Manuel de la Iglesia-Caruncho
Mejor no pensar en que Cuba pueda acabar como Haití. La pregunta es: ¿qué deberían hacer las autoridades cubanas? Aquellos valientes barbudos que bajaron de la Sierra Maestra en 1959 llevan décadas dominados por el miedo a introducir los cambios que demanda a gritos un sistema que no funciona.
Pero las tremendas dificultades que atraviesa la isla no se explican sólo por ese acoso. “De sabios es equivocarse y de necios persistir en el error”. Esta frase, que preside en grandes caracteres el aula magna de la Universidad de La Ha

bana, llama poderosamente la atención cuando se piensa en que aquellos valientes barbudos que bajaron de la Sierra Maestra en 1959, revolucionarios que poniendo en riesgo sus vidas se enfrentaron y vencieron a la dictadura de Batista, se comportaron después como verdaderos cobardes negándose a introducir los cambios que pide a gritos un sistema que no funciona sólo por miedo a perder sus privilegios.
Cuba, o mejor dicho, la dirigencia cubana, tuvo tres grandes ocasiones para optar por políticas que habrían encaminado a la isla hacia un país más próspero. Tres “momentos estelares”, como los denominaba Stefan Zweig, que podrían haberse aprovechado para convertir la isla caribeña en un modelo exitoso de desarrollo y que fueron desdeñados.
El primero se dio con el triunfo de la Revolución. Librarse de la tutela norteamericana y construir un nuevo país en plena Guerra Fría entre EE.UU. y la URSS no era tarea sencilla y Fidel optó por lo más sensato: ante el acoso yanki y la mano tendida de la URSS, se juntó a la Patria del socialismo.
Pero, ¿podría haber elegido otra ruta? La respuesta no es fácil, pues el jefe revolucionario apostó desde el principio por el socialismo y desestimó otras vías. Seguramente acertó al adelantarse a lo que el gobierno de EE.UU. no tardaría en decidir: hacer la vida imposible a aquel pequeño país que pretendía independizarse de su influencia. La prueba: enseguida vendría la invasión de Playa Girón, organizada por la CIA

Pero lo cierto es que el primer golpe lo asestó Fidel con la Ley de Reforma Agraria, la que afectó las propiedades de los latifundios estadounidenses en la isla. Y no sólo eso: el segundo golpe también provino de Castro cuando, en octubre de 1959, una nueva Ley de minas otorgó al Gobierno el derecho a cobrar impuestos a las empresas extractivas y a controlar la explotación de los minerales; una ley que también afectó a compañías estadounidenses. Fueron dos afrentas que el soberbio imperio no podía dejar pasar. Y llegó la respuesta: la reducción en 700 mil toneladas de la cuota de azúcar que Cuba tenía asignada en EE.UU. Un golpe demoledor, si no fuera porque la URSS se ofreció a quedarse con ellas.
Era muy probable que cualquier medida de Castro, por justa que fuese, fuera inaguantable para los yankis y ello hizo dar por buena su decisión: afianzar lazos con la URSS, país que ayudaría generosamente a la isla durante tres décadas.
El segundo momento de encrucijada se dio en 1989, cuando cayó el Muro de Berlín. El mundo cambió para siempre y el campo socialista se derrumbó. El PIB cubano se contrajo nada menos que en un 35% y la isla vivió lo que se denominó “Período especial en tiempo de paz”. Aquella crisis, dentro de su gravedad, ofrecía también la oportunidad de hacer cambios de calado en el sistema, de “reconvertir” el socialismo de tipo soviético y de cuestionar el poder político, económico e ideológico altamente centralizado en la cúpula cubana.


Asistimos ahora a la cuarta y última ocasión de reformar el régimen cubano, pues la economía de la isla ha tocado fondo. Pero ahora con tres grandes dificultades: la primera, el acoso redoblado de Trump; la segunda, una crisis económica profunda con apagones, escasez de bienes de primera necesidad, reducción de la producción, pobreza, suciedad, derrumbes de edificios, mendicidad, deterioro del sistema de salud y del educativo …
Y es en este contexto en el que aparecen las nuevas amenazas de Trump acompañadas de la promesa de 100

millones de dólares en ayuda humanitaria si el régimen cambia. Trump ha visto su oportunidad, como la vio en Venezuela, porque una parte numerosa de la población cubana —como sucedía con la venezolana— está harta de su gobierno. En paralelo, ha abierto un diálogo con este y no resulta difícil adivinar qué se negocia: el futuro de los intereses económicos de la cúpula militar cubana, aglutinados en torno al conglomerado GAESA —un holding propietario de buena parte de las empresas estatales—, a cambio de garantías al capital norteamericano y al del lobby cubano-americano de quedarse con una buena tajada de la economía cubana.
Las dificultades serán muchas. La reciente decisión del fiscal general de EE.UU. de imputar a Raúl Castro por el derribo de dos avionetas de “Hermanos al Rescate” hace 30 años es un palo más de los que se introducirán, por una parte y por otra, entre las ruedas de ese necesario diálogo. Pero no hay alternativa. Mejor no pensar en que Cuba pueda acabar como Haití.
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