De 2025 a 2026: entre pronósticos y realidades

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Cada vez que finaliza un año nos encontramos con innumerables análisis de lo que fue y lo que vendrá.  Desde ya, no se puede predecir el futuro, y siempre es más sencillo analizar lo sucedido. Sin embargo, esto no impide que se intente anticipar escenarios: los más probables y los que difícilmente ocurran. La historia está repleta de hechos inesperados.  Las bibliotecas en Estados Unidos están desbordadas de libros que predecían la debacle de la Unión Soviética, pero casi nadie vio venir la perestroika y la glásnost de la mano de Mijaíl Gorbachov.

Y mucho menos la forma como cayó el muro de Berlín.  América Latina también ha tenido lo suyo en la de Argentina de 2001 o en Chile en 2019, independientemente de lo sucedido a posteriori.A 33 años de la caída del Muro de Berlín - Izquierda Web

También están los pronosticadores de turno.  El problema es que, por lo general, sus “pronósticos” suelen ser producto de deseo e ilusiones, lo que en inglés se llama “wishful thinking”.  Todavía se puede encontrar en alguna librería de usados el libro de Andrés Oppenheimer “La hora final de Castro” al que le agregaron el subtítulo “la historia secreta de la inminente caída del comunismo en Cuba”.  Publicado en 1993, se vendía como un trabajo de investigación riguroso con más de 500 entrevistas en el terreno.  

Más cerca en el tiempo, existen numerosos artículos que predijeron la “caída” de Hugo Chávez, y la más “inminente” de Nicolás Maduro, a quien por lo general se lo subestima como si todavía fuera aquel chofer de autobús de sus comienzos. Esto quiere decir que hay que tener mucha cautela a la hora de pensar lo que sucederá en 2026 en América Latina.

Los analistas económicos más consultados en los grandes medios de comunicación suelen tener pronósticos macroeconómicos muy positivos para la región cuando hay gobiernos de derecha. Mencionan las oportunidades, las posibilidades, las inversiones que llegarán, y en algún lugar lejano el derrame de bienestar hacia la población que, visto cómo se vive en América Latina, siempre queda relegado para algún futuro incierto.  Ayer era el boom de las materias primas, ahora son los llamados minerales raros, y la inteligencia artificial (IA), la nueva panacea, que elimina más puestos de trabajo de los que crea.

Es verdad que las elecciones en Ecuador, Bolivia, Honduras y Chile han impactado por los triunfos de las extremas derechas.  Sin embargo también hay que decir que estos países, cuando son gobernados por la derecha no tienen gran proyección regional porque –justamente- no les interesa la región y básicamente miran hacia los Estados Unidos.  No es el tamaño del país lo que importa sino sus definiciones políticas. 

La pequeña isla de Cuba desde la Revolución de 1959 se convirtió en un gigante político del que todos opinan.  Por el contrario, Chile, Colombia, Perú y México conformaron la Alianza del Pacífico en 2011 con gobiernos de derecha para contrarrestar la activa presencia de la UNASUR, pero dicha “alianza” pasó sin pena ni gloria. 

Dicho esto, no son para minimizar los triunfos actuales de las extremas derechas, sino para matizar la influencia que puedan tener, aunque cuenten con el pleno respaldo de Donald Trump.  Las derechas en América Latina podrán tener el apoyo de Estados Unidos y seguir la línea política trazada en Washington, pero no tienen propuestas propositivas. 

Solo reaccionan porque, como dice Javier Milei, los reúne el hecho de tener un enemigo en común: el “socialismo” y el “comunismo”.  Por eso son tan importantes las elecciones de Colombia en mayo y Brasil en octubre.   Gustavo Petro y Lula da Silva, junto a Claudia Sheinbaum, son un freno a los objetivos de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Trump e intentan mejoras sociales para las grandes mayorías.

Se cumple el primer cuarto del siglo XXI.  Al comenzar el siglo la hegemonía de las derechas era abrumadora.  Cuba estaba aislada y el entonces casi desconocido Hugo Chávez todavía no había cumplido un año de gobierno.   América Latina a comienzos del 2000 no estaba en disputa, casi todos los gobiernos estaban alineados con la Casa Blanca. 

Eso ha cambiado.  Desde una perspectiva histórica ahora el vaso está más que “medio lleno” para los sectores populares, de izquierda, progresistas o como se los quiera llamar.  Estados Unidos ya no puede realizar golpes de Estado como hace cincuenta años y para muestra vale un botón: Bolsonaro está preso por intentarlo.

Si algo podemos pronosticar con seguridad es que, en el 2026, y por un tiempo, la disputa continuará.

*Sociólogo y periodista argentino

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