Dic 24 2010
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Política

Un viejito neoliberal

Wilson Tapia Villalobos.*

Son pocos los que recuerdan el profundo contenido que tiene la Navidad. En medio del consumismo desenfrenado en que vivimos prevalece la idea que sólo es época de regalos. Grandes y chicos. Depende del bolsillo de cada uno y, también, de las convicciones que animen a quien deben cargar el arbolito. ¿Qué tiene que ver el nacimiento de un avatar con la locura navideña actual? Pues, nada. Pura presión "marketera" sobre una sociedad que la virtualidad tiene ahogada.

Este año, hasta nosotros llega un Viejo Pascuero aggiornado. Con su bolsa repleta de unos regalos muy especiales. No son para todos. Sólo algunos podrán sonreír, felices. El gobierno ha resuelto vender la participación que aún tiene el Estado en las empresas sanitarias.

Este es un cuento que comenzó en 1998. Era el segundo gobierno de la Concertación. Lo presidía el hoy senador Eduardo Frei Ruiz Tagle. Eran días en que el progresismo aún no se conocía como término, pero ya tenía un espacio como centro izquierda. Y quienes así pensaban eran partidarios de la política de los acuerdos. Por tanto, de hacer mirar la vida en la medida de lo posible.

Era una manera medio gatopardística de salir del esquema de la dictadura. En palabras claras, de no entorpecer el sistema estructurado por el general Pinochet. De no perturbar lo que se hacía en este laboratorio del neoliberalismo en que se había convertido la economía chilena. Y la historia siguió en los gobiernos concertacionistas de Ricardo Lagos Escobar y de Michelle Bachelet.

El Estado mantuvo en su poder entre el 35 y el 49% de la propiedad de las sanitarias. La venta fue justificada por la necesidad de invertir. Hoy, el Estado percibe por su participación algo más de US$ 120 millones anuales. Un negocio redondo, por donde se le mire.

Este es el negocio que se vende. Decisión que, seguramente, un gran empresario como el presidente Sebastián Piñera rechazaría por absurdo, si se tratara de su patrimonio. El costo total de la operación es de US$ 1.600 millones. Representa los ingresos de menos de diez años, lapso en el cual el valor de las empresas habrán subido y los ingresos también serán mayores.

El argumento de que el dinero se necesita para la reconstrucción, no es válido. La Ley respectiva ya fue aprobada y el erario nacional cuenta con los recursos. Por lo demás, nunca el fisco chileno había contado con tanto dinero. Los precios del cobre se mantienen por sobre niveles históricos. Sólo el gobierno pasado dejó a la administración actual una nada despreciable suma de US$ 25.000 millones.

Respaldando la decisión de vender, el gobierno ha dicho que esta es una política impulsada por la Concertación. Y ésta, pese a que hoy se opone tenazmente, no puede desmentirlo. Tal vez es válido asegurar que la salida del Estado de la administración de las sanitarias abrirá las compuertas para alzas desmedidas. También dejará sin fuente de sustento a numerosos subsidios que reciben en el costo de agua y alcantarillado los sectores más vulnerables de la sociedad chilena.

Finalmente, los privados tienen como meta única el lucro. La Responsabilidad Social Empresarial es más un marbete para posicionar mejor la imagen empresarial, que un compromiso que represente verdadera sensibilidad social.

Hoy también parecen comenzar a aclararse algunos malentendidos. Hasta ahora resulta que ser estatista es una especie de anatema entre los concertacionistas, o sea, en la centro izquierda. En cambio la derecha no ha cambiado ni discurso ni accionar. Está haciendo lo que todos esperaban que hiciera. La sorpresa la aportaron los otros. Aquellos que gerenciaron un régimen neoliberal por 20 años -tal vez el más ortodoxo del mundo-, cuyo modelo decían no compartir.

En el acto que corresponde a esta Navidad, los chilenos pueden sentirse perplejos. Pero no debería ser tanto. Y eso el Gobierno lo sabe. Han transcurrido veinte años de borrar límites. No sólo ideológico-políticos. También de sembrar confusión entre éxito y felicidad. Y, por esa vía, ir acostumbrando la mirada a que el norte de la política debe ser el pragmatismo. Y este comienza por lograr crecimiento económico, pero termina invariablemente confundiendo el interés general con los intereses particulares de los grupos o de los individuos que debieran representar a la ciudadanía.

Es lo que estamos viendo en este acto de la mediocre obra teatral en que se ha convertido la política chilena. El presidente del Partido Socialista, el diputado Osvaldo Andrade, sólo ayer hizo posible que los trabajadores fiscales sufrieran una gran derrota en su lucha salarial. Pues hoy protesta por la jibarización del Estado. Y lo menciono sólo a él, porque es el caso más reciente, ocurrió hace sólo algunos días. Pero como el suyo, hay muchos más.

Porque cualquier chileno tiene derecho a preguntarse ¿cómo se pueden defender los derechos de la mayoría si quienes debieran ser sus referentes destruyen las organizaciones sindicales?

Es como para creer que desde que la política la hacen los economistas, los políticos se han transformado en empresarios. Y ese travestismo es extremadamente dañino. El empresario busca el beneficio personal. Y mientras más alcance, mayor es su éxito. El político, en cambio, está en esa función para defender el interés general. Si olvida tal misión, su presencia no tiene sentido.

Hasta el viejito neoliberal ¡Es mucho!

* Periodista.

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