May 25 2005
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Cultura

Cr贸nica: Buenos Aires, un viaje a la ciudad 铆ntima

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

foto芦Quiero decirte adi贸s y no puedo, Montevideo, hasta la mirada de tus caballos me prende a ti. Pero si me quedara tal vez nunca m谩s los viera, porque el oficio humano es triste, y se vicia f谩cilmente: los ojos dejan de ver lo que ven siempre, y el coraz贸n se acostumbra, y olvida aquello que se hace maravilla constante… Y as铆, para amarte, es mejor que te deje禄.

Ya del otro lado del r铆o, Cecilia compara a los argentinos y los uruguayos. Empresa audaz: al menos es opini贸n general 鈥搚 como montevideano la comparto鈥 que s贸lo nosotros conocemos nuestras diferencias, que ser铆an digamos poco visibles para los no rioplatenses. Porque, ciertamente, hay una unidad llamada 芦R铆o de la Plata禄. Cecilia era poeta, es decir, sab铆a leer el mundo en sus entrel铆neas, y establece esta comparaci贸n:

鈥淒ir茅 r谩pidamente una diferencia que se me ocurre, entre argentinos y uruguayos: en los primeros parece pesar la sangre espa帽ola; en los segundos, la portuguesa. La sangre portuguesa es l铆rica; la espa帽ola, dram谩tica.

鈥淣osotros, brasile帽os, no sentimos ning煤n extra帽amiento entre la gente uruguaya; entre los argentinos sentimos una diferencia de 铆ndole. El argentino puede ser extremadamente cort茅s; no logra ser tierno. Esta aspereza es lo que nos sorprende, aun cuando les admiremos otras cualidades, que sin duda poseen. El argentino es f谩cilmente anecd贸tico, ir贸nico, muy propenso a la carcajada, a pesar de su apariencia a primera vista imponente, solemne, austera鈥

.

[…]

Reuni贸n en un taller de pintura. Pienso que, en Uruguay, probablemente no estar铆amos tan bien vestidos, hablar铆amos de arte, recordar铆amos alg煤n episodio afectuoso, ocurrido en tiempos, con un amigo ya muerto, que habr铆a sido bueno y triste. Nos conmover铆amos, sentir铆amos nuestro parentesco de esp铆ritu, nos quedar铆amos por momentos en silencio, como en un sue帽o; la noche pasar铆a llev谩ndonos a todos juntos por lugares a茅reos, y llamar铆amos a esto ser amigos y estar felices.

Las citas son largas, es cierto, pero tambi茅n interesantes. La intuici贸n de la nost谩lgica felicidad montevideana deber resultar correcta si se recuerda la fecha de la visita de Cecilia. Es muy posible que los montevideanos de 1944 fueran as铆, nost谩lgicos y felices, adem谩s de pr贸speros. Por su lado, los porte帽os de Cecilia tambi茅n deben haber cambiado mucho porque decididamente no son los que conoc铆 hace d茅cadas y rev铆 en julio de 2004. Los suyos son tal vez los porte帽os narcisistas del estereotipo. 驴O la poeta hab铆a amado demasiado a los montevideanos y, deslumbrada por el cari帽o dado y recibido, no fue capaz de aquilatar con justicia a los porte帽os?

EL VIAJE, TODOS LOS VIAJES

Tengo desde hace treinta a帽os un amigo porte帽o. Lo llamar茅 G., ser谩 mejor usar s贸lo su inicial. Nos conocimos en San Pablo, donde G. vivi贸 varios a帽os, en los setenta, en tiempos y circunstancias propicias para que hici茅ramos buenas migas. G. apareci贸 algunos meses despu茅s de que fund谩ramos el hoy m铆tico y siempre entra帽able primer grupo de militancia gay del Brasil. Por coincidencia tambi茅n 茅ramos vecinos. Viv铆amos en el centro, 茅l cerca de Bexiga, el barrio bohemio, yo en el Centro viejo. Yo viv铆a solo, 茅l con una amiga tambi茅n militante gay.

Siento orgullo de aquellos tiempos, o nostalgia, no s茅, o no importa. Pero me pondr铆a a hablar horas de aquellos muchachos. Era plena dictadura y milit谩bamos clandestinamente. Entre nosotros hab铆a poetas y ensayistas, largamente conocidos ahora, y hasta un americano (estadounidense) que hoy es un importante brazilianist en la academia de Estados Unidos.

Uno de los j贸venes era m茅dico y pocos a帽os despu茅s ser铆a coordinador gubernamental de la campa帽a contra el sida. Hoy es una autoridad mundial, desde la ONU, en la lucha contra la enfermedad.

Y tambi茅n estaba mi amigo G., de singular pasado. G., hijo de un cantante de tangos. G., fraile de una orden importante de la Iglesia cat贸lica. Creo que no hab铆a llegado a hacer los votos definitivos. Sus largas confesiones giraban alrededor del sexo, ese tema imposible para la Iglesia. 芦Padre, soy homosexual, necesito realizar mi deseo, 驴qu茅 hago?禄 芦Rez谩, m?hijo, rez谩禄.

El cura confesor sabr铆a lo que dec铆a. En cuanto a G. no s茅 si par贸 de rezar (no lo creo), pero en cambio se fue de la orden. Tan simple: G. quer铆a vivir. En la Argentina de aquellos a帽os ser homosexual no constitu铆a s贸lo un pecado, como pr谩ctica era algo jur铆dicamente delictuoso. Al igual que su amigo el poeta N茅stor Perlongher, que tambi茅n vendr铆a a vivir en San Pablo tiempo despu茅s, G. tuvo digamos un problema con la polic铆a de costumbres, providencialmente solucionado por un diputado amigo. Y G. se fue, inici贸 la aventura de la libertad bajo el signo del exilio.

Llegu茅 de noche a la estaci贸n Retiro debidamente adoctrinado durante el viaje por mi vecina de asiento, mujer delgada y de dedos finos como los de una parca, para que nunca tomase un taxi all铆: 芦Son todos ladrones. A m铆 uno me desvalij贸, me sac贸 todo lo que ten铆a. Ahora s贸lo tomo remise cuando vuelvo de Montevideo, donde vive mi hijo.禄

Obedec铆 el consejo de la parca. Me gusta o铆r a los porte帽os. Si hay un arte que casi todos dominan 鈥搚 dominan varios鈥 es el arte de la conversaci贸n.

Le ped铆 al del remise que no aprovechara el que yo fuese forastero para pasearme in煤tilmente por la ciudad, que mis econom铆as eran pocas. 芦Hay integrados y hay desesperados禄, me respondi贸, enigm谩tico, mientras manejaba con prisa. 芦驴Apocal铆pticos?禄, le pregunt茅, a ver qu茅 pasaba. 芦S铆, o te integr谩s o no sos nadie.禄 芦Bueno, yo no soy nadie.禄 芦Yo tampoco禄, dijo, creo que solidario.

El viaje result贸 demasiado corto para las reflexiones que el conductor entabl贸 y las que seguramente desarrollar铆a 鈥搚 conductores as铆 s贸lo existen en Buenos Aires, al menos a m铆 nunca me toc贸 uno igual en Montevideo o en San Pablo, ni en ning煤n otro lugar鈥. Al final me dej贸 en el hotel combinado de la calle Corrientes. Y fue cuando empez贸 el barullo.

Hay que decirlo: todas las grandes ciudades latinoamericanas son ruidosas. San Pablo es ruidosa, M茅xico lo es, hasta Montevideo, que no parece una ciudad inmensa (pero s铆 grande), es barullenta. El silencio, o tal vez, la impresi贸n de silencio se encuentra m谩s bien en Europa.

Varias veces sal铆 de R铆o de Janeiro para desembarcar en Par铆s, y siempre tuve la impresi贸n de un contrabando de Para铆sos e Infiernos. A veces dejaba el Para铆so tropical y llegaba al Infierno fr铆o. O entonces llegaba al Para铆so del orden urbano, de historia reconocible, y dejaba el Infierno verde, y su versi贸n gris, la selva de piedra. Aun las veces en que mi coraz贸n quedaba en Brasil, y Europa era el Infierno, me aferraba al parco consuelo del silencio, una esperanza que en Par铆s s贸lo es posible para quien viene de cualquiera de las urbes latinoamericanas, bellas y estruendosas.

Naturalmente lo feo de la calle Corrientes no radica tanto en las fachadas de ne贸n, que atolondran, porque a eso se destinan, ni en el consabido y general deterioro urbano, ni en el empobrecimiento de las clases medias que la frecuentan 鈥搚 los turistas, y los ladrones, y la prostituci贸n inevitable鈥.

Vi que en el Nacional pasaban una comedia con Claudia Lapacc贸, de quien no o铆a hablar desde que tuve que irme de Montevideo. Dios m铆o, pensaba, 驴todav铆a existe? Pero 驴y yo? 驴Acaso no exist铆a tambi茅n treinta a帽os atr谩s? 驴Por qu茅 tanta perplejidad? No es novedad que a distancia el tiempo es otro.


BUENOS AIRES EN EL CRONISTA

Lo feo, lo angustiante de la calle Corrientes es la falta de esperanza. Yo sab铆a, en el quinto piso del hotel donde me hab铆an puesto, que el Infierno del estr茅pito en aquella Selva de piedra no cesar铆a, que amanecer铆a y, como en las pesadillas, todo continuar铆a igualmente intolerable.

La soluci贸n, obvia, fue cambiarme a la ma帽ana siguiente, y reencontrar la calma, ya desde mi segunda noche porte帽a, la que reina, relativa, en el resto del llamado microcentro. Porque con algunas excepciones, el resto del centro parece quedar de espaldas a la exacerbada calle Corrientes. Yo termin茅 en un hotel de Avenida de Mayo, la de noches vac铆as como el resto del centro, parejas tomando cerveza en el cord贸n de la vereda, barras (bravas, tal vez) fumando marihuana, trabajadores nocturnos, o al contrario, gente llegando en la madrugada para trabajar. Era el silencio, modesto Para铆so.

G. es cura en una parroquia pobre de la m谩s pobre periferia sur de Buenos Aires. Desde que volvi贸 a su ciudad me manda algunos mails, pocos, es cierto, con sus novedades, muchas. Retom贸 su vida religiosa activa, tuvo que luchar para que lo aceptaran, a su edad, y con su pasado, dice. G., se explica, pero no lo dice todo. Escribe un documento destinado a la comunidad 鈥搈e lo envi贸, har谩 unos cuatro o cinco a帽os鈥, calla sobre su sexualidad.

Su vocaci贸n lo llev贸 de nuevo al seno de la Iglesia. La angustia econ贸mica tambi茅n, tiene a su padre nonagenario y depende de 茅l. Volvi贸 a Buenos Aires cuando su madre muri贸, y entonces descubri贸 que sufr铆a de hepatitis C. Despu茅s de sus a帽os paulistas, G. vivi贸 una d茅cada en Recife, Pernambuco. Dice que fueron los a帽os m谩s felices de su vida, y es cierto, por lo menos en ciertos canavales fui testigo de esa felicidad. Volvi贸. Tambi茅n para huir de la sensualidad pernambucana, insiste. Su destino era Buenos Aires, y la Iglesia.

Desde Montevideo vengo guardando con cuidado el papel donde anot茅 sus se帽as. Quiero llamarlo y darle la sorpresa. G. no me espera. Lo llamo la misma noche de mi llegada. Soy el hombre exultante del locutorio.

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Cecilia querida, conmigo los porte帽os no fueron ir贸nicos ni incapaces de ternura ni 谩speros y su aspecto no fue imponente ni solemne ni totalmente austero. Tal vez porque algunos de ellos conoc铆an mi poes铆a y yo fui justamente para leer poes铆a y hablar de ella. Pero es cierto que t煤 tambi茅n fuiste a leer tu poes铆a y de poes铆a hablar. Han de ser los tiempos.

T煤 fuiste en tiempos de vacas gordas, amada Cecilia, y no s茅 si la opulencia nos anestesia, pero s茅 que puede ser mala consejera. O tal vez sentiste que al salir de Montevideo dejabas atr谩s una provincia, un lugar hermoso y perif茅rico, y cuando el vapor toc贸 el muelle porte帽o intuiste que llegabas a un centro hegem贸nico con todas las de la ley, y aun las de fuera de ella. Y uno siempre simpatiza con los chicos.

Te lo recuerdo: el Conde de Lautr茅amont 鈥揺l muy Mont茅vid茅en鈥 ya sab铆a cu谩l era la Reina del Plata. Lo dice hacia el final del Canto I de Les Chants de Maldoror:

芦Buenos-Ayres, la reine du Sud, et Montevideo, la coquette, se tendent une main amie, 脿 travers les eaux argentines du grand estuaire禄. A Montevideo le toc贸 ser 芦coquette禄, 驴te acuerdas?


LOS POETAS, LA MEMORIA

Fui recibido con generosidad por muchos poetas. Horacio Fiebelkorn, el poeta de La Plata (y que insiste en ser 芦de provincia禄, por m谩s que viva en Buenos Aires), a quien hab铆a conocido a帽os atr谩s durante unas lecturas de poes铆a en el Palacio Santos de Montevideo, fue de una generosidad infinita. Me ofreci贸 su compa帽铆a casi en tiempo entero, y la compa帽铆a de Fiebelkorn es un privilegio. Paseamos por el Centro, me mostr贸 (parte de) 芦todos los lugares que deben ser conocidos por quienes visitan Buenos Aires禄 鈥搇a frase la vi escrita en la vidriera de una agencia de viajes de la calle C贸rdoba鈥.

Y hubo cenas promovidas por su mujer, Soledad, en el hermoso apartamento de Recoleta donde vivieron hasta pocos meses despu茅s de mi visita. Por aquellos d铆as estaba saliendo su libro Zona muerta, con contratapa redactada por m铆. Esperamos juntos el nacimiento del libro (en vano, naci贸 pocos d铆as despu茅s de mi partida).

Con Fiebelkorn le铆mos en la Casa de la Poes铆a, la instituci贸n dirigida por el poeta rosarino Daniel Garc铆a Helder, hombre serio y bueno como su poes铆a. La Casa de la Poes铆a se sit煤a en la antigua residencia del poeta popular Evaristo Carriego (1883-1912), 芦all谩 por el barrio gris que cant贸 el pobre Carriego禄, seg煤n dec铆a Borges, quien tanto admir贸 a este poeta del suburbio. El aguerrido pero melanc贸lico Carriego viv铆a en una casa peque帽oburguesa relativamente acotada de Palermo, el barrio hoy elegante. Se conservan objetos del poeta, son afrancesados, de gusto convencional, dudoso.

Entre el p煤blico estaba Daniel Samoilovich, sabidamente un poeta brillante, pero 鈥揳l menos yo鈥 no sab铆a que es un entusiasta ni conoc铆a esa mirada tan dulce y tan penetrante. Es como si toda la inteligencia del mundo se hubiera refugiado en sus ojos, esa 芦marca Samoilo禄 de identificaci贸n (y 茅l estaba creando entonces una 贸pera bufa llamada El despertar de Samoilo). En cambio intu铆a la erudici贸n de Samoilovich, que comprob茅 en el boliche despu茅s de la lectura (un conocimiento asombroso de literatura brasile帽a, por ejemplo), en esas charlas de caf茅 que eran una tradici贸n tambi茅n montevideana pero que en Montevideo desapareci贸 porque todos los lugares p煤blicos se degradaron frente a la perfecta indiferencia de la Intendencia.

Fiebelkorn tambi茅n me acompa帽贸 a la conferencia que yo deb铆a dar en el Centro Cultural Quinta Trabucco, en Vicente L贸pez. El lugar es un palacete de estilo neorrenacentista que perteneci贸 a una familia llamada Trabucco y surge imponente en medio de un jard铆n, de hecho casi una peque帽a quinta con 谩rboles de la flora nativa, orgullo de su director, otro poeta, Rodolfo Alonso.

Sin duda, Buenos Aires es la ciudad de los psicoanalistas, y varios de ellos estuvieron presentes en mis lecturas (son los que m谩s levantan la mano para preguntar 鈥揷on pertinencia, sea dicho de paso鈥 y se presentan: 芦Soy sicoanalista禄). En Buenos Aires parece haber m谩s analistas que analizados, es cierto. Pero tambi茅n hay muchos poetas. Y los que conoc铆 son excelentes. Alonso es tambi茅n traductor del portugu茅s, entre otros idiomas. Fue el primer traductor de los cuatro heter贸nimos m谩s famosos de Fernando Pessoa, en 1960, cuando Octavio Paz todav铆a no lo(s) hab铆a dado a conocer en M茅xico. Alonso ha creado una obra po茅tica original, de poemas breves y luminosos. Y por cierto, una vez m谩s terminamos la jornada charlando en un caf茅, 茅ste del elegante suburbio de Vicente L贸pez.

G. est谩 alegre y desconcertado con mi presencia en Buenos Aires. Desgraciadamente no puede verme. Venir al centro le es imposible, si supiera los problemas de su comunidad, la pobreza, ya no sabe c贸mo mantener la parroquia. 驴C贸mo est谩 de su hepatitis? La va llevando, pero se niega a tomar medicamentos de las multinacionales farmac茅uticas, opt贸 por la medicina alternativa. 驴Yo? Sigo con mis problemas respiratorios, aun despu茅s de la operaci贸n. 芦La sacamos barata禄, dice G.

No me da tiempo de responder: 芦Tengo un pasado de hedonismo禄, agrega en primera persona. Est谩 bien, G., mi querido G. 驴O铆rme hablar de poes铆a? No, no tiene tiempo ni para leer. A prop贸sito, tampoco tiene vida sexual, dice, tantos problemas, y adem谩s no quiere, es un voto. Hoy de tarde tuvo un casamiento, les dio buenos consejos a los novios. 驴Noticias de Recife? S铆, por e-mail, a veces. Te vuelvo a llamar. Llamame, Alfredo, quiero o铆rte. Vernos no, no, es muy dif铆cil.

Estoy en la estaci贸n Retiro, para volverme a Montevideo y seguir despu茅s para San Pablo. 驴Mi vida no es extra帽a, Cecilia? 驴Y habr谩 alguna que no lo sea? Me despido de Buenos Aires como t煤 de Montevideo. Y tambi茅n digo: Quiero decirte adi贸s y no puedo, el oficio humano es triste, el coraz贸n se acostumbra y olvida aquello que se hace maravilla constante. El Infierno y el Para铆so conviven tantas veces, 驴no es verdad, Cecilia? Para m铆, Buenos Aires tambi茅n era 铆ntima, hecha de destinos como el m铆o, bordado de las parcas. Casi coquette.

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* Poeta, cr铆tico literario, uruguayo. Art铆culo publicado en La Jornada semanal de M茅xico.

A Cecilia Meireles (Brasil 1901-1964) se la considera la gran poetisa de la lengua portuguesa.

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