Si se acepta que las democracias deben honrar la voluntad del pueblo siempre va a depender de la calidad de sus ciudadanos las diferencias que se manifiestan entre los países que adhieren a este régimen político. No es la existencia de elecciones regulares, la separación de los poderes del Estado o la alternancia en el poder lo que define la condición de estos países. Ya se ha constatado que el dinero influye muy decisivamente en los procesos electorales, lo que lleva en efecto al gobierno de las oligarquías, las plutocracias, como la extendida frustración de las demandas de las grandes mayorías.
Existen profundas diferencias entre las democracias europeas, latinoamericanas, africanas o asiáticas. Incluso nadie desconoce que en los Estados Unidos se da el caso que haya candidatos presidenciales que, obteniendo más votos, no pueden llegar a la Casa Blanca. Tal como le ocurriera en el año 2016 a Hillary Clinton en su contienda con Donald Trump, el que obtuvo casi tres millones de votos menos que su adversaria. Pero por el curioso sistema electoral que rige en este país, se tuvo que aceptar que fuera éste el que alcanzara la Presidencia de la República. El mismo federalismo, en algunos casos, se opone a la concepción de “cada ciudadano, un voto”, lo que no ocurre en la mayoría de las naciones de sistema unitario de gobierno.
Factor determinante para la elección de sus gobernantes es el nivel cultural y la formación cívica de los electores, lo que está dado por el sistema educacional de cada país y el grado de información de sus ciudadanos. Países de alto analfabetismo o de grandes asimetrías entre la formación que reciben ricos y pobres quedarán siempre muy sujetos a la influencia de la propaganda, el caudillismo o los recursos publicitarios de los postulantes a los altos cargos públicos. Allí también donde no existe plena libertad de opinión ni diversidad informativa, condición esta última que es muy crítica en un país como Chile de tan alta concentración mediática.
Esto puede comprobarse en los clásicos quioscos de diarios dedicados hoy a vender golosinas y cigarrillos, como en la orientación ideológica y uniformidad de los noticiarios de la televisión, lo que cualquiera puede verificar. Añadido el pobre nivel intelectual de periodistas y animadores, en que la farándula y la superficialidad prevalecen en la sesgada visión del país y del mundo que entregan en sus espacios informativos. Por supuesto, con una que otra excepción.
No es cuestión de lo que manda el mercado, como algunos postulan. Después de años de demandas por “democratizar” nuestras comunicaciones, la falta de diversidad mediática es patética si se la compara con la de otros países de nuestra misma región, donde los diarios, las radios e incluso los medios audiovisuales son mucho más diversos y abundantes.
Naciones, incluso, con menos poder adquisitivo que el de nuestra población son capaces de sostener impresos y noticiarios en que los cotidianos hechos delictuales, como las tragedias climáticas y los accidentes del tránsito, están acotados a su justa realidad. En este sentido, cómo no asombrarse que carabineros, policías y gendarmes hayan desplazado como protagonistas de estos espacios hasta a políticos, artistas y deportistas, por ejemplo.
Por voluntad de nuestros gobernantes se ha hecho imposible la reaparición del que fuera el periódico de más alta circulación en la historia nacional. Así como también se sabe que desde la Administración del Presidente Aylwin se efectuó toda una operación política para exterminar a un ejemplar número de revistas que marcaran fuerte disidencia con el Régimen Militar. Temiendo La Moneda que estos periodistas pudieran mantener en democracia su independencia crítica respecto de los gobiernos que sucedieron a Pinochet.
Cuando fueron diputados, Gabriel Boric y otros frenteamplistas prometieron que, de llegar al gobierno, cumplirían con el Laudo Arbitral internacional que mandató al Estado a indemnizar a los dueños de El Clarín, periódico confiscado por los militares golpistas. Lo que se ve que ya incumplieron a pocos días del término de la administración autodefinida como de centro izquierda.
Tampoco en todas estas últimas décadas se le dio abrigo a la antigua demanda de suprimir el impuesto del IVA a los libros e impresos, lo que habría ayudado al acceso a los mismos, especialmente a los jóvenes que tan poco leen actualmente según todas las constataciones medibles. A lo anterior, se suma lo poco o nada que se hizo respecto de otra de las grandes promesas democráticas, la de alcanzar una “educación pública gratuita y de calidad”.
De esta manera, es cosa de revisar los resultados año a año de las pruebas de quienes acceden a las universidades, para comprobar que los colegios particulares y pagados llevan una ostensible delantera respecto del rendimiento de quienes egresan de los establecimientos públicos.
La filósofa y politóloga Hannah Arendt distinguía en sus lúcidos análisis entre el pueblo y los “populachos”, advirtiendo que estos últimos siempre “en sus revueltas claman por un hombre fuerte que pueda conducirlos”. “El populacho, sentencia ella, no sabe elegir, solo sabe aclamar y apedrear…”
Los “populachos” les sirven indistintamente a los gobiernos de derecha e izquierda. Aunque estas democracias deriven después en dictaduras y tiranos que acuden a la represión para sostenerse y prolongarse en el poder. Tal como lo hace ahora Israel, un estado “democrático” devenido en genocida, así como el gobierno imperial de Trump en Estados Unidos en desmedro de los millones de inmigrantes que acorrala y persigue cruelmente. Además de amenazar e invadir, sin oposición, a las naciones del mundo que se propone subyugar.
* Periodista y profesor universitario chileno. En el 2005 recibió el premio nacional de Periodismo y, antes, la Pluma de Oro de la Libertad, otorgada por la Federación Mundial de la Prensa. Colaborador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)
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