May 22 2023
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Política

Memoria subversiva del Movimiento de los Indignados: Desafío a la política y a las religiones

Inmersos en plena campaña electoral tengo la impresión de que ha pasado desapercibida la efeméride del 12 aniversario de las movilizaciones del 15-M, que dieron lugar al movimiento de los Indignados e Indignadas. Me parece un error ya que podía ser el momento oportuno para comparar las alternativas políticas, económicas, culturales y sociales de entonces con las propuestas reformistas o involucionistas de los partidos políticos y las coaliciones electorales. En este artículo pretendo reparar tamaña amnesia haciendo memoria subversiva de dicho acontecimiento igualmente subversivo que recorrió el mundo entero como desafío actual a la política actual y a las religiones.

15-M. Foto Olmo Calvo

En primer lugar, los Indignados e Indignadas constataron que la crisis económica había servido para que los poderes financieros y empresariales se enriquecieran todavía más, explotaran a la clase trabajadora, se inventaran burbujas inmobiliarias y ganaran dinero especulando con el agua y los alimentos, hasta generar una grave crisis alimentaria.

Nos recordaron que la llamada “crisis de los mercados financieros” no era originariamente económico-técnica, sino ética, económica y política. En su origen se encuentra el actual sistema social y económico neoliberal, que legitima y generaliza la corrupción en sus diversas modalidades: desfalcos, fraudes, estafas, extorsiones, despilfarro, abusos en el mercado financiero, codicia, falta de control, abusos de poder, falsas informaciones y engaño a la ciudadanía. Prácticas todas ellas apoyadas por no pocos Estados y sus gobiernos a través de políticas de liberalización de la economía, que genera empobrecimiento en la mayoría de la población mundial y constituye un retroceso en la defensa del bien común y de los derechos humanos, reducidos al derecho de propiedad.

En segundo lugar, los Indignados e Indignadas consideraron que las respuestas que se estaban dando a la crisis no se orientaban a promover políticas públicas y prácticas emancipatorias y 15Mprogramas de lucha contra la marginación, sino que venían a salvar al capitalismo con la concesión de ingentes sumas de dinero procedentes del erario público a las entidades bancarias para que siguieran enriqueciéndose y extorsionando a los sectores más vulnerables de la sociedad.

Calificaron de inmorales, insolidarias e injustas las soluciones a la crisis: recorte de salarios, flexibilización y abaratamiento de los despidos, recorte de derechos sociales, reducción de impuestos a las empresas, expulsión de inmigrantes, ya que generaban discriminaciones económicas, culturales, étnicas, sexistas, injusticias estructurales y violencia institucional. Quienes volvieron a pagar las consecuencias de la crisis fueron continentes enteros, regiones, países, pueblos y sectores que nunca disfrutaron de los tiempos de bonanza económica y fueron instalados en el mal común.

Propuestas

No fue un movimiento que se limitara a protestar o a proponer utopías abstractas, sino que se movía en el horizonte de las utopías concretas pegadas a la realidad para trascenderla. He aquí algunas de las más importantes.

-Reforma de la actual Ley electoral por injusta, ya que penaliza a los partidos pequeños y premia a los grandes, y no respeta el principio democrático “una persona, un voto”. No todos los votos valen lo mismo.

-Democracia participativa a partir del clamor de los Indignados e Indignadas: “Que no, que no nos representan, que no”, ya que se considera que la democracia puramente representativa puede dejar de ser un proyecto moral colectivo y convertirse en una ficción o en una caricatura de democracia.

Por lo que entonces se luchaba era por una “Democracia real ya” en la que los ciudadanos y las ciudadanas asumiéramos el protagonismo de la política, la economía y la cultura, y no lo dejáramos en manos de los “profesionales”; una democracia participativa de base que no se redujera a votar cada cuatro años y a los debates parlamentarios, sino que se practicara en las calles, las plazas, las escuelas, las universidades, los lugares de trabajo, la familia, las asociaciones de vecinos, de padres y madres en el ámbito de la educación, etc. El objetivo era, en palabras del científico social portugués Boaventura de Sosa Santos, revolucionar la democracia y democratizar la revolución y regenerar la cultura democrática, que desde hace tiempo da nuestras de obsolescencia, cansancio y agotamiento.

-Democracia económica frente a la dictadura de los mercados, que imponen sus políticas neoliberales a los gobiernos, con frecuencia ejecutores de la política voraz de los mercados. El mundo no puede seguir siendo un gigantesco mercado, ni los habitantes del planeta meros consumidores. Como rezaba una pancarta en la Puerta del Sol, de Madrid, donde comenzó el movimiento de los Indignados y de las Indignadas “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Ello implica des-mercantilizar la vida y de las relaciones sociales.

-Lucha con instrumentos legales y penales eficaces contra la corrupción.

-Contra los paraísos fiscales que perpetúan la injusticia fiscal y a favor de una justicia fiscal global. Ello exige luchar contra el fraude fiscal para que las grandes fortunas paguen los impuestos que les corresponden, implantar la transparencia bancaria y la rendición de cuentas, eliminar el secreto bancario y evitar, así, la corrupción.

-Establecimiento de la Tasa Tobin, que consiste en la imposición de un gravamen sobre las transacciones financieras, especulativas, internacionales con el triple objetivo de controlar los mercados, evitar la fuga de capitales y obligar a pagar a los causantes de la crisis.

La Indignación se dirigía contra los cuatro poderes: a) el financiero: la Banca y las agencias de calificación o, mejor, de descalificación; b) el político: los dirigentes aislados de la ciudadanía; c) el militar: Ejército-OTAN; d) el mediático: los grandes grupos de comunicación y los censores de internet.

No se trataba de protestas y propuestas desordenadas e infundadas, sino pegadas a la realidad que querían transformar pacíficamente. Teníamos razón y razones para indignarnos, respondiendo a la llamada de Stéphane Hessel “¡Indignaos!”, que era todo “un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica”. Había -y sigue habiendo- razones para reaccionar porque, en palabras de José Luis Sampedro, “el sistema reclama un cambio profundo que los jóvenes entienden y deberán acometer mejor que los mayores atrapados en el pasado”.

Teníamos razones para actuar y movilizarnos, como pedía -exigía, mejor dicho- Stéphane Hessel: “Frente a los peligros que afrontan nuestras sociedades interdependientes es tiempo de acción, de participación, de no resignarse. Es tiempo de movilizarse, de dejar de ser espectadores impasibles. Corresponde a la comunidad intelectual, artística, científica y académica, pero más a los ciudadanos, asumir este nuevo compromiso. Es hora de actuar”.

Los Indignados e Indignadas expusieron sus razones con argumentos sólidos y difícilmente rebatibles, sin violencia, asintiendo y disintiendo, a través de intensos y disciplinados debates. Las acampadas fueron un ejemplo de república autogestionaria y de democracia participativa. La gente pudo expresarse libremente, respetando todas las opiniones, aun las más dispares. Las decisiones se tomaban democráticamente.  Las plazas, los parques, las calles y las grandes avenidas se convirtieron en ágoras para el debate de ideas, lugares de ejercicio de la ciudadanía y espacios desde donde hacer política. Durante unos meses los protagonistas fuimos los ciudadanos y las ciudadanas.

Muchos de los problemas de una década atrás siguen sin resolverse y se han agudizado: el encarecimiento de la vivienda, el incremento de los beneficios de los bancos, la inflación, el deterioro de la sanidad pública, el avance de la extrema derecha y su alianza con las organizaciones cristianas integristas y fundamentalistas, la pervivencia del patriarcado, el retroceso del feminismo en la juventud y los feminicidios que no cesan, el mantenimiento de los privilegios a la Iglesia católica y su ampliación a otras religiones, el cambio climático y el incremento del calentamiento global, la depredación de la naturaleza por mor del modelo de desarrollo científico-técnico de la naturaleza, el sometimiento de la democracia a la plutocracia, las fake news, los discursos de odio que desembocan en prácticas violentas con las personas inmigrantes y las personas LGTBI+, la dialéctica amigo-enemigo en las relaciones internacionales, el encarecimiento de las hipotecas, etc.

No pocas de las reivindicaciones y propuestas de los Indignados e Indignadas siguen todavía pendientes, constituyen un desafío a la política actual y justifican las movilizaciones populares. La pregunta es por qué ha decaído hasta mínimos la elevada temperatura utópica del 15-M y no se producen ya dichas movilizaciones, al menos con la radicalidad de entonces cuando las brechas de la desigualdad han aumentado.

Desafío a las religiones

El movimiento de los Indignados e Indignadas constituye también un desafío para las religiones que exige un cambio de paradigma de su estructura jerárquico piramidal a la creación de un tejido comunitario, una democratización de sus instituciones desde la perspectiva de género con la incorporación de las mujeres en los órganos directivos en pie de igualdad con los hombres, una actitud inclusiva de las diferentes identidades afectivo-sexuales más allá de la heteronormatividad y de la binariedad sexual.

Un cambio de lugar social con su ubicación en el mundo de la marginación social, ética y cultural, una ética religiosa liberadora frente a la teología neoliberal sometida al asedio del mercado, la reformulación de su mensaje en el horizonte de la defensa de los derechos humanos de quienes los tienen negados o más amenazados, la recuperación de la espiritualidad como dimensión fundamental del ser humano y de la experiencia religiosa.

Tal cambio de paradigma de las religiones lleva derechamente, no a mirar al pasado de manera pasiva y añorante, sino al futuro con la esperanza de construir Otro Mundo Posible, pasar de la resignación a la indignación, de la cómoda instalación en el sistema a la resistencia, de la sumisión al (des)orden establecido a la subversión, de la ortodoxia a la ortopraxis, de la imposición dogmática al reconocimiento y respeto al pluriverso de cosmovisiones, de la depredación de la naturaleza a la ética ecológica del cuidado, de las deidades masculinas patriarcales que legitiman las masculinidades hegemónicas a los dioses y las diosas que 15mfomentan la fraternidad-sororidad, de las deidades complacientes con el poder a las deidades indignadas con la injusticia, de la actitud autorreferencial a la salida a las periferias, de la alianza y legitimación del poder, de todos los poderes, a la presencia en los movimientos sociales.

Las religiones forman parte del tejido social y pueden contribuir a regenerarlo. No pocas personas y colectivos religiosos participaron activamente en el movimiento de los Indignados e Indignadas. Hoy siguen haciéndolo a través del apoyo a cuantas iniciativas se orientan a la mejora de las condiciones de vida de las mayorías populares y de la lucha contra la cultura del descarte de la población sobrante, como afirma el papa Francisco, y contra la necropolítica que decide quién puede vivir y quién tiene que morir, según la teoría del científico político camerunés Achille Mbembe. Ese es, a mi juicio, el camino a seguir por las religiones si quieren recuperar parte de la la credibilidad perdida. De lo contrario, se harán el harakiri.

 

*Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones «Ignacio Ellacuría»
Universidad Carlos III de Madrid

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