Ene 25 2012
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OpiniónPolítica

Viena-Budapest: ida y vuelta al pasado

Austria y Hungría, herederas del imperio de los Habsburgo, comparten otra cuestión: una relación ambigüa con la historia y una tendencia a tolerar las desviaciones políticas. Diez años después de las sanciones europeas contra Austria, Hungría no parece haber extraído las lecciones de aquella experiencia.

 

Desde hace varios años existe una conexión ferroviaria rápida y cómoda entre Viena y Budapest. En todo caso, mucho más rápida que la que había hace ya un cuarto de siglo, cuando realicé por primera vez este viaje y cuando todavía había que atravesar el Telón de Acero.

 

Hoy, Austria y Hungría son miembros de la Unión Europea. Sus capitales parecen primas reconciliadas tras una larga disputa: el espíritu del Danubio que las atraviesa, las grandes avenidas, los palacios neo-renacentistas construidos por los “barones” de la era industrial o el culto a Sissí, la emperatriz de Austria que amaba con pasión a los húngaros rebeldes. Todo habla de una herencia común, la de Europa Central.

 

Entonces, ¿por qué al ir de Viena a Budapest sigue dando la impresión de que hemos cogido un tren hacia los años treinta? Por la violencia del antisemitismo y los odios políticos que se expresan en Hungría.

 

Pero también, para el observador de los dos países, por el creciente desfase entre las experiencias que partieron de un punto muy similar, generadas por los traumas de la Primera Guerra Mundial. Al igual que Hungría, Austria había perdido la mayor parte de su territorio, que fue repartido entre los pueblos que había dominado, antes de ser reducida, tras el Anschluss [Anexión] de 1938, a una simple provincia de la Alemania hitleriana.

 

Una solidaridad un poco vergonzosa

 

Los húngaros, sometidos a los Habsburgo, vieron cómo se les concedía el derecho a someter a croatas, eslovacos, rumanos y otros vasallos, que “magiarizaron” a la fuerza, por lo que tras el Tratado de Trianon en 1920 tuvieron que pagar el precio de sus abusos. Nunca se repusieron de este revés. En una de las oficinas del actual ministro húngaro de Exteriores, János Martonyi, al visitante le habría sorprendido encontrar, a comienzos de 2010, un mapa de la Gran Hungría, con sus fronteras de antes de 1920.

 

Sin embargo, desde el asunto Waldheim, presidente electo en 1986 a pesar de las revelaciones sobre su pasado en la Wehrmacht [fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi], Austria tuvo que hacer frente a su papel en la catástrofe nazi. Mientras, Hungría se refugiaba en un discurso victimista, en el que el mal siempre procedía de los demás: los otomanos, los Habsburgo, los judíos, los liberales, los alemanes, los rusos, los zíngaros y, ahora, la Comisión Europea o el Parlamento de Estrasburgo.

 

“Hungría es la nación más sufridora de Europa”, ironiza el antiguo vicecanciller austriaco Erhard Busek, del Partido del Pueblo (ÖVP), uno de los pocos demócratas-cristianos que se opusieron hasta la saciedad a la alianza con la derecha populista de Jörg Haider, el FPÖ. Añade que es una retórica que Austria conoce porque la ha practicado: durante mucho tiempo, se presentó como “primera víctima del nazismo”, olvidándose de que había proporcionado un gran número de altos mandos al régimen hitleriano.

 

Busek lamenta una cierta “cobardía” por parte de los conservadores europeos con respecto a Orbán. Divididos entre la ira al ver que Budapest la toma con sus empresas y una solidaridad un poco vergonzosa, los austriacos apenas se atreven a criticar las desviaciones de Hungría. Saben que se pondrían bajo el foco de atención. Porque, desde finales de enero de 2000, tras las “sanciones” europeas contra Austria, vivieron un purgatorio preventivo que duró más de siete meses.

 

UE: “la nueva Moscú”

 

El objetivo era aislar con medidas simbólicas al Gobierno que acababa de formar el conservador Wolfgang Schüssel con un partido heredero del nazismo. La lección fue muy dura y se acogió mal. Aún hoy, muchos austriacos están convencidos de que les castigaron de forma injusta, porque eran un país pequeño, al igual que muchos húngaros creen que existe una “histeria” por parte de la prensa internacional.

 

Sin embargo, incluso en el punto álgido de la crisis, Schüssel siguió siendo un europeo convencido. En su despacho había colgado un gran lienzo del pintor Max Weiler, durante mucho tiempo rechazado por la opinión austriaca por ser demasiado moderno. Mientras, a Orbán le gusta aparecer ante una hilera repleta de banderas húngaras, sólo jura ante la Santa Corona húngara y ha comparado a la autoridad de Bruselas con una “nueva Moscú”.

 

Según analiza el politólogo húngaro Zoltán Kiszely, esto quizás se explique por el hecho de que en Hungría muchas personas no creen que la Unión Europea vaya a resistir a las convulsiones actuales. “Teníamos a la monarquía de los Habsburgo y se acabó. Luego nos pusimos de parte del nazismo y esto también acabó mal.  Después llegó la Unión Soviética, que se suponía que duraría y cuyo hundimiento nos sorprendió”.

 

Sin embargo, los austriacos, han comprobado que Europa es algo positivo: un reciente estudio revela que su país es el que más se beneficia económicamente de su pertenencia a la Unión. Esto no impide que Heinz-Christian Strache, sucesor del difunto Jörg Haider, supere con habilidad la crisis financiera europea y cuente con un creciente apoyo en los sondeos. Viena-Budapest, ¿un viaje de ida y vuelta?

 

Manifestación: 100.000 “Viktor, ¡te queremos!”

 

Más de 100.000 personas participaron en la “Békemenet” (Marcha de la paz), el 21 de enero en Budapest. Convocada por periodistas partidarios del Fidesz, el partido de Viktor Orbán, la manifestación fue una demostración de fuerza en apoyo del Gobierno cada vez más polémico de Europa.  El gentío exhibía eslóganes anti-UE: “No seremos una colonia”, “UE = URSS”, y a favor de Viktor Orbán : “1989-2012 –  

El diario de derecha Magyar Nemzet, que se sorprende ante la ausencia de eco en la prensa internacional, considera que:  “el Gobierno húngaro ha sido el blanco de ataques tan exagerados e indignos que no podemos extrañarnos de este efecto bumerán. […] La oposición debe darse cuenta de que únicamente por sí misma no puede derrocar a Orbán, y no se aprecia ningún rastro de que vaya a producirse un vuelco en la política interior del país.”

 

*Publicado en Le Monde, Francia.

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