La crisis de la infancia pone en cuestión la conciencia planetaria, aunque no ocupe los titulares mediáticos. Uno de cada cinco menores en todos los continentes sufre la pobreza extrema, y la tendencia es el empeoramiento
En los países de menores recursos, más de 412 millones de niñas y niños sobreviven actualmente con menos de 3 dólares al día. Sin embargo, afirma el Informe sobre el Estado de la Infancia Mundial publicado por UNICEF hace apenas unas semanas, “la pobreza infantil no se circunscribe a las regiones más pobres del mundo”. De hecho, también afecta a los países de ingresos medianos y altos. Según el Informe, si en estos últimos se aplicara un umbral de pobreza más realista -por ejemplo, 8.30 dólares diarios en lugar de 3-, la cantidad de niños y niñas en situación de “pobreza monetaria” en el mundo ascendería a dos de cada tres, aproximadamente 1.400 millones.
“En una época en que el gasto militar ha alcanzado la exorbitante cifra de 2,72 billones de dólares”, subrayan los autores del estudio de UNICEF, “cientos de millones de niños y niñas siguen careciendo de bienes tan básicos como la educación, el agua salubre y una vivienda adecuada”. (https://www.unicef.org/es/
La deuda y su impacto letal en la infancia
Muchos países en desarrollo se confrontan con una compleja situación económica cuyo resultado es casi siempre el deterioro de su crecimiento, lo cual impacta directamente en los programas de lucha contra la pobreza y los servicios públicos destinados a la infancia. Deterioro que se agrava por recortes sustantivos a la ayuda para el desarrollo. Hacia el año 2030, esta fórmula letal podría causar la muerte de unos 4,5 millones de menores de 5 años.
La ayuda prevista para educación en 2026 será un 25% menor que en 2025, sin duda una amenaza de desescolarización para seis millones de niños y niñas. Realidad agravada por el impacto directo de la deuda externa. En efecto: cuarenta y cinco de los países explotados destinan más recursos al pago de intereses sobre esa deuda que al presupuesto de salud.
“Las cifras actualizadas sobre la situación de la infancia son tan dramáticas como alarmantes”, afirma el teólogo Beat Wehrle, especialista suizo en derechos de la infancia y miembro de la dirección de la ONG Terre des Hommes en Alemania, una de las más dinámicas en el sector de la infancia. Pero, argumenta Wehrle, esas cifras no son inocentes; por el contrario, “reflejan el ataque sistemático neoliberal a las políticas públicas”.

Con una larga experiencia de trabajo en diversos países de América Latina, Wehrle explica que esta agresión neoliberal se manifiesta “en el aumento significativo del nivel de endeudamiento no solo a nivel estatal, sino también en las economías familiares”. Y con consecuencias dramáticas, ya que la lógica neoliberal reduce la oferta de políticas públicas de educación y salud.
Dicha reducción, subraya Wehrle, se ve agravada, además, “por la injustificable caída de los recursos destinados a la cooperación internacional, cuyo ejemplo más significativo lo constituye la total desintegración de USAid a principios de 2025”. Y remarca que la misma tendencia también se percibe en la mayoría de los países europeos, como puede comprobarse cuando se analiza la cooperación con el desarrollo y la ayuda humanitaria del Viejo Mundo.
Las dramáticas consecuencias de estos recortes que ya se hicieron sentir con tanta fuerza en 2025, se reflejarán en el próximo Informe de la UNICEF de 2026. “Es seguro que la ya dramática situación global que vive la niñez tenderá a agravarse aún más”, concluye Wehrle.
Menores marginados
Los índices de pobreza más altos para la infancia en todo el mundo se registran entre los niños y niñas más pequeños. En 2024, el 22,3% de los menores de cuatro años vivía en condiciones de pobreza monetaria extrema, casi el doble del porcentaje de la juventud entre quince y diecisiete años.
Además de las consecuencias del endeudamiento y la distorsión de las políticas nacionales, hay otros factores no menos críticos que tomar en cuenta.
El nivel de escolaridad de las personas a cargo de sus respectivas familias. En aquellos hogares donde los referentes familiares no han recibido educación básica, el índice de pobreza extrema es 32,9%. En familias donde la persona cabeza de familia ha completado la educación terciaria, este índice es 5,8%.

Significativamente, cerca del 79% de los niños y niñas en pobreza extrema viven en comunidades rurales. De todos modos, en las zonas urbanas el nivel de pobreza en los asentamientos informales y los barrios marginales es muy superior a la media.
La infancia con discapacidades tiene muchas más probabilidades de padecer pobreza debido a que los gastos de salud resultan mucho más altos para sus familias. Por otra parte, el cuidado de esos niños generalmente impide que sus padres o guardianes puedan trabajar fuera del hogar.
Los niños desplazados o refugiados, cuyas cifras a menudo se subestiman, corren más riesgo de caer en la pobreza no solo durante el tránsito de un sitio a otro sino también a partir del momento en que llegan a su nuevo destino. Estudios procedentes de Colombia, Líbano y Uganda señalan índices elevados de pobreza entre las poblaciones desplazadas.
También los niños y las niñas indígenas presentan índices de pobreza bastante más elevados. En los veintitrés países que ratificaron el Convenio sobre los pueblos indígenas y tribales, en 2024 el 18,7% de esas comunidades vivía en situación de pobreza monetaria extrema, en comparación con el 9,3% de la población en general.
No menos significativo es el impacto de las guerras y otras situaciones conflictivas. La mitad de los niños y niñas en contextos de conflicto (y la fragilidad derivada de los mismos) padece pobreza extrema. En contextos no afectados, solo el 11,4%.
Las guerras como agravantes

En todo el mundo se está constatando un extraordinario aumento de conflictos armados: en 2024 y 2025 se registró el número más elevado de países involucrados en conflictos armados desde la segunda guerra mundial. En 2024, cerca del 19% de la infancia vivía en zonas de conflicto, porcentaje que prácticamente duplica el de mediados de la década de 1990. En 2024, Naciones Unidas identificó 41.370 casos de violaciones graves contra la infancia en zonas de conflicto, un incremento del 25% respecto de 2023. La negación de acceso humanitario deja a los niños y niñas en grave peligro de maltratos, explotación, enfermedades y hambre.
Entre 2014 y 2024, la tasa de pobreza monetaria extrema en contextos de fragilidad y conflicto aumentó de 46% a 50,2%; fuera de esas áreas conflictivas, la tasa descendió de 19,9% a 11,4%. En otras palabras, la mitad de los niños y niñas en áreas de conflicto; apenas uno de cada nueve en áreas sin conflicto.
Los conflictos generan pobreza porque minan la estabilidad económica, destruyen la infraestructura e interrumpen los servicios públicos, como el agua, la educación y el suministro energético. Las interrupciones en la educación vulneran el derecho de los menores a aprender y prosperar y, en consecuencia, erosionan tanto el potencial individual como la prosperidad conjunta.
Según Wehrle, los datos analizados por UNICEF revelan dos realidades particularmente preocupantes. Por una parte, la reducción de la inversión pública para la primera infancia y, por otra, el aumento significativo del número de niños expuestos a situaciones de conflicto armado y violencia. La confluencia de estos dos factores, argumenta Wehrle, convierte a la infancia en víctima privilegiada de la irracionalidad adulta.
La niñez como actor de cambio
Aunque el estudio de UNICEF ofrece una imagen bastante clara de la dramática realidad de la infancia, Wehrle señala que “llama la atención que siga siendo un informe sobre la infancia” ya que la cuestión de la participación de los niños, adolescentes y jóvenes solamente aparece de forma marginal en el documento. De esta forma, tanto la producción de esta realidad dramática, así como la reflexión sobre la misma solo quedan a cargo de los adultos”.
Sin duda un hecho lamentable porque, como alega este experto suizo, los niños son o deberían ser mucho más que víctimas: también se los debe considerar sujetos con derechos y agentes de cambio. La inexistencia de una perspectiva directa y de participación concreta de la infancia al momento de definir las prioridades en las políticas públicas es algo que se debe cuestionar y resolver urgentemente.
Si la reducción de la participación de la sociedad civil ya es grave a nivel mundial, según Wehrle “la ausencia de las voces y la acción de los niños, adolescentes y jóvenes constituye un error aún más significativo”. Por lo tanto, insiste, “no habría que aceptar nada sobre la infancia sin la participación directa de la propia infancia”.
A pesar de que el panorama global de la niñez hoy es difícil, complejo y poco esperanzador, de todos modos, según Wehrle, existen innumerables experiencias positivas de afirmación de los derechos de la infancia, la adolescencia y la juventud a nivel local y a través de todo el mundo. Esas experiencias, concluye, deben conectarse de manera más significativa para que se conviertan en una voz cada vez más imposible de ignorar.
* Periodista argentino, radicado en Suiza. Colabora con medios helvéticos, europeos y latinoamericanos. Autor o coautor de varios libros, entre ellos “Sembrando Utopía”, “Nicaragua: L’aventure internacionaliste”; “El otro lado de la mirilla”; “Leonardo Boff: Anwalt der Armen” (Leonardo Boff, abogado de los pobres); “Ni fous, ni morts” etc. Colaborador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)
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