En cualquier ambiente, sin importar la posición ideológica o política, la interrogante angustiante de si las acciones del Presidente de los estadounidenses es movido por sus definiciones políticas o por su demencia esta cada día más presente.
Antes era un simple juego de especulaciones, ahora se ha transformado en uno de los debates abiertos y subterráneos más importantes, Trump es el presidente de la primera potencia mundial y una de las dos potencias militares más fuertes y con capacidades destructivas del mundo entero.
Para sus seguidores y aliados, lo que algunos llaman «caos» o «confusión» es en realidad una táctica deliberada, argumentan que su forma de hablar sin guion y sus digresiones son lo que lo hace parecer «auténtico» frente a los políticos tradicionales que leen teleprónters.
Sus declaraciones polémicas suelen desviar la atención de temas que podrían perjudicarlo, obligando a los medios a hablar de lo que él quiere y cuando él quiere. La Casa Blanca sostiene que el presidente mantiene una «agudeza inigualable». En abril de 2025, el propio Trump afirmó haber «arrasado» en un examen cognitivo durante su revisión médica anual, asegurando que obtuvo una puntuación perfecta.
Por otro lado críticos y algunos profesionales de la salud mental han expresado preocupaciones basadas en sus observaciones públicas. Se han señalado momentos en los que confunde nombres de líderes mundiales o lugares geográficos, así como un aumento en el uso de palabras inventadas o frases inconexas. Psicólogos como el Dr. John Gartner han argumentado públicamente que Trump muestra signos de «demencia incipiente» o «deterioro cognitivo», citando cambios en su forma de caminar y en su sintaxis.
Al ser el presidente de mayor edad en la historia de EE. UU. (79 años en 2026), el escrutinio sobre su salud mental es constante, similar al que enfrentó su predecesor Joe Biden.

Desde el punto de vista político, sus asesores han empezado a llamar a sus digresiones en los mítines como «The Weave» (El Tejido). Él sostiene que no se confunde, sino que mezcla intencionadamente varios temas (historia, economía, ataques personales) para luego unirlos al final del discurso. Según él, es un signo de «genio» y no de vejez. Al decir cosas que parecen fuera de lugar, domina el ciclo de noticias por 48 horas, dejando a sus opositores hablando de sus palabras en lugar de debatir sus contenidos, sus decretos ejecutivos.
La interrogante sobre la relación entre la política y la demencia toca la fibra más sensible del debate actual en Estados Unidos. Esa sensación de «cóctel explosivo» entre una ideología radical y un comportamiento errático es, precisamente, lo que tiene al país dividido y en vilo. Nos quedamos cortos, a todo el mundo dividido.
Cuando se usan términos como «nazi» o «fascista» para describir las acciones de Trump, generalmente refieren a su retórica, a sus métodos y sus acciones. :
Ha intensificado el uso de palabras como «alimañas» para referirse a sus oponentes políticos. Históricamente, calificar a los rivales como «plagas» es una táctica clásica de regímenes autoritarios para justificar medidas extremas. Su insistencia en que los inmigrantes están «envenenando la sangre» del país es lo que más comparaciones directas ha generado con la retórica de los años 30 en Europa por parte de Hitler.
En este 2026, la política exterior de Trump ha dejado de ser «aislacionista» (como en su primer mandato) para volverse intervencionista y punitiva, lo que muchos analistas describen como una mezcla peligrosa de ideología de dominación (estilo nazi) e impulsividad sin filtros (asociada al declive cognitivo).
Historiadores militares han señalado paralelismos entre las órdenes de Trump y conceptos del Tercer Reich como el espacio vital o la explotación de recursos.
Trump ha dado órdenes directas de mantener tropas en zonas de conflicto (como en partes de Siria o Libia) con el único fin declarado de extraer recursos. Esto rompe con el derecho internacional y se acerca a la visión de conquista y saqueo de los regímenes fascistas.
Trump ha amenazado con el uso del ejército estadounidense dentro de México para combatir cárteles sin el consentimiento del gobierno mexicano. Esta violación de la soberanía nacional para «limpiar» una zona exterior se asemeja a las justificaciones de expansión territorial por seguridad nacional en Austria y los Sudetes por parte de Hitler previo a la Segunda Guerra Mundial
Su propuesta de usar el ejército para las deportaciones masivas dentro de EE. UU. (la «Operación Despertar») es, para muchos, el signo más claro de una militarización de la política doméstica, utilizando al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) cometiendo asesinatos y crímenes en diversos estados, es algo fundamental en el ascenso del nazismo.
Aquí es donde la falta de coherencia sugiere un deterioro en la toma de decisiones, se han reportado casos en el Pentágono donde Trump ordena ataques de represalia inmediatos tras ver un segmento en las noticias, sin consultar mapas de inteligencia o reportes de bajas civiles. Esto indica una pérdida de la función ejecutiva y la capacidad de medir consecuencias.
En discursos de 2026, ha llegado a amenazar militarmente a aliados de la OTAN como Francia o Alemania, con «consecuencias severas» por disputas comerciales menores, mientras elogia la «fuerza» de dictadores hostiles. Esta desorientación estratégica es vista por expertos como un signo de confusión mental.
Su ligereza al hablar de usar armas nucleares «tácticas» contra grupos terroristas o países pequeños asusta incluso a sus propios generales. No parece haber una doctrina, sino una agresividad errática propia de alguien que ha perdido los frenos inhibitorios del cerebro.
Lo que se ve es un fenómeno donde se pone el objetivo: «Dominio total, expulsión de los ‘otros’ y saqueo de recursos» como su objetivo máximo y se pone el ritmo: «Acciones rápidas, violentas, sin planificar y basadas en la ira del momento». Otro signo en esta tensión son sus purgas de generales a través por razones ideológicas. Se basa en quién lo halaga más en la televisión. Sus planes actuales para purgar a los funcionarios de carrera y reemplazarlos por leales, son vistos por sus críticos como un intento de eliminar los contrapesos democráticos.
Luego de someter a la OTAN a todo tipo de humillaciones, ahora la abandona intempestivamente y promete sanciones a aliados tradicionales, como España, Alemania, Francia. Varios exsecretarios de Defensa han advertido que el mayor peligro en 2026 no es una guerra planeada, sino un incidente nuclear provocado por un malentendido o un arranque de ira del presidente durante un episodio de confusión.
Muchos analistas plantean que lo que se ve no es una estrategia política brillante, sino el deterioro de los filtros. En la demencia tipo Alzheimer o frontotemporal, una de las primeras cosas que desaparece es el «filtro social». Esto explicaría por qué sus ataques son cada vez más crudos y sus anécdotas en los mítines (como la famosa historia del tiburón y la batería eléctrica) son más surrealistas.
La historia del tiburón y la batería es uno de los ejemplos más citados por quienes sostienen que Trump padece un deterioro cognitivo, ya que combina una lógica confusa con una obsesión personal. En este 2026, lo que antes era solo una anécdota «rara» de mitin se ha entrelazado con su política agresiva hacia Cuba.
Esta «parábola» (como él la llama) surgió por primera vez en 2023 y se repitió en Las Vegas en 2024 cuando se le rompió el teleprónter. Trump planteó que si estás en un bote totalmente eléctrico y el bote se hunde por el peso de la «tremenda batería», tienes que elegir: o te quedas en el bote y te electrocutas (porque la batería está bajo el agua) o saltas al agua donde hay un tiburón a diez metros. «Elegiría la electrocución cada vez. No me acercaré al tiburón».
Para los expertos en salud mental, esta historia es un signo de confabulación y pérdida de hilo lógico. No hay leyes que obliguen a barcos «solo eléctricos», las baterías marinas no funcionan así y la fijación con los tiburones confirmó que es una fobia real de él y muestra una mente que mezcla miedos personales con políticas de estado.
Hace apenas unos días, el 17 de marzo, Trump soltó una frase que ha aterrorizado a la región: «Tendré el honor de tomar Cuba… puedo hacer lo que quiera». Muchos diplomáticos ven en esta crudeza una falta de filtro diplomático total. No habla de «transición democrática», habla de «tomar» la isla como si fuera una propiedad inmobiliaria.
Esta idea de «anexionar» o «tomar» territorios vecinos por la fuerza recuerda a las políticas de expansión territorial de los años 30 del nazismo.
La historia del tiburón y la batería es la metáfora del gobierno de Trump: una decisión impulsiva basada en miedos personales que termina convirtiéndose en una política de «choque» eléctrica. En el caso de Cuba, Trump está aplicando la «electrocución» (bloqueo total de energía) mientras se posiciona como el «tiburón» que espera a que el sistema cubano salte al agua.
Ha llegado a decir que está compitiendo contra Obama o que estamos al borde de la «Segunda Guerra Mundial» (en lugar de la Tercera). Sus seguidores dicen que es sarcasmo; sus críticos dicen que es desorientación espacial y temporal.
En el caso de Benjamín Netanyahu, la relación con Trump en es el ejemplo perfecto de cómo el «interés político radical» puede camuflar o incluso alimentar los aspectos de «demencia» o impulsividad. Aunque parecen aliados incondicionales, si se observa atentamente, la mezcla sigue ahí, pero con un matiz diferente: Netanyahu ha aprendido a «manejar» los episodios de Trump para su propio beneficio, ahora la ocupación del sur del Líbano.
En sus recientes discursos conjuntos tras los ataques a Irán de febrero de 2026, ambos han adoptado un lenguaje que los historiadores califican de «apocalíptico» y deshumanizador. Han dejado de hablar de objetivos geopolíticos para hablar de una «limpieza moral» del Medio Oriente.
Netanyahu ha elogiado que Trump ya no imponga «reglas de combate molestas», lo que ha permitido niveles de destrucción en Gaza y ahora en Irán que ignoran cualquier estándar de derechos humanos, algo que resuena con la doctrina de «guerra total» de los regímenes fascistas.
A diferencia de otros líderes, Netanyahu no trata a Trump como a un estratega, sino como a alguien a quien hay que estimular emocionalmente. Netanyahu sabe que Trump tiene una necesidad cognitiva de validación. En sus ruedas de prensa de este mes, lo ha llamado «el líder más grande de la historia de EE. UU.», logrando que Trump le dé «cheque en blanco» para operaciones militares que incluso el Pentágono ve como una locura.
Como todos los frenos internacionales, incluso las Naciones Unidas, incluso la OTAN se muestran totalmente inútiles importa analizar el sistema de los Estados Unidos. Existen tres «frenos» principales diseñados para situaciones de incapacidad mental o abuso de poder autoritario. Sin embargo, la efectividad de estos instrumentos está bajo un debate intenso debido al control que Trump ejerce sobre el Partido Republicano y el sistema judicial, que empieza a resquebrajarse como en el caso de los aranceles, por parte de la Suprema Corte de Justicia.
La Enmienda 25, para el factor «Demencia», es el mecanismo diseñado específicamente para cuando un presidente no puede cumplir con sus deberes por razones de salud física o mental.
Considerando que Trump ha nombrado a un gabinete de leales absolutos y el Vicepresidente es su heredero político, la probabilidad de que ellos mismos lo declaren incapaz es casi nula, a menos que ocurra un colapso físico evidente. Además, si Trump se resiste, se requiere una mayoría de dos tercios en ambas cámaras del Congreso para apartarlo, un umbral altísimo.
El «Juicio Político» o Impeachment es la herramienta para castigar «crímenes y faltas graves», incluyendo el abuso de poder o la violación de la Constitución. La Cámara de Representantes presenta los cargos y el Senado actúa como jurado. Varios congresistas demócratas, como Summer Lee han introducido artículos de impeachment contra miembros del gabinete, como la Fiscal General Pam Bondi y han sugerido nuevos cargos contra Trump por el uso del ejército en temas domésticos.
Con un Congreso donde los republicanos mantienen el control o una minoría muy sólida, conseguir los 67 votos en el Senado necesarios para una condena sigue pareciendo un objetivo imposible.
Las «Injunctions» o Mandatos Judiciales, el freno a los decretos. Hasta ahora, ha sido el freno más eficaz contra las políticas radicales. Un solo juez federal puede emitir una orden que bloquee la implementación de una orden ejecutiva en todo el país si considera que es inconstitucional.
La dura realidad actual y para muchos expertos legales es que el sistema de «pesos y contrapesos» de EE. UU. fue diseñado para líderes que respetan las normas. Ante un líder que las ignora, el último freno real no es una ley, sino la presión pública y las elecciones.
* Cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer
Los comentarios están cerrados, pero trackbacks Y pingbacks están abiertos.