Nov 21 2005
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Opinión

EL CASO DE LA SECRETARIA Y EL RECTOR

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Lo interesante de la película no está en su valor histórico, pues la información que en ella se entrega era de conocimiento general. Sin perjuicio de que resulta interesante ver la recreación de personajes perversos como los Goebbels, ver representados el cinismo de Speer y la cobardía de Himmler, creo que el verdadero mérito de la película, y al mismo tiempo su mayor enseñanza, está en la forma en que el director presenta la relación entre los dos personajes principales, el dictador Adolf Hitler y su secretaria, Traudl Junge (izq.), cuyo relato es utilizado como el hilo conductor de la historia.

foto«Esta fue precisamente la omisión de Traudl Junge, la secretaria de Hitler. Obnubilada por el poder, cómoda en su posición y como receptora de cierto afecto por parte de Hitler, fue incapaz de apreciar la realidad: el genocidio en curso y la demencia de su jefe, a pesar de presenciarla día tras día durante años. Como ella misma confiesa, sólo se enteró de lo ocurrido durante los juicios de Nuremberg’’.

La película ha sido criticada por algunos bajo el argumento de que Hitler es mostrado por primera vez con una cierta “dimensión humana”, es decir como un ser capaz de tener actitudes de consideración y educación con otros o incluso actos de afecto con personas o animales. La representación de estas características en Hitler, dicen los críticos, sería un mensaje ambiguo hacia los espectadores pues de alguna forma relativizaría los horrendos crímenes cometidos por él y su régimen.

No estoy de acuerdo. Como punto de partida es preciso aclarar que la cinta muestra reiteradamente al Hitler que siempre hemos conocido: un desquiciado perverso capaz de los peores crímenes contra otros pueblos, como el judío, quien, además, tiene la cobardía de abandonar finalmente a su propia nación responsabilizándola por la catástrofe militar.

Creo, también, que la crítica es errada porque la virtud del director es haberse atrevido a mostrarnos la disociación en la personalidad de estos personajes. Y eso es, finalmente, lo que los hace tan peligrosos. La repugnancia que nos provoca ver a los hijos de Goebbels cantando una canción en las rodillas de un Hitler anciano y debilitado o la incredulidad ante el cariño que éste le expresa a su perro, son precisamente el llamado de alerta principal de esta película. La historia esta plagada de tiranos y asesinos que ordenan, avalan, ejecutan y encubren los crímenes más salvajes durante el día y al atardecer llegan a preguntarle a sus hijos como les fue en el colegio.

Esta dicotomía no puede ser factor de engaño para la gente. La obligación de todos es informarse, escarbar un poco más y encontrar la verdad.

Esta fue precisamente la omisión de Traudl Junge, la secretaria de Hitler. Obnubilada por el poder, cómoda en su posición y como receptora de cierto afecto por parte de Hitler, fue incapaz de apreciar la realidad: el genocidio en curso y la demencia de su jefe, a pesar de presenciarla día tras día durante años. Como ella misma confiesa, sólo se enteró de lo ocurrido durante los juicios de Nuremberg.

fotoPara mí, lo esencial de la película viene al final cuando aparece en pantalla la verdadera Traudl Junge. Ella es capaz de asumir su responsabilidad frente a la humanidad sin ninguna atenuante. Su corta edad en esa época (22 años), su desconocimiento de la política, su temor a represalias y el hecho de que ni siquiera fuera miembro del partido nazi, no son, en sus propias palabras, justificación alguna para haber permanecido en un estado de ignorancia y colaboración con el régimen. Lo que nos dice esta anciana es simple: debió saber. Punto.

No puedo dejar de pensar que la valentía de esta señora para reconocer su responsabilidad fija un estándar mínimo. En estos días hemos sido testigos de los dichos de un rector de una universidad privada que intenta justificar sus falsedades públicas como vocero de gobierno, respecto del asesinato a manos de agentes de seguridad del Estado de cuatro personas, señalando que “no ha hecho nada jurídicamente reprochable”.

Acto seguido, hemos visto la reacción extemporánea (en varios años) de académicos de la misma universidad que ahora ponen el grito en el cielo por lo que consideran es un desprestigio para la casa de estudios y para sus carreras. Resulta penoso decirlo, pero ninguno de ellos llega ni cerca del estándar fijado por la secretaria de Hitler.

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* Abogado Universidad de Chile, Columbia University School of Law, Nueva York.

Texto publicado en la edición gráfica del diario La Segunda, Santiago, 16 de noviembre de 2005.

Nota de la R.:

Cerca de las cuatro de la mañana del domingo 29 de abril de 1945, Traudl Junge, a la sazón de 25 años, termina de dactilografiar el testamento político de quien había sido su jefe por casi tres años. Hitler se suicidará en el «búnker» (incidentalmente «búnker» es un refugio-fortaleza subterráneo, no una oficina donde se toman decisiones más o menos secretas y trascendentes como erróneamente escriben algunos periodistas y mencionan algunos políticos) ante la llegada de las tropas soviéticas al corazón de Berlín –con lo que acaba la II Guerra Mundial en lo que a Europa se refiere.

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Muchos años después la señora Junge escribirá sus Memorias y en ellas palpitará su mea culpa.

El rector que no identifica el autor del artículo es Francisco Javier Cuadra (izq.), que lo fue de la Universidad (privada) Diego Portales; Cuadra vive, y muy bien, quizá recordando sus días de majestad, gloria y poder al lado de Augusto Pinochet, que también vive, pero enfrenta diversos procesos y existe la posibilidad de que al final sea sentenciado por ladrón.

Nunca hubo tropas soviéticas en Chile y –por lo que venga al caso– tampoco guerrilleros cubanos.

Allí donde el ex rector se siente perseguido («soy un chivo emisario»), pasada la orgía cruel y sanguinaria, la secretaria, que jamás tomó decisión alguna, encontró un camino para el rescate de su honor y la paz de su conciencia. Curiosidades de la historia.

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