Cecilia Fellner: «todavía no me muero» / Hubo una vez en Chile una escuela de educación experimental artística (IV)

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Mi primer paseo por la escuela fue en un mareo constante. Demasiadas impresiones para una pajarita a la que hasta entonces su realidad la tenía (casi) convencida de que sus sueños y enojo por lo que la rodeaba no eran mas que un problema creado en su cabeza, un problema incomodo del que algún día sanaría. Gracias a mi amurramiento crónico, al consejo de un especialista y un amigo de mi vieja llegue a la Experimental. La primera persona a la que conocí fue Aldo Pancani, que al igual que yo iba a dar sus exámenes de admisión.

Los dos igual de curiosos y ansiosos por lo que nos esperaba; y, sin haber conversado muy largo, me sentí mas cómoda de lo que nunca antes me había sentido con ningún otro conocido contemporáneo. Supuse que esta comodidad era por estar los dos en el mismo bote. Mientras tanto mi vieja le fue a entregar a Osvaldo Reyes una recomendación de no se qué persona importante que daba recomendaciones a señoras como mi vieja.

Osvaldo Reyes no miro el papelito y antes de que mi vieja se lo diera el le recomendó que lo guardara, le explico que no le serviría de nada.

Di mis exámenes y me dieron a escoger, me fue imposible escoger así que pedí un año para decidir, y me lo otorgaron. La algarabía de mi vieja fue grande, su hija imposible no sólo no había mordido, insultado o escupido a nadie sino que además ¡le había ido bien!… uf.

De mi primer día en la escuela no me acuerdo nada de nada, lo que sí se es que ahí comenzó mi mareo. Tanta alegría y hambre por la vida me dejaron como borracha (no exagero) y solo me deje llevar. Por primera vez en un colegio bajé la guardia y me dejé llevar por todas las imágenes, sonidos, olores, por todo y por todo sin rabia ni miedo. Había dejado de ser un bicho raro, ya sabía que mi locura no era tal y si lo era no estaba sola por que habían muchos mas que parecían estar tan o mas locos que yo.

En el curso al que llegue no teníamos profesor jefe por lo que mis compañeros decidieron tomar la sala…¿Tomarse la sala?Definitivamente había llegado al planeta de los desquiciados y no quería que nada ni nadie me sacara de ahí.

Colgamos carteles exigiendo un profesor jefe, corrimos los bancos obstruyendo las dos entradas (que nadie podía salir, ni siquiera para mear era un detalle); nos pusimos a debatir lo que debíamos exigir (Carlos Ayres llevaba la batuta), decidimos que las puertas no se abrían hasta que la dirección escuchara nuestras peticiones… ¡los alumnos al poder! Así nos la pasamos jugando a la toma, como cachorros ejercitándose y sin clases por unas buenas horas ¿o fue todo un día? Finalmente llego el profesor jefe designado y volvimos a las clases.

La primera vez que en el colegio llamaron a un “ampliado” yo no tenía la mas mínima sospecha de lo que era un ampliado y después de haber vivido uno tampoco me quedo muy claro, pero me divertí muchísimo mirando como trataban de hacerse escuchar a grito pelao y al mismo tiempo. La imagen de Ricardo Aguilera y Martín Carrillo se me quedaron pegadas y despertaron mi curiosidad, Ricardo a pesar de ser delgadísimo y nada de alto me parecía tener la fuerza de mil caballos y Martín me daba la impresión de llevar consigo algo que para mi era imposible de ver o descifrar, como una maleta invisible.

Me acuerdo de Mario Magaña totalmente entregado a la pintura que en ese momento hacía. Pablo Landskron dándole al bombo como si la vida se le fuera en eso, Mónica Caracci eternamente enamorada de Miguel Pizarro, el buen humor de Mario Arancibia, Carolina Fajuri dejando mudos a mis compañeros la primera vez que la vieron, Néstor Delpino trabajando en un mural, las miniaturas en miga de pan de Leonardo Galvez, Jorge Leal con su eterno libro bajo el brazo…

Y el desordenado "choclón" para que las abuelas nos dieran media marraqueta y un café (aguado) en una taza de lata que inevitablemente nos quemaba la boca, la "cebosa" donde pocos pagaban, la abuela Filomena que era la que se encargaba de poner orden y la única persona en la escuela a la que yo temía un poco. No puedo nombrar todo y a todos por que la lista sería interminable.

En esa primera etapa en la escuela viví una época mágica, mi mundo era crear aprender y explorar. Por mi inocencia no imaginaba que nada ni nadie pudiesen romper el encantamiento. Después del 11 de Septiembre de 1973 sin darme cuenta mi estado de emborrachamiento se transformó en un actuar por control remoto.

Supongo que no soy la excepción. De los compañeros que nunca mas volvieron poco se habló y lo que se habló se hizo como se hacía en esa época, sin mucho ruido. Hubo cosas que cambiaron de un palmazo, otras fueron cambiando poco a poco y en ese proceso (al igual que en el resto del país), no había nada seguro, pero había que seguir.

En esa época yo estaba en el grupo de música de Enrique Ortiz y en una visita de nuestras fuerzas armadas éramos los encargados de abrir el acto cantando el himno nacional con todas las estrofas que aluden a los heroicos actos de nuestros valientes soldados. Cuando Enrique Ortiz nos dio la noticia de nuestro rol en el acto de bienvenida se armo la pelotera. Nos dejó desahogarnos un rato y después nos dejó claro que eso era lo que la dirección esperaba de nosotros y que la situación no estaba para ponerse a zapatear o hacer berrinches y que su situación personal con la dirección del colegio ya era bastante complicada.

Mi amurramiento volvió con la misma fuerza de antes, me encogí de hombros y le repetí que no pensaba cantarle a ningún milico, el finalmente me dijo "Usted haga lo que quiera pero se atiene a las consecuencias". El día del dichoso acto cantando el himno nacional y al comienzo de las estrofas de los valientes soldados cerré la boca y me quede mirando a los milicos como burro porfiado.

Después de que todo termino Enrique Ortiz se me acerco para anunciarme las consecuencias: me habían suspendido del grupo; por supuesto no me alegre pero mi control remoto ya estaba accionado en modo “amurramiento de burro” así que lo mire directamente a los ojos y le dije de la manera mas fría posible: "OK". Nada mas que eso, ok.

Ortiz me pregunto por que no me había quedado en casa, si no quería cantar podría haber resuelto el problema de esta manera, mi respuesta fue "porque no me dio la gana". El pobre Ortiz ya tenía bastantes problemas y no tenía ganas de bancarse a una pendeja enojada y cabezota que solo creaba mas problemas. Para mi fue un desahogo, la manera mas fácil y directa de decir sin decir nada lo que sentía y lo que pensaba.                                                                                                    
En mis dos últimos años en la escuela el taller de escultura se convirtió en mi refugio. Picar piedras, meter los dedos en la greda o en el yeso me hacían desaparecer del mundo y de mí misma. La escuela al igual que el país tenía un orden aparente, pero seguimos cantando juntos, haciendo fiestas, maldades, cosas imposibles de hacer en otros colegios, trabajábamos y nos divertíamos. Tuve la suerte de ser siempre bien tratada por los directores y profesores, pero sé que no todos pueden decir lo mismo.

Hubo una alumna que de un día para otro no fue mas al colegio; después me enteré de la razón: había sido madre, el padre era uno de nuestros profesores, un señor con bastantes mas años mas que ella y que siguió haciendo clases en el colegio como si nada hubiese pasado. A esta compañera me la encontré muchos años después en Europa y me contó todo lo que había pasado, que nada le fue ni fácil ni bonito y lo que mas rabia le daba era que la dirección del colegio estaba perfectamente enterada y dejo a este señor seguir haciendo clases como si nada hubiese pasado.

Recuerdo a un director que cuando se trataba de problemas con los alumnos aconsejaba a los profesores anteponer la astucia a la honestidad. Recuerdo también como ese mismo director hacía claras diferencias entre los alumnos que le gustaban y los que no le gustaban, nunca lo ví haciendo esto de manera grosera y evidente pero si con la sutileza, como solo lo saben hacer los que creen ser superiores y conocen ciertos códigos de comportamiento.                                                                                                                

De esa época Silvia del Solar —mi profesora de filosofía— es mi mejor recuerdo, ella fue la única que entendió donde estaba yo parada, fue la única que me vio y me ayudo para que no me volviera loca de tanto pelearme con el mundo y conmigo.

Hay otros profesores a los que recuerdo con cariño, Héctor Cancino, Verónica Matte, el eterno inspector Raúl Pérez y, por supuesto, el inolvidable Ulises… Ulises, el gañan, el que se encargaba de pintar todo lo que se podía pintar, incluyendo esculturas, con pintura para las puertas, el que limpiaba todo tan bien que lavó los pianos y fue blanco de todas nuestras bromas.

La escuela cambiaba hacia una dirección que cada vez se parecía mas al abismo y yo sin desearlo ni quererlo seguía amarrada a ella, no quería quedarme ni me quería ir: trágico y cebollero, trágica y cebollera. Me pidieron que fuera a hacer clases… y fui. Fue un muy breve periodo, pero fue lo que necesitaba para romper definitivamente con esa escuela.  

Alguna vez me encontré con algún ex compañero, sin buscarlo y en los lugares mas inesperados. Una vez vi a un compañero en la cárcel central, solo nos cruzamos las miradas y no nos dijimos nada, el siguió caminando y yo también. Otro llegó sin aviso a visitarme después de años de no habernos visto (no se como consiguió mi dirección) cuando abrí la puerta no lo reconocí, la última vez que lo vi antes de que fuese detenido era un niño, un incipiente adolecente, ahora era un hombre y solo después de que me dijo su nombre logré reconocerlo.

Con un par de amigas de entonces mantuve algún contacto, pero poco a poco fuí alejándome y rompiendo con todo lo cercano a la Experimental. Solo mantuve contacto con Silvia del Solar.

Ahora tengo que cerrar el relato. ¿Una conclusión? No, que todavía no me muero.

Imágenes. Apertura: Pájaros, de Nora Schkolnik; Conjunto Dalcahue; Estación de Cartagena, de Alejandro Badilla, y un casi autorretrato de la autora. Todos ellos formados en la EEEA.

Addenda
¿Qué es para la infancia el tejido social? ¿A caso algo diferente que para los adultos? ¿Cómo siente el niño —en este caso una niña— rasgarse la tela y qué significa para el/ella el instrumento que también lo/la hiere?

Esta cuarta entrega de las memorias de ex alumnas y alumnos de la Escuela Experimental de Educación Artística —hoy devenida un ruinoso liceo en los extramuros de Santiago— nos pone frente a una pregunta clave referida al rol que cumplen los institutos de enseñanza en la formación íntima de las personas; pero también frente a lo que en la actualidad es una niebla inquietante: su papel —el de escuelas y colegios— en el proceso de convertir a los jóvenes en sujetos de derechos y obligaciones ciudadanas. O más cabalmente: en personas sin tijeretazos en el alma.

Estos recuerdos —de los ex alumnos de la EEEA— se convertirán en un volumen impreso, y accederán a la recopilación personas por completo ajenas al intento pedagógico que esa escuela representó, podrán otear desde sus páginas siquiera parte de la utopía que la inspiraba, del mismo modo como en esta oportunidad Cecilia Fellner nos permite vislumbrar por qué orden se lo cambió.

Y cuánto del pasado —en la medida que el ayer es un impulso— ha podido sobrevivir a la masacre de cuerpos y cultura que cometió el gobierno militar-cívico a lo largo de 17 años, sin olvidar la complicidad artera y voluntaria de los dirigentes políticos a cargo de la marcha del Estado a partir de 1990.

Ver hoy a los jóvenes en las calles, empero, hace creer que las hilachas del tejido social rasgado bien pueden ser semilla para alimentar los telares del futuro.

Aquí, enlace al texto anterior, de Nilda Jara.
Aquí la segunda entrega, que pertenece a Ariadna Colli, y
– Aquí, el primer capítulo, de Robrto Reyes.

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2 Comentarios
  1. Gypsy dice

    Hi Cecilia, I am the person who posted this video on Vimeo, 4 years ago now.https://vimeo.com/24383973

    You came across it, «liked» it, and I see that you too are from Chile, as was the late Father Miguel Woodward.As you already know: Inelia Benz is Chilean as well.

    I am wondering how it was that you came across my video, whether you’ve read The Woodward Report, and if so, whether you discovered any information in that report which was of any value to you? mediafire.com/?3656x5sttvtiiyw

    Thank you for your time,Sincerely,Gypsy

  2. Hugo Riquelme Recabarren dice

    Si Ud lee ésto, tengo interés de intercambiar alguna correspondencia. Estudié cuando la Escuela Superior de Educación Artística se ubicaba en Vicuña Mackenna 192 en Santiago de Chile. Ha corrido mucho tiempo de entonces, me parece…
    H R R

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