La escalada en el Golfo y la trampa del estrecho de Ormuz

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Ruth Ferrero-Turrión
En el caso del Golfo, la primera fase estuvo marcada por operaciones presentadas como golpes limitados destinados a restaurar la disuasión. La lógica era conocida: se trataba de ataques de precisión, objetivos militares concretos y una escalada supuestamente controlada. Durante décadas, las potencias militares han confiado en lo que Pape denomina la trampa de la bomba inteligente, es decir, la idea de que el armamento de precisión permite gestionar la violencia sin desencadenar una guerra mayor. Sin embargo, la precisión tecnológica no elimina las consecuencias políticas. Cada ataque genera presión interna para responder, y cada respuesta alimenta la siguiente ronda de escalada que estamos viendo ahora indica que el conflicto ha entrado en lo que se denomina la escalada horizontal.
En lugar de aumentar únicamente la intensidad de los ataques, los actores más débiles amplían el teatro geográfico y económico del conflicto. La presión ya no se limita a bases militares o a objetivos tácticos, sino que se dirige a nodos estratégicos del sistema regional. En el caso de esta guerra y de Irán, el estrecho de Ormuz se convierte en el centro de gravedad del conflicto. Aproximadamente una quinta parte del petróleo y otro tanto del gas natural que se comercia en el mundo atraviesa ese estrecho.
Para Estados Unidos, el estrecho de Ormuz se ha convertido en un punto crítico. Mientras exista la posibilidad real de que el tráfico marítimo sea interrumpido, Washington no puede simplemente retirarse del conflicto sin asumir un coste estratégico enorme. El impacto en los mercados energéticos globales, en la credibilidad militar estadounidense y en sus alianzas regionales sería considerable. Esto significa que, incluso si aumentan las presiones internas —tanto financieras, políticas o de opinión pública—, la Administración estadounidense tiene un margen de maniobra limitado.
Por eso, más que preguntarnos cuándo terminará la guerra, quizá deberíamos plantearnos otra cuestión: qué acontecimientos podrían detener la dinámica que la alimenta. Porque lo que muestran las declaraciones recientes y la evolución del conflicto es que el Golfo ha entrado en una fase en la que la guerra ya no se limita a intercambios militares puntuales. Se ha convertido en una confrontación estratégica en torno al control de los flujos energéticos globales. Y cuando una guerra alcanza ese nivel, las salidas rápidas suelen desaparecer del horizonte.

*Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la Universidad Complutense de Madrid, analista de Público.es

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