Ago 4 2008
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Cultura

Un Shakespeare pequeñito y la metamorfosis de Apuleyo con ojos tristes

Rivera Westerberg
 
Lo de Chespirito viene de esas admiraciones que se expresan mitad en broma, mitad como envidia: lo ha relatado muchas veces; fue a propósito de uno de sus primeros libretos que lo compararon, sin salvar ninguna distancia, con William Shakespeare. El resto lo produjo la mexicanización del habla: "Shakespearito" se convirtió en el más criollo Chespirito –y ahí quedó.
 
El hombre de la larga despedida, como que Roberto Gómez Bolaños sobrevolando la octava década ha emprendido una larga gira de adiós por América del Sur, tiene razones para cosechar la última admiración de millones de latinoamericanos, y un número indeterminado de latinoamericanos tiene razones para pensar que no es tan buena persona como los caracteres que ha producido su imaginación a lo largo de muchos, muchos años.
 
Mirado con perspectiva, sin embargo, tienen menos importancia sus actuaciones, y las de su compañía, para algún narco en Colombia hace tiempo (al fin de cuentas se trató de la fiesta por la primera comunión del hijo del cacique de Cali) que los no menos de 40 años brindados a la televisión para niños y adultos con el Chavo del 8, el Chapulín Colorado y otros personajes que todavía gozan de una audiencia envidiable.
 
En la mitad del camino hacia los universos que abarcaron Cantinflas y Luis Sandrini, puede compararse con ellos en un aspecto: sus ojos tristes. Tristeza que no aclara su autobiografía publicada en 2006: Sin querer queriendo; libro extraño éste, también a medio camino entre la gana necesaria de desnudar lo íntimo, propia de cualquier autobiografía, y el pudor de ocultar lo que se ha sido, propio de los denominados hombres públicos (que, se sabe, las mujeres públicas son, por perversión de la ideología del lenguaje arcaico, otra cosa).
 
Como lo merezca, y como a todos según la categoría de cada cuál, lo juzgará la historia cuando llegue el instante de los balances de la época que le tocó vivir, pero quienes han sentido la extravagante, a veces caricaturesca, pero siempre desvalida ternura de sus creaciones sólo pueden aplaudir a este hombrecillo de ojos tristes que nos mira por última vez desde el puente del lente de la cámara de un “set” de televisión. Se trata, al fin y al cabo, de un comediante.
 
Y la función de la comedia debe de seguir. Hasta la muerte del actor. Porque allí –en la muerte que desafía al olvido- encontrará su total y verdadera dignidad humana.

 

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