Oct 18 2006
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Opinión

América. – ENTRE DIOS Y EL DIABLO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

También en otros países de América, como Brasil y Argentina, la Curia plutócrata desenvaina la espada y refuerza la cruz de la que quieren desprenderse esos pueblos. Uno de los terrenos más delicados que tienen que pisar los gobiernos latinoamericanos que intentan por cualquier medio introducir reformas que favorezcan a los desposeídos, aunque sea de manera moderada, es el de las relaciones con la Iglesia Católica.

Las razones son obvias: América Latina es el continente en el cual la prédica del catolicismo extendió con mayor profundidad sus raíces, gracias a la colonización por parte de países que a la sazón se encontraban sometidos de manera medieval a la hegemonía católica antes, durante y después de la conquista americana.

La ingerencia grosera de la Iglesia en el destino de estas naciones ha sido uno de los factores importantes que ha condicionado el rumbo que tome cualquier intento libertario en los tiempos modernos. El papel de apaciguador, de anestesista de las luchas sociales jugado por la Iglesia Católica en este continente, se ha cumplido de manera casi invariable a través de los siglos. Se establece desde que los dueños de la riqueza robada a las masas indígenas desde México al sur, constituyeron con el Alto Clero una santa alianza, aquella destinada a asegurar el dominio de la oligarquía a cambio del privilegio de ser la católica la religión oficial impuesta por la superestructura ideológica manejada por estos expoliadores.

“Dios no quiere ninguna revolución…
…ni pliego ni sindicato, que ofenden su corazón”.

Como lo dijera Violeta Parra, es la prédica con la cual desde el púlpito estos “ministros del Señor” le han asegurado, antes a la oligarquía y hoy al capital neoliberal, sus privilegios de clase ganados a costa del sufrimiento y el subdesarrollo de las naciones latinoamericanas. Con excepción de Cuba, la Iglesia Católica ha estado presente, directa o indirectamente, en todas las grandes decisiones que han ocurrido en la historia de los países latinoamericanos.

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En la actualidad, en que las masas populares se levantan contra las injusticias del modelo económico mundial, la Iglesia vuelve a jugar un papel de descarado intervencionismo, como ocurre en Venezuela y Bolivia, y de manera sibilina, pero no por ello menos eficaz, contra los intentos progresistas del presidente Kirchner en Argentina y el presidente Lula en Brasil.

Uno de los ejemplos más claros ha sido la intervención a rostro descubierto, abiertamente antirrevolucionaria y clasista, adoptada por la alta curia en Venezuela, donde ha comenzado a cumplir puntualmente su papel en el complot local e internacional manejado por Wáshington para derrocar a Chávez. La Iglesia Católica venezolana ha llegado incluso al terreno muy poco cristiano y muy poco espiritual de insultar abiertamente al Presidente Chávez con “perlas” celestiales como estas:

“Un gobierno elegido democráticamente hace siete años ha perdido su rumbo democrático y presenta visos de dictadura… Estamos gobernados por un déspota paranoico”, según dijo hace poco por el cardenal Rosalio Castillo.

Don Rosalio José Castillo Lara, un cura octogenario de neto cuño fascista, siguiendo la habitual táctica sesgada de la Iglesia, ha sido levantado como el panzer (término que le debe traer muy buenos recuerdos a Ratzinger) por los enemigos de Chávez, el bocazas encargado de sembrar el odio supuestamente avalado por Dios, mientras detrás aparecen los fariseos de la religión, aquellos dignatarios de la Iglesia que se mueven en la semi penumbra y que juegan a tener un papel más moderado, en circunstancias que aprueban pronunciamientos políticos antirrevolucionarios que se predican desde el púlpito, utilizando el monopolio del espíritu que se autoadjudicaron hace siglos.

A todos los latinoamericanos de buena voluntad…

Refiriéndose a su país, el señor Bush declaró textualmente al Newsweek del mes de marzo del 2003, que “Estados Unidos es la nación escogida por Dios y comisionada por la historia, para ser un modelo de justicia en el mundo”. A renglón seguido, estableció los parámetros mundiales creando el término de “Eje del Mal” para calificar así a las naciones que no se someten a sus designios, incluyendo en ellas a Venezuela.

La Iglesia Católica venezolana acogió ese mismo año este decreto celestial del genocida Bush y en la Conferencia Episcopal de julio del 2003 publicaba una declaración titulada “A todos los venezolanos de buena voluntad”, que es un decálogo de la subversión, haciendo un negro balance de la Revolución Bolivariana que por primera vez, como predicara Cristo, repartía una parte de la riqueza de los poderosos a las masas empobrecidas de Venezuela.

Decía esta declaración episcopal en algunos de sus párrafos: “En nuestro país, debido a la grave situación política y socioeconómica, se han deteriorado la paz y la convivencia. Razones: aumento de la pobreza, crecimiento del desempleo, rígido control de los cambios que ha paralizado a la industria; crece la corrupción, la violencia, los homicidios, la inseguridad, el irrespeto a la vida, los secuestros, las invasiones, la presencia y actuación de grupos subversivos en la zona fronteriza… La conflictividad política supera los límites de la tolerancia. La calidad de vida de los venezolanos ha bajado notablemente”.

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Este diagnóstico de caos, típicamente preparatorio para un golpe, enarbolado por la Iglesia como un llamado a traspasar la vía democrática por la que una y otra vez el pueblo venezolano ha reiterado su apoyo a Chávez, no se enarbola únicamente en la patria de Bolívar. En otras palabras, la Iglesia Católica no juega sólo en Venezuela su papel de gendarme del señor Bush en América Latina. En Bolivia, donde su ingerencia en la población es aún más fuerte, la “guerra santa” contra Evo Morales fue declarada hace bastante tiempo.

El presidente de la Conferencia Episcopal de Bolivia (otra vez los mismos) el cardenal Julio Terrazas, sermoneó desde el púlpito en Santa Cruz de la Sierra al pueblo católico por mantenerse “pasivo” ante el gobierno de Morales augurando, como su colega caraqueño, el inicio de “grandes guerras” provocadas, según este cardenal, por las medidas populares de Evo Morales entre las que están el quitar a la Iglesia Católica el monopolio de la enseñanza de la religión en los colegios.

La situación de Bolivia es de extrema gravedad. Hay una confabulación en marcha calcada letra a letra de la que condujo al derrocamiento por mano militar del gobierno del presidente Allende en Chile. El pueblo boliviano es mucho más permeable a la influencia del terror que el pueblo de Venezuela, más aún si detrás de esta campaña está también la Iglesia. Se demostró en tiempo del Ché cuando la nefasta prédica de los curas en el seno de los campesinos altiplánicos le quitó a la guerrilla su principal sostén. Tras el golpe de Estado, que en Bolivia es inminente, aparecerá la Iglesia haciendo llamados a la “reconciliación y la paz” siempre y cuando éstas se lleven a cabo en el sistema sociopolítico y económico que ella defiende, esto es el neoliberalismo expoliador del cual Morales y Chávez quieren desprenderse.

Una época de cambios o un cambio de época

Lula y Kirchner no son, al menos en lo inmediato, un peligro inminente para el imperio. Pero, como lo dijera Rafael Torres, candidato a la presidencia en Ecuador que ayer pasara a segunda vuelta en las elecciones de su país, vivimos un “cambio de época” más que una “época de cambios”. Esto quiere decir que, más que trastrocar hasta sus cimientos las bases de la sociedad latinoamericana como lo pretendió la Revolución Cubana, hoy los pueblos quieren revertir los tiempos en que los designios económicos, políticos e ideológicos venían impuestos desde el norte. Se quiere hoy reivindicar el derecho de cada país a elegir su propio camino, aunque por ahora no sea el de una revolución profunda que traiga cambios radicales a la realidad latinoamericana.

Considerado “pecado mortal”, este derecho de los pueblos a establecer gobiernos nacionalistas y populares, que ni siquiera pretenden enfrentarse al imperio del norte más que en el justo derecho a su autodeterminación, no pueden ser tolerados tampoco por el reinado del dinero y la usura internacional que caracteriza a los tiempos actuales.

Es por eso que Kirchner y Lula comienzan a sufrir los embates de la confabulación clásica del oscurantismo ayer oligarca, hoy neoliberal. La Iglesia argentina, una de las más clasistas y reaccionarias del Cono Sur, acusada de una actitud contemplativa, cuando no cómplice, en la época negra de las dictaduras militares en décadas recientes, se erige hoy en defensora de la impunidad al acusar al presidente Kirchner de “alentar odios y fomentar división” por las intenciones del gobierno rioplatense de castigar la violaciones a los derechos humanos de las dictaduras militares en la década de los setentas.

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El “affaire” del portavoz del cardenal Bergoglio, Guillermo Marcó y la candidatura del obispo Joaquín Piña a la gobernación de Misiones, se enmarcan en una temprana “toma de posiciones” de la Iglesia ante una eventual radicalización del gobierno de Kirchner que goza de amplia popularidad en Argentina. Es por eso que defender a los militares genocidas y torturadores, es parte de las cuentas futuristas que la Iglesia saca en relación a las fuerzas armadas a las que está “ayudando en lo que pueda, por si llega la ocasión”, como dice el tango.

Finalmente, para completar este breve panorama hay que destacar el papel sorprendente que asume la Iglesia Católica brasileña frente al gobierno progresista de Luis Inázio “Lula” da Silva. El discurso del clero carioca, marca cierta diferencia de lenguaje, y aparentemente de intenciones con sus homónimas más reaccionarias de América Latina. Ellos critican la lentitud y la orientación que toma la política económica de Lula en la que las grandes masas empobrecidas de Brasil cifraron tantas esperanzas.

El secretario general de la Conferencia Episcopal brasileña, el obispo Idilio Pedro Séller declaró: “Es sabido que todos los gobiernos tienen límites, pero no podemos ocultar que la sociedad (brasileña) tenía expectativas de políticas sociales y de combate a la pobreza más eficaces”, añadiendo que el gobierno de Lula “ha decepcionado a la población”. Impecable discurso que en apariencia pareciera revivir los tiempos de Helder Cámara cuando este teólogo de la liberación declarara que “los que tratamos de tomar la antorcha y seguir los pasos de Jesucristo, no debemos descansar hasta que los muros de la injusticia, la exclusión y la mentira caigan en nuestra preciosa tierra americana ‘ancha y enajenada’.

Sin embargo, lejos de eso están los obispos actuales en Brasil. Los analistas ven en las críticas de la Iglesia brasileña a Lula la intención de quitar al gobierno la base popular que le otorgaran las clases desposeídas, restituyendo la tradicional hegemonía religiosa que tienen sobre ellas y que ha ido perdiendo fuerza en los últimos tiempos. Su intención, según la opinión generalizada de esos analistas, no es otra que controlar cualquier decisión que pudiera salirse de los cánones permitidos por el conservadurismo ultramontano que, desde Roma, hoy domina sin contrapeso a todos los estamentos de la Iglesia Católica.

Cuando la censura inquisitoria viene… de la izquierda

El papel negativo de la Iglesia en los destinos de América Latina, se ha visto muchas veces avalado por las debilidades de la izquierda al momento de denunciar su nefasta influencia. Es por eso que las palabras de Chávez, de Kirchner y de Evo Morales para calificar con dureza la actitud politiquera y partidista de los obispos de sus países, ha impresionado en un ambiente en el que tradicionalmente se acostumbra a rendir pleitesía a estos inquisidores.

Sin embargo, no siempre la tijera de la censura tiene forma de cruz. Lo sabe bien la intelectualidad que le tocó vivir el socialismo “real” en los países del este. También en Chile la hoz segadora alcanzó a los versos de Neruda que pusimos al comienzo de este artículo. Esto, que hoy es una anécdota y ayer una estupidez, va como pequeño botón que grafica las debilidades de la izquierda ante el oscurantismo de las sotanas.

Durante el gobierno de Salvador Allende, y aún antes, en la misma campaña que condujo al triunfo de la Unidad Popular en Chile, se hicieron muchos esfuerzos para adular a la Iglesia chilena con el fin de neutralizar al menos su influencia. Entre estas medidas, se anotan algunas francamente ridículas, como fue eliminar el verso de este poema que aludía a “los frailes negros que venían por el cielo a matar niños”. No sabemos si se hizo con el consentimiento del vate, aunque conociendo el despotismo de la dirigencia del PC chileno, disfrazada de “centralismo democrático”, es probable que su opinión no contara mucho.

En casi todas las ediciones de las obras del poeta de aquellos años que incluían este poema, apareció cercenado este verso, como por ejemplo en la recopilación editada por el ministerio de Educación del gobierno popular en 1972 (pág. 25) encargada por el propio Neruda a Homero Arce y prologada con palabras del presidente Allende.

Sólo ahora algunas ediciones se han atrevido a restituir “tamaña ofensa” a la Santa Iglesia, como el excelente ensayo Pablo Neruda: Hijo de la Araucanía, Poeta del Mundo del escritor Jubal Varas Acosta, publicado en homenaje a los 100 años del nacimiento del vate y donde es posible leer el poema Explico Algunas Cosas en su versión original, página 138.

La Iglesia chilena de aquellos años, en general, no se alineó junto a los golpistas de Pinochet, justo es decirlo. Pero no porque se le adulara de la manera ya señalada o por ninguna otra. Lo hizo porque al frente de ella se encontraba un hombre recto y digno como lo fue el cardenal Raúl Silva Henríquez. Eran otros tiempos, los tiempos en que descollaron estos hombres, los Arnulfo Romero, los Helder Cámara, nuestro Silva Henríquez, sólo por citar algunos.

Ellos fueron el reflejo de una parte importante de la Iglesia, la de los años setentas, que pugnó por integrarse a los aires de justicia que recorrían el mundo, pero que fue aplastada por la bota del Opus Dei que se calzó el flamante Papa de aquellos tiempos, Carol Wojtyla, que cumplió cabalmente la misión encomendada por la CIA desde Wáshington.

Entre Dios y el Diablo seguiremos moviéndonos. Entre Bush que se autoproclama el elegido divino y Chávez formando parte del “eje del Mal”. Entre Bush calificado como el Diablo por el mandatario venezolano y el propio Chávez que ha venido a ser una bendición para su pueblo. Usted elige y ojalá que Dios le oiga y el diablo se pise la cola.

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* Escritor.

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