Conservadores, progresistas y caudillos

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Wilson Tapia Villalobos.*

Han vuelto a sonar las cacerolas en Chile. Es el modo de protestar ciudadano cuando los argumentos no se escuchan. Cuando las discrepancias son desvirtuadas en un juego político peligroso por lo imprevisible de su resultado. Ayer fue un día extraño. Durante más de 14 horas, estudiantes y carabineros chocaron de manera casi incesante. Como ocurre habitualmente, el balance oficial fue de decenas de policías heridos y sólo una estudiante con heridas leves. ¡Ah! y provocadas por un automovilista civil que se dio a la fuga.

Mientras todo esto ocurría, los adminículos culinarios resonaban insistentes en las principales ciudades chilenas.

La exigencia de los estudiantes es por una educación gratuita y de calidad. Los profesores protestan porque sus planteamientos no son escuchados y las reformas educacionales se hacen a sus espaldas, en las que también se cuelgan las deficiencias del sistema. Pero no son los únicos puntos que traen las cacerolas y las marchas.

También manifiestan malestar por la falta de respeto al medioambiente, por el negocio de la salud, por el lucro en la educación, por el maltrato a los ciudadanos en instancias que van desde la locomoción al sistema financiero, pasando por el retail y los supermercados.

En resumen, los chilenos parecen querer recuperar protagonismo en su propia vida. Algo bastante comprensible, pero que los dirigentes políticos dejaron de entender. Esta falta de asertividad puede ser atribuida a causas tan disímiles como desconcierto, incapacidad para adaptarse al cambio, trueque entre el bien general y el personal, o simple y llana corrupción.

Y tal desconexión es claramente percibida. La última encuesta realizada por el Cetro de Estudios Públicos (CEP) da resultados lapidarios. Sólo el 27% de los encuestados aprueba la gestión del presidente Piñera, mientras el 52% la desaprueba. La calificación más baja obtenida por un jefe de Estado desde que terminó la dictadura, en 1990. Además, el 61% de los consultados no le tiene confianza al presidente.

A las coaliciones no les va mejor. Sólo el 17% aprueba cómo actúa la oposición. Y nada más que el 24% considera que el conglomerado oficialista lo hace bien.

Resultados paupérrimos ante los que la clase política aún no logra encontrar respuestas adecuadas. Y, como ha ocurrido siempre, los dirigentes locales miran hacia el mundo desarrollado. Sin mucha imaginación y menos análisis, se cuelgan de respuestas que pueden no corresponder a la realidad de nación subdesarrollada que tiene la nuestra. Pero hay que reconocer que se hace el esfuerzo.

El dirigente democratacristiano, Genaro Arriagada, descubrió una explicación para nuestros males en el politólogo inglés, profesor Guy Standing. Éste sostiene que quienes están manifestando su indignación en todo el mundo no son ni el proletariado ni los partidos políticos. Crea una clase —o si no gusta el término un segmento social— que llama “los precarios”. Son trabajadores cuya vida laboral está salpicada de intervalos entre una empresa y otra. O de permanencia en la misma, pero con contratos que deben renovarse año a año para que el empresario no tenga que pagar altos desahucios.

A menudo los “precarios” ostentan grados de educación superior. Pero no pueden ejercer en la especialidad que eligieron. Deben batirse en otras áreas, con la consecuente frustración que ello acarrea.

Es posible que la agudeza del profesor Standing y el esfuerzo de Genaro Arriagada expliquen algo diferente de lo que ellos visualizan. Tal vez allí esté el germen de la desubicación. En este caso, de los políticos conservadores, como Arriagada. El afán de cambiar el nombre a los actores no trae consigo las respuestas adecuadas.

Lo que Standing llama “precarios” son lo que el neoliberalismo ha logrado hacer con los proletarios. Es decir, es “la clase de los trabajadores asalariados moderna, que privados de medios de producción propios deben vender su fuerza de trabajo para poder subsistir”. Lo de precario, es un esfuerzo intelectual que muestra muy certeramente cómo los políticos conservadores se desgastan en juegos de palabras.

Con seguridad, el progresismo no lo hace mejor. Continúan insistiendo —desde su nombre— en fórmulas que pretenden ser respuestas políticas, pero más bien parecen cursos de "management" para gerentes del sistema neoliberal.

Y ante tanta dispersión mental, aparecen los caudillos. Como Pablo Longueira. El ministro de Economía tiró sus cartas de presidenciable, tal como antaño lanzó dio a conocer los contactos oníricos con su maestro, el fallecido senador Jaime Guzmán. La idea de Longueira en el sentido de aumentar los impuestos a las empresas, causó gran estrépito.

Los dueños del capital llegaron hasta La Moneda. Allí recibieron palabras tranquilizadoras. No hay ninguna posibilidad de que las empresas paguen en Chile más de 17% —hoy 20%, por el terremoto— sobre sus utilidades. ¿Cómo llamará a esto el profesor Standing? Creo que el nombre más apropiado es aprovechamiento de poder. Y en eso todos tienen responsabilidad, no sólo la derecha que hoy gobierna.

* Periodista.

 

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