El emperador Donald Trump tiene juguete nuevo

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Con bombos y platillos Donald Trump presentó en Davos su “Junta de Paz”, rodeado de presidentes de algunos pocos países, entre ellos Argentina y Paraguay. En un discurso dominado por el autoelogio narcisita y frases altisonantes, la proclamó como la Junta más prestigiosa de la historia y aseguró que hará lo que las Naciones Unidas, a su juicio, fueron incapaces de hacer.

Pero detrás del espectáculo y la autocelebración no hay una ruptura con la tradición de la política exterior estadounidense, sino su versión más descarnada y personalista. Hace más de treinta años Madelaine Albright había dicho de manera muy clara “actuamos multilateralmente cuando podemos y unilateralmente cuando debemos”. 

Albright no fue un personaje marginal. Fue embajadora de Estados Unidos ante la ONU (1993–1997) y Secretaria de Estado de Bill Clinton (1997–2001).

Trump dice lo mismo a su manera, anteponiendo su persona al “nosotros” del país. En esencia, es una continuidad de la política estadounidense que llevó a la invasión de Panamá en 1989, al ataque a Kosovo en 1999 y a la República Bolivariana de Venezuela en 2026; solo para mencionar algunos de los últimos casos de intervenciones militares.

Apenas tres hechos ilustran la famosa frase de Albright y representan el accionar histórico de los Estados Unidos, acentuado en las últimas décadas por los duros cuestionamientos de la Casa Blanca a las Naciones Unidas por no respaldar sus acciones.

Ninguno de los últimos seis presidentes (Reagan, Bush, Clinton, Obama, Trump o Biden) anunció formalmente que dejaría la ONU a pesar de las críticas. Lo que sí han hecho algunos -especialmente republicanos- es retirarse o amenazar con retirarse de agencias u organismos vinculados a la ONU, como hizo Trump cuando se retiró de la UNESCO en 2017.  En 2026 ya anunció que dejará de participar y financiar 66 organismos, agencias y comisiones internacionales, alrededor de 31 de ellas vinculadas a la ONU.

A l'ONU, George Bush se fait l'avocat des pays en développementGeorge W. Bush (hijo) fue el primer presidente que planteó explícitamente que la ONU podía volverse “irrelevante” si no se alineaba con la política de Washington. Lo dijo en el contexto previo a la invasión de Irak en 2003. Como el Consejo de Seguridad no autorizó la invasión, Bush lo ignoró, armó una “coalición de voluntarios” e invadió al margen del sistema multilateral. Bill Clinton, por su parte, ya había actuado de manera similar años antes, cuando bombardeó Kosovo sin autorización del Consejo de Seguridad.

A nadie se le escapa que Trump es más osado y rompe todos los moldes. Los anteriores presidentes cuestionaron la ONU, pero no amenazaron con crear una estructura internacional paralela compuesta solo por países que aprueben todos sus actos. A su manera, les importaba mantener las formas.

Trump quiere crear una “miniONU” donde nadie le lleve la contra. Su nuevo juguete se llama “Junta de Paz (Board of Peace).

En un primer momento se pensó que sería un organismo para avanzar con el plan para Gaza que presentó junto a Benjamín Netanyahu el 29 de septiembre de 2025. Sin embargo, no es así. Es un proyecto mucho más amplio ya que en la Carta Constitutiva no hay menciones del Estado de Israel, la población palestina o Gaza. Pero lo más significativo es que Junta es un organismo privado creado por y para Donald Trump.

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Su objetivo sería establecer un marco “legal” para sus planes sin tener que recurrir a las Naciones Unidas, que él desprecia. Esta Junta no está pensada para una política exterior de Estados Unidos, sino para Donald -El Supremo- Trump, donde él digita quién entra o sale, ya que así lo estipula la Carta Fundacional. Los escasos trece capítulos de la Carta están hechos a medida del “chairman” (presidente hombre) que puede hacer y deshacer a su gusto. Y el chairman, obviamente, es Trump.

La Carta Constitutiva establece desde el inicio una estructura de poder concentrada en la figura del chairman. No hay un órgano colegiado, sino una organización creada alrededor de su figura que invita, decide, valida y, si lo considera necesario, deshace. Solo pueden integrar la Junta los Estados que el presidente decide invitar, y su permanencia también depende de su voluntad, ya que los mandatos pueden ser renovados o revocados por decisión del chairman. Aunque cada Estado tiene formalmente un voto, ninguna resolución se puede aplicar sin la aprobación del presidente.

En otras palabras, a diferencia de Naciones Unidas donde hay Estados con derecho a veto, en la Junta ese derecho es unipersonal, de Trump, como si fuera el dueño. En realidad lo es, ya que, incluso, es el único que puede nombrar a su sucesor. A esto se suma una cláusula decisiva: el presidente es la autoridad final en la interpretación y aplicación de la Carta, lo que impide que otros puedan controlarlo o ponerle límites.

Más aún, puede disolverla cuando lo considere necesario. La Carta consagra un dispositivo político cuya vida, alcance y sentido dependen de la existencia de una sola persona: Donald Trump. Por eso no está concebida para una era post-Trump. Sin él, la Junta simplemente deja de existir. Resulta imposible no pensar en la famosa frase “después de mí, el diluvio”, atribuida a Luis XV de Francia y leída retrospectivamente como símbolo de la indiferencia de la monarquía ante su colapso, que desembocaría en la Revolución Francesa de 1789.

No es casual que se compare a Trump con algunos emperadores romanos. De Nerón toma el ego y el placer por el espectáculo, y de Calígula el gusto por la provocación, el desprecio por las normas y la humillación de instituciones y adversarios. Vale la pena recordar que ambos terminaron mal. Calígula fue asesinado por su propia guardia pretoriana mientras que Nerón incendió Roma y cuatro años más tarde se suicidó.

Después de escuchar el discurso de Trump en Davos, el Premio Nobel de Economía Paul Krugman se preguntó “¿cuánto daño hará este individuo demente y vengativo a Estados Unidos y al mundo?”

That is the question, diría Hamlet.

 

* Sociólogo y periodista argentino

 

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