“Escudo de las Américas”: la retaguardia servil en la región

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Mientras que en el tablero de Oriente Medio y Asia, la rebautizada «coalición Epstein» (entre Estados Unidos y el Estado genocida de Israel) interviene militarmente en desprecio del derecho internacional, confirmándose como coalición de «Estados canalla», en el continente latinoamericano suena otra música.

La llamada «coalición Epstein»

Tras el criminal bombardeo del 3 de enero contra Venezuela y el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, Donald Trump reunió en Miami el pasado 7 de marzo a los presidentes latinoamericanos de derecha y extrema derecha. El objetivo es reorganizar la «seguridad del hemisferio» mediante una alianza político-militar en el continente, que garantice una retaguardia aliada en el «patio trasero».

La nueva criatura ha sido pomposamente bautizada como «Escudo de las Américas», una coalición militar que oficialmente debería combatir el narcotráfico y la inmigración irregular, así como contener «influencias extranjeras hostiles». En la concisa declaración final, con la premisa de «fortalecer la seguridad en el hemisferio occidental», se expresa la intención de «cooperar en materia de seguridad fronteriza, en la lucha contra el narcoterrorismo y el narcotráfico y en la protección de infraestructuras críticas».

En el documento destaca la contradicción del oxímoron del terrorismo genocida con la «promoción de la paz mediante el uso de la fuerza» y se reitera la intención de «afrontar las amenazas futuras a los intereses mutuos» y otras «amenazas compartidas que se ciernen sobre el hemisferio occidental».

Al encuentro fueron invitados los mandatarios de Argentina (Javier Milei), Bolivia (Rodrigo Paz), Chile (José Antonio Kast), Costa Rica (Rodrigo Chaves), Ecuador (Daniel Noboa), El Salvador (Nayib Bukele), Guyana (Irfaan Ali), Honduras (el golpista Nasry Asfura), Panamá (José Raúl Mulino), Paraguay (Santiago Peña), República Dominicana (Luis Abinader) y Trinidad y Tobago (Kamla Persad-Bissessar).

En la foto oficial, en primera fila junto a Trump destacan Nayib Bukele, presidente de El Salvador, y el presidente de Guyana, Irfaan Ali. El primero es un gran admirador de Trump (correspondido), que desde hace varios años lleva a cabo una brutal represión contra lo que él denomina «el crimen organizado» y la inmigración. En realidad, Bukele lleva en el punto de mira también a los dirigentes de movimientos sociales, asociaciones de defensa de los derechos humanos, periodistas críticos y, en general, a la izquierda, muchos de los cuales se encuentran en prisión o en el exilio.

El segundo está al frente de un país pequeño, pero productor de petróleo (en manos de Exxon) y, sobre todo, dotado de grandes reservas de oro negro, un recurso muy codiciado por la Casa Blanca. Una explotación petrolera intensiva, a pesar de la disputa legal internacional con Venezuela sobre el territorio de la Guayana Esequiba.

No podía faltar el argentino Javier Milei, el más fiel súbdito de Estados Unidos e Israel en el continente. El pasado 1 de marzo, en el Parlamento argentino, Milei lo dejó claro: «Se necesita una alianza estratégica duradera. Y eso es lo que estamos construyendo con Estados Unidos. No se trata solo de un acuerdo entre el presidente Trump y el presidente Milei. Tiene que ver con la afinidad cultural y los objetivos estratégicos entre los dos países y toda la región».

El Escudo de las Américas

Trump lo ha definido como una nueva coalición militar para combatir los cárteles del narcotráfico, los delincuentes y las «influenciasColombia asume presidencia rotativa y Brasil y México se complementan ... extranjeras hostiles» (es decir, China). Aunque habló de «todo el hemisferio», es decir, de todos los países americanos, en realidad solo estuvieron presentes 12 de los 35 países del continente. No fueron invitados ni el presidente de Perú, ni aquellos que no se alinean con la narrativa trumpiana, es decir, Lula da Silva de Brasil, Claudia Sheinbaum de México y Gustavo Petro de Colombia.

Los dos últimos, en particular, están en la primera línea de la lucha contra el narcotráfico y sin duda podrían haber aportado ideas gracias a su experiencia en la materia. El otro gran ausente fue Canadá, que pasó de ser un aliado histórico a ser objeto de la codicia trumpiana.

Más allá de las palabras genéricas de la declaración final, los objetivos reales fueron aclarados en parte por el propio Trump en su discurso.

Se trata de combatir la entrada de inmigrantes («alienígenas extranjeros» que provienen de «países de m…»); erradicar los cárteles (equiparados al ISIS, que no es precisamente una organización narcotraficante); contar con la colaboración de las Fuerzas Armadas de los distintos países en posibles aventuras golpistas (dirigidas o no desde la Casa Blanca). El ejemplo explícito fue el de Cuba, según Trump «al final de su camino».

En sus palabras dirigidas a los 12 aliados-marionetas que lo escuchaban: «Muchos de ustedes me han pedido que me ocupe de Cuba. Me ocuparé de ello (aplausos). Una vez aclarada la cuestión de Cuba y Venezuela, según la nueva doctrina, no permitiremos que influencias extranjeras hostiles pongan un pie en este hemisferio. Esto incluye el Canal de Panamá». Con respecto al Canal, Trump insistió en recuperar el control, tras la acusación de «tarifas exorbitantes» aplicadas a los barcos estadounidenses y afirmar que China controlaba la vía marítima.

En esta ocasión, no mencionó el estrecho de Magallanes, tal vez para no llamar la atención sobre las políticas llevadas a cabo con cierta discreción junto con Israel en el extremo sur del continente.

Por último, la Casa Blanca busca obtener el apoyo militar de las Fuerzas Armadas latinoamericanas en otros posibles escenarios que interesan al Gobierno estadounidense, como por ejemplo México. Tras hablar del ISIS y Venezuela, Trump afirmó: «Debemos reconocer que el epicentro de los cárteles es México (…) Le he ofrecido a la presidenta ocuparme de ello, pero ella no ha aceptado».

La guinda del pastel es el ascenso a la cabeza del Escudo de Kristi Noem, recién despedida por Trump como secretaria de Seguridad Nacional. En sus propias palabras, el Escudo es una coalición militar «del hemisferio occidental que es fundamental para la seguridad de Estados Unidos». Noem es tristemente conocida como la «cazadora de inmigrantes» y ha sido objeto de duras críticas por las redadas de inmigrantes de los últimos meses, durante las cuales dos ciudadanos estadounidenses (entre otros) fueron asesinados por la infame ICE en enero.

La ONU es una carga inútil

Lejos de utilizar los canales habituales del multilateralismo, Trump está optando por formar una nueva arquitectura de poder, en la que domina la visión supremacista neoconservadora. En términos más generales, la iniciativa busca contener el declive relativo de la hegemonía estadounidense en el planeta, con nuevas estructuras «multilaterales» estrictamente controladas por Estados Unidos.

El «Escudo» es una especie de versión regional de la «Junta de Paz» con respecto a Gaza lanzada en Davos. Ambas iniciativas, por cierto, forman parte de la estrategia para enterrar lo que queda de las Naciones Unidas y del derecho internacional. En este contexto, en consonancia con su desprecio por las normas compartidas, tras anunciar la retirada de más de 60 organismos de la ONU, en enero Trump retiró a Estados Unidos también de tres organismos regionales, entre ellos la importante Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de las Naciones Unidas.

El hecho de que esta minicumbre se celebrara cuatro meses después del aplazamiento de la «X Cumbre de las Américas» es otra señal de la voluntad de Trump de subvertir el orden internacional vigente.

Viejas y nuevas alianzas político-militares

Estas alianzas no son nada nuevo en el continente latinoamericano.

Allá por 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos creó la Junta Interamericana de Defensa (JID), tras el ataque japonés a Pearl Harbor. El objetivo era formar un sistema militar continental, bajo las órdenes de Washington. Con el Pentágono al frente de la formación militar e ideológica de las Fuerzas Armadas del continente, para una identificación total con los objetivos y principios del imperio, incluso cuando estos entraban en conflicto con los respectivos intereses nacionales.

En septiembre de 1947 se creó el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) con el compromiso de defensa colectiva en caso de ataque armado por parte de un Estado contra una de las naciones firmantes. El área geográfica de acción en el norte incluye los Estados Unidos y 300 millas desde la costa, incluida la región entre Alaska y Groenlandia, hasta las islas Aleutianas en la zona ártica.

En 1948, en Bogotá (Colombia), nace la Organización de Estados Americanos (OEA), que pocos años después muestra su verdadera cara anticomunista contra la Revolución Cubana. En 1962, en la reunión de Punta del Este (Uruguay), Cuba, miembro fundador de la OEA, es expulsada de la organización. La declaración de la reunión afirmaba que «los principios del comunismo son incompatibles con los principios del sistema interamericano». Poco antes, el cubano Raúl Roa García, el «Canciller de la dignidad», había definido a la OEA como el «Ministerio de Colonias de los Estados Unidos». Desde entonces, Cuba siempre se ha negado a volver a formar parte de ella.

Numerosas intervenciones militares de Estados Unidos en Latinoamérica © ANSA/EPAPoco a poco, las misiones militares estadounidenses se instalan en los distintos Ministerios de Defensa locales, codo con codo con los comandantes nacionales. Una presencia molesta, de la que solo algunos países lograrán liberarse en las décadas siguientes.

En los primeros veinte años de este siglo, gracias a la llegada de gobiernos progresistas al continente y al impulso de Hugo Chávez, en 2008 se crea el Consejo de Defensa Suramericano en el marco de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), de la que no formaban parte los Estados Unidos. Durante algunos años, las estructuras de mando estadounidenses quedaron parcialmente paralizadas y se buscó la cooperación entre los países del continente, sin la injerencia de Estados Unidos. No en vano, el organismo se convirtió en uno de los objetivos inmediatos de la contraofensiva de Washington para re-disciplinar al continente.

En 2014, en La Habana (Cuba), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) proclama América Latina y el Caribe como Zona de Paz, con el compromiso de resolver los posibles conflictos sin recurrir a la fuerza, respetar la soberanía recíproca, no intervenir en los asuntos internos y prohibir las armas nucleares. Un compromiso que, doce años después, parece haberse desvanecido bajo la presión de un imperio en plena decadencia, cuyo baluarte es el uso de la fuerza bruta.

De la «guerra contra las drogas» al «Escudo de las Américas»

Desde los años 80, con la llamada «guerra contra las drogas» de Ronald Reagan, la lucha contra el narcotráfico ha sido el principal pretexto para la intervención imperialista más directa en el continente. En 1999, Bill Clinton lanzó el Plan Colombia y, en 2008, George W. Bush ideó el Plan Mérida, o Plan México, específicamente para México y Centroamérica.

En lo que respecta a la supuesta «lucha contra el narcotráfico», el fracaso de ambos programas, entre muchos otros, demuestra claramente la ineficacia de tales estrategias.

En la mini cumbre, Trump afirmó que: «Muchos de los cárteles han desarrollado habilidades militares muy sofisticadas y, a menudo, son más poderosos que algunas fuerzas militares, lo cual es inaceptable», mientras que, entre risas, ofrecía a los presentes «misiles de precisión» para atacar a estos grupos.The Patriot MIM 104 U S most advanced air defense systems in the world ...

Las declaraciones de Trump son una bendición para operaciones conjuntas como las llevadas a cabo recientemente por las fuerzas estadounidenses y ecuatorianas. En otras palabras, según convenga, el «trabajo sucio» puede hacerse directamente o con los súbditos. Estas operaciones van de la mano con la reciente suspensión en Ecuador (por al menos nueve meses) del partido Revolución Ciudadana (RC) del expresidente Rafael Correa por parte del Tribunal Contencioso Electoral. El partido, principal opositor al gobierno de Noboa, ha denunciado en varias ocasiones su implicación en escándalos de narcotráfico.

En los últimos días, el Parlamento de Paraguay ha aprobado el acuerdo con Estados Unidos sobre el Estatuto de las Fuerzas Armadas (SOFA). Un acuerdo que permite la presencia «temporal» de tropas estadounidenses en el país con inmunidad similar a la diplomática, libre acceso a las instituciones paraguayas, la entrega de información valiosa sobre los recursos naturales (entre ellos el litio) y la posible instalación de una base militar estadounidense en el país [i].

Hoy en día, el «Escudo de las Américas» sigue los mismos pasos imperiales del pasado. Peter Hegseth, ministro de Guerra de Washingtonlo ha dejado claro: «Queremos que el mundo comprenda que ser amigo de Estados Unidos es algo bueno. Compartimos el mismo hemisferio, la misma geografía, una cultura cristiana occidental (?), compartimos recursos (?) y objetivos. Debemos tener el valor de defenderlo. Tenemos a Trump, nuestro comandante en jefe, que nos indica dónde está la brújula».

Y hablando de brújulas, la cuestión geográfica se resolvió en la reunión preparatoria de la mini-cumbre con representantes militares de 17 países del hemisferio en la sede del Comando Sur, cuando el halcón Hegseth declaró que «Trump ha dibujado un nuevo mapa estratégico desde Groenlandia hasta el Golfo de México, el Canal de Panamá y los países circundantes… llamemos a ese mapa Gran América. Todas las naciones y territorios soberanos al norte del ecuador no forman parte del sur del mundo, sino que forman parte del perímetro de seguridad de esta gran vecindad en la que todos vivimos».

China en el punto de mira

El «Escudo de las Américas» es un paso más en la concretización de la “doctrina de seguridad nacional” publicada por Washington el pasado mes de diciembre, en la que se anunciaba que Estados Unidos intentaría «restablecer su preeminencia en el hemisferio occidental» y se presentaba a China como «una economía depredadora».  La doctrina es una versión actualizada 2.0 y ofensiva de la doctrina Monroe de 1823, con la que Estados Unidos contrarrestó la posible interferencia de las potencias coloniales europeas en el continente.

El secuestro del presidente venezolano

El bombardeo de Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores han dejado claro a muchos la voluntad de aplicar la doctrina no solo con amenazas, sino también con acciones concretas.Entre sus principales objetivos se encuentra el de frenar la expansión china en la zona y reducir el impacto de las inversiones chinas en una región que contiene recursos naturales estratégicos, de interés para ambos.

Sin duda, el comercio bilateral entre América Latina, el Caribe y China no ha dejado de crecer. Si en el año 2000 era de unos 12 000 millones de dólares, en 2024 alcanzó el récord histórico de unos 520 000 millones y en 2025 el intercambio de bienes y servicios rozó los 565 000 millones [ii]. Hoy en día, China es el primer socio comercial de muchos países de América del Sur y el segundo más importante de América Latina en su conjunto, después de Estados Unidos. En este sentido, los países del «Escudo» tienen un peso específico sustituible. Por el contrario, Brasil, México, Colombia y Perú —no invitados a la reunión— junto con Chile representan alrededor del 90 % de la actividad comercial de América Latina con China.

YEstados Unidos tiene un interés estratégico en el Canal de Panamá, ya que cada año transita por él alrededor del 40 % de todo su tráfico de contenedores. Un interés que comparte el país asiático, que ha construido un gran puerto en Chancay, Perú, cuya primera fase se inauguró el año pasado. El megaproyecto pertenece a la empresa china Cosco Shipping y ha sido diseñado para convertirse en el principal centro logístico entre Sudamérica y Asia.

Del mismo modo, Estados Unidos quiere mantener su dominio sobre la transmisión de datos y el mundo digital en América Latina y el Caribe. Sirva como ejemplo la eficaz presión ejercida sobre el Gobierno chileno, con la que la administración Trump acabó con el proyecto de cable transoceánico directo entre China y Chile. Un proyecto para establecer una conectividad independiente para el flujo de datos que hasta ahora debe pasar por Estados Unidos.

Conclusiones

Como recuerda el intelectual cubano Abel Prieto, “Ha querido el azar que esta «pequeña cumbre reaccionaria y neocolonial», como la denominó el presidente cubano, coincida con el año del bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá organizado por Bolívar para consolidar la unión de los pueblos que Martí llamaría de Nuestra América.

Ese sueño de dos siglos ha chocado entonces y ahora con las ambiciones de dominación imperial y con la complicidad e intereses de las oligarquías regionales, empeñados en aplastar nuestra secular resistencia. Nunca como en este aniversario parecen más necesarios y proféticos los versos de Neruda: «Bolívar despierta cada cien años, cuando despierta el pueblo»” [iii].

Notas

[i] https://www.telesurtv.net/soberania-congreso-paraguay-ingreso-tropas-eu/

[ii] https://www.jornada.com.mx/2026/02/11/economia/019n2eco

[iii] https://www.telesurtv.net/opinion/una-pequena-cumbre-reaccionaria-y-neocolonial-para-apoyar-el-proyecto-trumpista/

* Periodista italiano, residente en Chile. Licenciado en Ciencias Políticas de la Universidad Federico II de Nápoles y encargado de proyectos de cooperación sobre medios de comunicación comunitarios en América Latina

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