Gerardo Villagrán del Corral - CLAE

Hay demasiadas crisis que ameritan la atención urgente de la comunidad internacional. Por ello parece desolador que la ONU se preste a maniobras que facilitan el injerencismo y la implantación de la Doctrina Monroe por parte del presidente estadunidense Donald Trump, quien usa cualquier pretexto para alentar la intervención militar de Washington en México.
El gobierno mexicano subrayó que esa instancia omite los avances contra esa problemática que desde 2018 se trabajan, a la vez que “excede” su mandato al presentar un documento en el que amplió indebidamente el alcance de la definición de desaparición forzada, lo que resta credibilidad al sistema de la ONU cuando el organismo más necesita recobrar protagonismo frente al ascenso del totalitarismo en Estados Unidos e Israel; el regreso del armamentismo en Europa en general y Alemania en particular; el auge del negacionismo climático; el desmantelamiento de la libertad de expresión; la recesión global que Washington está gestando en el golfo Pérsico.
Esta reacción se da después de que el CED determinara solicitar al secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, que remita urgentemente a la Asamblea General el caso de las desapariciones forzadas en México por considerar que dispone de “indicios bien fundados” de que en el país se han cometido y se siguen cometiendo desapariciones forzadas como crímenes de lesa humanidad; es decir, con apoyo directo o indirecto “de actores estatales, o por actores no estatales actuando con apoyo, autorización o aquiescencia del Estado”.
Sorprende que, no obstante y al mismo tiempo el comité precisó que no encontró pruebas de una política a nivel federal para cometer desapariciones forzadas –ya sea mediante acción u omisión deliberada– en el sentido del Estatuto de Roma.
Este matiz es muy relevante, pues dicho código provee una definición muy acotada de la desaparición forzada por la cual se entenderá, dice, “la aprehensión, la detención o el secuestro de personas por un Estado o una organización política, o con su autorización, apoyo o aquiescencia, seguido de la negativa a admitir tal privación de libertad o dar información sobre la suerte o el paradero de esas personas, con la intención de dejarlas fuera del amparo de la ley por un período prolongado”, señala un editorial de La Jornada.
“El gobierno de México no tolera, permite ni ordena desapariciones forzadas”, refutó la administración mexicana al tiempo que puntualizó que el país “está abierto a la cooperación técnica internacional, pero no a partir de premisas que no reflejan su realidad actual”, en un comunicado conjunto de las secretarías de Gobernación y de Relaciones Exteriores.
En el mismo se objeta el documento difundido por el CDE por “no tomar en cuenta las observaciones, análisis y actualizaciones presentadas por el gobierno de México, las cuales demuestran que los argumentos no coinciden ni con la definición de desaparición forzada del propio comité, ni con los avances institucionales logrados desde 2019 y, en particular, desde 2025”.
El Estatuto es muy claro: para el derecho internacional, sólo puede clasificarse como desaparición forzada un acto perpetrado por el Estado, aunque sus grados de participación varíen. Al admitir que no se cumple esta condición, generan una fuerte sospecha de que detrás de la solicitud hay intenciones e intereses que no se atreven a hacer públicos. También se deja ver la tendencia ya exhibida por la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos de la Organización, de los Estados Americanos, de movilizarse para golpetear a las administraciones progresistas por actos de violencia de Estado ocurridos en el periodo neoliberal.
¿Informe retrasado?
El gobierno mexicano advierte, asimismo, que el informe abarca principalmente desapariciones entre 2009-2017 –correspondiente a los gobiernos de Felipe Calderón (PAN) y Enrique Peña Nieto (PRI), en los que se ejecutó la llamada guerra contra el narcotráfico– y se circunscribe a cuatro entidades del país (Coahuila, Nayarit, Veracruz y Jalisco).
“La decisión del comité es parcial y sesgada. Omite considerar los esfuerzos institucionales (en la materia) presentados el 27 de marzo –durante la mañanera de la presidenta Claudia Sheinbaum–, y lamentamos que haya rechazado estudiar la información actualizada proporcionada por el Estado mexicano antes de publicar su resolución”, señaló México, tras insistir que en los párrafos 117 y 118 de su informe, el propio CDE reconoce que “no existen indicios fundados de una política federal para cometer ataques generalizados o sistemáticos contra la población civil por acción u omisión”.
El gobierno señaló que existen señalamientos que “reflejan la situación actual del país, diferente a la de periodos anteriores”. Consideró que existe una “ligereza” en las premisas presentadas por el comité, la cual se agrava por conflictos de intereses que, acusó, tendrían algunos de sus integrantes. “Existe evidencia de que al menos uno de ellos trabajó para organizaciones que han presentado quejas en contra del Estado mexicano”.
La administración de la presidenta Claudia Sheinbaum apuntó que el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos “ha reconocido que México mantiene una política de cooperación cotidiana con los sistemas internacionales y regionales, valorado así por diversas agencias”. Expresó que, si bien México está dispuesto a recibir cooperación técnica externa, esto no se puede aceptar a partir de premisas que no reflejan la actual realidad.
* Antropólogo y economista mexicano, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)
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