La Iglesia Católica abandonó el método «ver-juzgar-actuar»

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José Lisboa Moreira de Oliveira.*

Hace unos días, al escribir sobre el aniversario número 50 de la Mater et Magistra, recordé que el papa Juan XXIII definió como el mejor método para la formación en los principios de la justicia social el que después fue consagrado por la Iglesia latinoamericana: conocer la situación concreta, examinar esa realidad a la luz de la Palabra y la Doctrina de la Iglesia y, por fin, actuar "según las circunstancias de tiempo y de lugar” (MM, 236).

Recordaba también que el "papa buono", en ese mismo párrafo de la encíclica definía tal método como ver, juzgar y actuar. Subrayaba que, según el papa, es necesario "que los jóvenes, no solamente conozcan ese método, sino que en concreto lo empleen en la medida de lo posible para que los principios adquiridos no permanezcan para ellos en el campo de las ideas abstractas, sino que sean traducidos en la práctica” (MM, 237).

Afirmaba en mí artículo que una de las señales más evidentes del invierno tenebroso de la Iglesia actual, especialmente en América Latina, es el progresivo aborto de ese método. Documentos recientes de los episcopados y de las Iglesias locales revelan la intención premeditada de enterrar en definitiva ese precioso legado consagrado por un documento tan valioso del Magisterio de la Iglesia.

El entierro del método ver-juzgar-actuar empieza acá en Latinoamérica con las Conclusiones de Santo Domingo, en el inicio de la década de los noventas. De esa fecha en adelante los documentos oficiales lo han abandonado progresivamente. El ejemplo más reciente de ello está en las Directrices de la Acción Evangelizadora de la Iglesia en Brasil, aprobadas en mayo pasado.

El abandono del método ver-juzgar-actuar revela la tendencia clara de la Iglesia hacia la derecha. Por tornarse cada vez más conservadora y fundamentalista, rechaza todo método que pueda crear en los cristianos/as el espíritu crítico y la capacidad de mirar mejor la realidad y las causas de determinados problemas. Además, revela una pobreza cada vez mayor en el campo teológico y un desconocimiento creciente de la pedagogía bíblica.

De hecho, al observar atentamente la tradición profética y la práctica de Jesús es posible percibir que el método utilizado no tiene la teología como punto de partida, sino la realidad. Para proponer la conversión, el cambio, de las personas y de las estructuras sociales, los profetas y Jesús no parten de afirmaciones teológicas sustanciales, sino de lo que está aconteciendo. Después de haber enseñado como uno encuentra la realidad, hacen la confrontación con el que se considera Palabra de Dios e invitan a cambios radicales, a transformaciones.

En lo que se refiere a los profetas, los ejemplos son varios y sería imposible hablar sobre todos ellos. Bastaría recordar dos episodios bien emblemáticos del método usado por ellos.

El primero es el caso del adulterio de David (2Sam 12,1-14). El profeta Natán no llega a David con discursos teológicos o recordándole las normas de la ley mosaica. Empieza contándole una historia que obliga al rey confrontarse a la realidad y con su injusticia. Solamente después del rey haber percibido lo que hizo, el profeta hace su habla teológica y lo invita a una actitud de cambio.

El otro episodio emblemático es la acción simbólica de Jeremías, que se pone en la puerta del Templo y empieza a proclamar en alta voz el listado de los pecados del pueblo (Jr 7,1-28). Tampoco hace una predicación sobre los preceptos de la Torá y sobre quién es Javeh. Empieza su acción levando el pueblo a percibir la realidad.

Al mirar la praxis de Jesús, percibimos lo mismo. Él no es un fariseo y ni un doctor de la Ley, que hace lucubraciones teológicas y cita textos bíblicos, ministrando clases de teología. De acuerdo con gran parte de los exegetas, Jesús no tenía grandes conocimientos de la Torá, toda vez que el estudio de la Ley no acontecía en el ambiente dónde él vivió, Nazaret. El conocimiento bíblico de Jesús era mediano, propio de los habitantes de Galilea, que vivían distantes de Jerusalén, el centro teológico y cultual de la época.

Jesús no sale por la Palestina, haciendo discursos teológicos. Él se inserta en medio del pueblo y, a partir de la contemplación de la realidad, va ayudando a ese mismo pueblo a percibir la presencia amorosa de Dios. No parte de Dios para llegar a la realidad, sino que parte de la realidad para hacerlos percibir, sentir el amor misericordioso del Padre. Empieza hablando de comida, de bebida, de ropa, de las preocupaciones cotidianas, invitando a hombres y mujeres a contemplar la hierba del campo y los pájaros del cielo (Mt 6, 25-34).

Partiendo de lo concreto, llega hasta la providencia divina y a la centralidad del reino de Dios y su justicia (Mt 6, 33).

En otras ocasiones, para explicar como la Palabra actúa en las personas, parte de la vida concreta de los campesinos, del trabajo doméstico de las mujeres (Mt 13). Para decir cómo debe ser la conexión entre el discípulo y el Padre, parte de la experiencia de los trabajadores en la agricultura, quienes, posiblemente, no eran la mayoría absoluta, sino la totalidad, de sus oyentes (Jo 15, 1-6). Para explicar cómo es su cuidado y el cuidado del Padre para con las personas, habla de la actividad del pastor, cuidador de ovejas (Jo 10, 1-21).

No le preocupa a Jesús "partir de Dios”, como les gustaría a los fariseos y los legalistas doctores de la Ley, preocupados con las polémicas religiosas y con las precisiones teológicas. Jesús partía de la vida real, concreta, de su pueblo. Como buen pedagogo, sabía que ese método funcionaba realmente y hacía posible a las personas comprender lo que necesitaban comprender para adherir a su propuesta de Reino de Dios.

Y los Evangelios son unánimes en nos enseñar que el método de Jesús funcionó y que el pueblo entendió plenamente su mensaje. "Y una gran multitud lo escuchaba con gusto” (Mc 12, 37).

La obsesión en querer "partir de Cristo” revélase falsa e ideológica. Falsa porque se distancia de la tradición bíblica y de la intuición de grandes santos como Juan XXIII. Ideológica porque nuestra con clareza que por detrás de ese abandono está la intención clara de no utilizar un método pastoral que eduque al pueblo de Dios, transformándolo en sujeto de su propia liberación.

Se pretende que la fe cristiana funcione como opio, no como fuerza liberadora y transformadora. Al dejar de lado la realidad o camuflándola con seudo afirmaciones teológicas, se esconde la verdad y no se permite la liberación que de ella provendría. La predicación y la evangelización se tornan "discurso lagunar”: muchas palabras para esconder lo que realmente debería ser entendido.

Lástima, la actual jerarquía va perdiendo su condición profética y, por ello, pierde también su capacidad de evangelizar a partir de situaciones concretas. El evangelio pasa a ser una abstracción, un parloteo que no encuentra resonancia en ningún lugar, porque no es anunciado dentro de las condiciones reales de las personas. En ese contexto, resuena la palabra profética de moneñor Óscar Romero, pronunciada el 18 de febrero de 1979:

"Los hechos concretos, Dios no los desprecia. Querer predicar sin referirse a la historia en que se predica no es pregonar el Evangelio. A muchos les gustaría una prédica tan espiritualista que dejara a los pecadores como están, que no dijera nada a los idólatras, a los que están de rodillas ante el dinero y el poder.

"Una prédica que no denuncia las realidades pecaminosas, en el seno de las cuales se hace la reflexión evangélica, no es Evangelio”.

Por eso, como amaba repetir dom Helder Camara, los actuales documentos eclesiásticos de América Latina vuelven a ser "bellas teorías sobre una dura realidad”. O, como dice Lepargneur, "en la práctica, la teoría es otra”.

Hace pocos días, me encontré un cura que acababa de llegar de su primer viaje a Europa. Visitó Roma y varios "lugares sagrados” europeos. Allá, el método ver-juzgar-actuar jamás fue adoptado por la Iglesia. Pero ese padre estaba aterrorizado con lo que vio. En las Iglesias, en las misas, casi nadie, solamente algunas viejitas arrastrándose con mucha dificultad. La misa tenía que terminar a la hora exacta; a la hora marcada hijos y nietos aparecían para recoger sus padres o abuelas/os.

Eso no me asustó, pues, habiendo morado por allá, ya conocía esa situación, que debe terse agravado en los últimos años. Pero ese es el futuro de la Iglesia que volvió a abandonar el cuidado con la realidad, que insiste en hacer discursos teológicos estériles, completamente desconectados de la situación real del pueblo.

Ese es el futuro de una Iglesia que no quiere actuar "de acuerdo con las circunstancias de tiempo y lugar” (Juan XXIII). Si no sabemos sustituir "la santidad de reputación y de fachada por la santidad interior y real, las criaturas más concientes, que tienen la mayor sed de justicia, que son más desconfiadas y reales; corren el riesgo de perder la fe” (Don Helder Camara)

* Filósofo. Doctor en teología.
En Adital (www.adital.com.br).

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