Oct 25 2020
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Cultura

Mariano Shifman: Como a fetiches se veneran en el ámbito universitario a ciertos autores

Abogado y Licenciado en Letras, el poeta Mariano Shifman, autor de más de 1.600 sonetos, en conversación con nosotros, opina, por ejemplo, que los mejores poemas no suelen tener menos de diez versos ni mucho más de veinte, y que los premios no prueban que se escribe bien, pero que operan de aliciente.

— Contanos sobre vos en esa ciudad que no sólo los lomenses denominan simplemente Lomas.

— Salvo el primer grado, que lo cursé en la Escuela Provincial Nº 14 “General San Martín”, en mi ciudad, el resto de la primaria lo hice en la Escuela Normal Nacional de Banfield —el viejo ENAM (Escuela Normal Antonio Mantruyt)—. Cursé la secundaria en el mismo colegio, uno de los tantos errores que he cometido por indecisión o inercia. Mis años de secundario fueron de pesadilla, especialmente los últimos dos; ahora se le dice “bullying” —tengo un poema al respecto, incluido en mi último libro—. En castizo puede traducirse como maldad contra el “diferente”. La diferencia, en mi caso, quedaba establecida por mi timidez, que luego fui superando, por no ser hábil para los deportes o por no festejar las bromas de los “capangas”.

Fui un buen alumno durante la primaria y hasta primer año de la secundaria; desde los catorce años, para refugiarme de la realidad, me sumergí en el ajedrez, un juego que es demasiado bello, con todo lo bueno —y lo malo— que eso supone. Jugaba torneos por las noches y pasaba horas y más horas analizando partidas, en una época muy anterior a Internet; hoy en día, no habría podido despegarme de la pantalla.

Con Ana Guillot y María Chapp en 2015

Terminé la secundaria sin dificultades académicas, pero sí humanas. Cuando me despedí de todos mis “compañeritos”, mujercitas y varoncitos, sentí un alivio inconmensurable. En paralelo a la tristemente recordada escuela secundaria, cursé unos años en el Conservatorio Provincial de Música Julián Aguirre, de Banfield. Allí el ambiente era distinto a la escuela: buenos compañeros, profesores amables; el problema era yo, que estaba demasiado entusiasmado con el ajedrez como para prestar la debida atención a mis estudios de guitarra. Finalmente, dejé de cursar al empezar la Facultad. Ahora me arrepiento, porque la música es una de mis pasiones, al menos como oyente.

En marzo de 1988 comencé la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, que por entonces funcionaba en el Colegio Comercial de Adrogué. Como se verá, toda mi educación fue pública. En la Facultad, y al contrario de lo que me sucedió durante la secundaria, tuve una buena relación con mis compañeros; de algunos de ellos me hice amigo, y aún lo son, como Iván Ponce Martínez. Mientras cursaba la carrera con relativa vocación, seguía enfrascado en el ajedrez.

Mi apogeo en el juego fue entre 1992 y 1994, cuando estuve a punto de obtener el título de MF (Maestro de la Federación Internacional de Ajedrez). Me recibí de abogado y poco después abandoné el “juego ciencia”, ya que mis nervios “me jugaban” muy malas pasadas en los momentos decisivos, y las partidas a mi favor se daban vuelta. Resolví, por lo tanto, ser, desde entonces, espectador o, ya mucho más tarde, jugar ocasionalmente por Internet.

En cuanto a mi familia: mi padre, Daniel, falleció en diciembre de 2007; tenía inquietudes artísticas, escribió algunas canciones —letra y música— que no llegaron a divulgarse. Lamento que no haya conocido ni uno de mis sonetos —empecé a escribirlos en 2011—, porque intuyo que le hubieran agradado más que mis poemas en verso libre. De mi madre, Marta, que además de odontóloga es profesora de piano, heredé poco —desafortunadamente— de su intuición y de su fuerza de voluntad, y tal vez algo más de su sentido artístico. Mi hermana, Silvina, es compositora, muy talentosa, según mi punto de “oído”, aunque la docencia apenas si le deja tiempo para dedicarse a su verdadera vocación, que es la creación musical.

Recuerdo con mucho afecto a mi abuela Ana, con quien pasé casi todas las mañanas de mi primera infancia, porque mi madre trabajaba en el Hospital Gandulfo, de Lomas; falleció cuando yo tenía dieciocho años, de modo que no alcanzó a conocer mi faceta de escritor. Aunque desde chico me gustaba leer, sobre todo diccionarios, atlas, libros de ciencia, durante los diez años en que me absorbió el ajedrez disminuí mucho mi ritmo de lectura. A partir de 1994, volví a ser un lector bastante voraz y al mismo tiempo, y de a poco, comencé a escribir.

 — De a poco.

— Y a los veinticuatro años. Y no escribiendo poemas, sino cuentos. No eran estrictamente “malos”, pero intentaba ser demasiado “correcto” y eso les quitaba espontaneidad. Algunos los reescribí, con más “estilo”, y creo que son dignos —uno, incluso, se transformó en una obra de teatro—. No sabría precisar cuándo intenté pergeñar mi primer poema; acaso hacia 1996. No había sido un gran lector de poesía. Sí había leído con infinita admiración los cuentos y poemas de Jorge Luis Borges; me volcaba más a las novelas: “La montaña mágica”, de Thomas Mann, “Padres e hijos”, de Iván Turgeniev, “El primo Basilio”, de Eça de Queiroz, entre las que recuerdo sin esmerarme.

Al rondarme la poesía me interesé más en la lectura. Entre los autores que fui descubriendo, Fernando Pessoa me deslumbró. Estábamos a mediados de los noventa, años en los que preponderaba “Diario de Poesía” y sus dictámenes. Por entonces, yo no lo sabía conscientemente, pero había un clima de época que, quiérase o no, uno no tenía más remedio que seguir, sobre todo si era joven y con poca experiencia literaria. Como había leído en algunas de las revistas en boga que la rima estaba perimida, me cuidaba de usarla; hasta cambiaba las palabras finales de los versos si notaba rimas, incluso asonantes, a cuatro o cinco versos de distancia…

A pesar de estas prevenciones, que ahora considero estúpidas, ya en mis primeros poemas, pasables, regulares o directamente malos, considero que se podía oír una voz más o menos propia. Nunca intenté escribir “a la moda”, parecerme a los que ganaban premios, puestos rentados en el mundillo de la cultura, becas, etc. Aunque sí me inficionaban en la cuestión formal con sus recetas, éstas no influían en mis preocupaciones temáticas, que a lo largo de más de dos décadas no han variado demasiado.

Así se fueron acumulando los textos, sobre todo poemas, escritos en cuadernos de tapa dura y también a máquina de escribir (aún no usaba computadora). En 1999, con una carpeta llena de poemas, fui a ver a Alejandrina Devescovi, de Ediciones Botella al Mar, con el propósito de publicar mi primer libro. A Alejandrina le gustaron, pero por mi tendencia a postergar todo, la idea de publicar quedó en eso, aunque seguí escribiendo y participando de concursos. Por el 2000 envié poemas a la revista “La Guacha”; uno de ellos lo comentó favorablemente el poeta salteño, a quien yo ya había leído y estimaba, Santiago Sylvester, lo cual me estimuló.

En 2003 comencé la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras, donde me recibí en 2013: lenta cursada, por razones laborales especialmente. Mis experiencias en aquellas aulas fueron variadas: tuve buenos compañeros y algunos profesores valiosos, así como otros saturados de esnobismo.

Se podría decir, grosso modo, que son dos los actores que definen qué se lee: el “mercado”, en el que cada día más se incluyen como autores capitostes del periodismo devenidos novelistas, y lo que en otro poema llamo la “Academia”, es decir todo el aparataje crítico que deriva de las facultades de letras, en especial la Universidad de Buenos Aires.

Cuando uno cursa la carrera va conociendo autores que son venerados en el ámbito universitario, en muchos casos, como fetiches. No quiero hacer nombres, tampoco me referiré al género novelístico, del que, salvo excepciones, estoy un tanto apartado. Pero creo poder opinar sobre poesía. Y es aquí la gran cuestión: desde las cátedras de Literatura Argentina se impuso toda una moda acerca de la poesía que “representa nuestra época”.

Por ejemplo, si los ‘90 fueron sinónimo, a nivel social, de egoísmo, pobreza espiritual, ramplonería, la poesía que refleja ese período debe ser pobre, ramplona, incluso “egoísta” con sus lectores, a los que no se les brinda ningún grado de belleza, ya no digamos epifanía, que puede sonar anticuado y aun confesional. Un buen número de quienes lean estas líneas podrán pensar, sin mayor esfuerzo, en unos cuantos nombres propios que es ocioso mencionar, pero que manejan todos los resortes de la “movida” poética: premios, invitación a festivales aquí y acullá, artículos en los suplementos culturales.

— Arrancaste con un primer libro y un primer premio.

— A fines de 2004, mientras seguía escribiendo, trabajando como abogado en un estudio jurídico y cursando dos veces por semana la carrera de Letras, participé con unos diez poemas de un certamen organizado por la Editorial de los Cuatro Vientos. El acto de premiación fue en marzo de 2005 en una sala del Centro Cultural General San Martín. Para mi sorpresa, obtuve el primer premio, y con ello la publicación de mi primer libro, “Punto rojo”. Son cincuenta

Con Álvaro Mata Guillé, Piero De Vicari y Mario López

poemas, todos en riguroso verso libre —valga la paradoja—, con una puntuación equívoca, porque suponía o me habían inculcado que así había que escribir poemas para no pasar por antiguo. (Creo, de todos modos, que esa clase de puntuación, o su falta, que ahora desapruebo, no perjudican la lectura de los textos.)

Aunque los premios no prueban que se escriba bien, operan de aliciente, sobre todo como en este caso: no medió ninguna clase de amiguismo, porque no tenía la menor idea de quiénes eran los miembros del jurado, desconocimiento que aseguro, era recíproco. Y fue a partir de allí que comencé a asistir con cierta regularidad a algunos de los espacios de lectura pública que había y hay en Buenos Aires. Fui invitado a leer por Susana Cattaneo en su ciclo “Extranjera a la Intemperie” y presenté mi primer libro en el Café Literario “Antonio Aliberti”, coordinado por Luis Raúl Calvo, Amadeo Gravino, Julio Bepré y Estela Kallay. (En este ciclo presenté mis tres libros, en mayo de 2006, octubre de 2010 y junio de 2017).

En una reunión en la Sociedad Argentina de Escritores, a fines de 2005, había conocido a Graciela Maturo. Le entregué un ejemplar de mi flamante libro y muy atentamente lo leyó y lo elogió, al punto que se ofreció, con la generosidad que la caracteriza, a presentarlo.

Con Amalia Mercedes Abaria, Beatriz Minichillo y Alejandro Drewes

Mientras seguía escribiendo, seguía imbuyéndome de Borges y Pessoa, pero las lecturas de la Facultad me restaban tiempo para leer lo que realmente deseaba e incluso para escribir poesía o narrativa. Desde luego, hay unas cuantas cosas que rescato de mi paso por Filosofía y Letras, entre otras, haber cursado Literatura Norteamericana en la cátedra del profesor Rolando Costa Picazo. Esta materia, junto con los rudimentos de Latín y Griego —idiomas de los que desconocía casi todo— fueron los puntos más altos de la carrera.

Y así pasaron los años y los poemas hasta 2010, cuando publiqué mi segundo libro, “Material de interiores”, en este caso en una edición costeada por mí, como ocurre en la casi generalidad de los casos, y sin distribución, salvo los ejemplares que pude dejar en alguna que otra librería del centro de Buenos Aires, de la zona de la Facultad, y de la ciudad de Mar del Plata. Como suele pasarles a todos, también yo me fui desprendiendo de los ejemplares, intercambiándolos con los de otros autores o regalándolos a amigos y conocidos.

Durante la segunda mitad de 2010 retomé la escritura de cuentos y relatos. Disfruté, más allá de su valor, intentándolos. Con uno de ellos obtuve

Con Andrés Utello, María Amelia Díaz, Hugo Francisco Rivella, Alfredo Palacio, Marta Braier, Carlos Carbone y Darío Lobato

una mención en un concurso del Colegio de Abogados de la Capital Federal. Sin embargo, en enero de 2011, y mientras escribía un cuento que sentía que no iba ni para atrás ni para adelante, noté cierta saturación, no sé si por el género o por mi falta de inspiración. Puse mi mente en barbecho, y en unas semanas, como un acto de rebeldía inaudita, al menos en estos lares y en estos tiempos, comencé a escribir sonetos.

 

Y sí, sonetos. Los había leído, pero nunca fueron mi lectura poética exclusiva; me deleitaban los de Francisco de Quevedo, sobre todo, pero no había casi intentado escribirlos, quizá porque estaba “vedado” por el ambiente. Recuerdo también, ahora que pergeño esta semblanza, haber recibido en 2010 una antología de sonetistas brasileños, enviada por un escritor de Brasilia —tenía por entonces contacto con escritores de Brasil—: fue muy placentera la lectura de autores que desconocía, pero que son nombres capitales de las letras de aquel país, que tuvo una literatura muy rica a lo largo del siglo XIX, más plena que la nuestra, entre otras cosas porque no vivieron en permanentes guerras entre facciones, como ocurrió aquí al menos hasta 1860 y más aún.

Hasta ahora llevo escritos más de mil seiscientos sonetos; la cantidad no garantiza nada, pero hago referencia a ello para dar idea de mi pasión por esta forma poética. En cuanto a los temas, no son distintos de los que abordaba ya en “verso libre”, definición un tanto vidriosa. En muchos, la voz poética era la

Con Carlos Carbone y Daniel Arias

mía; en otros, sobre todo al principio, me volqué a los monólogos dramáticos, ya sea con personajes históricos, literarios o prototipos de personalidad. Con excepción de unos veinte, escritos en alejandrinos, los fui urdiendo en versos endecasílabos; los cuartetos, según el esquema ABBA ABBA o ABAB ABAB, con libertad mayor en los tercetos; tengo algunos pocos en que sólo utilizo dos rimas para todo el poema.

Conozco las críticas que desde hace por lo menos un siglo se viene efectuando contra el soneto: los límites, la forma como “budinera”, las rimas previsibles, los ripios… No seré original en la imagen: casi cualquier cosa puede hacerse bien o mal; también un cuchillo puede servir para salvar una vida en manos de un cirujano o para matar en manos de un psicópata. En cuanto a los límites, diré lo que algunos amigos poetas me han escuchado repetir: para mí no son un obstáculo, sino al contrario, un acicate. Uso una metáfora futbolística para ilustrar la cuestión: a los clásicos punteros, la raya del campo de juego no los inhibía; al contrario, servían para que, por una especie de magia incomprensible, los defensores quedaran desairados. El genial Garrincha —a quien le dediqué uno de mis sonetos— es el mejor ejemplo en este sentido.

Respecto a la forma, tras haber escrito cientos de poemas y de haber leído tanto más, llegué a la siguiente conclusión: los mejores poemas no suelen tener menos de diez versos ni mucho más de veinte. Y el soneto tiene catorce. Me da la impresión de que es una especie de proporción áurea, aunque no tengo pruebas para sostener la hipótesis, salvo la de mi convicción. Por otra parte, el verso endecasílabo, por su libertad acentual —el único obligatorio es en la décima sílaba, los demás pueden ser en sexta, octava y cuarta, y a ellos sumarles los de primera, segunda y tercera— permite y promueve una variedad rítmica como ningún otro verso castellano. Esta explicación, que hoy puede parecer erudita sin serlo, podía ser comprendida por cualquier alumno sensible de la secundaria de los años cuarenta o cincuenta; ahora, intuyo que sonará a algo esotérico…Mariano Shifman: sus respuestas y poemas - Eurasia Hoy

Las rimas previsibles son, según lo entiendo, poco valiosas, pero eso no es culpa del soneto sino del poeta. Abusar de las rimas gramaticales en “ado”, “ido”, “ente”, “on”, etc., demuestra falta de imaginación y originalidad, pero no prueba nada contra la forma. Los ripios —poner cualquier palabra en posición de rima, con tal que rime— también es una falencia del poeta y no de la forma. En arte —en literatura, especialmente— ninguna teoría es buena o mala en sí misma: lo que hay que juzgar es el texto una vez terminado. Si se quiere, esta idea es “resultadista”, pero no me parece errada. Al poema hay que juzgarlo como tal y comprobar si suena bien, si conmueve, si deja pensando. Los caminos que hayan llevado a su concepción pueden ser interesantes para los críticos y especialistas, pero al lector lo que le atrae es, me parece, el “qué” antes que el “cómo”, o, por mejor decir, que el “cómo del cómo”.

— Un párrafo aparte: el “ambiente” poético.

— Todos conocen la fábula del rey desnudo: es plenamente aplicable a lo que sucede en el panorama poético argentino desde hace décadas. Hará un año escribí un soneto titulado “Harta cultura”, que publiqué y volví a publicar en Facebook. Fue bastante festejado porque refleja una realidad experimentada por escritores y, desde ya, artistas de otras disciplinas.

HARTA CULTURA

El rey está desnudo, es evidente,
y por eso ninguno lo confiesa.
¿Quién ignora que el rey lo sabe? Miente
quien gire lado a lado la cabeza.Mariano Shifman y su pasion del soneto | Palabra Abierta

Comprendo a todos: nadie es tan valiente
para inmolarse solo en la proeza
de anunciar la verdad —clara, inocente—,
que a un loco de entre tantos interesa.

Digamos al unísono que el traje
es digno de quien porta un gran linaje.
Lucremos; pergeñemos más estafas.

Y si hay alguien estúpido o sincero,
gritemos que no ve o es embustero.
Y enceguezcámoslo con nuestras gafas.

¿De qué trata el poema? Del esnobismo como norma fundamental para juzgar el valor de una obra artística; digo fundamental y no única, porque la otra vara tiene que ver con el amiguismo. Borges ponderaba a la amistad como la mejor de las virtudes argentinas, pero trasladado al ámbito en donde debe juzgarse qué obra merece reconocimiento… Aunque no sé si es la amistad la que prevalece en estas cuestiones, sino más bien intereses cruzados, asociaciones de distinta laya en donde conviene que ganen unos para que ganen otros.

Con Gabriel Burgués, Silvina Shifman y Federico Viggiano en 2013

El caso del Fondo Nacional de las Artes, al menos en el género poético, es paradigmático. Desde ya, cualquier criterio para dirimir qué obra es la mejor entre varias decenas dejará disconformes, pero no parece ser casual que casi invariablemente, en los premios otorgados por este benemérito organismo ganen “poemas” que sólo tienen de tales el nombre. Aclaro, por si hiciera falta, que los tejes y manejes del Fondo —como así también de otras entidades nacionales, provinciales, municipales, etc.— a la hora de elegir a quiénes “canonizar”, vienen de lejos y son “transversales”, como está de moda decir ahora, a todos los espacios políticos.

La “Cultura” en la Argentina ha sido usurpada por unos pocos nombres que, aunque parezca increíble, se esmeran en elegir lo que a cualquier lector desprevenido le resultaría lisa y llanamente soporífero. Podría hacer nombres, pero sería injusto —como suele decirse, aunque aquí en sentido inverso— porque dejaría afuera a unos cuantos. Intuyo, además, que no hace falta. Sólo es necesario verificar —es fácil hoy en día a través de Internet— quiénes son los jurados de los premios más importantes, en cuanto a reconocimiento económico, “prestigio”, posibilidad de viajes, de invitaciones, de pensiones vitalicias, etc., para darse cuenta que unos pocos y pocas tejen una red indestructible de acomodos, favores mutuos, canonjías y otras yerbas “legales”, pero no por eso menos tóxicas.

Con Héctor Álvarez Castillo

A riesgo de parecer reiterativo, o de serlo, no puedo dejar de hacer hincapié en estas cuestiones, porque, presiento, tienen que ver con el alejamiento de la gente culta y con inquietudes literarias respecto de la poesía contemporánea, sobre todo si comparamos cuál era la situación en décadas que hoy pensamos como prehistóricas, por toda el agua —mucha de ella turbia— que ha corrido bajo el puente. Pienso en Baldomero Fernández Moreno, cuyos versos eran recitados de memoria e incluso a los tan defenestrados poetas de la Generación del 40.

— ¿Sólo tradujiste ese par de poemas del brasileño Anderson Braga Horta incorporados a la antología de su obra editada en Perú?

— Esas son las únicas de mis traducciones que se han difundido. En Lima, sí, hace dos años. Me estoy animando, en ocasiones, a esa labor imposible. Traduje también, pero sólo para mí, al menos hasta el momento, poemas de Paul Verlaine, Alfred Tennyson y Robert Browning. La traducción, en especial la poética, exige un grado de dedicación y amor muy altos. Destaco, a tres excelentes poetas que son paralelamente brillantes traductores: Ricardo H. Herrera, Alejandro Bekes y Pablo Anadón.

Con María Esther Vázquez

La traducción de poesía plantea una serie de dilemas, al punto que algunos grandes poetas han negado su derecho a la existencia, entre ellos Robert Frost, nada menos, que dijo que poesía es lo que no puede plasmarse en la traducción, lo que queda fuera de ella. Yo no sería tan tajante como Frost, pero comprendo cuántas y qué arduas son las dificultades. ¿A qué darle preferencia: al sentido o a la música? Ésa es la duda primordial. Porque el propósito del traductor, se supone, es ser lo más fiel posible al original, pero también desea que su versión suene a poesía en la lengua “meta”. La dificultad se acrecienta mucho más en la traducción de formas fijas y/o rimadas o desde idiomas muy lejanos.

A veces, he notado, la versión es un poema más bello que el original, pero por eso mismo es otro. Es una cuestión apasionante, pero, aquí, en caso de duda, no hay que abstenerse, como nos sugiere el famoso refrán, sino seguir intentándolo.

— Internet me entera a través de un portal uruguayo que has conocido al poeta Oscar Corbacho (1922-2015), al que sólo vi cuando participó del segmento de lecturas programadas de “La Anguila Lánguida”, muestra de poesía que he coordinado en 2004.

Con Piero De Vicari

 — Gracias por la mención, Rolando. A Oscar Corbacho lo conocí en julio de 2013 en la SADE, durante la presentación de un libro de sonetos que había escrito en conjunto con Alfredo A. De Cicco. Conocía ya a este último poeta, de la misma generación que Oscar y fallecido en 2016, pero no a Corbacho. Cuando terminó la presentación, me acerqué a saludar a ambos, me obsequiaron un ejemplar del libro y aproveché para comentarle a Corbacho que yo también escribía sonetos: era una “rara avis”, sobre todo por mi edad. También le pedí su dirección de e-mail para enviarle algunos poemas —básicamente sonetos—, que aún no había publicado en libro.

Con el correr de las semanas, el intercambio cibernético-postal fue muy enriquecedor; a Corbacho le sorprendieron mis sonetos, sobre todo la variedad temática; me decía que no se notaban versos forzados o encabalgamientos artificiosos. Nos empezamos a encontrar en un café cercano a su casa; me fue obsequiando casi todos sus libros; no le quedaban ejemplares de aquél con el que obtuviera el Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires en 1972, pero tuve la suerte de conseguirlo en una librería de la avenida Corrientes. Quiero destacar quiénes fueron jurados en esa ocasión: María Granata, Ricardo Molinari, Sigfrido Radaelli, Francisco Tomat Guido y Raúl González Tuñón…

Me parece que la sola mención de estos nombres da una pauta de la calidad poética de Corbacho. A pocos meses de su muerte escribí una nota sobre su obra

Con Rafael Felipe Oteriño

—y sobre él, que formaban, como en pocos casos, una unidad monolítica—, difundida en el número 32 de la revista “Hablar de Poesía”; el artículo puede leerse por Internet. Lo más importante es que incluye una selección con seis de sus poemas, y no solamente sonetos. Era a mi criterio también muy talentoso en las formas libres, pero no por eso privadas de música.

— ¿Qué reflexión te promueve, Mariano, lo que a continuación voy a transcribir de la novela “El viaje del elefante” de José Saramago?: “Realmente, la mayor falta de respeto para con la realidad, sea ella, la realidad, lo que quiera que sea, que se puede cometer cuando nos dedicamos al inútil trabajo de describir un paisaje, es tener que hacerlo con palabras que no son nuestras, que nunca fueron nuestras, vean, palabras cansadas, exhaustas de tanto pasar de mano en mano y dejar en cada una parte de su sustancia vital. Si escribimos, por ejemplo, las palabras arroyo cristalino, de tanta aplicación precisamente en la descripción de paisajes, no nos detenemos a pensar si el arroyo sigue siendo tan cristalino como cuando lo vimos por primera vez, o si dejó de ser arroyo para transformarse en caudaloso río, o, maldita suerte esa, en la más repugnante y apestosa de las ciénagas. Aunque no lo parezca a simple vista, todo esto tiene mucho que ver con esa valiente afirmación, más arriba consignada, de que simplemente no es posible describir un paisaje y, por extensión, cualquier otra cosa”.

Con Sofía Rodríguez García y Mónica Scaldaferro

  Es una reflexión que me interesa, y con la que estoy de acuerdo en líneas generales. Reconozco que, al leer novelas, la descripción de paisajes, aun si está bien lograda desde el punto de vista estilístico, tiende a aburrirme. Se justifica cuando la descripción apunta a revelar indirectamente rasgos de los protagonistas o del entorno social en que se mueven. En cuanto al uso de ciertos términos, sobre todo de adjetivos que parecen casi epítetos, como “cristalino” para arroyo, sí, desde luego, tienden a estar gastados.

Recuerdo a propósito de la pregunta, una opinión del gran cuentista Abelardo Castillo —no la citaré textualmente, sí lo sustancial—: un narrador tiene que animarse a emplear el lenguaje que usa naturalmente, escribir “vidrio” antes que cristal. Si uno lee la prosa de Borges, literal, literariamente perfecta, notaremos que nunca es rebuscado; mucho menos, críptico. Si se nos escapa algo se deberá a un desconocimiento nuestro como lectores, no a que no haya sabido qué quería significar —algo que para muchos críticos “estrellas”, no es un defecto sino un mérito eminente—.

Con otros poetas participantes del Festival Internacional de Poesía de San Nicolás

— ¿Dé qué dos o tres novelas que hayas leído por primera vez en lo que va del siglo te hubiera gratificado ser autor y en cuáles de ellas te imaginás como un personaje posible? ¿Prevés animarte a la concepción de alguna?

 Debo decirlo: no soy un fervoroso lector de novelas. Me inclinaba más al género a mis veintipico de años. Cuando empecé a escribir cuentos y luego poesía, éstos fueron los géneros que preferí. Sin embargo, no he dejado de leer algunas, y muy buenas. Hay dos novelas que destaco y son absolutamente diversas en todo; época de escritura, perspectiva del autor, de los personajes, etc.: “Mañana en la batalla piensa en mí”, de Javier Marías, y “Los hermanos Tanner”, de Robert Walser. Menciono en primer lugar la novela del español porque fue la que primero leí, hará unos cuatro años, pero fue escrita en los noventa; en cambio, “Los hermanos Tanner” es de 1925, aunque tuve la suerte de descubrirla recién el año pasado.

De cualquiera de ellas me hubiera enorgullecido ser el autor. La de Marías es una novela de narrador, la de Walser, la novela de un poeta. No tiene sentido intentar resumir las tramas de ambas, porque si bien interesantes, representan una mínima parte de su encanto. La forma, el lenguaje, las reflexiones son la esencia de ambos textos. Pensándolo bien, no podrían ser más distintas, y es extraño que ambas me gusten tanto. Robert Walser fue un escritor genial, de una sensibilidad extrema, con serios problemas psíquicos —no descubriré nada si digo que el genio y la “locura” suelen estar emparentados—. Fue, quizás, el escritor más admirado por Franz Kafka, lo que ya dice mucho. En cuanto a la segunda parte de la pregunta: no me veo como protagonista en ninguna de ellas, si bien al leer la joya de Walser, uno no puede no sentir empatía con el protagonista.

Respecto a si me veo escribiendo una novela: hasta ahora, sólo fue una fantasía muy difusa, y tengo que pensar que no he sentido la necesidad siquiera de intentarlo. He tenido algunas ideas, sí, pero quedaron en eso. Me ocurre algo especial con el género: considero que un novelista “por naturaleza” no pone especial cuidado en el lenguaje y sí en la trama; y quien sí intenta urdir filigranas estilísticas, pone el foco en la forma, pero el fondo es vago, cuando no inexistente. Es lo que sucede, creo, con novelas de poetas. Son pocos quienes logran plasmar a un mismo nivel ambos aspectos, y ello es comprensible, porque una novela es un texto de largo aliento. Por esto es casi milagroso lo que consiguió Walser con “Los hermanos Tanner”, escrita a los veinticinco años: lo tiene todo, puede leerse como un poema de 200 páginas, y con esto no me refiero, desde luego, ni a la poesía épica, ni a la llamada prosa poética.

 Ficha

Mariano Shifman nació el 23 de noviembre de 1969 en Lomas de Zamora, ciudad donde reside, provincia de Buenos Aires, la Argentina. En 1992 obtiene el título de Abogado por la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y en 2013 el de Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Recibió, entre otros, premios y menciones en concursos organizados por las municipalidades de varias localidades de su provincia, por la Fundación Victoria Ocampo, por la Asociación Gente de Letras, por la Fundación Argentina para la Poesía (poemario inédito “Agua va” en 2014). Textos suyos fueron difundidos en las revistas “Hablar de Poesía”, “Generación Abierta” (Buenos Aires), “Suplemento Literario del Estado de Minas Gerais” (Brasil), “Variaciones Borges” (de la Universidad de Pittsburg, Estados Unidos), etc., y algunos se tradujeron al francés, inglés, neerlandés, catalán y portugués. Publicó los poemarios “Punto rojo” (Primer Premio Poesía XI Certamen Nacional de Poesía y Narrativa, 2005), “Material de interiores” (2010) y “Cuestión de tiempo” (con prólogo de Rafael Felipe Oteriño, 2016).

*Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Lomas de Zamora y Buenos Aires, distantes entre sí unos veinte kilómetros, Mariano Shifman y Rolando Revagliatti.

 

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