Las guerras modernas rara vez comienzan con una declaración formal ni con una batalla decisiva. Lo habitual es que avancen por fases de escalada, en las que cada actor trata de aumentar la presión sobre el adversario sin provocar —al menos en teoría— una guerra total. El problema es que, una vez que esas dinámicas se ponen en marcha, detenerlas se vuelve extremadamente difícil. La actual crisis militar en el Golfo Pérsico encaja con bastante precisión en ese patrón.
Durante meses hemos visto una sucesión de ataques limitados, operaciones indirectas y respuestas calibradas que, lejos de estabilizar la situación, han ido ampliando progresivamente el conflicto.
El politólogo Robert Pape ha descrito algunos de los mecanismos más frecuentes de esta dinámica de escalada. Su esquema distingue varias fases que suelen aparecer en las guerras contemporáneas: la trampa de la escalada, la trampa de la bomba inteligente, la escalada horizontal y, en último término, el ataque paralelo. No es necesario entrar aquí en todo el desarrollo teórico, pero sí conviene recordar brevemente la lógica general: los actores creen que pueden emplear la fuerza de manera limitada y controlada, confiando en que el adversario no responderá de forma desproporcionada. Sin embargo, esa suposición suele fallar.

Controlarlo o bloquearlo no es solo una cuestión militar; es una herramienta de presión económica global. Y, en una guerra donde la economía energética juega un papel central, el estrecho se transforma en una auténtica palanca estratégica. Y buena muestra de ello han sido las declaraciones realizadas por Trump y, por primera vez, de Mojtaba Jameini tras la voladura de un petrolero en Basora.
Por un lado, Donald Trump afirmaba abiertamente: “Cuando suban los precios del petróleo, haremos mucho dinero”. Más allá de su tono provocador habitual, la frase revela un elemento que rara vez se menciona en los discursos oficiales, la dimensión económica de la guerra. En un contexto de tensiones energéticas, el aumento del precio del crudo puede convertirse en un factor de beneficio para determinados sectores de la economía estadounidense, pero también de empobrecimiento para otros no sólo en EEUU sino en todo el planeta.
Por otro lado, desde Irán llegaba una señal igualmente clara. Mojtaba Jamenei, figura influyente dentro del sistema político iraní, señalaba que “la palanca de bloquear el estrecho de Ormuz debe utilizarse definitivamente”. Con esa frase se explicitaba algo que Teherán lleva años insinuando, que el control del estrecho es su principal instrumento de disuasión frente a la presión militar y económica de Estados Unidos y sus aliados.
Estas declaraciones no son simples gestos retóricos. Son indicios de la fase estratégica en la que se encuentra el conflicto. Cuando los actores empiezan a hablar abiertamente del control de rutas energéticas globales, significa que la guerra ha superado el nivel de operaciones tácticas y se ha desplazado hacia el terreno de la presión sistémica. Es precisamente el tipo de dinámica que caracteriza la escalada horizontal descrita por Pape. Y esa dinámica tiene una consecuencia fundamental que no es otra que la de dificultar enormemente cualquier salida rápida del conflicto.
En la práctica, solo existen dos vías posibles para garantizar la apertura del estrecho y permitir una salida del conflicto. La primera sería un acuerdo político con las autoridades iraníes. Un acuerdo de
este tipo implicaría, como mínimo, varios elementos que incluirían la retirada de las tropas estadounidenses de determinados escenarios regionales, el levantamiento de las sanciones económicas y, previsiblemente, algún tipo de compensación o reparación relacionada con los daños provocados por el conflicto. No se trataría de una negociación sencilla. Requeriría un cambio profundo en la relación entre Washington y Teherán y probablemente una reconfiguración del equilibrio regional.
La segunda opción sería una operación militar destinada a asegurar físicamente el tránsito por el estrecho, lo que implicaría tomar o controlar partes de la costa iraní que dominan Ormuz. En otras palabras, garantizar la libre navegación mediante presencia militar directa. Ese escenario tendría consecuencias aún más graves. No solo supondría una escalada militar significativa, sino que implicaría la presencia de tropas sobre el terreno y el riesgo de una guerra regional mucho más amplia. Y todo ello descontando el papel de presión que ejerce Israel en los movimientos tácticos estadounidenses que ya abordaremos en otra ocasión
Por el momento, ninguna de estas dos opciones parece realista. Las condiciones políticas para una negociación de gran alcance entre Estados Unidos e Irán no están presentes, y la opción militar implicaría costes humanos, económicos y estratégicos extremadamente elevados. Mientras tanto, la lógica de la escalada continúa operando.
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