Karin Eitel o la cosmética de la tortura para todo espectador

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El rostro de una mujer en una fotografía tiene a veces una atmósfera vaporosa que poetiza el hallazgo de su presencia retenida e inmóvil en el papel. En cambio, el rostro de una mujer filmado por la televisión supone un movimiento neurótico, una temblorosa imagen inquieta por el pestañeo epiléptico que retoca continuamente la cosmética de su aparición en pantalla. ⎮PEDRO LEMEBEL.*

Y tal vez esa sensación de estar frente a un rostro electrificado, pudiera ser el argumento para recordar a Karin Eitel, para ver de nuevo, con el mismo escalofrío, su cara tiritando en la pantalla de Canal 7, en el noticiario familiar para todo espectador. Su rostro joven, erizado en el vidrio luminoso del video. Su rostro elegido como escarmiento, absolutamente dopado por las drogas que le inyectó la C.N.I. para que leyera públicamente la carta de su arrepentimiento.

Un mentiroso papel, escrito por ellos, donde Karin renegaba de su pasado en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Confusamente ebria por los barbitúricos, ella iba desmintiendo las flagelaciones y atropellos en las cárceles secretas de la dictadura. Esos cuarteles del horror en las calles Londres o Borgoño. Esas casas de techos altos donde el eco de los gritos reemplazaba la visión tapiada por la venda.

Casas antiguas en barrios tradicionales, repartidas por un Santiago destemplado por el ladrido-metraca de la noche susto, la noche golpe, la noche crimen, la noche metálica de arar el miedo en esas calles espinudas de los ochentas.

La aparición de la Karin en Canal Nacional, aquella tarde, tenía la intención de negar las denuncias sobre la violación a los derechos humanos en el Chile dictatorial, por eso se montó la escena patética de su confesión televisada. Por eso Karin iba leyendo, y en su voz narcotizada, contaba una película falsa que todo el país conocía de memoria. En su tono tranquilo, impuesto por los matones que estaban detrás de las cámaras, se traslucía la golpiza, el puño ciego, el lanzazo en la ingle, la caída y el rasmillón de la cara tapado con polvos Angel Face.

En esa voz ajena al personaje televisado, subía un coro de nuncas y jamases picaneados por las agujas de la corriente, el aguijón eléctrico crispándole los ojos, dejándoselos tan abiertos como una muñeca tiesa hilvanada de jeringas. Como una muñeca sin voluntad, obligada a permanecer con los ojos fijos, maquillados de puta. (Como con rabia le tiraron el azul y negro en los párpados). Sus ojos recién abiertos al afuera, después de tantos días presa en la sombra, después de esa larga noche con los ojos descerrajados, abiertos para adivinar el golpe a mansalva.

Los ojos tremendamente desorbitados a esa nada, a esa franela, a ese trapo de la venda como cortinaje de luto también abierto a la selva negra de la vejación. Y después de tanta oscuridad y búsqueda y denuncia, los ojos de la Karin sin expresión, abiertos de par en par para la televisión chilena, para la familia chilena tomando el té a esa hora del noticiario.

Quizás, son pocos los que tienen en la memoria esta imagen de la crueldad de alto rating en el pasado reciente. Somos escasos los que desde ese día aprendimos a ver la televisión chilena con los ojos cerrados, como si escucháramos incansables la declaración de Karin arrepintiéndose a latigazos de su roja militancia, de su copihua y estropeada militancia que temblaba coagulada en el rouge de su boca, en el garabato de payaso que le pusieron por boca, en la costra de corazón dibujada en sus labios por el maquillaje del miedo.

Su boca torcida por el nunca, pero ese nunca, anestesiado, agotado por las veces que debió repetirlo antes de filmar, ese nunca obligado por el culatazo bajo la manga y fuera de cámara, ese nunca desfalleciente por el vahído sin fondo de los voltios, ese nunca apoyado por el vaso de agua que le dieron para que permaneciera en pie, ese nunca mordido hasta salar la lengua con el gusto opaco de la sangre, ese nunca repartido al país en la imagen compuesta, pintarrajeada y vestida de niña buena para negar la rabia, para falsear de cosmética las ojeras violáceas y los hematomas ganados en el callejón oscuro de la inolvidable C.N.I.

Tal vez, recordar a Karin en el calendario televisado de los ochentas, permita visualizar ahora su vida rasmillada por estos sucesos, saber que fue la única estudiante de la Universidad Católica que no pudo reintegrarse a su carrera de traductora. Como si el castigo se repitiera eterno, en una película sin fin para las víctimas del escarnio tricolor.

Es posible que las pocas noticias que tengo de Karin, más el video de Lotty Rosenfeld, la única artista que tomó el caso para denunciarlo en su trabajo, no me permitan la serena objetividad para narrar este suceso, es más, el reconciliado sopor de estos días, altera mi pluma y sigo viendo a Karin temblando en el agua de la pantalla, sumergida cada vez más abajo de la historia, cada vez más nublada por el olvido, moviendo lentamente su boca en el nunca arrepentido calvario de su guerrillera flor.

* Escritor.
Publicado en abril de 2006 (http://lemebel.blogspot.com).

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