La crisis del agua y la sequía de propuestas

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En diciembre se realizará en Abu Dabi una conferencia mundial para buscar soluciones a la crisis hídrica. Mientras tanto, la humanidad toca fondo y empieza a usar sus reservas estratégicas de agua.

El diagnóstico es alarmante, aunque su lectura ofrece matices diferentes. Para algunos, el ciclo completo del agua del planeta –que incluye mares, atmósfera y otras fuentes del líquido “dulce”, o potable– confronta una “tensión”. Para otros, se trata de algo más cruel: el planeta ha empezado a transitar por una “bancarrota hídrica”, en palabras de la Universidad de Naciones Unidas en su último informe sobre este tema.

No solo se ha gastado el ingreso anual de agua de ríos y lluvias, también se han vaciado los ahorros milenarios atesorados en glaciares, humedales y vetas subterráneas. El resultado son sistemas literalmente en quiebra: acuíferos compactados, lagos fantasmas, deltas que se hunden, todo ello sin capacidad de recuperación.

El agua corriente se convierte en un artículo de lujo en muchas regionales del planeta.

Hace apenas algunos meses, los ríos de la Amazonia registraron sus niveles históricos más bajos. Casi en paralelo, España confrontó atónita las peores inundaciones de las últimas décadas, con un lastre trágico de destrucción y muerte.

La crisis climática causada por el recalentamiento global hizo que el ciclo hidrológico entrase en un desfase nunca visto. No podía ser de otra manera ya que el recalentamiento de los mares se ha cuadriplicado desde los años 80 al presente. Su impacto directo sobre vastas superficies de hielos y glaciares no se puede ignorar más: masas de hielo ahora derretidas y, como corolario, la elevación del nivel del mar. Según fuentes científicas, una cuarta parte de la población mundial, en su mayoría en países de ingresos bajos o medianos, está expuesta a riesgos crecientes de inundaciones catastróficas.

Esta lectura de la realidad habla de “la factura del derroche”, es decir, del precio que ya se está pagando por el uso excesivo de agua y de los demás recursos naturales para dar respuesta a un sistema productivo y de consumo que excede toda lógica de lo posible. El panorama es “desolador”, subraya el Informe, con un 75% de la población mundial en países donde el agua escasea o es insegura.

Además, con más de la mitad de los grandes lagos del planeta secándose rápidamente y 2.000 millones de personas habitando terrenos que se hunden por la “sobreexplotación” de aguas subterráneas. “En 50 años”, concluye el informe, “se han perdido humedales equivalentes a toda la superficie de la Unión Europea”.

Semejante panorama implica serias consecuencias, y la evidencia es irrefutable: la crisis no conoce fronteras. La agricultura, que consume el 70% del agua dulce, se encuentra en el mismo epicentro del colapso. Cuando los cultivos en una región se secan, la escasez resultante impacta dramáticamente el precio de los alimentos. Inevitablemente, golpea la seguridad alimentaria global y desestabiliza las economías. 

El agua que falta aquí”, advierte el informe, “se nota en la comida allá”. En conclusión: “Esta quiebra no es un problema local, sino un riesgo sistémico que fluye por las venas del comercio mundial”. (https://news.un.org/es/story/2026/01/1541043).

El Ártico como nunca se había visto

El Áverde cada año un poco más

El cambio climático está dejando la región ártica irreconocible, lo que afecta negativamente el resto del planeta. Según el Informe del Ártico de 2025 el año pasado se llegó a dos décadas continuas de calentamiento récord.

Desde su creación en 2006, el Informe Ártico, con el apoyo de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), ha proporcionado actualizaciones anuales fiables sobre el estado del Ártico. El Programa de Monitoreo y Evaluación Ártico (AMAP) sostiene esta labor facilitando la revisión independiente del Informe.  

Elaborado por 112 científicos de 13 países, esta “libreta de calificaciones” documenta las tendencias actuales, los eventos récord y los desafíos emergentes en una región que se calienta mucho más rápido que el resto del planeta. Una de las transformaciones en curso más preocupantes de este proceso es la atlantificación, dinámica que fuerza la circulación de aguas más cálidas y saladas hacia el norte, y con ellas, especies boreales que invaden los ecosistemas árticos.

La pérdida de 129.000 millones de toneladas de la capa de hielo de Groenlandia tan solo en 2025 también es resultado de este proceso. Aunque inferior al nivel promedio de las últimas dos décadas, de todos modos, esta erosión confirma una tendencia neta a largo plazo. En Alaska, específicamente, los glaciares han perdido una media de 38 metros de espesor vertical desde mediados del siglo XX, lo cual se traduce en una reducción generalizada de la altitud de las superficies heladas.

Se trata de un retroceso glaciar significativo, factor clave del aumento del nivel del mar y de una nueva amenaza: desde la alarmante disminución de reservas de agua dulce en comunidades árticas hasta un mayor riesgo de inundaciones, deslizamientos de tierra y tsunamis en el resto del planeta. Todo ello con riesgos incalculables para personas, infraestructuras y costas.

El Informe, también adoptado y promovido por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) devela además una aparente paradoja: durante la temporada de nieve 2024-2025, la acumulación fue superior a la media en amplias zonas de esa región, manteniéndose elevada hasta mayo. Sin embargo, en junio la extensión de la cubierta nival cayó por debajo de los valores normales, en línea con lo observado durante los últimos 15 años. Aproximadamente la mitad de la registrada hace seis décadas: señal clara de un cambio estructural en ese subsistema climático.

Uno de los fenómenos más llamativos documentados por el estudio es el de los “ríos oxidados” debido al deshielo. En más de 200 cuencas hidrográficas de Alaska, el deshielo del permafrost (terrenos congelados o por debajo de 0⁰ C por lo menos durante dos años consecutivos) ha liberado hierro y otros metales, tiñendo de color naranja ríos y arroyos anteriormente prístinos. El aumento de acidez y la presencia de metales potencialmente tóxicos resultantes están deteriorando la calidad del agua, inevitablemente comprometiendo los hábitats acuáticos y acelerando la pérdida de biodiversidad.

Detectado por primera vez a finales de los años noventa, este enverdecimiento del Ártico es otro fenómeno de una misma realidad climática, alarmante por su intensificación. En 2025, la tundra ártica alcanzó su tercer nivel más alto de verdor desde que existen registros satelitales. “Calor récord, mínimos históricos de hielo marino, glaciares en retirada, calentamiento continuado del océano y eventos extremos sin precedentes están redefiniendo esta región”, concluye el Informe. (https://wmo.int/media/news/arctic-report-card-marks-20-years-amid-record-warming-2025).

América Latina y el Caribe: región fragilizada

En America Latina y el Caribe el 25% de la poblaciòn carece de acceso al agua potable, mientras que el 66% no tiene acceso a servicios de saneamiento seguros

Una tercera parte del agua potable del planeta se encuentra en el continente latinoamericano y caribeño, que cuenta con solo el 8% de la población mundial. Esta relación implica un promedio de disponibilidad de agua potable por habitante cuatro veces mayor que la media mundial. Sin embargo, la región continúa padeciendo estrés hídrico en ciudades y zona productivas. Como resultado, 166 millones de personas carentes de un servicio gestionado de forma segura, menos de la mitad de las aguas residuales tratadas correctamente y uno de cada dos países aún sin una gestión integrada de sus propios recursos hídricos.

Realidad paradójica si se piensa que América Latina y el Caribe gozan de los niveles más elevados de precipitación –un promedio de 1.600 milímetros anuales– aun cuando su distribución no sea uniforme. La variabilidad geográfica de la precipitación, junto con una marcada estacionalidad y el aumento de la demanda en zonas de alta actividad económica causan dicho estrés, cuya constatación es incuestionable. Por ejemplo, el aumento de la frecuencia y la severidad de las sequías y otros desastres relacionados con el agua en esa región, determinantes de mayores niveles de riesgo para la seguridad alimentaria y los medios vida de los agricultores.

Varios informes recientes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC) verifican las consecuencias del impacto climático sobre la seguridad hídrica, con una inevitable disminución de agua para riego provenientes de glaciares que ahora se están derritiendo aceleradamente y la pérdida de la humedad del suelo, así como su decreciente capacidad de absorción de CO2.

Se trata de un fenómeno que además produce una mayor evaporación en sistemas de riego por aspersión y superficies de cultivos más secas y calientes, entre otros problemas no menos serios (https://www.ipcc.ch/report/ar6/syr/downloads/report/IPCC_AR6_SYR_SPM.pdf).

A Europa no le va mejor

Debido al cambio climático, también Europa se está secando. Tal es la conclusión de un estudio conjunto de University College London con Watershed Investigations (organización investigativa independiente), y el periódico británico The Guardian basándose en datos satelitales sobre variaciones en el campo gravitacional terrestre. El  mapa muestra la tendencia hacia temperaturas más cálidas y sequías en Europa:

Publicado a fines de 2025, este documento confirma que las reservas de agua en amplias extensiones de tierra están disminuyendo inexorablemente, aunque no de la misma manera en todas partes. Así, por ejemplo, el norte y el noroeste del continente, desde Escandinavia hasta porciones del Reino Unido y Portugal, experimentan anualmente un aumento de la humedad, mientras que el sur y el sureste, incluyendo España, Italia, Francia, Suiza, Alemania, Rumanía y Ucrania, sequías estructurales (https://watershedinvestigations.com/wp-content/uploads/2025/10/Watershed-Annual-Report-2024.pdf).

¿Hay salida?

Bangladesh pagó el precio a una fuerte sequía

A pesar del progresivo debilitamiento que la comunidad internacional y sus organizaciones multilaterales están experimentando los últimos tiempos, Senegal y Emiratos Árabes Unidos continúan organizando la próxima Conferencia Mundial de Naciones Unidas sobre el Agua a realizarse en diciembre 2026. Evento que apunta a fortalecer uno de los objetivos de desarrollo sostenible de Naciones Unidas: “Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos” impulsando la voluntad política, la inversión y la innovación para acelerar el progreso hacia una adecuada gobernanza mundial del agua (https://sdgs.un.org/conferences/water2026).

Más allá de retóricas y de conferencias programadas, millones de seres humanos siguen esperando que se cumpla la recomendación de los organismos internacionales de que cada individuo disponga de entre 50 y 100 litros de agua por día y que el costo de la misma no supere el 3% del ingreso familiar. El planeta sufre cada día más calor, se confronta ya a una bancarrota hídrica y millones de sus habitantes son víctimas en carne propia del irrespeto de un derecho humano esencial, el del acceso al agua potable.

*Periodista, investigador y analista argentino, radicado en SuizaColaborador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

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