La “amarga” victoria chilena

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El pasado domingo, por segunda vez en pocos meses, el pueblo chileno ha sido llamado a las urnas para decidir si aprobar o no un proyecto de texto constitucional, tras años de intentos de transformar la Carta Magna del país heredada de la dictadura civil y militar de Pinochet.

El nuevo texto fue rechazado con el 55,7% de los votos, por lo que sigue en vigor la Constitución de Pinochet, aprobada en 1980 y modificada parcialmente por los gobiernos de centro-izquierda posteriores a la dictadura. La participación fue del 84,5%, con un 5% de votos en blanco o nulos. Cabe señalar que el nuevo texto era incluso peor que el actual, a pesar de un aparente maquillaje en algunos puntos.

Un paso atrás

¿Cómo se ha llegado a este paradójico resultado? A esta “victoria” que deja un sabor amargo en la boca de quienes han estado luchando todos estos años, pagando un alto precio de muertes, de cientos de personas con daños oculares irreversibles, de cárcel y represión?

Como se recordará, tras la “revuelta social” iniciada en 2019 y la conformación de una “Convención Constituyente” elegida por el pueblo chileno, el primer intento de aprobar una nueva Constitución, marcadamente “de izquierda”, fue rechazado contundentemente en 2022 por el 62% de los votantes. Fracasado el primer intento, los partidos presentes en el Parlamento llegaron a un acuerdo para iniciar un nuevo proceso, esta vez no a través de una “Convención Constitucional”, sino con la elección de un órgano mucho más reducido, un “Consejo Constitucional” de 51 personas, con la tarea de redactar la nueva propuesta ahora sometida a referéndum.

En aquella ocasión, con la reintroducción del voto obligatorio, el partido más votado fue el Partido Republicano (35,4%), una organización neofascista liderada por el ex candidato presidencial José Antonio Kast, un nostálgico de la dictadura de Pinochet. Junto con el 21% de los votos de las demás formaciones de derechas (Unión Democrática Independiente, Renovación Nacional, Evópoli, Demócratas), esto permitió una aplastante mayoría neofascista y de centro-derecha en el Consejo Constitucional. Sobre el análisis de esa votación, me remito a lo que escribí anteriormente [[i]].

Esa mayoría redactó una propuesta constitucional aún más reaccionaria, privatizadora, religiosa y mercantilista. Un texto que profundizaba el modelo neoliberal adoptado por la dictadura de Augusto Pinochet (y “mejorado” por la centroizquierda en el período postdictadura) y reflejaba los intereses expresados por la mayoría del Consejo Constitucional. Una especie de “Constitución Pinochet 2.0.”, con énfasis en la defensa de la propiedad privada, la identidad nacional y la familia. En materia de derechos de la mujer, podría haberse anulado la ley que ahora permite el aborto (limitado a tres causales). En el ámbito de la sanidad, constitucionalizaba el actual sistema sanitario privado, mientras que en materia de pensiones volvía a proponer el sistema privado de pensiones.

Y en derechos laborales, restringía el derecho de huelga con un enorme retroceso para los trabajadores y trabajadoras. Negacionista sobre la necesidad de hacer frente al cambio climático y al calentamiento global, el texto lo era igualmente respecto a los derechos de los pueblos originarios y a la necesidad de otorgarles un serio reconocimiento constitucional.

A esto se añade el hecho de que en la campaña electoral reinaron la apatía, la desinformación y la desafección. La crítica generalizada a la campaña fue que ha sido mediocre, violenta, desinformativa, elemental y que trató más de temas de actualidad que de cuestiones constitucionales.

En el resultado influyeron no poco la rabia y el cansancio de un sector de los ciudadanos, sobre todo con respecto a la política, el “estrabismo institucionalista”, los problemas económicos (con la dificultad de llegar a fin de mes), la corrupción, el aumento de la delincuencia y una gestión titubeante y contradictoria de las cuestiones migratorias. Y así es como, más allá del “piso duro” de la base social de algunos partidos, el enfado y el cansancio se han materializado en un voto extremadamente volátil, cuyo perímetro no está claro, pero que sin duda marca la diferencia.

La derecha hizo todo lo posible para convertir el referéndum sobre la propuesta de texto constitucional en un voto contra el Gobierno, intentando aprovechar las dificultades en las que se encuentra el Ejecutivo. Una agresiva estrategia de confrontación que, en esta ocasión, no dio sus frutos.

Algunas dolorosas paradojas

Esta votación deja tras de sí una larga lista de paradojas.

La más grave es que, a pesar de la inmensa movilización popular del llamado “estallido social” de 2019, a pesar de la represión y del precio de sangre pagado, el país vuelve al punto de partida, como si casi nada hubiera pasado. O, mejor dicho, como si todo esto hubiera sido en vano, lo que se traduce en una gran frustración en los sectores más conscientes.

La segunda paradoja es que este último proceso constituyente fue liderado por la derecha neofascista y la tradicional, es decir, por quienes no tenían ninguna intención de cambiar la constitución de Pinochet y darle más derechos al pueblo chileno.

La tercera es que entre los “ganadores” del proceso electoral del domingo 17 de diciembre están las derechas y la oligarquía chilena, en un esquema de “ganar-ganar” en su exclusivo beneficio. De hecho, si el nuevo texto hubiera sido aprobado les habría tocado la lotería, pero incluso con esta “derrota” sigue vigente el texto de Pinochet. Un resultado nada despreciable, que las derechas, a pesar de la derrota, intentan vender, con bastante descaro, como un voto de apoyo a la actual Constitución de la dictadura.

La cuarta es que esta votación cierra la puerta al proceso constitucional durante mucho tiempo. Tanto el presidente Boric, como las fuerzas gubernamentales (incluido el Partido Comunista) han declarado sin ambages que no habrá un tercer proceso constitucional durante los dos años que quedan hasta el final del mandato de este gobierno. Su lectura es que la población está cansada de los temas constitucionales, los ha vivido como “tiempo perdido”, y los problemas cotidianos a los que se enfrenta marcan una urgencia que no admite mucho más.

Y más que para ganar, el voto sirvió para defender la débil democracia del país y los derechos conquistados desde el fin de la dictadura.

Las repercusiones inmediatas

La derrota de la propuesta constitucional ya está provocando descontento y tensiones internas en la oposición, con la intensificación de la disputa hegemónica entre los partidos tradicionales de la derecha de Chile Vamos (Unión Demócrata Independiente, Renovación Nacional, Evópoli), el Partido Republicano y otros grupos de extrema derecha.

Esto también podría repercutir en las alianzas para las próximas elecciones municipales de octubre de 2024 y las presidenciales de 2025.

La intransigencia de los republicanos de Kast y su derrota de hecho debilitaron su capital político, favoreciendo a otros candidatos internos a las derechas. Sin embargo, a pesar de la derrota, el resultado del 44,2% representa un importante caudal de votos que permite a la extrema derecha neofascista seguir en el juego.

En cuanto a los dos grandes bloques de las fuerzas de gobierno, es decir, Apruebo Dignidad (Partido Comunista, Frente Amplio, Acción Humanista, Federación Regionalista Verde) y el Socialismo Democrático (Partido Socialista, Partido por la Democracia, Partido Radical, Partido Liberal), se trata de un soplo de aire fresco en una etapa complicada y cuesta arriba.

Antes del voto, el Presidente Boric había pedido “buenas noticias”, ya que “tenemos buenas razones para ser optimistas… pero parece que las buenas noticias no tienen rating“. “No todo es malo en Chile”, y lo ejemplificó con la destrucción de 25.000 armas incautadas, la recuperación del espacio público al crimen organizado, el avance de una planta desalinizadora en Coquimbo, el éxito de los Juegos Panamericanos y Para-Panamericanos recientemente realizados en Chile, así como el aumento del salario mínimo a 500.000 pesos (unos 520 euros), la aprobación del Presupuesto 2024 y la rebaja del ticket de salud.

En estas horas, los líderes de los partidos oficialistas dicen querer retomar la agenda social, insistir en un programa de transformaciones, defensa de los derechos sociales, cambios en la economía, profundización de la democracia y poner un freno al avance de la extrema derecha. Pero las derechas, que tienen mayoría en el parlamento chileno, no tienen ninguna intención de hacer concesiones y ya han anunciado una dura oposición en todos los frentes.

Mientras tanto, a la espera de tiempos mejores, la batalla constitucional está en suspenso.

 

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