Jul 31 2023
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OpiniónPolítica

La superioridad moral de Allende

La solvencia √©tica de los dirigentes pol√≠ticos se prueba con los a√Īos de trayectoria en el servicio p√ļblico. Sus ingredientes fundamentales son la consecuencia entre sus posiciones y actos, su temple para afrontar las dificultades y una buena dosis de coraje. La historia toma tiempo en reconocer a sus l√≠deres m√°s notables y probos, m√°s all√° de todas las contingencias como de la acci√≥n de sus enemigos o adversarios. Figuras como las de nuestros libertadores terminaron siendo reconocidas por pr√°cticamente todos los pueblos americanos. Y por m√°s que fueran en su tiempo asesinados, infamados y exiliados todos son hoy nuestros ‚Äúpadres de la patria‚ÄĚ.

El vanguardismo ideol√≥gico parece ser siempre una caracter√≠stica fundamental de tales caracteres, esto es por su compromiso por la justicia social, adem√°s de su vocaci√≥n republicana. Cuanto su encomiable lucha por la redenci√≥n de los pobres y de los oprimidos. Los gobernantes refractarios, de los cuales tambi√©n se erigen estatuas y monumentos, tarde o temprano son derribadas por sus pueblos, como ocurre sobre todo con las de los tiranos y dictadores. Se requiere siempre ser un verdadero reformista o, francamente, un revolucionario para su tiempo; haber enfrentado a los partidarios del statu quo, a los conservadores y refractarios a los cambios. La democracia, el feminismo y otras m√ļltiples aspiraciones, tambi√©n exhiben h√©roes y hero√≠nas que son ampliamente reconocidos en su posteridad, como ocurre, por ejemplo, con las m√ļltiples escritoras y activistas latinoamericanas que le han se√Īalado tantos rumbos al devenir humano y han refrescado la pol√≠tica.

En el acontecer político abundan los detractores, eclécticos y oportunistas que siempre se jactan de su ponderación y superioridad moral, aunque muchas veces su fama sea efímera y en poco tiempo manifiesten sus deserciones, apetitos de poder y su pobre idoneidad. Por nuestro continente han desfilado presidentes y jefes de estado que ante el acoso social y el miedo poco o nada demoraron en renunciar, escapar al extranjero o doblegarse ante sus enemigos. En Bolivia hubo uno, como Jaime Paz Zamora, que terminara con el rostro quemado cuando el dictador que combatía lo mando a matar. Sin embargo, al poco tiempo terminó aliándose con Hugo Banzer y renegando de sus ideas izquierdistas, pese a haber sido el fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). En Chile tuvimos a un Gabriel González Videla que, después de ser elegido por comunistas y socialistas, terminara persiguiéndolos y confinándolos en campos de concentración. Pero la lista, en este sentido, puede ser muy larga tanto aquí como en todo el mundo.

Propio de la candidez, de la soberbia o del llamado ‚Äúinfantilismo revolucionario‚ÄĚ es¬† el arrogarse superioridades, como las que en Chile acaban de declarar quienes en apenas un a√Īo terminaron poniendo en pr√°ctica las mismas malas pr√°cticas de quienes los antecedieron en La Moneda, los que efectivamente hab√≠an sido muy h√°biles para defraudar al fisco, dejarse seducir por el legado institucional de Pinochet y presumir ante el mundo en cuanto a que nuestro pa√≠s no lo afectaba la corrupci√≥n que desgraciadamente viven y sufren otros pa√≠ses.

Salvador Allende tuvo, por supuesto, declarados enemigos durante su gobierno, los que llegaron a perpetrar un Golpe de Estado, su cruento derrocamiento y muerte. Sin embargo, su solvencia moral crece con los a√Īos en Chile como en el mundo y gana adeptos y no pocos reconocimientos entre quienes, incluso, lo combatieron. Un prestigio muy por encima del que lograron retener sus aliados. Muchos de los cuales perdieron toda credibilidad y terminaron muy desacreditados en las √ļltimas tres d√©cadas de gobierno. Tal como hab√≠a sucedido con el PRI en M√©xico, proceso que involucionara hacia la derecha, as√≠ como otros l√≠deres latinoamericanos que al arribar a sus gobiernos suelen adoptar las mismas costumbres de los dictadores que los precedieron.

Allende tuvo la posibilidad de renunciar o dejarse acoger por los regímenes extranjeros que quisieron brindarle asilo. Pudo también abandonar su ideario y contemporizar con sus opositores. Pero optó temerariamente, por supuesto, por mantenerse fiel a las promesas comprometidas con la ciudadanía que lo eligió. Su ocaso fue el de un mandatario democrático a carta cabal, dejando en evidencia la traición y cobardía de los militares, así como la hipocresía de quienes desde el 11 de septiembre de 1973 salieron a defender ante el mundo la asonada golpista como a justificar las violaciones cometidas contra los Derechos Humanos que hoy dicen defender. Personajes que, por supuesto, el mismo Pinochet les abriera espacio para sucederlo y administrar una bochornosa y fallida transición a la democracia y, finalmente, llegar a un mandatario que abrió muchas esperanzas pero que es ahora acogido con honores por la Casa Blanca, el Eliseo y el Fondo Monetario Internacional. Que todos los días allega a su gabinete a los mismos políticos que deplorara tan ácidamente esa falange de iluminados que hoy prolifera por La Moneda, el Parlamento y las fundaciones creadas por sus entidades políticas para asaltar el erario nacional.

Entendemos que hoy la figura de Allende turbe a quienes fueron sus compa√Īeros de ruta y que en poco tiempo fueron cooptados por la social democracia europea, los regaloneos de un Felipe Gonz√°lez que terminara ejecutando en el poder las ideas de la derecha espa√Īola y del Banco Mundial, adem√°s de ejercer los mismos procedimientos criminales del general Franco para combatir a los separatistas vascos y catalanes.

Se ve que Europa y Estados Unidos desde hace mucho son incapaces de destacar a un líder a la altura de un Gandhi como de un Nelson Mandela, crecientemente valorados por su probada superioridad moral. Como también sucede con los grandes libertadores de América y de las luchas contra el apartheid que siguen cobrando víctimas, especialmente ahora entre los millones de emigrantes.

 

* Periodista y profesor universitario chileno. En el 2005 recibió en premio nacional de Periodismo y, antes, la Pluma de Oro de la Libertad, otorgada por la Federación Mundial de la Prensa.

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