secretarias o meseras, una manera de aliviar la aguda miseria y pobreza en que se hallan en sus países, pero que terminan en forzadas actividades sexuales.

Aunque en una intervención la directora de tesis aportó un dato interesante al comentar que en la ciudad, Puebla, hay un table dance cuyas bailarinas son todas originarias de Europa del Este, y eso me hizo reflexionar en que cómo a pesar de los escándalos de pederastía en que el gober precioso se ha visto inmiscuido, al parecer todo sigue igual y sin problemas. “Business as usual”, rezaría una conocida expresión estadounidense, refiriéndose al hecho de que todo sigue viento en popa.

Terminó el examen, se le pidió a los presentes y a la sustentante que abandonaran la sala y deliberamos unos minutos, los cuales aproveché para enterarme de parte de lo referido arriba, y también de que en algún examen alguien había dejado a propósito una cámara de video filmando. “No, pues tuvimos que hacer que el dueño borrara esa parte”, me dijo el colega. “¿Por qué?”, cuestioné. “¡Es que, imagínate, nadie puede enterarse de lo que te pongas a deliberar!”, me respondió, enfático. “¿Será eso?”, reflexioné, o que quizá se hayan hablado de cuestiones inconvenientes, como las que me comentó él, y estén todos tan intimidados por ese ambiente cuasi policiaco en que hasta las paredes oyen y tienen ojos.

Y eso lo confirmé cuando, minutos después, ya cuando caminábamos en medio de los jardines de la universidad hacia una oficina en la que me darían una copia del acta del examen, mi colega se cuidaba aún más de lo que iba platicando, no fuera a ser que lo escucharan ciertos empleados de intendencia con los que nos cruzamos por el camino. “Es que esos son espías”, me confió.

“No, muy terrible”, pensaba minutos después, luego de que mi colega me había dado un aventón hasta un lugar en donde, me aseguró, el “rojo”, refiriéndose al autobús que me llevaría de vuelta a la CAPU, pasaría, el cual, luego de casi 40 minutos de larga espera, se presentó, lleno, por supuesto, pero por fortuna, muy a tiempo, pues una tormenta estaba a punto de desatarse. Pero resulta irónico que hasta el momento, al gober precioso todavía no se le haya desatado ninguna tormenta política, ni siquiera a pesar de tantos escándalos sexuales, problemas urbanos, educativos (lo que sucede en la UDLA), de transporte, de malos servicios públicos padecidos por los poblanos en su capital, de cerros que se deslavan y aplastan camiones de pasajeros, de inundaciones, de ríos que se desbordan… sí, absurdas cosas de la vida esas.

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* Publicado en ARGENPRESS, agencia de informaciones independiente argentina.

Subtítulos nuestros. La versión completa del texto del profesor Salgado Andrade puede leerse aquí.

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