La ejecución el pasado fin de semana de un enfermero que grababa a los agentes del ICE en Minneapolis ha vuelto a poner el foco en la deriva que está tomando la política y la sociedad norteamericana con la extrema derecha en el poder. Es la segunda muerte a tiros de esta milicia delante de numerosos testigos y sin ningún tipo de justificación. Primero fue Renée Nicole Good, y ahora Alex Pretti, ambos ciudadanos estadounidenses, blancos, de clase media, pacíficos.
Pero podría haber sido cualquiera que haya salido a manifestarse contra el ICE o se haya tropezado con ellos. No se trata de una mala fortuna, ni de un error que el gobierno se haya apresurado en enmendar. Todo lo contrario.

Esta milicia que recuerda a los camisas negras del fascismo, es una herramienta más de disciplinamiento interno, y ninguno de sus excesos es un error. La crueldad extrema y su exhibición es precisamente lo que se pretende mostrar para causar terror. Por eso tienen carta blanca e impunidad garantizada. Y un buen respaldo mediático y político para justificar sus acciones.
Aunque el origen del ICE fuese supuestamente la captura de personas migrantes en situación irregular, su acción y su intención traspasa tal cometido desde sus inicios. Esta herramienta represiva ya existía antes de la llegada de Donald Trump. Se creó tras los atentados de las Torres Gemelas en 2001 como una medida antiterrorista, con una islamofobia desatada que puso bajo sospecha a todo migrante, más si venía de países donde se profesa mayoritariamente el islam, y que contó con el beneplácito de una población en shock ya educada en el supremacismo durante siglos.
Desde entonces, su acción, las deportaciones, las prisiones sin juicio y las torturas como en Guantánamo han estado ahí durante todos los sucesivos gobiernos, con tenues críticas y la aprobación de la mayoría. La violencia policial, la persecución de la disidencia, la desinformación institucional o el racismo estructural son males endémicos todavía más arraigados. Y siempre, quien se ha opuesto, ha sido una minoría.
Hoy, sin embargo, ante el terror y los excesos del ICE, lejos de ver excusas oficiales argumentando que se tratan de casos aislados, de manzanas podridas o fallos en el sistema, empezamos a entender que se trata de una política de estado, de una guerra interna del poder contra sus propios ciudadanos que lleva años en marcha, tolerándose porque a la mayoría no le afectaba, y que Donald Trump tan solo ha acelerado.
Tan solo durante 2025, cerca de 30 personas han muerto bajo custodia del ICE, la cifra más alta en 20 años. Llevamos años viendo aplicar a la población migrante lo que nos horroriza que ahora que se aplique a los demás. Pero el ICE es solo la punta del iceberg de un sistema autoritario que lleva años transcurriendo contra determinados colectivos mientras la mayoría miraba hacia otro lado.
Entender que esto no es ninguna novedad no debe quitar gravedad al asunto ni negar la deriva iliberal y autodestructiva que se ha iniciado. La implementación de medidas cada vez más coercitivas y represivas en el seno de las democracias liberales ha sido un proceso tolerado por la mayoría, creyendo que se velaba por su seguridad y que, si uno se portaba bien, nunca le alcanzaría. Un proceso del que han participado todos los gestores políticos que han ostentado el poder, en EEUU y en cualquier país, llámense demócratas o republicanos, conservadores o socialdemócratas.
El ‘algo habrán hecho’, la aprobación social de cualquier vuelta de tuerca autoritaria no es nueva. Y sucede en todas partes, también aquí, con leyes cada vez más represivas y discursos cada vez más autoritarios, que van poniendo las bases para que lo de EEUU se repita en todos los escenarios.
Sorprende ver en directo la descomposición de un país que pretendió durante años ser el faro del resto del mundo, el ejemplo a seguir, la tierra de las oportunidades, la democracia más antigua del mundo moderno, el país que administraba la política internacional con su batuta, decidiendo por dónde debía ir cada uno. Esa grandeza y esa legitimidad que se le otorgó, que siempre ha llevado pareja una incuestionada impunidad, ha tardado tan solo unos pocos meses en escurrirse.
Hoy, nadie desea parecerse a los Estados Unidos. Y todos temen ser su siguiente enemigo, incluso quienes llevan años obedeciendo sus órdenes y siendo sus más fieles aliados, tampoco se sienten a salvo.
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