Mucho se ha escrito y dicho en cuanto a que serían las ideas las que mueven al mundo, a la historia humana. Sin embargo, resulta evidente que es el temperamento de los dirigentes políticos lo que más determina la suerte y el destino de sus pueblos. Para bien o para mal, es en las determinaciones de un Hitler, un Stalin, un Pinochet o un Trump, entre tantos otros malvados, donde puede explicarse lo sucedido trágicamente en el mundo. En sus horrores, guerras, genocidios y tantos otros infortunios.
Generalmente estos personajes carecen de convicciones que sean más sólidas que sus propias ambiciones personales. Con pueblos que se someten casi siempre al embrujo de sus discursos y promesas, ya sea en la desesperanza humana, el miedo o la ignorancia. Emperadores perversos, pontífices sacrílegos, presidentes corruptos con millones de muertos, torturados, segregados y
desterrados en su paso por la historia universal. Promoviendo incesantes conflictos bélicos que solo se explican en la codicia y la maldad de quienes debieran haber sido los protectores de sus naciones.
¡Vaya que terrible balance, sobre todo el de los últimos siglos, con aquellas dos guerras mundiales y los conflictos que se suceden en todo el mundo, pese a todas las promesas de paz! ¡Qué insensatez es esta de seguir acumulando armas de destrucción masiva, cuando con solo la detonación de un puñado de estas bombas bastaría para destruir todo el planeta y la vida sobre este!
Felizmente, la humanidad también nos regala líderes de la talla de un Ghandi y Mandela. A figuras y ejemplos como Bolívar, San Martín, Sucre y O´Higgins que prefirieron la condición de libertadores a la posibilidad de convertirse en monarcas. Líderes que, tan injustamente, terminaran en las mazmorras de los poderosos, desterrados o asesinados. Así como han terminado muchos santos y mártires de la fe en sus diversas expresiones religiosas.
Ejemplos los hay por miles surgidos, incluso, en los campos de batalla, pero esta vez movidos por causas nobles, como la emancipación de sus pueblos y alcanzar el anhelo de la soberanía popular. Aunque de este derecho hayan surgido tantas veces deplorables repúblicas y falsas democracias.
Una mirada al mundo actual nos debe llevar al convencimiento de la culpa que tienen algunos gobernantes al reiterarse en sus propósitos de conquista y exterminio de quienes se opongan a sus perversos propósitos. Es así como un Donald Trump, desde Estados Unidos, y Benjamín Netanyahu, en Israel, representan lo más espurio de la política mundial, pululando con ellos, una multitud de mediocres y cobardes gobernantes que los consienten en todas sus fechorías, así sea provocando la destrucción de ciudades, la muerte de niños y el hambre que sobrevive al paso de sus misiles y ejércitos.
Lo que puede comprobarse hoy en la devastada Franja de Gaza, en las colegialas abatidas cruelmente en Irán, ante la cínica protesta de las Naciones Unidas, el principal referente de la burocracia internacional. Donde diplomáticos de toda la Tierra y colores llenan de dinero sus bolsillos en la pasiva contemplación del horror del mundo. Constatando reiteradamente que su organización no constituyo nunca una comunidad de naciones, si se considera tan solo el poder de veto que ejercen las grandes potencias contra las decisiones de la mayoría de sus integrantes.
En nuestra más reciente historia nacional hemos visto entrar y salir de La Moneda a ineptos gobernantes cuyo afán principal ha sido la de garantizar los negocios de nuestro país con el extranjero. Políticos de derecha e izquierda que han hipotecado nuestros recursos naturales en favor del apetito de las transnacionales, que miden el progreso solo en las cifras de nuestro intercambio comercial y que ahora, pese a las advertencias, parece que no tienen ya posibilidad alguna de asumir lo que llaman una posición pragmática, haciéndole solo flirteos a la voluntad de las grandes potencias que ingenuamente creyeron “socias” y que hoy tienen a Chile aprisionado entre los dos grandes imperios mundiales.
Operadores políticos, a lo sumo caudillos, sin liderazgo alguno y que nos escandalizan cotidianamente por las trampas que se hacen unos a otros, tal cual lo hacían cuando niños frente al tablero del Metrópoli, un juego de mesa que casi todos conocimos, pero en que muchos políticos actuales parecen haber agotado su formación política. Como siempre autodenominándose de izquierda o derecha, sin que en la práctica difieran en nada respecto de su vergonzosa postración ante los poderosos del mundo y a su vil dinero.
Enarbolando banderas cuyos colores traicionaron hace tiempo nuestros ideales de independencia, justicia y dignidad soberana. Reduciendo sus añejos estandartes solo a aquellas insignias que hoy lucen en sus solapas a fin de ser reconocidos en la repartija de cargos que siempre se sucede a la asunción de cada gobierno.
Políticos, además, de pobre consistencia moral que en su paso por el Parlamento y el Gobierno se aseguran de por vida onerosos estipendios, acumulando recursos, también, para postularse una y otra vez a los altos cargos del Estado. O para dirigir, como ahora, sus apetencias y voracidad hacia la misma ONU, la OEA, el Banco Mundial y otros templos del capitalismo y de un orden mundial cada vez más desigual y violento. Figuras que, antes de aportar a la justicia y la equidad en sus naciones, buscan incorporarse a los grandes carteles de la gobernanza mundial. Ávidos del botín fiscal y de los sobornos empresariales, empeñados en que la política quede siempre sometida a sus arbitrios.
En este sentido, el peor augurio respecto de nuestro futuro es la amistad que está forjando nuestro nuevo presidente con el mandamás universal y esa corte de gobernantes lacayos que conforman su guardia pretoriana. Los que hoy asolan a millones de víctimas y tienen en jaque hasta la salud del planeta.
**Profesor universitario de vasta trayectoria. En el 2005 recibió en premio nacional de Periodismo y, antes, la Pluma de Oro de la Libertad, otorgada por la Federación Mundial de la Prensa
Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.