España: Lo que debemos a Felipe González

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En estos días hemos sucumbido a un tsunami de textos dedicados a conmemorar los cincuenta años transcurridos desde la muerte de Franco. Cincuenta años, ¿son muchos o pocos? Son muchos si pensamos que esa cifra es ya superior a la de los años que el dictador estuvo en el poder; son pocos si recorremos desde dentro de la memoria la propia vida descontada en ese arco temporal. Son muchos si repasamos los cambios asombrosos acaecidos en España; son pocos si reparamos de pronto en los ecos, las repeticiones y las rimas de la historia.

La mayor parte de los análisis, en efecto, se han movido entre el tono celebratorio y el suspicaz. Unos decían «Franco ha muerto»; otros decían «Franco no ha muerto». ¿Ha muerto o no ha muerto Franco? Si Franco era un cuerpo y un gobierno, sin duda está muerto; si era, como dice el profesor Villacañas, el efecto y no la causa de un mal español, está como poco vivibundo, es decir, siempre a punto de volver a la vida. Que la conmemoración de su muerte física haya coincidido con la sentencia del Supremo contra el Fiscal General del Estado da argumentos, desde luego, a los que inhiben el tono festivo para señalar los rescoldos de la dictadura que zapan los cimientos de nuestras instituciones. Imagen de archivo del expresidente del Gobierno Felipe González.

Felipe González, expresidente del Gobierno, y el rey emérito Juan Carlos I
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (izquierda), y los expresidentes José Luis Rodríguez Zapatero (derecha) y Felipe González

*Filósofo, escritor y ensayista español, en Público.es

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