Oct 25 2005
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Opinión

Un padre para Chile y el alimento de la hipocresía

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Fue un acierto mediático. El presidente Ricardo Lagos se anotó un buen punto al decir que Alberto Hurtado es un nuevo padre de la Patria. Lo dijo en Roma, en horas previas a la canonización del beato. No estoy seguro que al santo le hubiera gustado el nombre. Tal vez, y yo estaría con él, se habría sentido más cómodo con ser sólo un padre. Un padre con un gran corazón en el que cupieran todos los pobres. Pero la visión política del estadista está bien. Son diferentes lenguajes.

Como distinto es el Chile que recibe la santificación, a aquel que el padre Hurtado conoció en noches interminables por allá por los años 40 del siglo pasado.

Hay diferencias marcadas. Con seguridad, el fundador del Hogar de Cristo se habría sentido incómodo con tanta parafernalia a su alrededor. Con el tremendo despliegue mediático que hizo la Iglesia Católica para sacar dividendos de su figura.

Sí, son otros tiempos. Ahora el espíritu de emprendedor del Padre Hurtado habría tenido que subirse en esta maquinaria demoledora que es la publicidad. La única formar de lograr recursos para mantener las obras que estaría impulsado. Pero, con seguridad, se las hubiera arreglado para hacer todo más transparente y no transformar una santificación en un show que mueve millones, cuyo destino jamás se aclara.

Quizás también habría experimentado alguna incomodidad con tanto homenaje que reafirma básicamente dos cosas: que todos los muertos son buenos y que los santos son mucho menos dañinos que los vivos comprometidos y sensibles. Alberto Hurtado enfrentó la hostilidad de lo que ahora llamaríamos poderes fácticos. Y, lo que es aún peor, quienes intentaron castigarlo por su compromiso con los pobres, utilizaron manos amigas de su propia madre Iglesia.

Hoy nada de eso se recuerda. Sacerdotes conservadores, junto a católicos ricos, se refocilan con la aparición de esta nueva estrella en el firmamento de la santidad. Poco importa que él haya defendido el cristianismo como una religión no sólo de almas, sino de hombres. De seres humanos vivos que enfrentan una realidad y requieren de esperanzas, de luces que le permitan avizorar algo de felicidad en sus existencias. Por eso fue el cura trasnochador que rescataba niños y menesterosos de las caletas bajo los puentes del río Mapocho.

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No fue el pastor obsecuente que se conforma con cuidar el rebaño seguro. Por eso, criticó al Chile católico de los cuarenta. Mostró estadísticas inquietantes. Según su visión, no más del 9% de las mujeres y no más del 3,5% de los hombres católicos iban a misa los domingos. Y qué decir de su condena a la inconsecuencia entre ser católico y no cumplir con los pobres.

Si hasta tuvo una perspectiva amplia y abierta para comprender las demandas de los trabajadores. Llegó a estimularlos a la sindicalización. Su cruzada enfrentaba esencialmente a empresarios católicos ricos que, junto con la jerarquía eclesiástica, trataban de aislarlo y silenciar su mensaje. Hoy, el santo que tanta alegría pública da a la conservadora curia chilena, seguramente estaría condenado al ostracismo.

Esta es una característica que acompaña a buena parte de los chilenos. Algunos le llamamos hipocresía. Otros –como mi amigo Juan Pablo Cárdenas– ven en ello el germen de la corrupción. La hipocresía es el fingimiento de cualidades o sentimientos y, especialmente, falsa apariencia de virtud o devoción. Corromper es alterar, dañar, echar a perder, pudrir. Es innegable que ambas ideas se entrecruzan. Se enmarañan. Sobre todo en un país como el nuestro, en que la afición a la ley lo permea todo y lo camufla todo.

Y ya que estamos en esto, bueno sería posar la mirada en las campañas políticas. Cada vez que se realiza una –y seguramente esta no será excepción- se escuchan voces de los diversos sectores pidiendo fiscalización. Se han dictado leyes, pero todo el mundo se hace el leso. ¿O me dirán que alguien respeta o hace respetar los plazos para efectuar propaganda? Un juez de policía local de Puerto Montt lo hizo y fue noticia nacional. Y para qué hablar del financiamiento. Las normas existen, pero las cúpulas políticas y económicas que manejan el poder prefieren el silencio del acuerdo.

Si uno sigue escarbando llega muy lejos. Escucha, por ejemplo, al abogado Pablo Rodríguez, y puede quedar convencido que la generosidad internacional fue la responsable de que su defendido, el capitán general (r) Augusto Pinochet, esté padeciendo incomodidades legales. Como él, son muchos los abogados que no defienden la ley y la justicia, sino que se especializan en torcerle la nariz. Y eso, los chilenos lo tenemos internalizado. Ni siquiera nos sorprende.

Cuando uno escucha a líderes empresariales hablar de la necesidad de redistribuir la riqueza, puede pensar distintas cosas. Creer que cayó al país de las maravillas o que la frescura no tiene límites. Como si alguien los obligara a concentrar la riqueza en sus manos. Algo similar ocurre cuando oye a autoridades de gobierno diciendo que los empresarios deben tener mayor sensibilidad social. Y alguno con poder en el área de las finanzas tiene la genial idea de que los empresarios deberían empezar por pagar los impuestos.

Como si no le correspondiera a él y a los servicios bajo su férula hacer cumplir la ley que, entre paréntesis, es válida –así lo dice la Constitución, al menos– para todos por igual.

Podríamos seguir con los medios de comunicación. Esos que hablan de objetividad y que en cada uno de sus centímetros o minutos audiovisuales, envían señales inequívocas de su orientación ideológica o de requerimientos de los grupos económicos a que pertenecen. Y si entramos más en lo moral, las realidades siguen siendo apabullantes.

Los conservadores, empezando por la jerarquía eclesiástica católica, llaman a la rebelión contra la píldora del día después. Se horrorizan frente a 10.000 estudiantes de educación media embarazadas y, por igual, muestran su indignado rubor ante la campaña en pro del uso del condón. Hasta ahora nadie se ha molestado por la gran cantidad de moteles, que algunos suspicaces se atreven a llamar hoteles parejeros, que ostenta Santiago.

Si a ello se suma un grueso número de “aparts hotels”, resulta que nuestra capital debe estar entre las de mayor concentración de este negocio en América Latina. Me dirán que eso es vida privada. Y tendrían toda la razón. Pero no podemos cerrar los ojos que también es hipocresía. Porque allí no van hombres solos o mujeres solas. Y tampoco parejas que no tengan nada que esconder. O, ni siquiera, jóvenes sin compromisos, porque éstos, generalmente no sólo carecen de compromisos, sino también de plata.

Pura hipocresía. Es lo que vería el padre Hurtado. Seguramente redoblaría sus esfuerzos en favor de los pobres. Y no lo callarían con homenajes o con aislamiento. Que lástima que sea sólo un santo. No puede protestar si le manipulan la imagen. Pero desde aquí un agnóstico lo saluda y reconoce la falta que hacen, entre los vivos, seres humanos como él.

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* Columnista de POR LA LIBRE (www.ongcidets.cl/porlalibre/chileart13.html).

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