La aparición de tropas keniatas en Haití suscita preocupación

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El secuestro y posterior liberación de la enfermera estadounidense Alix Dorsainvil y su pequeña hija en Haití a principios de agosto de 2023 atrajo brevemente la atención internacional sobre el crimen en la empobrecida nación caribeña.

Sin embargo, la verdad es que secuestros de haitianos son pan de cada día y rara vez reciben atención internacional. De hecho, Haití se ha convertido en una crisis olvidada para muchos organismos internacionales y gobiernos extranjeros. La noticia de que Kenia se ha ofrecido a liderar un esfuerzo internacional para poner orden en el país sólo viene a subrayar la falta de acción de otras naciones más cercanas a Haití.Ciudadanos de Kenia han protestado desde inicios de año. (AP).

Como alguien que ha escrito un libro, Fixing Haiti, sobre la última intervención externa, la misión estabilizadora de las Naciones Unidas (MINUSTAH), temo que la falta de acción de los países de las Américas podría aumentar el riesgo de que Haití pase de ser un estado frágil a uno fallido. MINUSTAH fue la primera misión de la ONU formada por una mayoría de tropas latinoamericanas, con Chile y Brasil a la cabeza. El tercerizar ese papel ahora a Kenia ha despertado inquietud en agrupaciones de derechos humanos, pero también podría generar preguntas en las capitales, de Washington hasta Brasilia, así como en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York.

A merced de las pandillas

La situación en Haití se ha deteriorado rápidamente durante los últimos dos años, desde el asesinato del presidente Jovenel Moïse en julio de 2021. Un terremoto posterior que azotó la parte sur del país empeoró aún más la situación.

Hoy, el país no sólo es el más pobre de las Américas, sino que también se encuentra entre los más indigentes del mundo. Se estima que un 87,6% de la población vive en la pobreza, con un 30% en la pobreza extrema. La esperanza de vida es de solo 63 años, en comparación con 76 en los Estados Unidos y 72 en América Latina y el Caribe en su conjunto.

Mientras tanto, la delincuencia rampante hace que sea casi imposible moverse de una ciudad a otra debido al riesgo de ser atacado por pandillas, que controlan casi dos tercios del país. Las cosas han llegado a tal punto que el Departamento de Estado de EU evacuó a todo el personal no esencial y recomendó que los ciudadanos estadounidenses abandonen el país lo antes posible.

Receta para el desastre

Urge hacer algo al respecto. Sin embargo, hasta ahora, la actitud de la comunidad internacional, ha sido de ignorar la situación.

Desde una perspectiva humanitaria y en términos de seguridad regional, permitir que un país de las Américas se transforme en un estado fallido controlado por una red de bandas criminales es una receta para el desastre. Sin embargo, los gobiernos y los organismos internacionales de la región no están dispuestos a dar un paso al frente para enfrentar la crisis directamente, a pesar de las súplicas de Haití y la ONU.

La Organización de los Estados Americanos (OEA), que en el pasado desempeñó un papel importante en Haití y para la cual me desempeñé como observador en las elecciones presidenciales del país en 1990, y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) han sido criticados por su lenta respuesta a la crisis haitiana. La Comunidad del Caribe ( CARICOM ) ha realizado varias reuniones sobre la crisis haitiana. Pero esa entidad está sujeto a una estricta política de no injerencia.

Estados Unidos, a su vez, tras haber abandonado Afganistán en 2021 después de una tumultuosa ocupación de 20 años, parece reacio a enviar tropas a cualquier parte. Más bien, Washington preferiría que otros lo hicieran. En respuesta a la oferta de Kenia, el Departamento de Estado dijo que “felicita” a la nación africana por “responder al llamado de Haití”.

Parte de esta renuencia en las Américas también podría estar relacionada con la percepción (en mi opinión, errónea) de las intervenciones pasadas. La misión de las Naciones Unidas de 2004 logró inicialmente estabilizar Haití después de otro difícil período. De hecho, el país logró avances significativos antes de ser afectado por un devastador terremoto en 2010.

Sin duda hubo pasos en falso después de 2010. Un brote de cólera traído a Haití por tropas de Nepal resultó en más de 800.000 infecciones y 10.000 muertes. La conducta sexual inapropiada por parte de algunos de los cascos azules de la ONU empañaron aún más la misión.

Pero la noción de que la MINUSTAH fue un fracaso es, en mi opinión, errónea. Y el final de la misión en 2017 hizo que las cosas empeoraran. De hecho, después de que terminó la misión, las bandas criminales volvieron a campear por sus respetos.

Sin embargo, esta percepción de fracaso de la misión de la ONU ha dado lugar a la opinión de algunos observadores de que las intervenciones internacionales en Haití no sólo son infructuosas o están mal concebidas, sino que también son contraproducentes.

Es esto lo que da lugar a la noción de Haití como un “estado ayudado”. En esta perspectiva, las intervenciones internacionales y el flujo de fondos del extranjero han creado una condición de dependencia en la que el país se acostumbra a que los extranjeros tomen las decisiones claves. Ello fomentaría un ciclo de corrupción y mala gestión.

No hay duda de que algunas intervenciones anteriores dejaron mucho que desear, y que cualquier nueva iniciativa tendría que llevarse a cabo en estrecha cooperación con la sociedad civil haitiana para evitar tales problemas.

Sin embargo, la idea de que Haití, en su estado actual, sería capaz de salir de su actual crisis sin la ayuda de la comunidad internacional es una ilusión. Las pandillas hacen lo que les parece, a lo largo y lo ancho del país, y lo que queda del Estado haitiano no tiene la capacidad para revertir esta situación.

¿Un deber de intervenir?

Además, se puede argumentar que la comunidad internacional es responsable de la tragedia haitiana y tiene el deber de tratar de hacer algo al respecto. De muestra, un botón: Haití, hasta principios de la década de 1980, era autosuficiente en la producción de arroz, un alimento básico clave allí. Sin embargo, presionado por Estados Unidos en la década de 1990, el país redujo sus aranceles agrícolas al mínimo y, al hacerlo, destruyó la producción local de arroz. El expresidente estadounidense Bill Clinton se disculpó más tarde por ello, pero su legado aún perdura.

Haití hoy tiene que importar la mayor parte del arroz que consume, en gran parte de los Estados Unidos. Y no hay suficiente para todos los haitianos: la ONU estima que casi la mitad de la población de Haití de 11,5 millones sufre inseguridad alimentaria.

De hecho, desde sus comienzos como nación independiente en 1804, Haití ha sufrido las consecuencias de su lugar único en la historia. Para las potencias coloniales blancas ver a Haití prosperar como la primera república negra, resultado de la primera rebelión de esclavos exitosa, y que dio lugar al primer país independiente de América Latina y el Caribe, era inaceptable.

Francia respondió tomando represalias por la pérdida de lo que alguna vez se consideró la colonia más rica del mundo, exigiendo reparaciones durante un siglo y medio. Los pagos de Haití a Francia fluyeron hasta 1947, por una suma de US $ 21 mil millones en dólares de hoy.

Estados Unidos lo hizo tardando 60 años en reconocer a Haití, para luego invadirlo y ocuparlo desde 1915 hasta 1934.

Sin embargo, cualquier noción de reparar el enorme daño causado con iniciativas que le ayuden a Haití a superar la crisis actual parece estar lejos de las mentes de quienes observan cómo el caos en Haití aumenta. Más bien, muchos comparten lo expresado en 1994 por el actual presidente de los EU, Joe Biden, cuando, como senador discutiendo la justificación de varias intervenciones, señaló: “Si Haití simplemente se hundiera silenciosamente en el Caribe, o se elevara 300 pies, no importaría mucho para nuestros intereses”.

 

*Profesor de relaciones internacionales en la Escuela Pardee de Estudios Globales de la Universidad de Boston. Abogado, cientista político, académico y diplomático chileno. Se desempeñó como ministro de Estado del presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994 y 2000) y embajador de Chile en China. Artículo publicado en The Conversation

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