Abr 28 2007
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Opinión

BOLIVIA EN HAITÍ

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

OPERACIÓN HAITÍ

Antonio Peredo Leigue*

El tema central es político: Bolivia ¿debe enviar tropas a una misión para “construir la paz” en un país convulsionado a causa de las profundas heridas que le infirió la intervención extranjera? Porque no se trata de ganar experiencia, de ampliar horizontes ni de tener beneficio económico. Todo eso es secundario.

Lo importante, lo único que debe analizarse es el efecto que tiene una misión de este tipo en el país afectado.

Un pueblo empobrecido

Haití es una de las primeras repúblicas de América. Una rebelión de esclavos proclamó la soberanía y la democracia en la mitad occidental de la isla dominicana. Desde sus primeros años, apoyaron los afanes libertarios de las colonias españolas. Simón Bolívar encontró asilo y recibió apoyo para organizar el ejército libertador de una extensa región que soñó como la Gran Colombia, ahora dividida en seis repúblicas.

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Pero, al menos en los últimos cincuenta años –si no es más tiempo–, dictaduras saqueadoras e intervenciones asoladoras, han llevado a sus 8 millones de habitantes, a grados de pobreza tan graves, como para que miles de ellos sobrevivan vendiendo su propia sangre.

Los pocos rayos de esperanza que aparecen por momentos, son ahogados por la imposición de pandillas propiciadas desde el exterior. La Operación MINUSTAH (que así se llama la presencia de “cascos azules” de Naciones Unidas), apenas puede vanagloriarse de que ahora es posible transitar por las calles, con ciertas prevenciones. No hay avances en la construcción de la paz.

Razones de la misión

Para el sistema de los grandes negocios, fue cómodo tener una fuerte dictadura, sin importar mucho ni poco las pandillas de bandoleros al servicio de François Duvalier (Papá Doc), conocidas como Tonton Macoute. Sólo cuando le sucedió su inestable y escandaloso hijo, no objetaron su derrocamiento y la convocatoria a elecciones.

Un cura pobre, Aristide, fue elegido sin oposición. Pero no se avenía a las exigencias de los consorcios. Lo derrocaron mediante un golpe digitado, pero en nuevas elecciones volvió a tomar el mando.

¿Qué hacer con ese díscolo sacerdote? Inventando un llamado de auxilio del propio presidente, una madrugada llegaron tropas de la potencia interventora y lo llevaron al África. Cuando quedó en evidencia su maniobra, volvieron a trasladarlo, esta vez al propio Estados Unidos.

Mientras tanto, Haití se debatía en el caos. Ninguno de los gobernantes puestos en su reemplazo podía calmar la situación. Es más: los Tonton Macoute, camuflados incluso como partidarios de Aristide, se apropiaron de las calles, de los barrios y de las ciudades. No había alternativa: el clérigo-presidente debía volver. Es posible que, para salvar la situación, él haya prometido obediencias que no podía cumplir.

Los mismos intereses volvieron a derrocarlo y el caos se hizo mayor. Esa crisis sin perspectivas, llevó la miseria a sus peores niveles. Las pandillas de bandoleros se hicieron dueñas de la situación. Fue muy simple presentar aquello como producto de “improvisaciones” en el gobierno de Jean-Bertrand Aristide y delegar el control del país a una misión militar; la Organización de Naciones Unidas cumple este papel.

Cuatro misiones anteriores, de diferente tipo, han tratado de encaminar un acuerdo social que, de algún modo, permita sobrevivir a los haitianos. Han fracasado. La actual misión (MINUSTAH) fue prevista para un corto período con la misión de “construir la paz”. ¿Cómo se construye la paz mediante ocupación militar? Puede pacificarse, en el sentido de aminorar la violencia, pero establecer la paz mediante ese tipo de ocupación, sencillamente es imposible.


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Bolivia en la encrucijada

Por razones como adquirir experiencia, conocer realidades críticas en contextos externos o contribuir a mejorar la situación económica de la tropa en misión, Bolivia aceptó participar de la MINUSTAH , con un contingente pequeño. Junto con los otros destacamentos integrantes, ha actuado en operaciones destinadas a reducir a las pandillas de delincuentes que han provocado víctimas civiles en el poblado Cite Soleil cercano a la capital.

Al ritmo que se lleva adelante esta misión, serán necesarios cientos de operativos para reducir a las pandillas en ese distrito. Pero, seguramente, los grupos de tonton macoute se trasladarán a otras zonas y todo volverá a comenzar. Mientras tanto, miles de civiles, incluyendo niños (como ya ocurrió) serán víctimas de esos enfrentamientos que se rotulan Operaciones de Mantenimiento de Paz.

Los defensores de esta operación dirán que, si se retiran las tropas, el caos se convertirá en revuelta y habrá más víctimas. Concediendo que así sea, lo que nos dicen es que las fuerzas militares deben quedarse definitivamente en esa primera república latinoamericana.

Es posible contribuir

Pero es posible ayudar a Haití. La capacidad de convocatoria internacional que tiene el presidente Evo Morales puede ser utilizada a favor de ese pueblo que ayudó al libertador Simón Bolívar. Podría conformarse un grupo de países, cuyos gobiernos estén dispuestos a empeñar esfuerzos diplomáticos para encontrar los caminos de la pacificación en esa nación tan castigada por las dictaduras internas y las exacciones externas.

Mediar entre las partes en conflicto, dialogar con los protagonistas (entre los cuales es imprescindible Jean-Bertrand Aristide) y aislar a las pandillas. Ciertamente, el protagonista principal es el sufrido pueblo haitiano. Conocer a sus líderes naturales, estudiar con ellos cómo cubrir sus necesidades básicas y la capacidad para protegerse de las pandillas.

Aquí, precisamente, radica la gran interrogante. ¿Cómo recuperar la posibilidad de vivir de cada haitiano? Es necesario formar un fondo que financie la reconstrucción de Haití. Los países industrializados, que derrochan dinero en la organización militar, en la invasión de países y destinan cientos de miles de millones a operaciones militares, pueden hacerlo.

Comparados con esos enormes gastos, diez mil millones de dólares serían una cifra pequeña. Es algo que todo el mundo le debe a esa nación.

Si no lo hacemos así, estaremos apostando a la muerte de un pueblo hermano.

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* Académico y político.

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CASCOS AZULES BOLIVIANOS EN HAITÍ

Las dudas que genera la forma en que el Ejército boliviano maneja la “caja” derivada de su intervención en Haití está comenzando a abrir un debate –aún muy incipiente– de mayores dimensiones:

¿Bolivia debe participar en esta misión de la ONU?, ¿la presencia boliviana en la república negra del Caribe es coherente con el discurso antiimperialista de su gobierno?

Pablo Stefanoni*

La salida de los militares –a Haití y al Congo– fue una concesión del gobierno al Alto Mando militar, que encuentra en esas misiones al exterior una no despreciable fuente de ingresos. Días atrás, el matutino La Razón reveló un descuento de alrededor del 27% que los militares bolivianos realizan a sus cascos azules, cuyo salario asciende a algo más de 1.000 dólares mensuales (con eso consiguen más de 300.000 dólares cada seis meses).

Luego se sumó el semanario Pulso al denunciar la compra de material bélico y de transporte “por medio de un decreto presidencial de excepción” para llevarlo la isla caribeña junto con “camiones IVECO de Defensa Civil que, en estos días, son necesarios para socorrer a los inundados”.

Bolivia tiene casi 300 efectivos en Haití y unos 200 en Congo, en el marco de un convenio firmado entre el Estado y Naciones Unidas antes del arribo de Evo Morales a la presidencia.

Ese acuerdo fue el argumento esgrimido por el mandatario indígena para enviar militares al exterior y –según reveló el ex ministro de Hidrocarburos Andrés Soliz Rada– cerrar cualquier discusión en el gabinete. Luego, la salida fue aprobada casi administrativamente en el Parlamento, donde sólo algunas voces, como la del senador del MAS, Antonio Peredo, rechazaron participar de la “invasión”.

La Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Haití es comandada por Brasil e integrada, entre otros, por Argentina, Chile y Uruguay. Reemplazó a las tropas desplegadas por EE.UU. y Francia luego del derrocamiento de Jean-Bertrand Aristide en 2004, que para muchos, como el venezolano Hugo Chávez, fue “un golpe de Estado” francoestadounidense. Recientemente, el presidente René Préval solicitó la continuidad de la misión pero el pasado siete de febrero alrededor de 100.000 haitianos exigieron la retirada de las tropas extranjeras y el retorno de Aristide.

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Son varios los cuestionamientos al accionar de estas “fuerzas de paz” en barriadas pobres como la favela gigante llamada irónicamente Cité Soleil (Ciudad Sol) y los “castigos colectivos” contra la población civil. “¿Con qué argumento nos opondríamos a que Bolivia sea objeto de agresiones similares, sobre todo en momentos en que tratamos de realizar profundos cambios estructurales, si avalamos la intervención militar en Haití?”, se pregunta Soliz Rada.

En un contexto de integración “solidaria”, como el ALBA, quizás sea bueno preguntarse si el futuro de Haití –sumergida en una profunda desintegración social– será por la vía militar de la ONU o mediante la cooperación continental, independiente de las grandes potencias y en el marco de una visión latinoamericanista y articulada a los intereses de las empobrecidas mayorías populares haitianas.

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* Información de Bolpress, agencia boliviana de noticias.
www.bolpress.com.

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