Dic 31 2009
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Opinión

El arte de ganarle al tiempo

Rigoberto Lanz*
  Nada es tan gratuitamente despilfarrado como el tiempo. No me refiero al productivismo que tasa todo en clave de resultados exitosos y eficacia. Hablamos más bien del tiempo político, ese peculiar transcurrir que no depende de caprichos personales ni de decisiones arbitrarias. Los costos de oportunidades en política suelen pasar inadvertidos porque nadie paga la factura de forma directa e inmediata. Lo que deja de hacerse o se hace erráticamente  tiene una valoración coyuntural que los políticos sortean a duras penas. Pero también hay un costo de oportunidad que pasa inadvertido porque su traducción práctica se padece en el mediano plazo.

¿A quién le importa tanto esos efectos de mediano y largo plazo? En tiempos de pragmatismo exacerbado lo que vale es lo que se visualiza aquí y ahora. El cortoplacismo de la política  no deja lugar para mirar el horizonte, para proyectar consecuencias (que de todos modos ocurrirán) En ese tipo de mentalidad (se trata de una sensibilidad, de un percepción, de una caja de herramientas) es casi imposible dibujar escenarios, proyectar objetivos, diseñar estrategias complejas donde cada episodio se interconecta recursivamente.

Los años van pasando (como este que convencionalmente termina tal día como hoy) y la esperanza de construir otro modo de vivir contrasta con la modestia de las realizaciones hondas. No se trata de un gradualismo según el cual los cambios profundos se producen por una infinita acumulación de pequeños cambios que se van agregando aquí y allá. Según esa visión no hay nada que hacer, basta armarse de paciencia para que algún día se hayan acumulado tantos pequeños cambios que entonces sí…la revolución llegó.

Nada funciona así. Ni en la sociedad ni en los individuos.  Sólo en la combinación de una voluntad de cambio a toda prueba, de una plataforma teórico-estratégica bien fundada y de una fuerza política consistentemente enraizada en la multitud, es entonces posible un aprovechamiento eficiente de las coyunturas, una aceleración del tiempo político para generar las transformaciones radicales.

El tiempo transcurrido no es neutro. Lo que no se ha podido hacer pesa demasiado. ¿Cuándo dejaremos de vivir en esta inquietante paradoja de una caricatura de país en la que una obscena minoría derrocha su opulencia, mientras grandes contingentes padecen las miserias del hambre y la violencia? 

¿Cuándo cesará el espejismo de un capitalismo de Estado que redistribuye la renta… pero hasta allí? ¿Cuándo acabaremos con la sub-cultura de la corrupción que está instalada en los tuétanos de la sociedad? ¿Será fatal que tengamos que padecer los embates de una delincuencia crapulosa? ¿A qué distancia estaremos de una sociedad plenamente autogestionada, sin desigualdades sociales estructurales, con ciudadanos cultos y éticamente responsables, con un espacio público decente, gestionado por la gente más capaz?

  El tiempo no es gratis. No es lo mismo lo que se hace que lo que deja de hacerse. No es lo mismo hacerlo ahora que hacerlo después. La dimensión política tiene su propia temporalidad. La ciencia política no tiene cómo medirla. Sólo el olfato funciona como criterio para saber si estamos a “destiempo”. El espacio público marcha siempre o dos velocidades: en la superficie, la presión pragmática para colmar las demandas de la gente; en las profundidades, el trabajo estratégico que demuele y construye, que echa bases y remueve escombros. No siempre se logra la sincronía entre estos dos planos temporales. Pero es vital que se encuentren.

De tanto desvelarse por las premuras de coyunturas de emergencia (Venezuela es un caso crónico de operativos de emergencia) lo fundamental se va difiriendo hasta esfumarse.  Nadie reclama desde el plano estratégico; los reclamos están siempre en la superficie.

El tiempo no perdona. A pesar de su intangibilidad, es el recurso de todos los recursos. Mañana es otro año…una y otra vez.

*Venezolano, doctor en Sociólogía, Mg. en Filosofía de la Ciencia, con postdoctorados en Montreal, México, Lille y la Sorbona   

 

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