A finales del año pasado, la noticia sobre una acto de un think tank de la extrema derecha en el Senado español provocó cierta indignación al saberse que había invitados que pedían cadena perpetua y hasta la pena de muerte para los homosexuales. La celebración del evento de la Red Política de Valores (PNfV) había sido aprobada por los partidos de la cámara, incluido el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) , que cuando saltó la información sobre de qué iba la fiesta, se apresuró en rectificar y pedir disculpas por no haber comprobado lo que estaba firmando.

El acontecimiento celebrado en el corazón de las instituciones españolas fue un golpe de efecto propagandístico y simbólico de la extrema derecha. El lema de la cumbre no podía representar mejor la batalla por el significado de las palabras: «Por la libertad y la cultura de la vida». La vida y la libertad, aquello que algunos de los invitados niegan a algunas personas por su orientación sexual, fue el marco escogido para vomitar todo tipo de discursos de odio y conspiranoias, y para justificar la necesidad de implementar una agenda liberticida, autoritaria, ultracapitalista y supremacista.
La cumbre del Senado español habría pasado desapercibida si se hubiese celebrado en un hotel, pero la intención fue lanzarnos un aviso de lo que estaba por venir, de su capacidad para colarse en todas partes, lanzar sobre la mesa su alpiste y tenernos a todos picando, unos por placer y otros por indignación. La cumbre, más allá de reunir a los suyos y servir de punto de encuentro, logró una enorme publicidad, destacando las declaraciones de Mayor Oreja comparando el aborto con la esclavitud o negando la teoría de la evolución de las especies.
En el encuentro había personalidades del mundo ultra de todo el planeta, y de nuestro país, representantes de Vox y del PP, cuyo papel es clave para entender la complicidad también de esas derechas que todavía hoy presumen de centristas.
El nuevo presidente chileno, hijo de un nazi que huyó tras la segunda guerra mundial, nunca ha escondido su simpatía por las ideas de su padre, y ha defendido públicamente al dictador Augusto Pinochet, cuyo retrato volvió a las calles del país enarbolado por sus seguidores cuando se supo la victoria del nuevo mandatario el pasado domingo. No hay peor muestra de la gravedad de nuestros tiempos.Kast hace tiempo que mantiene y exhibe muy buena relación con todo el entramado ultraderechista global, también con las fundaciones y los think tanks que martillean el mismo yunque en todas partes a la vez: desde HazteOir hasta los grupos ultrarreligiosos americanos que nutren cada vez más las urnas de votos a la extrema derecha. De hecho, se acusó a la filial internacional de HazteOir, CitizenGo, de interferir en las elecciones.
La llegada de Kast a la presidencia chilena es una mala noticia para los derechos humanos, como lo es cada victoria de la extrema derecha en cualquier parte del mundo. En el continente americano, la mancha reaccionaria se extiende sin freno por múltiples causas, no solo por su propia habilidad y la ingente cantidad de recursos que la promocionan.
Las renuncias y las traiciones de los anteriores mandatarios, la tibieza o la corrupción de las izquierdas y la incesante desinformación que se propaga impune e intencionadamente a nivel global dan pocas esperanzas a quienes tratan de presentarse como alternativa a los ultras.
El pasado mes de octubre se presentó el informe ‘De España al mundo: la proyección global de la ultraderecha española contra los derechos sexuales y reproductivos’, que analiza la telaraña de organizaciones que operan en varios países para instalar su agenda reaccionaria. El trabajo analiza los casos de Argentina, El Salvador, Chile, Guatemala y Kenia, y explica la importancia de nuestro país en este entramado, funcionando como nodo de conexión y como laboratorio de ideas para muchas de estas campañas.
No existe ninguna red similar de izquierdas. Tampoco, obviamente, mecenas multimillonarios que financien campañas y encuentros con tanta pasta. Sería lanzar piedras sobre su propio tejado, por mucho amor a la democracia que prediquen algunos. Obviamente, los grandes capitales que nutren estos grupos reaccionarios actúan con una clara consciencia de clase, pues las políticas reaccionarias contra los derechos van siempre de la mano de una agenda neoliberal cada vez más atroz.
No es solo una apuesta contra determinados colectivos, es pura guerra de clases, y se está implementando con múltiples batallas identitarias y culturales, que también se deben librar, pero que esconden una fidelidad manifiesta al proyecto capitalista. Pinochet y sus Chicago Boys neoliberales ya lo dejaron bien claro. Kast transita por la misma senda, aunque el drama esta vez es que no ha necesitado bombardear el Palacio de la Moneda, sino que lo ha logrado mediante las urnas, gracias a los éxitos de la batalla cultural global de la extrema derecha y a la incapacidad o inutilidad de las izquierdas que gobernaron antes.

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