Abr 24 2007
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Opinión

EL CAPITALISMO COMO ÚLTIMO HORIZONTE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Frente al determinismo predominante, que define todas las esferas de la vida (negando que un evento en sentido propio pueda ocurrir al afirmar que todo puede ser explicado como el resultado de circunstancias ya presentes), Lacan afirma, por el contrario, la posibilidad de que el Orden de las Cosas no pre-determina todo y que, de tiempo en tiempo, algo genuinamente nuevo puede surgir ex nihilo, es decir, desde la nada, desde las brechas mismas del Edificio del Universo.

Ortega y Gasset decía que la naturaleza no ha hecho más que dar saltos. El famoso “eslabón perdido” que los antropólogos andan buscando, visto desde esta perspectiva, no seria mas que un pseudo-problema. La brecha que el “eslabón perdido” supone tapar es, en realidad, la brecha de la negatividad que hace posible lo auténticamente nuevo,

¿No es, en cierto sentido, el “eslabón perdido” el que, también, cierta izquierda ortodoxa andaba buscando para determinar con precisión científica el paso del capitalismo al comunismo? (las condiciones maduras, la contradicción capitalista final, etc…). Hoy día, nada de esto preocupa. Pareciera que el capitalismo, ya sea estatal o de libre mercado, se presenta como el único y último horizonte que determina lo posible y la lucha política sólo se reduce a una serie de batallas por el derecho a ser incluidos (las mujeres a ser como los hombres, el negro como el blanco, el inmigrante como el nativo, el homosexual como el heterosexual, etc… No fuera del sistema, sino, dentro de el).

Todas estas batallas multiculturales, o políticas de la identidad si se prefiere, son legítimas. Sólo que ellas no son, en sentido revolucionario, la lucha fundamental de hoy. Una emancipación puramente política no necesita de la crítica marxista de la economía política. La economía se presenta, simplemente, como una esfera mas entre otras esferas sociales. El problema es que, al presentar las cosa de esta manera, perdemos la premisa básica que nos rebela que la economía posee un cierto estatus primario, de que es una matriz generarativa de fenómenos que en una primera instancia pareciera que no tuvieran nada que ver unos con otros (reificacion, mercantilización de la cultura…).

En la presente dimensión estructural global la economía capitalista no es solo un dominio entre otros. Hoy hablamos de luchas étnicas, ecológicas, feministas y de clases. Pero, lo que no debemos perder de vista es que esta ultima no es solo una mas en la serie. Clase y lucha de clases es, por supuesto, la lucha económica anticapitalista. En la estructura floreciente de culturas y combates sociales el capitalismo es esa estructura neutral básica sin sentido que, subyacentemente, persiste.

La resignación de la izquierda a creer que el horizonte de la imaginación social ya no nos permite jugar con la idea del fin del capitalismo, que tácitamente aceptamos que el capitalismo esta aquí para quedarse y que las energías criticas han encontrado una salida sustitutiva en la lucha por diferencias culturales que dejan la homogeneidad básica del sistema capitalista mundial intacto es lo que, justamente, nos confronta con el abismo que existe entre un acto político renovador y la administración de las “cuestiones sociales” que siempre permanece dentro del marco de lo ya existente.

El primero no es simplemente algo que funciona dentro del “sistema”. Es un acto que cambia el verdadero marco que determina como las cosas funcionan. Un acto político capaz de generar algo nuevo no es el resultado de condiciones existentes, sino, la acción que, precisamente, cambia estas condiciones, que transforma las coordenadas de lo posible.

El acto revolucionario, el evento o la irrupción de algo totalmente original (la Revolución Francesa, la creación de la física de Galileo, la invención del estilo clásico de Haydn, la invención de la escala de doce tonos de Schoenberg…) pareciera presentarse como algo irreducible al orden del ser social. Badiou dice, por ejemplo, que las condiciones sociales son el sitio potencial del evento, pero este es, por decirlo así, un acto abismal autónomamente fundado.

No podemos explicar la Revolución Francesa simplemente a partir de sus condiciones sociales. Fue un acto autónomo que nos permite leer las condiciones como condiciones revolucionaras. Podemos apuntar a las circunstancias que le dieron nacimiento, pero no podemos explicarla, exclusivamente, a partir de ellas. Hay una especie de acto de creación original desde el cual un cierto universo de significados emerge como si viniera de la nada y que cambia el ambito que nos revela la realidad. La noción Hegeliana de reversión dialéctica puede ser de alguna ayuda aquí.

Algo surge y luego, retroactivamente, causa sus propias causas. No tenemos, simplemente, causa y efecto. Tenemos una causa que, de alguna manera, retroactivamente, pone sus propias presuposiciones Dicho de otra manera, no hay fundamento objetivo último para determinar nuestras decisiones. En el ambito biológico Maturana y Valera muestran convincentemente esta estructura circular en su teoría de sistemas autopoieticos. Para ellos, el verdadero problema no es como el organismo y su ambiente conectan o interactúan, sino, lo opuesto: ¿como un organismo distinto y auto-idéntico emerge del ambiente? ¿Como una célula forma la membrana que separa su interior de su exterior? ¿No es la noción central de Valera, la de «Bootstrap» («por esfuerzo propio»), la misma idea hegeliana de «poner las presuposiciones» a través de una inversión auto-reflexiva?

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La cuestión es ¿cómo un evento explota dentro del orden del ser social? ¿Cómo escapamos a la oposición kantiana entre el orden de los seres y el momento mágico de la irrupción de algo verdaderamente nuevo? La respuesta siempre nos elude. Una aproximación materialista tendría que partir con la pregunta ¿cómo es posible pensar la unidad del ser y el evento?

Lo que asemeja a todos los líderes genuinamente revolucionarios es que no esperan que las leyes de la historia estén a su lado, en que la figura del Gran Orden Simbólico garantice sus actos. Estos estan llenos de riesgo y quien autoriza el riesgo es sólo el que los elige. Si el salto revolucionario no es un corte radical en la textura de la realidad, entonces no es nada. Y si, posteriormente, no hay fidelidad con el evento, lo genuinamente nuevo fracasa en emerger… ser fiel al evento significa pensar y moverse dentro de la situación que el evento ha abierto… Significa la obligación de inventar una nueva forma de ser que este de acuerdo con el evento.

¿No fue esta ausencia de fidelidad lo que explica la tragedia de las revoluciones del siglo XX?

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* Escritores y docentes. Residen en Canadá.

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