Abr 2 2007
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Opinión

El papado. – IDEAS PELIGROSAS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Nada es más peligroso que las ideas. Por algo la historia humana está repleta de mecanismos para sancionar, censurar, limitar y, finalmente, destruir a quienes piensan de modo “incorrecto”. El siglo XX llevó esta paranoia a sus límites, creando las “policías del pensamiento”, denunciadas por autores como Orwell, Solzhenitsyn o Bradbury. Pero sería un error creer que la policialización de las ideas es solamente un problema pasado.

Por mala fortuna, no sólo las dictaduras y los Estados totalitarios han constituido herramientas de disciplinamiento y control ideológico. En plena era digital, los límites de la libertad de expresión parecen no tener hoy más límite que los impuestos por la cobertura de Internet. Sin embargo, hoy existen, paradójicamente, muchos mecanismos, antiguos y nuevos, para seguir persiguiendo las ideas.

Un ejemplo reciente es la “advertencia” de la Congregación para la Doctrina de la Fe al famoso teólogo de la liberación Jon Sobrino. La acusación: el autor “tiende a disminuir el alcance de los pasajes del Nuevo Testamento que afirman que Jesús es Dios”, asegurando que en el Evangelio “no se afirma claramente la divinidad de Jesús, sino que sólo se establecen los presupuestos para ello”.

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Para llegar a establecer estas afirmaciones la curia vaticana ha dedicado años a rastrear en Sobrino la más pequeña desviación doctrinal. Si el mismo método usado en su contra se aplicara con las encíclicas papales promulgadas durante el siglo pasado, entonces sería posible identificar numerosas faltas doctrinales mucho peores que las atribuidas al jesuita.

Jon Sobrino, al igual que un conjunto de teólogos y pastoralistas latinoamericanos, ha sido víctima por más de veinte años de un proceso de persecución y de calumnias sostenido de parte de los sectores más conservadores del catolicismo.

Su nombre se une a una larga lista de “condenados”: Hans Kung en 1975 y 1980; Jacques Pohier en 1979; Edward Schillebeeckx en 1980, 1984 y 1986; Leonardo Boff en 1985; Charles Curran en 1986; Ivonne Gebara en 1993, Tissa Balasuriya en 1997; Anthony de Mello en 1998; Reinhard Messner en 2000; Jacques Dupuis y Marciano Vidal en 2001; Roger Haight en 2004.

Solamente en el período en que el entonces cardenal Joseph Ratzinger ejerció como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, más de 600 teólogos perdieron su derecho a enseñar en las universidades y academias católicas y no pudieron seguir publicando con permiso eclesiástico. A muchos de ellos, famosos doctores y catedráticos, se les impusieron castigos humillantes, como permanecer en silencio por largos períodos o volver a clases para períodos de “reeducación”.

En el mismo día en que se anunciaba la “advertencia” contra Sobrino, Benedicto XVI promulgaba la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis en la que abre la puerta para el regreso del latín y del canto gregoriano en las misas, advierte que los divorciados no pueden participar de la eucaristía y endurece las restricciones para la participación litúrgica de los cristianos no católicos en las ceremonias.

Reafirma, además, la doctrina sobre el celibato sacerdotal, cerrando el debate que tímidamente abrieron algunos obispos al plantear la posibilidad de cambiar esta norma canónica.

La Congregación para la Doctrina de la Fe es heredera de una de las más antiguas y refinadas “policías del pensamiento” que ha conocido Occidente. Fue fundada en 1184 por el Papa Lucio III con el nombre de Inquisición y en 1542 el Papa Pablo III la transformó en la Congregación del Santo Oficio. Pablo VI, en el espíritu del “aggiornamento” postconciliar, la transformó y le dio su actual denominación. Sin embargo, poco a poco, los aires inquisitoriales se han vuelto a apoderar de esta institución eclesial.

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No es posible disociar la fe cristiana del compromiso con la justicia social, la misericordia con los que sufren y la construcción de una sociedad que permita la vida en abundancia para todos y todas. Estas ideas no han nacido de una reflexión sociológica ni de un análisis político. Son el reflejo de una lectura sincera y directa del Evangelio. Y, por otra parte, no constituyen novedad alguna, ya que expresan de modo renovado las mismas convicciones que antes predicaron Basilio de Cesarea, San Francisco, Bartolomé de las Casas, tantas y tantos cristianos de todas las épocas y continentes.

Son las mismas posiciones que defendieron los profetas en el Antiguo Testamento y contienen las mismas opciones que tomó Jesús de Nazaret.

Sin embargo, por antiguas y ortodoxas que sean estas doctrinas, han sido y serán ideas peligrosas para los intereses de los poderosos de este mundo. Es necesario acallarlas, censurarlas, reducirlas, o al menos, desactivar sus efectos críticos y transformadores.

Por fortuna ni en el pasado, ni mucho menos hoy, las policías del pensamiento han logrado cumplir sus objetivos. Pese a sus “éxitos” aparentes, las ideas peligrosas siempre han logrado pervivir y transformar la realidad. Como analizó con mucha claridad Schopenhauer, una buena idea siempre se enfrenta a tres etapas. En la primera se la considera idiota. En la segunda se la combate. En la tercera, es la que permanece.

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* Teólogo, integra el Centro Ecuménico Diego de Medellín y es parte de la coordinación de Attac de Santiago de Chile..

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