Ene 6 2009
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Sociedad

Los caminos de la fe, lejos de las religiones tradicionales

María Eva García Simone*

Ante la desesperanza y la disminución de la adhesión a las religiones oficiales, las creencias populares se multiplican. Extraños rituales, historias insólitas, ofrendas diversas, conforman la esfera de estas devociones. Se les reza. Se les imploran pedidos, favores, milagros hasta maldiciones a algún enemigo. Se les ofrendan pertenencias de diversos tipos, hasta las más extrañas. Se les brindan concesiones: son los Santos Paganos.

Estos santos populares, aquellos seres que alguna vez fueron de carne y hueso y que tras su muerte -por diversas razones, generalmente trágicas- se convirtieron en imágenes, en rituales, en imploraciones, en creencias que poseen miles de adeptos y para los cuales representan la fe.

Aquella adoración hacia esos seres considerados divinos puede comenzar por diversos motivos pero siempre tiene un denominador común: la necesidad de creer en un ente superior a uno mismo y capaz de conceder pedidos.

Estos santos no reemplazan a los aceptados por las religiones oficiales como la católica, sino que -en la mayoría de los casos- conviven generando que sus fieles pongan todos sus esfuerzos para que pasen de ser populares a canonizados por la Iglesia. Es así como los rituales y ceremonias que se realizan en torno a sus figuras son semejantes.

Gran parte de los santos populares representan a la clase baja, la cual busca en ellos una reivindicación social y depositan las esperanzas de un futuro mejor. Apuestan a estos seres que -generalmente- en su vida terrenal padecieron miserias y tragedias y personifican parte de los valores culturales de los pueblos que los adoptan como devociones.

Algunas creencias populares se derivan de costumbres ancestrales o indígenas, tal como la devoción a la Pachamama (Madre Tierra) o el culto a los difuntos. Otras son santificaciones que los pueblos conceden a seres con características especiales, muchos de ellos muertos en la juventud en condiciones terribles. Algunos, ni siquiera poseen el status de haber vivido de manera ejemplar, sino que muchos han asesinado o robado pero – igualmente- despiertan la devoción de miles de fieles.

Gustavo tiene 34 años, trabaja como obrero de la construcción y es padre de familia. En su humilde casa de Buenos Aires, junto al cuarto de sus hijos, tiene otra pequeña habitación en la que el protagonista de la escena es San La Muerte. En él, construyó un altar en el que noche a noche prende velas, reza, adorna con flores e imágenes de este controvertido santo al que le implora todo tipo de favores y le encomienda a su familia.

San La Muerte o Señor de La Muerte nació en Paraguay como culto popular y de allí se difundió, sobre todo, en el nordeste argentino hasta diseminarse por todo el país. De origen guaraní éste santo es considerado un payé, es decir, a él se le atribuye voluntad propia y tiene la capacidad de matar si el seguidor no cumple con lo que prometió a cambio del favor concedido por el santo de la muerte.

San La Muerte es representado por un esqueleto con una guadaña y toma forma en el cuerpo de sus fieles cuando éstos deciden tatuarse la figura o -en los casos más extremos- insertarse la imagen realizada en madera, metal (más efectiva si se trata de una bala homicida) o en hueso humano debajo de la piel.

La historia dice que éste fue un ser poderosísimo que concedía todo lo que se le pedía y que poseía dos lados, uno bueno y otro malo. Una vez fallecido, luego de que le quitasen su guadaña con la que se abría camino, se realizaron las primeras imágenes con sus huesos y su poder se hizo más grande, tomando relevancia entre las personas que comenzaron a encomendarse a él. Muchas de ellas, lo usan para hacer daño.

Es así como este santo es el más popular entre las personas que se encuentran presas o que han transitado por la cárcel. Adorados por muchos, temido por muchos otros y respetado por la mayoría, el santo de la guadaña es uno de los más temibles y oscuros de todos los santos paganos.

El caso de Gustavo, entre otros miles, es una clara muestra de fe. Una creencia diferente a las aceptadas por las religiones tradicionales, pero fe al fin que debe ser respetada a partir del conocimiento de la misma. Todo lo que se desconoce no puede ser juzgado ni da lugar a una reflexión acerca de ello.

Una mujer llora con su niño de meses en brazos. El bebé se encuentra muy enfermo, padece leucemia. Los médicos le dan pocos meses de vida, pero la madre no se resigna. La fe es la única que la mantiene en pie, expectante a revertir esta situación de angustia y dolor. Su devoción hacia la Virgen María es tan significativa como la que tiene hacia El Angelito Milagroso.

En 1966, quince días antes de cumplir su primer año, Miguel Angel Gaitán murió de meningitis en la provincia argentina de La Rioja. Siete años después -por una fuerte tormenta- sus restos, enterrados en el cementerio de Villa Unión, fueron desenterrados. En ese momento comenzó el misterio: su cuerpo estaba intacto.

Desde ese instante, la tumba fue reconstruida pero el cadáver de El Angelito volvía a aparecer día tras día luego de ser removido misteriosamente su ataúd. Su familia consideró que Miguelito “no quería ser cubierto, quería ser visto” y decidió colocarlo en un ataúd con tapa de vidrio para que todos quienes quisiesen o pudiesen verlo le pedan milagros relacionados con bebés y niños.

Con su hijo en brazos, acompañada de su esposo -quien descree pero decide ir con ella -, la mujer llamada Elba de 38 años se dirigió hacia el santuario de este santo bebé para pedir por la salud de su niño. Con lágrimas en los ojos y las prendas de recién nacido de su amado bebé, Elba encomendó al angelito la mejoría de salud de Santiago -es así como se llama el pequeño- y pidió para que los médicos hagan todo lo posible por salvarlo.

Esa conjunción entre ciencia y fe, entre razón e instinto, entre creencia y medicina, fue la que motivó a Elba a visitar al bebé santo. También sumó la desesperación y la atracción que aquel santito produce debido a su trágica historia y a las narraciones de cientos de fieles que afirman lo milagroso de este ser.

El Angelito Milagroso como Almita Perdida, un niño de 3 años que se perdió y murió ahogado y cuyo nombre se desconoce, son considerados angelitos que vinieron a la Tierra con una misión y regresaron al lado de Dios porque ese era el lugar que les correspondía para mantener el contacto entre el Ser Supremo y quienes permanecen en la vida terrenal. A ellos se les ofrenden ropitas de niños, juguetes, golosinas entre otros objetos propios de la niñez.

Hay otras devociones paganas que traspasaron esa categoría y fueron beatificadas o santificadas por la Iglesia Católica. Es el caso de Ceferino Namuncurá, santo popular -hijo de madre criolla y del cacique Araucano Manuel Namuncurá- cuyo proceso de beatificación católica esta iniciado. Éste murió en su adolescencia de tuberculosis en 1905 en la Patagonia argentina y, a partir de ese momento, comenzó la devoción popular por su vida ejemplar.

Para la Iglesia Católica, una persona se convierte en santa cuando se certifica -luego de un minucioso procedimiento- que tuvo el poder de conceder por lo menos dos milagros y permanecer en la memoria de la gente. Es así como se procede a la canonización a cargo del Sumo Pontífice.

Sin embargo, en la fe de las personas y en sus convicciones no existen diferencias entre beatos o santos paganos u oficiales, las devociones siempre son las mismas. El creer o no, no depende de la autorización de una institución, va mucho más allá de eso.

El sentimiento de adhesión hacia un ser considerado divino es inexplicable, la fe no se explica lógica ni racionalmente, sólo se siente, se percibe, nace desde lo más profundo de uno y se desarrolla de la misma manera.

No obstante, existen diferencias entre los santos canonizados por la Iglesia y aquellos canonizados socialmente. Los primeros son, generalmente, seres que vivieron en tiempos y lugares remotos y sobre los cuales se conocen imágenes recreadas.

Por el contrario, las personas santificadas por los pueblos fueron seres más cercanos a quienes los invocan por sus lugares de procedencia, sus características personales y familiares (similares problemas o necesidades que culminaron con un final trágico tras una vida de sacrificios) y el tiempo y las circunstancias en que vivieron.

Artistas que alguna vez fueron reconocidos por su música, hoy en día permanecen en el corazón ya no sólo de sus seguidores sino también de muchas otras personas que comenzaron a ver en ellos a personas especiales, capaces de conceder milagros luego de su muerte.

Esta es la historia de la cantante argentina de cumbia Gilda, quién murió en un trágico accidente automovilístico en la provincia de Entre Ríos (Argentina), en septiembre de 1996.

A partir de ese momento, la cantante que falleció junto a algunos de sus músicos, despertó los más diversos sentimientos en la gente y se convirtió en la “Santa de la bailanta”. Su santuario, a orillas de la ruta dónde falleció, es uno de los más grandes y más visitados del país, en él pueden observarse miles de ofrendas, pedidos, personas que rezan, lloran e imploran.

Las rutas y caminos toman una relevancia particular en este ámbito de la fe pagana. Es allí donde la gente conforma pequeños y grandes santuarios destinados a la adoración y a la muestra de devoción hacia santos como El Gauchito Gil y La Difunta Correa.

Cada vez que a lo lejos se ven cintas rojas que vuelan con el viento, se trata de un altar dedicado a este gaucho que tuvo problemas con la justicia por robar y fue asesinado en 1860. Luego de ser degollado en Mercedes (Corrientes), fue enterrado por un grupo de personas que lo vieron morir y junto a él colocaron una cruz. Fue allí cuando comenzó su fama de milagroso y fue extendiéndose por toda Argentina y algunas regiones de América Latina.

Las botellas de agua en los caminos representan la devoción a La Difunta Correa. Ésta fue una mujer -Deolinda Correa- que en el año 1841, en el desierto de San Juan (Argentina), murió de sed amamantando a su pequeño hijo. Actualmente, se trata de la santa popular de mayor veneración.

En la vida de toda persona, la fe -ya sea hacia un ser divino, un personaje ficticio o real, una imagen, una religión o cualquier otro sentimiento o pensamiento- ocupa un lugar importante debido a que es la fe la que motiva, incentiva, da esperanzas.

Decía León Tolñstoi que “No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo”.

*Periodista argentina, Agencia Periodística del Mercosur

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