Mar 14 2006
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Cultura

UN POETA EN PALACIO (DE BELLAS ARTES)

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

El pasado seis de marzo fue la entrega del Premio Xavier Villaurrutia, en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México (abajo izq.). El ocho de febrero se había anunciado que el poeta David Huerta (1949) era galardonado por su libro Versus –1978 FCE, reeditado en 2005 por Era–.

Instaurado en 1995, lo han recibido Juan Rulfo, por su novela Pedro Páramo, El arco y la lira de Octavio Paz, Ciudad real, de
Rosario Castellanos, Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, La Feria de Juan José Arreola, Farabeuf de Salvador Elizondo, José Trigo de Fernando del Paso, El principio del placer de José Emilio Pacheco, Terra nostra de Carlos Fuentes y Nocturno de Bujara de Sergio Pitol –sólo por mencionar a los autores que le dieron a México un lugar especial, en la república de las letras de nuestro continente–.

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David Huerta

Juan Solís del diario El Universal de México definió a David Huerta
como: “Un poeta militante: (…) estuvo el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Por eso le agradan los poetas que alzan la voz, los que asumen una militancia política, como Bertold Brecht (9 de febrero de 2006).

Arturo Jiménez del diario La Jornada rescató la nostalgia familiar de Huerta; su padre Efraín recibió el Premio Villaurrutia en 1975: “Después de algunas ”trifulcas bárbaras” entre Villaurrutia y Efraín Huerta en los años 30, sobre asuntos como el del papel de la literatura en la sociedad, ambos poetas se hicieron ”amigos entrañables”. Y David Huerta cuenta de que cuando Xavier Villaurrutia murió en 1950, durante muchos años su padre le llevaba flores a su tumba. ”Esta es una lección de vida, de amistad y de buenas relaciones entre poetas” (9 de febrero de 2006).

La declaración más fuerte de David Huerta, en la rueda de prensa al recibir el Villaurrutia fue: “Están dadas las condiciones para que la poesía desaparezca: el salvajismo del mercado, la omnipresencia de la publicidad y la pobreza de los discursos políticos”. Sobre el Premio dijo: “Es un recordatorio de que la poesía es algo que vale la pena, que nos permite habitar el lugar que cada uno habita con mayor claridad y orientarnos en medio de la confusión”.

El jurado de la versión 2005 lo integraron: Alí Chumacero, Pedro Angel Palou, Vicente Leñero e Ignacio Solares; los cuatro han sido galardonados con el Villaurrutia en anteriores ediciones.

Neruda y el narval

Mi relación de amistad con David Huerta viene desde la Feria Internacional de Libro de Guadalajara (FIL 2004). Para el Centenario de Neruda, se organizó una mesa con el poeta Hugo Gutiérrez Vega –director de La Jornada
Semanal
–, el escritor Antonio Skármeta –autor de El cartero de Neruda, entre otras prestigiadas novelas–, el crítico literario y escritor Volodia Teitelboim –amigo y biógrafo de Neruda y viejo colaborador de la revista Rocinante– y, no podía faltar el poeta David Huerta (abajo der.).

Buscando en mis cintas de audio de aquella cita tapatía por el Centenario del Nobel chileno, descubrí que Huerta editó su ponencia y la publicó recientemente en la revista Letras Libres (de circulación en México y España).

El correo de los narvales:

En un pasaje del libro XIV –El gran Océano– del Canto general (1950), la sección XVII que lleva como título Los enigmas, los lectores nos encontramos con el nombre de un extraño animal marino y su “marfil maldito”. Es el narval de Pablo Neruda.

El narval ha sido llamado tradicionalmente “unicornio marino”, como lo hace Neruda en ese pasaje del Canto general. No es gratuito ese nombre: el colmillo del narval puede hacerse pasar perfectamente nada menos que por un cuerno del mítico unicornio, y de ese hecho, de esa fecunda equivocación, proviene la leyenda que lo rodeaba y el comercio del cual era objeto…

El barrio viejo de Praga, la Malá Strana, fue el tema nodal sobre el que el “otro Neruda”, llamado Jan, el checo, escribió sus cuentos. Durante largo tiempo se supuso, equivocadamente, que el poeta chileno había tomado su nombre del cuentista de Praga; las pormenorizadas investigaciones de Enrique Robertson, han aclarado el asunto.

El tema de los nombres tiene que ver con este animal nerudiano, pues fue precisamente el nombre del narval uno de los primeros rasgos que atrajeron a poeta ante esa extraordinaria criatura marina. Neruda mismo se consideraba un narval chileno de los mares antárticos, como en alguna ocasión se identificó también, según leemos en sus libros de memorias, con el tapir.

En 1957, en Dinamarca, Neruda compró un pequeño colmillo de narval, que muy posiblemente perteneció a un cachorro. El lugar donde compró el colmillo cambia en otra página de las memorias: no es Dinamarca, sino Finlandia, por donde pasó hacia el puerto sueco de Gotemburgo para tomar el barco a Chile, de regreso de uno de sus viajes a la Unión Soviética.

La palabra narval le sirve a Neruda para hacer disquisiciones muy divertidas en sus memorias. En uno de esos pasajes se autonombra “correo de los narvales” y se identifica con ellos… El objeto de la incesante persecución nerudiana es la huella o el cuerpo del narval: la forma de su ausencia, la plenitud de su presencia. El hábitat del narval, los lejanos “mares del Norte” lo vuelve casi inaccesible; lo rodea de una bruma de mito, de fábula submarina, de monstruo distante en sus ámbitos azules y helados –al punto de que es posible dudar de su existencia, como lo hace Neruda en otro pasaje…

(El correo de los narvales, de David Huerta. Grabación periodística en audio de la FIL Guadalajara 2004, ponencia reeditada por la revista Letras Libres, febrero de 2006).

Entrecruces

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Volví a reunirme con David Huerta, el jueves dos de marzo de 2006, en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) –donde es catedrático, pues Huerta cuenta con estudios en literatura inglesa y española por la UNAM–. En realidad, sólo fui a la UACM para ver y escuchar a Marcos Roitman, periodista de La Jornada y Clarín de Chile, un exiliado chileno con
residencia en Madrid, que cuando era menor de edad (en 1973) fue prisionero en el campo de concentración del Estadio Nacional –el horror vivido fue documentado por Jorge Montealegre en su libro Frazadas del Estadio Nacional –Editorial Lom, Chile 2004, y por el cantautor Ángel Parra en su novela Manos en la nuca –Editorial Tabla Rasa, España 2005–.

Roitman junto con Joan Garcés prepararon el juicio en España contra el dictador Pinochet (1998); Roitman con su testimonio como torturado y Garcés como abogado querellante del juicio que se inició en Inglaterra y que el Estado chileno no se atrevió a seguir contra el genocida.

Actualmente, tanto Garcés como Roitman están dedicados al rescate de Clarín de Chile, el de mayor circulación hasta el golpe de Estado de 1973. Ellos son los creadores de la alianza informativa con el diario La Jornada, permitiendo que Clarín publicara en México su primer reportaje desde hace más de 32 años: Las cuentas secretas de Pinochet (del 5 al 10 de septiembre de 2005.

Cuento todo lo anterior, porque fue lo que hablé con David Huerta aquella mañana de marzo en la UACM, Huerta se mostró solidario y carismático, me atreví a reprocharle lo “neutral” de su ponencia en la FIL 2004 sobre Neruda
–muy intelectual y fría si comparamos los textos de Gutiérrez Vega, Skármeta y Teitelboim–, Huerta preguntó:

–¿Te gustó?. Respondí:

–Sí, pero lo encontré poco político. –Huerta se defendió:

–¿Ves?, lo político de publicar mi ensayo sobre Neruda y el Narval, consiste en que salió en una revista heredera del pensamiento de Octavio Paz, como Letras Libres, lo importante es fastidiarlos desde adentro.

Sólo pude sonreír afirmando el implacable argumento.

Le entregué todos los antecedentes de la Fundación Neruda y su inversión en la pinochetista empresa Cristalerías Chile, Huerta prometió estudiar el caso. “Hay que hablar con más calma, en la ceremonia de premiación en Bellas Artes, habrá mucha bulla, ya sabes cómo encontrarme”, me dijo. Huerta no tiene el aire de “diva” de muchos intelectuales mexicanos o latinoamericanos que he conocido. Me parece, cada que vez que lo encuentro, escuchar esa rola de Fito Páez:
¿Quién dijo que todo está perdido?, yo vengo a ofrecer mi corazón / tanta sangre que se llevó el río, yo vengo a ofrecer mi corazón, / luna de los pobres siempre hambrienta, yo vengo a ofrecer mi corazón.

O como el propio David Huerta canta en su Versión –de 1978, recordemos que él es un sobreviviente de la matanza de Tlatelolco–:

Nueve años después
(Un poema fechado)

Yo aparecí en la sangre de octubre,
mis manos estaban fúnebres de silencio
y tenía los ojos atados a una espesa oscuridad.

Si hablaba, mi voz me sonaba como una materia
desalojada,
mis huesos estaban empapados de frío,
mis piernas fluían con el tiempo,
moviéndose hacia
afuera de la plaza,
en una dirección extraña y sin sentido: de renacimiento,
llevándome a los espejos y las calles desordenadas.

(…)

Hablo con mi sangre entera y con mis recuerdos
individuales. Y estoy vivo.
Yo me pregunto: ¿cómo tenemos ojos, las manos, el
cerebro y los huesos
después de salir de la plaza?
Todo es denso,
voluminoso, y fluye, después de que salí de la plaza.
(…)

Respiraba imágenes y desde entonces todas esas
imágenes
me visitan en sueños
rompiéndolo todo, como caballos delirantes.

(…)

Era el espejo de la muerte con sus reflejos de miedo
lo que nos daba sombra de una ciudad que era esta
ciudad.

Y en la calle era posible ver cómo una mano se cerraba,
cómo sobrevivía un parpadeo, cómo se deslizaban los
pies,
con un silencio espeso,
buscando una salida,
pero salidas no había: solamente había
una puerta enorme y abierta
sobre los reinos del miedo.

(Octubre de 1977. Editorial Era, 2005; pp. 43).

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* Periodista mexicano. Esta crónica fue publicada el de marzo de 2006 en el diario La Jornada Morelos, México (www.lajornadamorelos.com/index.php?module=pagesetter&func=viewpub&tid=2&pid=1590) y se reproduce por gentileza de su autor.

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