Al retirar su apoyo a la candidatura de la expresidenta Michelle Bachelet, el Gobierno de Chile ha contribuido a colocar en primer plano de la actualidad la carrera para la sucesión de António Guterres como secretario general de la ONU, en la que compiten otros cuatro aspirantes. Aunque opacada por la guerra en Oriente Próximo, de la relevancia del proceso da fe el hecho de que, por primera vez en la historia de la organización, una mujer podría desempeñar ese papel.

Tal eventualidad es además doble, incluso triple: no sólo por la gran masa crítica en favor de un liderazgo femenino, a la que da voz, entre otros, la plataforma global GWL Voices; también porque, de los cinco candidatos a suceder a Guterres, tres son mujeres: la citada Bachelet, la política y economista costarricense Rebeca Grynspan y la argentina Virginia Gamba, exrepresentante especial de la ONU para niños y conflictos armados.
Los otros dos candidatos son el argentino Rafael Grossi, actual responsable de la Agencia Internacional de la Energía Atómica —y el cuarto latinoamericano—, y Macky Sall, expresidente de Senegal, que representa la cuota africana (el reparto geográfico, por rotación de continentes, es norma en la elección de un secretario general, y se supone que es el turno de América Latina). Aunque a nadie se le escapan las motivaciones políticas, fue la concentración de candidaturas latinoamericanas lo que el Gobierno del conservador Kast arguyó para retirar su respaldo a la socialista Bachelet. La “dispersión de candidaturas” de América Latina hace que su postulación sea “inviable”, subrayó este martes la cancillería chilena.

La candidatura de la expresidenta y exresponsable de ONU Mujeres, el perfil más político y marcado de todos, fue presentada por el anterior Gobierno chileno pocos días antes del traspaso de poder, junto con Brasil y México. El respaldo de estos dos países hace viable que siga adelante, así como la promesa de Chile de no apoyar a ninguno de los otros candidatos “en consideración a la trayectoria” de Bachelet. A Grossi le respalda oficialmente su país, aunque no personalmente el presidente Javier Milei, mientras que Grynspan ha sido propuesta por el suyo; Gamba, por Maldivas, y el senegalés Sack, por Burundi.
Bachelet, de 74 años, cuenta con posibilidades, pues todo apunta a que la rotación geográfica conducirá a la elección de un latinoamericano para el puesto, siendo la variable “mujer” estadísticamente probable, pero, en su caso, algo más aleatoria. Ideológicamente hablando, tiene en contra a dos enemigos de peso, ambos con poder de veto en el Consejo de Seguridad.
Se trata de China, que protestó enérgicamente por un informe independiente sobre la violación de derechos de la minoría uigur con el que la expresidenta chilena se despidió como comisionada de Derechos Humanos de la ONU, en 2022. El segundo adversario poderoso es EU, que en el pasado ya denunció sus “críticas a Israel y EU”.
A su representación ante el organismo llegan ahora las presiones de los republicanos más integristas por la defensa del aborto que hace la candidata. En una reciente audiencia en el Congreso, el republicano Chuck Edwards, en nombre de un grupo de legisladores, dijo que Bachelet, tanto en su desempeño en la ONU como durante sus dos presidencias de Chile, “ha priorizado repetidamente una agenda extremista sobre el aborto” y, por lo tanto, es una candidata inadecuada para la secretaria general, “a quien EU debería vetar”.
La nota de la cancillería chilena apuntaba ese hándicap: “Las diferencias con algunos de los actores relevantes que definen este proceso”, lo que, aunque el lenguaje diplomático es la mayor parte de las veces un arcano, puede traducirse por los dos países citados. Sólo habría por tanto que sumar dos y dos: corresponde al Consejo de Seguridad recomendar formalmente un candidato a la Asamblea General, donde no hay derecho de veto, pero la nota de corte dependerá de uno solo de los cinco miembros permanentes capaces de bloquear cualquier iniciativa.
Una apuesta por el multilateralismo
El perfil claramente feminista de Bachelet choca también de plano con las maniobras de EU en una ONU subordinada —o cuando menos amordazada por iniciativas como la Junta de Paz para Gaza— a la Administración de Donald Trump, algo de lo que su representación permanente, dirigida por Mike Waltz, viene dando pruebas este mes, desde la presidencia de turno del Consejo.
La candidatura de la política chilena y la agenda política de EU en la ONU se solapan, cuando no entrechocan. Hace diez días, EU se quedó solo —literalmente solo— durante la conferencia anual de las Naciones Unidas sobre los derechos de la mujer (CSW70), que rechazó su propuesta de restringir la definición de género. La derrota estadounidense fue celebrada con vítores y aplausos en la sala.
La declaración de intenciones de Bachelet como aspirante a la secretaria general de la ONU no
puede sino hacer crujir a EU. “Si se me confía la responsabilidad de secretaria general, serviré a todos los Estados miembros con imparcialidad, determinación y respeto, guiada por un principio por encima de todos: que la cooperación sigue siendo el instrumento más poderoso de la humanidad para la paz, la dignidad y el progreso compartido”, declaró el 11 de marzo en un acto de la Universidad de Nueva York.
Sea o no la elegida, quien ocupe la secretaria general lo hará con una ONU al borde de la crisis de representación, pero también financiera, debida en buena parte al unilateralismo de Washington. La retirada de EU de diversas entidades, incluidos 31 organismos de Naciones Unidas “que ya no sirven a los intereses estadounidenses”, ha comprometido su viabilidad económica, pues adeuda aproximadamente 4.200 millones de dólares en cuotas obligatorias atrasadas, además del pago correspondiente a este año.

Aunque EU recurriese a Melania Trump para inaugurar su presidencia de turno del Consejo, el pasado 2 de marzo, en un organismo con un déficit sistémico de representación femenina —72 países miembros nunca han designado a una mujer como representante permanente—, la elección de una secretaria general sería, en palabras de Susana Malcorra, excanciller argentina, un acicate para el multilateralismo, tan amenazado por la visión imperial y hegemónica del mundo de Washington.
“Cuando una mujer llega arriba, tiende a trabajar en equipo, que es algo que se necesita mucho actualmente”, añadió Malcorra en un reciente encuentro en el Instituto Cervantes de Nueva York. En tiempos de acciones unilaterales, de guerras por diktat —la desatada contra Irán a instancias de Israel es un buen ejemplo—, la posibilidad de que el mundo sea distinto cobra una cierta posibilidad.
El próximo 1° de abril expira el plazo oficioso para la presentación de candidaturas. El proceso de selección, a cargo del Consejo de Seguridad y la Asamblea General, está programado para designar a un nuevo líder en el tercer trimestre de 2026. El próximo responsable de la ONU tendrá un mandato de cinco años, entre 2027 y 2031.
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