Allende: el hijo que no nació. – UN CAPITULO DESCONOCIDO DE LA HISTORIA

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Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Varias versiones existen sobre lo que hizo Salvador Allende el domingo nueve de setiembre de 1973, 48 horas antes del golpe de Estado encabezado por el general Pinochet que culminaría con La Moneda bombardeada y el Presidente suicidado en su último intento por defender la democracia. Un misterio envolvía lo que Allende hizo en la víspera del peor drama que vivió Chile en el siglo pasado.

Horas clave, porque ese mismo domingo el presidente recibió a Pinochet, quien aún le juraba lealtad como jefe del Ejército. Pero, ¿con quién almorzó en su residencia de Tomás Moro? Treinta y cuatro años después, encontramos en Bogotá a la mujer que compartió esas horas con Allende: Gloria, la única hija de Jorge Eliécer Gaitán, el caudillo liberal colombiano cuyo asesinato, el 9 de abril de 1948, hizo estallar el «Bogotazo», la rebelión popular que marcaría el inicio del incendio que Colombia aún no puede apagar. Ella nunca había revelado el secreto que la hizo protagonista de un domingo histórico.

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La historia de esta mujer de casi 70 años es el tejido apasionante de hechos que estremecieron Latinoamérica.

Gloria vive a dos cuadras de la avenida Chile. No puede desprenderse de esa impronta y menos del hito que partió su vida en dos a los 10 años: el día en que su padre, al que adoraba, fue asesinado. Su madre, Amparo Trujillo, en medio de la rebelión, rescató del hospital el cuerpo de su marido en una «zorra» (carruaje tirado por caballos) y se lo llevó envuelto en sábanas ensangrentadas. Se atrincheró en su casa, y al presidente Mariano Ospina no le quedó otra opción que declararla Museo Histórico para que allí enterraran a Gaitán.

Amparo no volvió a salir a la calle en cuatro largos años. Tampoco cuando el arzobispo de Bogotá le pidió que saliera porque la gente decía que se escondía por estar embarazada. «¡Y cómo le consta que no es verdad!», le espetó Amparo.

Cuando salió, se casó con un francés para escandalizar a la elite y partió en barco a Le Havre. Los 18 días del viaje los pasó en su cabina junto a su hija. Al llegar a Francia, se despidió del francés y se instaló en Suiza. Gloria ingresó al exclusivo Colegio Internacional. Su compañero de pupitre era el actual Aga Khan (Karim). Pero la sangre tira: luego sería activista clandestina del FLN de Argelia en plena guerra de liberación.

En 1959, ya de regreso en Colombia, Fidel Castro las invita a ella y a su madre y a La Habana para el festejo del primer aniversario de la revolución. Allí conoció al Che Guevara y a Lázaro Cárdenas –presidente de México entre 1934 y 1940–. También a Salvador Allende. Gloria tenía 21 años. Se casaría con el segundo jefe del Partido Socialista colombiano, Luis Emilio Valencia, quien mantenía una fluida correspondencia con Allende.

En Colombia las vías pacíficas se cerraban y los grupos guerrilleros estremecían el país. Los contactos de Gloria con Fidel, el Che y Cuba se profundizaron. Pero Gloria no era foquista. Estudió Filosofía y Economía en la Universidad de San Andrés, se graduó con distinción mientras exploraba caminos para revivir la herencia política de su padre.

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En 1971, Gloria se separa de Valencia. Y en 1972, sin trabajo por el estigma de ser una Gaitán, Allende la invita a trabajar en Chile. Llega a Santiago en enero de 1973, a la casa de su amigo español Joan Garcés, el principal asesor de Allende. Y se introduce en el círculo de amigos del presidente. Fueron ocho meses vertiginosos que culminaron con un nuevo Bogotazo: el golpe de Estado y Allende muerto.

Otra vez su vida se partía en dos. Porque Gloria llevaba en su vientre al hijo de Salvador Allende.

Se asiló en la Embajada de Colombia y luchó para que recibieran a más de mil refugiados que buscaban salvar la vida. El presidente Pastrana mandó al coronel Rodríguez para que sacara de Chile a los colombianos. A los otros los mandarían a sus países. Era una condena a muerte.

«El pintor Gustavo Salamea dijo ‘¡hagamos una huelga de hambre!’. Y duró hasta que Pastrana me dio su palabra de que mandaría otro avión para sacarlos a todos», cuenta Gloria. Al partir buscó proteger su tesoro: la maleta con las cartas y regalos de Allende. Cuando iban en vuelo, supo que los militares habían despedazado el container con las pertenencias de los refugiados.

«¡Había perdido todo! Estando ya en el departamento de mi mamá, golpean a la puerta. Y veo entrar al coronel Rodríguez… Me entrega mi maleta. ‘Yo tenía una maleta igual, y cuando vi que estaban rompiendo todo, sabiendo que allí usted había puesto los regalos de Allende, tomé la suya y dejé que destrozaran la mía. Lo hice porque tenía una deuda con su padre. El me dio la beca para estudiar Derecho, soy lo que soy gracias a él’, dijo. ‘¿Y las cartas?’, pregunto. ‘Esas sí que me las quitaron’. Al ver que estaba descompuesta, sacó el fajo de cartas desde su chaqueta y dijo: ‘Ahora estoy en paz con su papá'».

Pero para Gloria no hubo paz en Bogotá. Poco después, el hijo de Salvador Allende y nieto de Jorge Gaitán quedaría sepultado en un tacho verde de un consultorio médico.

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* Periodista. Crónica escrita en Bogotá para el diario argentino Clarín (www.clarin.com.ar).

mgonzalez@clarin.com.

Juan Andrés Guzmán, director de la revista The Clinic de Santiago, colaboró desde Chile.

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