Ene 28 2022
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Cultura

18 escritores argentinos responden una misma pregunta de Rolando Revagliatti

‚Äú¬ŅTendr√°s por all√≠ alguna situaci√≥n irrisoria de la que hayas sido

m√°s o menos protagonista y que nos quieras contar?‚ÄĚ

 

1: NORBERTO BARLEAND: Por cierto, he vivido muchas situaciones irrisorias, algunas para comentar, otras, tal vez, no. Hace muchos a√Īos asist√≠ a la presentaci√≥n de un libro; en la mesa, el autor, el invitado a referirse a la obra y el coordinador del ciclo dentro del cual se producir√≠a la presentaci√≥n del libro.

Para mi sorpresa, la crítica aguda, filosa del presentador, casi como que no era de su agrado el libro (lo que no sería una actitud para censurar en tanto se puede tomar como de honestidad intelectual ), generó incomodidad.
Reflexiones: la costumbre de halagos, elogios, cierto facilismo en la interpretaci√≥n, lleva a caminos que (a veces) no acostumbramos a transitar. Ha sido aquel un acontecimiento diferente. Debo se√Īalar que el presentador hizo una valoraci√≥n elevada, con s√≥lida argumentaci√≥n y de modo elocuente del autor, no as√≠ del libro que presentaba; m√°s all√° de la situaci√≥n que gener√≥ en el momento, hubo una apertura hacia un espacio distinto donde la cr√≠tica puede ser un juicio severo, no siempre favorable, para atender y considerar.

 

 

2: MARCELO DI MARCO: Esta an√©cdota que protagonic√© hace unos veinte a√Īos sirve para recordar aquello de que el contexto manda. Al poco tiempo de la aparici√≥n de las primeras ediciones de¬†‚ÄúAtreverse a escribir‚Ä̬†y¬†‚ÄúAtreverse a corregir‚ÄĚ, el¬†Departamento de Literatura para Ni√Īos y J√≥venes¬†de Sudamericana nos convoc√≥ a Nomi y a m√≠ a dar una charla en el m√≠tico edificio de Humberto Primo¬†‚Äēhoy remozado y convertido en el cuartel general de Penguin Random House‚Äē. La charla que deb√≠amos dar mi esposa y coautora y yo estaba dirigida a docentes, potenciales usuarios, en sus aulas, de esos dos libros nuestros.¬†Gigliola Zecchin, m√°s conocida como¬†Canela, creadora del mencionado Departamento, nos iba presentando a los docentes, a medida que llegaban a la sala.

‚ÄēElla es jardinera ‚Äēcoment√≥, refiri√©ndose a una de las participantes, y mi respuesta imb√©cil no se hizo esperar:

‚Äē¬°Qu√© bien! Hace unos a√Īos, vi un cartel detr√°s del mostrador de un vivero que dec√≠a: ‚ÄúSi quieres ser feliz una semana, c√°sate. Si quieres ser feliz toda la vida, hazte jardinero‚ÄĚ.

‚ÄēElla es¬†maestra¬†jardinera ‚Äēaclar√≥ Canela, indulgente.
‚ÄēAh.

3: FERNANDO G. TOLEDO: No por ser pocas, sino por ser muchas es que no recuerdo ninguna en particular. Ahora se me presenta la siguiente: tras alguna indisciplina en la escuela secundaria, la preceptora y su peor cara me dijeron: ‚ÄúMa√Īana, si no ven√≠s con tu mam√°, no entr√°s a la escuela‚ÄĚ. Yo le repliqu√©, para cambiarle la cara: ‚ÄúEs que mi mam√° est√° en el cielo‚ÄĚ. Esper√© a que su cara cambiara y cuando iba a pronunciar algo me di vuelta y le complet√©: ‚ÄúEs azafata‚ÄĚ. A pesar de todo ha de haberle parecido bueno el chiste, porque no volvi√≥ a pedirme la compa√Ī√≠a de mis padres para seguir en el colegio.

4: DANIEL ARIAS: Corr√≠a el a√Īo 1978, en pleno Proceso Militar, ya se hab√≠a disuelto ‚ÄúEl C√≠rculo de los Poetas‚ÄĚ como organizaci√≥n cultural po√©tica, y muchos de nosotros nos fuimos alejando como un big-bang de cabotaje: Dejamos de vernos casi todos los d√≠as para encontrarnos de vez en cuando en alguna pe√Īa o en los salones de la Galer√≠a Meridiana o en la Casona de Iv√°n Grondona, pero con algunos seguimos el viaje juntos persiguiendo ensue√Īos. Tal es el caso de mi amigo poeta Daniel Cejas, hoy desaparecido, con el cual compart√≠ una experiencia ins√≥lita.

Daniel se entera de que en la Sociedad Argentina de Escritores se hab√≠an organizado talleres literarios de poes√≠a. En esa √©poca mi esposa, Beatriz Arias, era madre por segunda vez, y con los ni√Īos chiquitos mucho no pod√≠amos hacer, por lo tanto, el elegido para averiguar fui yo. Combin√© con Daniel Cejas y nos fuimos a la SADE Central, en la calle Uruguay. Nos indican que la clase de ese d√≠a ya hab√≠a comenzado y nos tiramos el lance de ingresar a ella. Golpeamos suavemente la puerta alta y con lentitud la abrimos, pasamos, cerramos y nos quedamos de pie, muy quietos.¬† Enfrentado a la puerta de entrada, sentado, detr√°s de un escritorio estaba un se√Īor alto y calvo de ojos claros, rodeado de mesas y sillas con veinte o treinta participantes del taller. Interrumpimos sin decir una sola palabra y el silencio fue inmenso. Todos se dieron vuelta para ver quien entr√≥.

El se√Īor se levanta, tambi√©n √©l sin decir una sola s√≠laba, y se acerca resuelto hacia nosotros y nos pregunta: ‚Äú¬Ņ¬°Qu√© quieren ac√°!?‚ÄĚ, y sus ojos nos clavaron contra la pared. De inmediato extrajo del bolsillo de su saco un revolver plateado y nos apunt√≥ al medio del pecho y a menos de cincuenta cent√≠metros. Daniel dijo algo que nadie entendi√≥ y yo, mudo, con la mano derecha detr√°s de mi espalda logr√© alcanzar el picaporte, lo gir√©, abr√≠ la puerta y nos deslizamos afuera, bajamos por las escaleras corriendo y nos fuimos. Todav√≠a estamos corriendo por la avenida Santa Fe y juro que nunca m√°s ir√© a un curso del poeta Osvaldo Rossler.

5: ALDO LUIS NOVELLI: Situaciones irrisorias, miles o más, pero a la mayoría no las puedo contar porque la memoria es sabia y se las regaló al olvido. De las que recuerdo, hay una de cuando me dedicaba a la caza mayor, eso fue hace mucho tiempo. Después, perseguido por ecologistas y veganos enfervorizados, decidí dedicarme a la caza fotográfica de pájaros.

Dado que intento poetizar todo en la vida, logrando resultados que bien podrían ser parte de situaciones irrisorias, te dejo el poema que relata dicha situación.

 

el ars poética del hipopótamo

tus labios de fresa
tus dientes de marfil
tu saliva de licor
esa boca tan cursi
que me provoca
como a un hipopótamo en celo.

de hipopótamos
supe ir de cacería
me escondía detrás de un arbusto
y cuando se acercaba la manada
a beber en la aguada
le aparec√≠a de improviso al √ļltimo
y con un grito descomunal
le provocaba el susto m√°s grande de su vida.

desaparecido el hipo
el pótamo es un animal
manso y sumiso
casi doméstico
como tu boca.

6: CARLOS MAR√ćA ROMERO SOSA: No s√©, a veces pienso benevolente conmigo, que mi timidez ha sido algo as√≠ como un ant√≠doto contra el rid√≠culo. Pero quiz√° para muchos no debe haber algo m√°s rid√≠culo que una persona t√≠mida que, por serlo, suele tener gestos torpes.

¬†7: DANIEL BARROSO: Era abril de 1983 y hab√≠an matado a Ra√ļl Clemente ‚ÄėEl comandante Roque‚Äô Yager. Nos organizamos, pocos d√≠as despu√©s, para efectuar una interferencia de Canal 11 a una hora de buena audiencia.

Cada uno se haría cargo de una parte del equipo (básicamente por si caía alguno, que no cayera todo el equipo). El primero en llegar fui yo que empezaría a armar la antena y probar la batería, luego los dos restantes con el transmisor, el casete, cables y etcéteras de conectividad.

Cuando ya est√°bamos dentro de la casa, en el barrio de Villa Pueyrred√≥n, con todo en tr√°mite de preparaci√≥n, suena el timbre y Marisa (la compa√Īera due√Īa de casa) con cara de p√°nico nos mira paralizada.

‚ÄĒAtend√©, le dije secamente.

‚ÄĒ¬°Mis suegros!, logr√≥ decir entre ahogos.

Todos se miraron al un√≠sono y empezaron a guardar donde pod√≠an todo lo que hab√≠an llevado. ‚ÄúDe aqu√≠ en m√°s hay que improvisar‚ÄĚ, dijo uno de nosotros y todos asentimos. ‚ÄúPero ¬Ņqu√© podemos improvisar tres tipos desconocidos en la casa de la nuera cuando el marido no est√°?‚ÄĚ dije, mientras rebotaba con la bater√≠a desde el bajo mesada al ba√Īo y viceversa.

‚ÄĒYa bajo, enton√≥, casi en un lamento, a quien llamaremos Marisa.

La llegada de los suegros de Marisa nos encontr√≥ sentados alrededor de la mesa del comedor, hablando de lo dif√≠cil que resultaba cazar avestruces en esa √©poca del a√Īo. Casi tropez√°ndose nos levantamos para saludar a la pareja de aspecto ‚Äúbodas de plata‚ÄĚ, a quienes salud√°bamos estrech√°ndoles la mano, pero con el cuerpo (de la cintura para arriba) torcionado hacia Marisa, haciendo imposible el recorrido sin atropellar sillas o quedar con distensi√≥n del nervio ci√°tico. La sonrisa de nosotros tres era una mueca entre chaplinesca y de minusval√≠a mental, mientras nos amonton√°bamos como haciendo una barrera para aguantar un chutazo de tiro libre del panadero D√≠az.

‚ÄĒBueno, decile a (supongamos) Orlando que nos vemos cuando regrese, as√≠ arreglamos la salida a San Pedro, dijo con desgano uno de nosotros.

‚ÄĒEso, las carpas ya est√°n aseguradas, remarc√≥, casi inaudible (digamos) Benjam√≠n.

‚ÄĒHa sido un gusto, dije yo, mientras nos volv√≠amos a estrechar las manos en un cruce a lo Laurel y Hardy.

Marisa, nos acompa√Ī√≥ hasta la puerta, nos despidi√≥ casi a los gritos, no dejaba de suspirar, en realidad estaba al borde del colapso por angustia.

Por suerte, los suegros, se fueron enseguida. Hab√≠an llevado ‚Äúel postre que le gusta a Orlando‚ÄĚ para cuando regresara de su comisi√≥n de trabajo en el sur. Imprudentemente, el operativo de interferencia se hizo igual, un rato despu√©s y un par de llamadas telef√≥nicas de por medio, atendidas como equivocadas por parte de la compa√Īera. El poco tiempo de espera fue en un bar con tel√©fono de las inmediaciones. Algunos de los parroquianos miraban con asombro a tres dementes que entraron por separado, que ocupaban mesas distintas y que no paraban de re√≠rse.

8: ROGELIO RAMOS SIGNES: Siempre tuve la costumbre de hacer brev√≠simas introducciones antes de leer un poema en alg√ļn recital; no para explicar algo (nada hay que explicar) sino para cortar el clima del poema anterior y empezar de nuevo. Eso mismo hac√≠an mis compa√Īeros de lectura durante muchos a√Īos: Ma√≠si Colombo, Ricardo Gandolfo y Manuel Mart√≠nez Novillo.

Una vez, durante una lectura frente a un p√ļblico incre√≠blemente multitudinario, una se√Īora que estaba sentada junto a la poeta F√°tima Gatti le dijo en tono confesional: ‚ÄúMe gusta mucho m√°s lo que cuentan antes de cada poema, que los poemas en s√≠‚ÄĚ.

Jajaj√°. ¬°Fracaso total!

9: ALEJANDRO MARGULIS: Hab√≠a un muchacho que iba a poner un rest√≥ en la esquina de casa, que da a una avenida de tr√°nsito pesado y r√°pido donde ning√ļn negocio funciona. A m√≠ me gusta pintar y quer√≠a vender un cuadro. Mi argumento para que me comprara una obra hecha especialmente para √©l fue que, de ese modo, con pinturas como √©sa, iba a conseguir que su boliche fuese un sitio de referencia, y que as√≠ los clientes iban a acercarse a conocerlo por su decoraci√≥n, ya que estaba demasiado a trasmano. El muchacho¬†me mir√≥ torcido cuando dije eso. Para convencerlo de mi propuesta le ofrec√≠ hacerle una prueba, aprovechando que todav√≠a estaban refaccionando el lugar y que los acr√≠licos donde el due√Īo anterior hab√≠a colocado gigantograf√≠as de hamburguesas ahora estaban vac√≠os.

Yo pintar√≠a uno de los acr√≠licos y √©l ver√≠a despu√©s c√≥mo quedaba. Acept√≥ a rega√Īadientes. As√≠ que ese Yom Kipur en vez de ir a compartir la celebraci√≥n con mi familia me qued√© en casa¬†y durante la noche copi√©, de una imagen que encontr√© navegando en la computadora, unas playas inmensas. Pint√© el cuadro con un acr√≠lico especial. Y lo titul√© NICE. Cuando lo termin√© fui a llamar al muchacho del restor√°n, le insist√≠ para que viniese a casa a verlo y hasta acced√≠ a corregir algunos detalles cuando descubr√≠ el desinter√©s en su cara. Al d√≠a siguiente se lo llev√© terminado al restor√°n; como el desinter√©s segu√≠a, le propuse que lo dejase durante todo el fin de semana expuesto para que el cuadro pudiese defenderse por s√≠ mismo.

‚ÄúColgalo y vemos qu√© reacci√≥n provoca‚ÄĚ, dije. Pas√© un fin de semana en paz conmigo mismo, satisfecho por haber cumplido con mi deber de artista, o con lo que yo pensaba que deb√≠a ser el modo de comportarse de un artista. Cuando el lunes temprano pas√© por el restor√°n las mesas de f√≥rmica hab√≠an sido cubiertas con manteles violetas largos hasta el piso, servilletas al tono y centros de mesa con flores artificiales. Hac√≠a un calor espantoso y √©l estaba en la esquina repartiendo volantes del nuevo rest√≥, transpiraba adentro de un elegante traje negro y llevaba los pies apretados por unos zapatos de cuero brillantes de bet√ļn, pero no parec√≠a sentirse inc√≥modo por ser el √ļnico arreglado de semejante modo en esa avenida donde ninguno de los autos particulares, los camioneros y los taxistas se deten√≠an ahora que ya no estaba la hamburgueser√≠a al paso.

Me conmovi√≥ su entereza y dignidad frente al inminente fracaso. Y me felicit√© por haber hecho un aporte a su sue√Īo del restor√°n perfecto y fino en el peor lugar de la ciudad. Me acerqu√© a preguntarle por los comentarios que hab√≠a obtenido con respecto al cuadro. ‚ÄúNo gust√≥‚ÄĚ, dijo. ‚Äú¬ŅC√≥mo que no gust√≥? ¬ŅA qui√©n no le gust√≥?‚ÄĚ. ‚ÄúA mi se√Īora‚ÄĚ. ‚ÄúPero ¬Ņqu√© entiende tu se√Īora de arte?‚ÄĚ, dije. Silencio. Me di cuenta de que llevaba las de perder y recul√©. ‚ÄúBueno, me lo llevo entonces‚Ķ‚ÄĚ. ‚Äú¬ŅC√≥mo que te lo llev√°s‚Ķ?‚ÄĚ, dijo √©l y por un instante pens√© que hab√≠a entrado en raz√≥n. ‚ÄúS√≠, me lo llevo‚Ķ‚ÄĚ. ‚ÄúAh, no‚Ķ pero yo necesito el acr√≠lico‚Ķ‚ÄĚ. Me qued√© mir√°ndolo. Y por encima de su hombro, al cuadro colocado en la pared, arriba de la caja. La verdad que quedaba precioso. ‚ÄúNo entend√©s‚ÄĚ, dije entonces. ‚ÄúNecesitar√°s el acr√≠lico, pero ahora es una pintura. Una obra‚ÄĚ, agregu√© t√≠midamente. ‚ÄúUna obra que tiene un valor por s√≠ misma‚ÄĚ. De pronto √©ramos dos los que est√°bamos transpirando en esa esquina de la avenida. El muchacho dijo en ese momento algo inesperado: ‚ÄúCu√°nto vale‚ÄĚ.

Dije un precio. ‚ÄúBueno‚ÄĚ, dijo y yo pens√© que me hab√≠a quedado corto con la cifra. ‚ÄúTe lo compro‚ÄĚ. Entonces entend√≠. ‚Äú¬ŅQu√© vas a hacer con el cuadro?‚ÄĚ, dije. ‚ÄúNada. Lo voy a lavar y voy a volver a poner el acr√≠lico‚ÄĚ, dijo el muchacho. Casi le pego. Pero me reprim√≠. ‚ÄúNo‚Ķ no pod√©s hacer eso‚Ķ‚ÄĚ. Me pregunt√© que hubiera hecho Van Gogh en una situaci√≥n similar. Qu√© hubiera hecho Picasso. ‚Äú¬ŅCu√°nto cuesta el acr√≠lico?‚ÄĚ, pregunt√©. El muchacho respondi√≥ con toda seriedad una cifra. Era el doble de la que hab√≠a dicho yo. Pens√© que mi cuadro estaba cotizando en el mercado, o que ese deb√≠a ser el famoso mercado del arte. ‚ÄúYo te compro el acr√≠lico‚ÄĚ, dije. √Čl acept√≥ enseguida.¬†Desde ese momento el NICE se convirti√≥ en la pintura por excelencia del living de casa.

10: FRANCISCO ROMANO P√ČREZ: Una ma√Īana fr√≠a, en mi jard√≠n, me empap√≥ la tristeza. Encontr√© una mariposa en agon√≠a. La tom√© entre mis manos. Gracias, apenas, me dijo. Te dejo mis alas, me dijo. Y parti√≥.

11: JULIO ARANDA: No del orden de lo irrisorio, pero s√≠ curioso. Fue en 1997 o 1998. Nos invitan, entre otros, a Jorge Montesano y a m√≠ a una lectura de poemas y nos piden que les adelantemos el material que √≠bamos a leer, cosa que nos pareci√≥ extra√Īo…; entre mis poemas hab√≠a uno que hac√≠a alusi√≥n a los desaparecidos. Lo que no sab√≠amos era que la lectura se realizaba en la sede de un edificio c√©ntrico que por ese entonces pertenec√≠a al C√≠rculo Militar. Nos citan un par de d√≠as antes y ‚Äúgentilmente‚ÄĚ me indican que ese poema no debo leerlo porque el tema estaba muy trillado y bla-bla-bla, y que no lo tome como un acto de censura.

Ante mi sorpresa, Jorge Montesano increpa a los dos hombres que nos atend√≠an, dici√©ndoles que ‚Äúno vamos a permitir‚ÄĚ que nos elijan los poemas, y que si no estaban de acuerdo que borraran nuestros nombres del programa. Los hombres se miraron entre s√≠, como consult√°ndose, y juro que tem√≠ que todo se siguiera complicando.

Finalmente, nos devolvieron el material se√Īal√°ndonos que s√≥lo era una sugerencia. Corolario: me di el gusto de leer un poema sobre los desaparecidos en un evento cultural organizado en un edificio que pertenec√≠a al C√≠rculo Militar.

12: LUIS ALBERTO SALVAREZZA:

En Par√≠s, la familia Desecures nos alquilaba el departamento donde vivimos estando all√≠. A los pocos d√≠as de alquilar nos invitan a cenar. La cena se desarroll√≥ normalmente hasta el momento que nos presentaron la mesa de quesos. Del que deb√≠amos probar uno o dos trozos. Los anfitriones a trav√©s de √©stos, nos dijeron despu√©s, comprueban si el invitado ha quedado satisfecho. Con Adriana probamos peque√Īos trozos, pero de un mont√≥n de quesos. Lamentablemente al otro d√≠a, en la clase de Civilizaci√≥n, nos contaron que deb√≠amos ser discretos en esas ocasiones. Fuimos y pedimos disculpas y ellos se rieron un mont√≥n. La explicaci√≥n que dimos fue ingenua pero valedera: que no conoc√≠amos muchos de esos quesos, respuesta que les result√≥ simp√°tica.

La primera vez que me preguntaron su gracia: quedé mirándolo al que me lo preguntó. Un papelón.

El ridículo lo cometo permanentemente frente a los avances tecnológicos. Recuerdo las canillas con censores y mi fastidio: no hay agua. Las tarjetas magnéticas para abrir puertas.

Hacerme el popular haciendo mal uso de los dichos populares y haciendo reír al auditorio.

13: CLAUDIO F. PORTIGLIA: Viví entre situaciones irrisorias -no todas publicables-, pero una se grabó y me alertó.

Yo escribo desde que tengo memoria. En una econom√≠a de escasez extrema, los juguetes que siempre me acompa√Īaron fueron un cuaderno y un l√°piz. A veces, tambi√©n, una cajita de l√°pices de colores; pero pronto comprend√≠ que los gastaba en vez de invertirlos.

La cuesti√≥n es que me pasaba las horas apuntando no s√© qu√©. Solo, por lo general; o con una vecinita. A la remanida pregunta que hacen los adultos acerca de ‚Äúqu√© quer√©s ser cuando seas grande‚ÄĚ, yo respond√≠a que quer√≠a escribir. Mi mam√° fantaseaba con que fuera escribano, porque la literatura y la poes√≠a eran ajenas a mi familia nuclear.

Ya en la secundaria y becado por una instituci√≥n que entrevi√≥ mi vocaci√≥n de periodista, se me recomend√≥ para ‚Äúpracticar‚ÄĚ en uno de los diarios de la ciudad de Jun√≠n. Por entonces, el m√°s modesto y, adem√°s vespertino, que hab√≠a fundado un reconocido dirigente radical y que sobreviv√≠a a duras penas.

Mi primera tarea consist√≠a en copiar las noticias del diario ‚ÄúLa Raz√≥n‚ÄĚ de la tarde anterior o del matutino local; y ‚Äúarreglarlas‚ÄĚ de tal manera que no parecieran copiadas. Despu√©s recorr√≠a las comisar√≠as en busca de las policiales que acreditaban los telegramas y, despu√©s, pasaba por la secretar√≠a de prensa municipal para recoger comunicados.

Hasta que lleg√≥ la campa√Īa electoral, una vez que el teniente general Lanusse, presidente de facto, levantara la veda, y a m√≠ me toc√≥ cubrir todos los actos de ‚ÄúC√°mpora al Gobierno, Per√≥n al Poder‚ÄĚ que se hac√≠an en los barrios de mi ciudad.

Era un ascenso, por supuesto. Pero, aquí lo irrisorio:

No s√≥lo que nunca me pagaron un centavo por las muchas notas que escrib√≠, sino que para leerme a m√≠ mismo en letras de molde ten√≠a que comprar el ejemplar, porque tampoco me lo regalaban. Y los compraba, claro. Porque la vanidad y el orgullo de ‚Äúescribir para el diario‚ÄĚ pod√≠an m√°s que la conciencia de explotaci√≥n.

Y eso que mis notas ni siquiera sal√≠an firmadas. S√≥lo yo sab√≠a qui√©n era el autor. S√≥lo yo con mi onanismo intelectual de un chico de 15 a√Īos.

14: PABLO INGBERG: De recorrida por el Peloponeso en auto alquilado, llegamos a un alojamiento en Nafplio. Entre mi balbuceo de griego moderno y el de ingl√©s de la due√Īa, le pregunto d√≥nde hay un supermercado para comprar con qu√© hacernos la cena. Hay dos, uno peque√Īo cerca y otro grande un poco m√°s lejos, cierran en pocos minutos. Vamos r√°pido en el auto a buscar el grande. En una esquina no sabemos si seguir derecho o doblar. En la misma mezcla de balbuceos, le pregunto a un tipo que pasea el perro. Este balbucea un poco m√°s de ingl√©s. Me dice que para aquel lado hay un¬†little.

No little, le digo yo, quiero un big, uno grande. Sí, sí, big, para allá, un little. De nuevo: yo: no little; él: no little, sí big, little, para allá. No había tiempo, la suerte estaba echada: doblamos por donde nos decía. En un minuto llegamos, justo a tiempo, a un enorme supermercado Lidl: una cadena alemana, desconocida para mí hasta ese momento, que después reencontré en muchas otras partes. Tal vez el tipo todavía se acuerde de aquel sordo que entendía little cuando él claramente decía Lidl.

¬†15: CARLOS ENRIQUE BERBEGLIA: S√≠, una digna de tener en cuenta, hace ya muchos a√Īos, en el mes de enero, a las orillas del r√≠o Cosqu√≠n, en la provincia de C√≥rdoba. Me encontraba en un campamento, con mis compa√Īeros estudiantes universitarios de la Facultad de Filosof√≠a y Letras, cuando se desat√≥ un temporal nocturno que hizo salir de cauce al r√≠o. A la ma√Īana siguiente las aguas¬†ya hab√≠an regresado al lecho habitual, aunque en algunas oquedades restaron charcos.

En uno de esos charcos, que se estaba vaciando porque las aguas se dispersaban, hab√≠a un pescadito de tama√Īo menor que un dedo que se debat√≠a, desesperado, porque se le iba acabando el elemento donde sobreviv√≠a.

Proced√≠ a ponerlo entre mis manos en un cuenco con algo de agua y depositarlo en el r√≠o propiamente dicho, donde ya no correr√≠a¬†riesgo de asfixia alguna…

¡De no creer! En vez de alejarse río adentro se quedó un buen rato dando vueltas entre mis dedos, desde el momento que no saqué la mano del agua, como agradeciéndome que le hubiera salvado la vida, me los rozó una y otra vez y solamente se alejó al yo retirar mi mano de las aguas.

¡Si esa actitud no fue consciente que se la cuenten a la caterva de cuantos todavía se dan el lujo de ignorar la existencia de una mente animal, más valiosa que la de los políticos, economistas, jueces o milicos corruptos que mantienen a la humanidad en el estado lamentable que le conocemos!

 

16: MARCELO DUGHETTI: En 1997 me hab√≠an invitado a coordinar un taller de poes√≠a en una c√°rcel. Se trataba de una jornada donde confluir√≠an diversas expresiones art√≠sticas en talleres para los internos. Con tremendo temor a cometer torpezas en las cuales me perfecciono d√≠a a d√≠a, me fui en bicicleta hasta el penal. Me acompa√Īaba un perro chusco que siempre me esperaba a la puerta de casa y descargas el√©ctricas¬†de una incipiente tormenta que le¬†arrugaba el hocico al m√°s pintado.

El penal es como un buque ominoso y, por supuesto, opresivo, encallado en las afueras de mi ciudad. Abrieron las puertas los guardias y tambi√©n las cerraron: odio el sonido de las puertas al cerrarse. M√°s o menos se calculaba un tallercito de 40 minutos que, combinado con los otros talleres de pintura, artesan√≠a, m√ļsica¬†y maquetismo, har√≠an las delicias de los hombres y mujeres privados de su libertad. Cerrar√≠a el evento una banda municipal que interpretar√≠a algunos temas de los m√°s influyentes en la pampa¬†gringa: por ejemplo,¬†‚Äú¬ŅQui√©n se ha tomado todo el vino?‚ÄĚ de Carlos ‚ÄúLa Mona‚ÄĚ Gim√©nez.

No había, en principio, nadie de la escuela que me recibiera, nadie de la biblioteca del penal, ninguno de los directivos. Pensé que los oficiales o personal subalterno estaría enterado, pero no.

Nuestra c√°rcel es un cuadro cerrado con torres¬†de control, pero que vista desde arriba semeja una torre de departamentos, desde luego, a lo Dante, como un averno invertido. Bueno, para sintetizar,¬†tampoco llegaron los otros talleristas y la cosa se puso heavy.¬†Aparecieron las autoridades, el director orden√≥ continuar con los talleres que ahora se hab√≠an reducido¬†solo a uno y que por la afluencia de personas¬†se har√≠a en la capilla abandonada del penal. P√ļblico¬†cautivo, nunca mejor dicho. Yo nunca hab√≠a tenido tanta concurrencia en un taller.¬†Pusieron hombres de un lado, mujeres del otro y guardias hasta los dientes. En ese contexto la poes√≠a¬†no quer√≠a salir de su cueva ni que le pegaran palos.

El taller deriv√≥ en una charla, y en una charla entre un pichi que al lado de los internos era un ni√Īo de cinco a√Īos, personas¬†repletas de experiencias de vida dura y traum√°tica. Finalizando la charla fue el desastre, el sumun de mi torpeza, porque¬†animado por el contexto de capilla y recordando lo que dec√≠a un viejo cura,¬†se me dio por decir¬†‚ÄúBueno, gente, pueden ir en paz, los dejo libres‚ÄĚ. Todos se largaron a re√≠r a carcajadas por la frase y la contestaci√≥n¬†de una de las reclusas: ‚ÄúDeb√©s ser el √ļnico¬†que nos deja libres‚ÄĚ. Las risotadas fueron como un coro de √°ngeles que, como una atmosfera¬†redujo presi√≥n y hasta los m√°s fieros guardias esbozaron una sonrisa por la ocurrencia del peor tallerista que jam√°s hubiera pisado el infierno.

17: LUIS COLOMBINI: Estando en el inicio de la preparación de una obra de teatro, donde se lee primeramente el texto entre todo el grupo, y estando todos sentados alrededor de una mesa, encuentro en uno de los bolsillos de mi abrigo la manivela plástica para levantar el vidrio del Dodge 1500 que yo tenía en esa época. No sé por qué motivo (concentración, expectativa desmedida), me encontré mordiendo la parte giratoria y haciendo girar lentamente la manivela sin tener presente que soy un hombre de barba y bigote. Al tercer giro empecé a notar que el labio superior empezaba a estirarse y el dolor a tornarse un poco inaguantable.

Entonces pens√© que los giros iniciales hab√≠an sido en el sentido opuesto a la direcci√≥n de las agujas del reloj; ‚Äúsabiamente‚ÄĚ me dije: ahora vamos a darle en el sentido del reloj. A todo esto, s√≥lo se escuchaban las voces de los actores leyendo el texto. Comenc√© a transpirar, el dolor, inaguantable, y yo como un idiota con un remolino de pelos atorando la manivela del Dodge 1500. No tuve m√°s remedio que pegar un grito de auxilio. Escena 1: Todos mir√°ndome con el artefacto colgando¬†de mi cara. Escena 2: Yo corriendo buscando una tijera que me aliviara.

18: NICOL√ĀS ANTONIOLI: Infinidad. Puedo mencionar dos, relacionadas con mi calidad de automovilista por las rutas de Argentina y M√©xico. La primera tuvo lugar en la ruta 151 de la provincia de La Pampa, tambi√©n llamada ‚Äúde la muerte‚ÄĚ, porque es una de las carreteras m√°s peligrosas del pa√≠s, dado que est√° plagada de inmensos pozos y desniveles (de esto me enter√© gracias a un enorme cartel al costado de la ruta cuando ya no ten√≠a posibilidad de retorno). Para resumir, la ruta no tiene banquina, es doble mano, muy estrecha y con una intensidad de tr√°nsito de camiones de gran porte bastante fluido.

A la altura del pueblo de Puel√©n reventamos un neum√°tico, de esto me di cuenta varios kil√≥metros despu√©s, ya que dentro del auto no se sent√≠a la diferencia. El auto empez√≥ a corcovear. Con toda la tranquilidad del mundo me dispuse a cambiar la rueda averiada. Cuando intent√© extraer la de auxilio del compartimiento, advert√≠ que le hab√≠a puesto un candado de seguridad con clave de tres d√≠gitos. Confiado en mi memoria para todo lo referido a contrase√Īas, coloqu√© la que siempre utilizo. Era incorrecta. Prob√© con la siguiente posible. Tambi√©n incorrecta. Segu√≠ empecinado y fallando en reiteradas oportunidades.

A todo esto, la noche pampeana caía espesa y el zumbido de los camiones dotaba a la escena de una atmósfera dantesca. Se hicieron cerca de las 12 de la noche y los errores se habían acumulado hasta el borde de la desesperación. Terminé cediendo a la idea descabellada de mi pareja, quien insistía en cortar el candado con un cuchillo tramontina. Con mucha dificultad, desesperado, con las manos ensangrentadas, pero firmes en la tarea que parecía absurda, pudimos cortar el famoso candado.

Una vez sorteada esa contrariedad salida de una pel√≠cula serie B, y luego de colocar la rueda en su sitio, el auto no arranc√≥, porque se le hab√≠a agotado la bater√≠a. Me hab√≠a olvidado de apagar las luces, de hecho, me hubiese resultado imposible realizar todas esas maniobras desopilantes sin el resplandor de los faros. Cuesti√≥n que apelamos a una estrategia poco ortodoxa, pero efectiva. Apagamos todo, cruzamos los dedos, dejamos descansar el auto cerca de media hora y giramos la llave. Cost√≥, pero funcion√≥, poco a poco el auto se fue ‚Äúrecuperando‚ÄĚ y logramos llegar ilesos al pueblo m√°s pr√≥ximo.

El otro episodio ocurrió en la isla de Cozumel, México. Habíamos alquilado con mi pareja un automóvil convertible para pasear por la isla con más comodidad. El alquiler, supuestamente, era uno de los más caros, pero el tipo de cambio del momento nos beneficiaba bastante, lo que hacía que el gasto fuese casi ínfimo para nuestro presupuesto. Nos dieron el escarabajo descapotable. Nada que ver con la foto del catálogo. Destartalado, escupía humo, consumía combustible de una manera escandalosa.

La caja de cambios y el embrague casi no existían, al igual que los frenos. Carecía de tapa de combustible, por lo que el excesivo calor del Caribe mexicano hacía que éste se evaporase. Recuerdo que, en un tramo del recorrido, nos metimos en una calle que había sido cortada porque se estaba disputando una carrera de motocicletas; me harté, apagué el motor y empecé a arrastrar el auto con los pies, marcha atrás, porque el bólido no respondía. Así anduvimos un largo trayecto para ahorrar nafta. Cuando ya nos habíamos acostumbrado a maniobrar el escarabajo, aconteció una tormenta tropical repentina.

Tuve que conseguir una bolsa de nylon para proteger la entrada del tanque de combustible, y que no se llene de agua. Con ese nivel de adrenalina completamos la otra mitad del recorrido. Cruzando los dedos para no quedarnos varados en mitad de la ruta. Cuando llegamos al local de alquileres la tormenta se disipó en menos de un minuto, y volvió a salir el sol abrasador.

 

 

 

 

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