La lucha decisiva del siglo XXI no se libra en un campo de batalla, sino en la infraestructura de datos invisible que impulsa el mundo. Es dentro de esta infraestructura donde los gigantes digitales construyen poder, los gobiernos intentan recuperar el control perdido y los países periféricos, como Brasil, corren el riesgo de convertirse en meros proveedores de información en bruto.
En este contexto, el artículo de los investigadores César Bolaño y Fabrício Zanghelini surge como una advertencia urgente, desenmascarando la seductora idea de que una «nueva economía de datos» está llevando a la humanidad hacia una era de prosperidad tecnológica. El texto muestra que esta promesa es, en realidad, una cortina de humo que oculta relaciones de poder asimétricas y mecanismos de dependencia cada vez más sofisticados.
Los autores comienzan por desmantelar la creencia de que los datos poseen un valor intrínseco, como si fueran el petróleo de la era digital. Esta comparación, repetida hasta la saciedad, simplemente no se sostiene. Los datos brutos carecen de valor hasta que el trabajo humano los transforma en información útil. A partir de esta observación, toda la narrativa sobre la «exportación de datos» pierde su atractivo. Lo que se exporta, en la práctica, son rastros capturados por corporaciones capaces de convertirlos en ganancias y soberanía tecnológica.
Los Estados Unidos, consolidan el control sobre inmensos repositorios globales de datos, transformando el mundo en su esfera de influencia informativa.
El golpe y el control
A partir de este punto, el debate deja de ser puramente económico para convertirse en abiertamente geopolítico: quien controla los datos controla poblaciones, comportamientos, consumo, circulación e incluso creencias políticas. Y es en este pasaje donde el artículo formula una de las afirmaciones más contundentes del debate contemporáneo: «La explotación de datos extraídos de la población por empresas privadas constituye una forma de expropiación de un bien público y, cuando la llevan a cabo grandes corporaciones extranjeras, representa un riesgo concreto para la seguridad y la soberanía de los países periféricos». Esto no es una advertencia, es un ultimátum.
Esta advertencia revela la presencia intelectual que sustenta el texto: César Bolaño siempre ha demostrado seriedad, lucidez y un toque de ironía en sus análisis quirúrgicos, y este artículo confirma aún más esa trayectoria intelectual. Junto a Fabrício Zanghelini, refuerza algo que sus trabajos anteriores ya indicaban con una precisión casi profética: la tecnología nunca es neutral, nunca es meramente técnica, y nunca llega sin la compañía de intereses económicos y luchas de poder. Ambos autores caminan juntos con una claridad excepcional, desmantelando mitos tecnológicos con una combinación de rigor analítico y observación sensible de la realidad digital.
La colaboración revela un diálogo entre generaciones que se complementan, uniendo la
experiencia histórica y teórica de Bolaño con la aguda mirada de Zanghelini sobre la plataformización, la subsunción del trabajo y la financiarización. El resultado es un texto que no solo interpreta el presente, sino que desafía el entusiasmo acrítico que suele rodear a la innovación. Ambos se reflejan en el país. Una invitación a verse a sí mismos ante la urgencia de la soberanía informativa.
La elegante ironía de Bolaño impregna el texto al exponer con precisión las contradicciones del discurso dominante. Muestra cómo la metáfora de los datos como petróleo es más marketing que teoría y nos recuerda que llamar revolución a cualquier innovación tecnológica, sin comprender sus determinantes materiales, es repetir el viejo error de confundir apariencia con estructura. Su pensamiento, siempre atento a las relaciones de poder y al lugar de la periferia en el capitalismo global, devuelve al debate la densidad que a menudo falta.
Su lucidez se manifiesta en la valentía de reafirmar que los datos no son una mercancía, carecen de valor intrínseco y no inauguran una etapa histórica completamente nueva. Son simplemente materia prima capturada, organizada y manipulada dentro de una lógica de acumulación que requiere ser confrontada críticamente.
Otro punto esencial del artículo reside en el análisis de la financiarización de los datos. Los autores demuestran que el mercado emergente de compraventa de datos brutos funciona como una nueva forma de capital ficticio. Los datos sin procesar se comercializan como promesas de valor futuro, de forma similar a los derivados y otros instrumentos financieros altamente especulativos. Esta lógica fortalece a las empresas propietarias de infraestructuras digitales y profundiza la dependencia de los países periféricos, que proporcionan rastros de datos gratuitamente, asumiendo las consecuencias sociales, políticas y económicas de esta dinámica.
También cabe destacar un problema grave y poco abordado: el Estado está perdiendo la capacidad de controlar sus propias estadísticas. Institutos nacionales, como el IBGE, se están volviendo dependientes de negociaciones con empresas privadas para acceder a datos esenciales para la planificación de políticas públicas. Esto rompe con la tradición histórica de la estadística como ciencia estatal y pone en peligro la capacidad de formular estrategias de desarrollo autónomas. Cuando un país pierde el control sobre su base de información, también pierde su soberanía en la planificación. ¡Es un hecho!
Las grandes empresas tecnológicas han dejado de ser meros intermediarios tecnológicos para convertirse en infraestructuras estructurantes de la vida social. Controlan servicios esenciales, almacenan información sensible, influyen en decisiones públicas y privadas, y moldean cómo consumimos, interactuamos y trabajamos. Los bienes públicos terminan transformándose en recursos privados. Lo que debería servir al interés colectivo empieza a obedecer a la lógica de la rentabilidad y la acumulación de grandes oligopolios digitales. Esta es la nueva y vieja historia.
El artículo señala posibles caminos. Sí, posibles caminos. Es decir, para abordar esta asimetría, sería necesario desarrollar una infraestructura digital pública robusta, crear una nube estatal soberana, integrar datos gubernamentales estratégicos bajo protección estatal directa y formar personal técnico capaz de abordar la complejidad regulatoria y tecnológica del mundo contemporáneo. Sobre todo, sería necesario evitar que los datos públicos se privaticen, se moneticen o se entreguen a corporaciones cuya lógica no es el interés colectivo, sino el lucro. ¿De verdad hay tiempo?
El mensaje final es simple y contundente. Los datos son la nueva frontera de la soberanía nacional. No son un recurso natural, no son petróleo digital, ni inauguran un nuevo modelo de capitalismo. Son, sobre todo, un territorio. Y el país que no controle su propio territorio informativo estará condenado a perpetuar una vieja dependencia con nuevos nombres y nuevas herramientas. Brasil necesita despertar ante esta disputa antes de que se vuelva irreversible. La historia no suele ofrecer segundas oportunidades, y mucho menos dormir en una cuna de esplendor.
* Periodista, profesora de periodismo, escritora y trabaja en el Programa de Posgrado en Comunicación de la Universidad Federal de Piauí
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