Mar 21 2005
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Opinión

Crisis en Bolivia. Por qué no renunció el presidente

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoEl Vacío boliviano. Durante sus 17 meses en palacio Mesa ha sido prisionero de los bloqueos y huelgas. Ya no le es posible seguir el contubernio con Morales pues los sindicatos le piden demandas muy duras contra las multinacionales, que él concibe ahuyentarían a los inversionistas.

 
Sabe que no puede basarse en el ejército y que quien quiera sofocar la rebelión con balas podría acabar echado como su antecesor. No tiene partido ni mayoría parlamentaria.

 
Su fuerza es su imagen, popularidad y el que no haya nadie que quiera remplazarlo. Con su planteo de convocar elecciones quería que él o una coalición afín pudiesen ganarlas sustantivamente abriéndole la perspectiva de hacer un mandato más estable.

 
Hace 20 marzos un huracán sindical también condujo a que un gobierno centro izquierdista adelantase las presidenciales. Entonces la centro-derecha capitalizó el descredito “rojo” e implantó el actual modelo monetarista. Hoy pasa un fenómeno inverso pues las fuerzas tradicionales retroceden mientreas crece la izquierda.

  

La astucia de Mesa. Cuando Bolivia quedó bloqueada Carlos Mesa tenía dos caminos: buscar enfrentarlos con un estado de sitio o un desmantelamiento pacífico de éstos. El primer camino podría haber provocado una respuesta popular como la que en Octubre 2003 echó a su predecesor o convertirlo en un semi-dictador.

 
Optó por el primer camino. Sin partido y con un parlamento adverso su método fue chantajear con su renuncia o prontas elecciones. Estas asustaron a muchos parlamentarios, quienes no querían abrir paso a la incertidumbre social o perder dietas y poder.

Morales –por su parte– pensaba que no las ganaría y que éstas dificultarían su objetivo de estabilizar al gobierno para demostrar a los inversionistas que él pudiese ser el Lula altiplánico que llegue a palacio en el 2007. La centro-derecha carece de unidad y presidenciables carismáticos.

 
Mesa ha logrado que cesen los bloqueos y que se apruebe un proyecto de ley híbrida (no radical) sobre como deben tributar las petroleras. 

 
Las margaritas del presidente boliviano. Del 6 al 17 de Marzo Carlos Mesa se las pasó deshojando margaritas diciendo me quedo o no me quedo en la presidencia de Bolivia. Al final ha decidido seguir en el cargo.

Sus maniobras, si bien le han hecho aparecer inestable, han permitido el fin de los bloqueos y cierta estabilización política.

Marzo se inició como un mes caliente: los sindicatos y la ciudad del Alto –la cuarta del país– iniciaron marchas y bloqueos de rutas demandando la expropiación de Aguas del Illimani (una empresa privada francesa dueña del agua potable de La Paz y El Alto) y que las transnacionales que exploten los hidrocarburos bolivianos –el principal recurso del país– abonasen un 50 por ciento de regalías.

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En la víspera del lunes 7, cuando los sindicatos campesinos decretaron el bloqueo  a escala nacional, él presentó su renuncia a consideración. Dos días después, el martes 8, decidió retirarla cuando el parlamento y los principales partidos tradicionales decidieron suscribir un pacto.

Una semana más tarde, el martes 15, volvió a decir que se iba pero en 5 meses ras convocar a elecciones parlamentarias, constituyentes y presidenciales. Pero luego de que el parlamento aprobó una ley de hidrocarburos híbrida –que combina las propuestas de la derecha y la izquierda– y que rechazara por inconstitucional la propuesta de adelantar los comicios, Mesa decidió asegurar que se quedaría en el sillón presidencial.

Estas constantes oscilaciones pueden dar la impresión que demostraba inseguridad o inmadurez. En el fondo es el reflejo de la propia situación boliviana. 

Mesa llegó a la presidencia por accidente. El 6 de Agosto del 2002 arribó a la vicepresidencia tras Gonzalo Sánchez de Lozada, que había conseguido menos del cuarto de los votos válidos –alrededor de la octava parte de los inscritos– pero recibió la presidencia debido a que el resto de partidos de centro y de derecha le prefirieron a él antes que al sindicalista cocalero Evo Morales.

Sánchez fue el hombre que en septiembre de 1985 creó el nuevo modelo económico monetarista boliviano siguiendo la escuela de Chicago. Con él se inició la congelación salarial, el despido de la mayoría de los mineros y fabriles y la privatización de las empresas estatales, que llegaron a representar el 70 por ciento de la economía.

En Octubre 2003 una rebelión popular fue sofocada por Sánchez. Tras la muerte de más de 60 personas su gobierno se desplomó y renunció dejándole la batuta a su segundo. Mesa, quien había llegado tan alto acompañando al arquitecto del neo liberalismo boliviano, debía estabilizar al país buscando concertar con Morales, que se proclamaba el archi-enemigo de dicho modelo.

 
Durante 17 meses la alianza entre Mesa y Morales logró disuadir más de 800 conflictos. El primero se valía del segundo para contener la protesta social. El segundo conseguía algunas concesiones así como la posibilidad de mantener a un gobierno que evolucione al país para que en el 2007 acabe él en la presidencia, habiendo mostrado a los inversionistas que podría estabilizar Bolivia siguiendo el camino de Lula, Lagos o Tabaré.

 
Dicha alianza se resquebrajó debido a presiones de ambos extremos. El empresariado de Santa Cruz exige orden y garantías y utiliza la protesta popular autonomista como mecanismo de presión. Las multinacionales petroleras pugnan por mejores condiciones para invertir.

 
De otro lado, Morales estaba perdiendo peso en los sindicatos a favor de corrientes más radicales que llamaban a romper con mesa y exigen la nacionalización del agua potable de La Paz y del gas.

 
Ante el conflicto social Mesa tuvo dos alternativas. La primera era reconstruir la llamada “megacoalición” de la centro-derecha para imponer sus planes, decretando estados de sitio (tal como lo hicieron todos sus predecesores en las últimas dos décadas: MNR, MIR, ADN, UCS y NFR).

El riesgo de tal política es que Mesa perdería mucha de su popularidad –se jacta que tiene el aval de 2 de cada 3 bolivianos–, debería sentarse en las bayonetas y caer prisionero de los partidos tradicionales, que cuestiona. Esto, a su vez, podría conseguir echar leña a la hoguera y acabar produciendo una reacción popular como la que depuso a su antecesor.
 
La segunda salida era buscar que los bloqueos se suspendieran sin echar bala utilizando una serie de maniobras y chantajes. Al amenazar con retirarse puso al Movimiento al Socialismo (MAS) en una difícil situación. Algunos de sus antiguos parlamentarios habían emigrado hacia el Bloque Patriótico (oficialismo) bajo el argumento que la izquierda muchas veces ha tumbado gobiernos “progresistas” para acabar haciendo que estos sean remplazados por más retrógrados.

El MAS creía que si caía Mesa quien lo remplazase iba a ser alguien peor. Morales llegó a decir que si el presidente del senado llegaba a la presidencia no duraría ni 24 horas pues los sindicatos le acusan de “narco” y de haber apoyado la represión de Sánchez. Morales calculaba que si iban a elecciones prematuras no las ganarían pues habrían enajenado a clases medias y empresarios progresistas que buscaban ganar.

 
Del otro lado, ninguno de los partidos de la centro-derecha se siente fuerte. Todos están en crisis y sin una figura carismática presidenciable. Nuevas elecciones no les darían más votos y quienes pudiesen remplazar a Mesa –los presidente del Senado o de la Cámara de Diputados–  no son populares ni tendrían una coalición estable.

 
La derecha acusa a Morales de revolucionario, pero él es sobre todo un evolucionista quien no quiere un levantamiento sino mantener el orden jurídico. Por eso es que no ha querido elecciones anticipadas ni tampoco desencadenar un estallido social. No quiso aprovechar el vacío para lanzar una toma del poder a lo Lenin.

 
Morales ha querido mantener a Mesa como la mejor forma de hacer que haya un presidente que acepte algunas de sus demandas y le prepare el terreno para ser él el nuevo presidente. La centro-derecha igualmente le prefiere a él antes que a Morales o al caos. Las FFAA no pueden dar un golpe debido a su descrédito y la coyuntura internacional.

 Gracias al temor de su salida es que Mesa ha logrado disuadir los bloqueos. Seguirá siendo el presidente que gobierna sin partidos y el apoyo de los otros poderes, pero cuya base es su popularidad y el estar constantemente de equilibrista entre presiones de uno u otro lado. Este escenario podría cambiar.

Mesa ha repetido varias de las tácticas de Siles Suazo (presidente en 1956-60 y 1982 85). Siles usó una huelga de hambre contra los sindicatos para desbaratar olas de huelgas y luego tratar de partir a la Central Obrera Boliviana.

Los sindicatos sostienen haberle dado a Mesa un cuarto intermedio, pero también el presidente podría acabar cambiando sus tácticas para fortalecerse y ver el momento más oportuno para lanzar una contraofensiva contra un movimiento sindical acostumbrado a hacer bloqueos y huelgas radicales.

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(*) Analista internacional. Ex especialista en Bolivia en la London School of Economics. 
 Isaac Bigio.

 

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