Ago 31 2007
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Cultura

Una cara de las cosas – OTRO ALCALDE, OTRO HERMANO Y VARIOS OTROS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Preguntaréis, posiblemente, ¿qué tiene que ver La puta de Babilonia con el alcalde de Tocopilla? Y tal vez: …¿De qué hermano se trata?… ¿Cuáles “otros”?…

Os respondo: voy a hablar simplemente de ciertas coincidencias que se dan en la literatura latinoamericana y mundial, casi tan increíbles y reales como las producidas día a día en la vida cotidiana. En este caso, y en primer lugar, entre el libro de un desconocido periodista chileno llamado Luciano Cruz (no el guerrillero del MIR), que murió tras las torturas pinochetistas en 1974, y otro libro, del escritor colombo-mexicano Fernando Vallejo, que no es la obra más conocida del autor de La virgen de los sicarios.

Sucede que al empezar a leer la formidable diatriba contra la Iglesia Católica de Vallejo, titulada La puta de Babilonia (300 páginas), recién publicada y que se vende libremente en Santiago sin que se dé por enterado el Opus Dei ni la jerarquía eclesiástica, guardianes de la fe, leo que el autor lo es también de una novela titulada Mi hermano el alcalde, editada en 2004. Un titulo idéntico -letra a letra- al que le puso a la suya el escritor y periodista chileno Luciano Cruz, impresa en Caracas, ciudad donde residió largos años su flaco y anteojudo creador, en 1964, cuarenta años antes de que se oyera hablar del edil colombiano retratado por Vallejo.

Mi hermano el alcalde de Cruz no se refiere a un consanguíneo, sino a un ex cargador de inmensos sacos de salitre al hombro en el puerto de Tocopilla, en los años 30, que llegó a ser luego ministro de Estado, senador de la República por dos períodos consecutivos, y dirigente nacional del Partido Comunista, el entrañable Víctor Contreras Tapia, de anchas espaldas y fácil sonrisa, que murió entre los 99 y los 100 años de edad en el 2006, en la comuna Pedro Aguirre Cerda, de Santiago, y que empezó su carrera política precisamente como alcalde del puerto de Tocopilla, su ciudad natal. El mismo personaje que figura en la novela de Carlos Cerda ‘Morir en Berlín’, ambienta en los meandros del exilio pinochetista.

“Mi hermano el alcalde” de Vallejo, transcurre en el pequeño pueblo colombiano de Támesis, cercano a la ciudad de Medellín. Cuenta la aventura política inicial de su hermano Carlos, que llegó a ser un prestigioso abogado y diplomático (todo real). En la ficción, Carlos decide lanzarse como candidato a la alcaldía en medio de unas fiebres tropicales, y la novela está centrada en la descripción irónica de los rituales electorales latinoamericanos: promesas irrealizables, muertos que se levantan para votar, compadrazgos y negociados después de asumido el cargo.

Pero aparte de los hermanos alcaldes, hay otras coincidencias literarias asombrosas y de buena fe, en los nombres de los libros, que es lo más común, y a veces en los contenidos o en la atmósfera que rodea la trama. (Entre paréntesis, ¿sabría Vallejo, hijo de Medellín, que alguna vez vivió en Caracas, de la existencia del libro del tocopillano Luciano Cruz?).

Suposiciones aparte, también son parientes cercanos ‘Entre Marx y Una Mujer Desnuda’ del ecuatoriano Jorge Enrique Adum, y el libro del inglés Alexander Comfort ‘Darwin y la Mujer Desnuda’; así como demasiado próximas las ‘Memorias Prematuras’ de Rafael Gumucio, publicadas a sus 30 años en España, el 2003, y la ‘Autobiografía Precoz’ de Eugenio Evtuchenko, publicada a sus 30 años en España, en 1963. ¿Culpa del editor?

Guardo al respecto una “exclusiva” desde hace muchos años. Hay un libro clásico de memorias, del mexicano José Rubén Romero, escrito en 1932, Apuntes de un Lugareño, que editó en Chile (donde era absolutamente desconocido) la editorial estatal Quimantú en 1972, a iniciativa del ya veterano Joaquín Gutiérrez. Pocos años antes, en 1967, Gabriel García Márquez había publicado Cien Años de Soledad (escrito en México), libro que no sólo leyó, sino que “devoró” toda una generación de latinoamericanos. Yo, uno de ellos.

Cuando conocí (después) el texto de José Rubén Romero, cuarenta años anterior al del Gabo, tuve un estremecimiento. La atmósfera de Macondo, el tono del relato, el ojo abierto sobre un mundo nunca antes descrito, estaba ya presente en la obra del mexicano. Todavía me asombra que ningún estudio crítico sobre el Nóbel colombiano, en diferentes lenguas, haya mencionado siquiera de paso esta semejanza, descubierta por este humilde reportero en una de las capitales más alejadas entonces de los grandes centros culturales del mundo.

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* Periodista.

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