Pequeña genealogía del «transicionismo» chileno

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Cristian Beroiza Pereira*

La palabra “crisis” ha dejado de ser una palabra. Definitivamente superó lo que significa, lo que designa, y se ha constituido en un lugar espeso muy cercano al pánico. En el principio, allá por los ochenta y tantos, era la palabra crisis una revolución frustrada, un tajo abierto en la memoria, una interrupción violenta. Hoy, es una matriz de sentido que ayuda a entender el escenario político actual y la profundidad de las relaciones que posibilitaron su emergencia.

 

La “crisis”, en solo algunos años, devino nodo discursivo en expansión, pero camuflado, calibrado en un relato mayor que aquí llamaremos transicionismo. Vamos lento, pero seguro –nos dijeron–, vamos lento, pero seguro.

Nos hicieron una promesa grandiosa. Hubo, en su momento, una esperanza de restituir el Estado de Derecho e impulsar la participación masiva en elecciones libres y había que aprovecharla. El Perro, eso sí, no pensaba colgar el uniforme. Había mucha noche todavía cuando nos hicieron la “promesa de la felicidad” y, por lo mismo, nada iba a cambiar de golpe (no de nuevo). Quedaba miedo por doquier, silencio y la segregación había echado raíces.

Todo indicaba que las salidas eran dos y que debían tener carácter procesual, consistían en salvarnos juntos o hundirnos separados; así que lo más oportuno fue iniciar la búsqueda de una identidad que se sabía fracturada y construir, al mismo tiempo, lugares comunes donde converger, para ser uno, aunque fuera forzosamente, converger.

Reinó la idea de un “pacto social”, era preciso inventar un “pueblo”, puesto que la experiencia del autoritarismo anuló las instancias coercitivas y, para ello, esquemáticamente se fueron ordenando un conjunto de relatos heterogéneos que conformaban una imagen de “país en estado de reparación”; extraña y recurrente figura que intenta explicar el reacomodo generalizado de intereses (de todo tipo) sobre una institucionalidad desvirtuada, pobre y caracterizada por el vaciamiento de las categorías políticas, en el sentido tradicional del término.

En dictadura, el aparato estatal se valía, para sus efectos, de una burocracia blanca, de empleados sin opinión e imperaba una imaginería del apagón cultural, es decir, un sentimiento compartido de precariedad donde lo público era un espacio restringido a lo ceremonial, lo tradicional, lo prudente, en fin, el prohibicionismo y la represión son presencias manifiestas.

Paralelamente se despliega con una intensidad abrumadora esa genialidad maquínica que ordena el proceso de restauración y que conocemos como “transición a la democracia”; a su izquierda aunque un poco solapado, permanece el discurso “sociológico” mesándose los bigotes, a su derecha con cara de urgencia, “la cultura” semidesnuda, y más abajo cuelgan como estandartes deshilachados los “DDHH”, la “Gobernabilidad”, la “Reconciliación”, el “Liderazgo”, la “Delincuencia”, la “Modernización”, el “Desarrollo”, la “Ciudadanía” y tantos otros colosos massmediáticos de la misma línea programática, los bandos “renovados”.

La caricatura merece explicación: hay un eje que permite leer la conformación de este discurso mesiánico, que es también, la trayectoria rebuscada de tres proyectos ensamblados y sus ramificaciones: el poder estatal, la sociología y el discurso ambiguo de la cultura, que ha hecho las veces de campo de batalla donde el Estado, el saber sociológico y otras lógicas de poder han desplegado sus movimientos de apropiación, a mi gusto exitosamente. Ya veremos por qué.

Los veinte años de Concertación a la democracia y todas sus construcciones discursivas han funcionado como síntoma y náusea de toda una generación, en la que me incluyo. Nada tiene que ver la alegría ya viene (¿se acuerda?) con el congelamiento de la voluntad que nos tocó vivir bajo la mirada regente de papá Estado, el moderno omnipotente que no permite otra política fuera de su sofisticada burocracia, su refinada diplomacia y sus apetitosos tratados de libre comercio.

Aquí las instituciones funcionan, nos dijeron y nos metieron el ¿dedo? en el ojo para que no viéramos lo que verdaderamente estaba ocurriendo. Nos dijeron también, en uno que otro discurso, que era posible “decir que la transición en Chile ha concluido”, muchas cosas nos dijeron, nos mostraron el “autoritarismo democrático” y, al parecer, nos quedó gustando, nos sentimos seguros.

– Ver: http://es.wikipedia.org/wiki/Transición_a_la_democracia_(Chile) –

Esa tranquilidad institucional vociferada, decíamos, coincide con un relato del anhelo común que significaba la democracia en relación a la crisis. La línea imaginaria que nos interesa en este recorte es la que traza la cultura en 25 años transitivos y las connotaciones que la sociología promueve desde diversos sectores o líneas programáticas, con la publicación de al menos tres libros que cuestionan la vigencia de sus propias categorías interpretativas.

Las publicaciones son Cultura y Modernidad en América Latina (1984) de Pedro Morandé, Margins and Institution: Art in Chile Since 1973 (1986) de Nelly Richard y, finalmente, Un espejo trizado (1987) de José Joaquín Brünner.  En ellas se confirma un desplazamiento en las preferencias investigativas, desde un canon centrado en el concepto de la estructura social, hacia otro que enfatiza en el concepto de cultura.

Lo que significa, en pocas palabras, que la sociología se presentó, a mediados de los ochentas, como un proyecto interpretativo renovado, dispuesto a calibrar su discurso acorde con el contexto sociopolítico que imperaba, es decir, un país signado por la violencia institucionalizada. No obstante, aquel reacomodo no es sintomático de un proyecto de comúnunidad, sino más bien de una disputa encarnizada por la voz, los lugares de enunciación intelectual y los dispositivos institucionales desde los cuales se pudiera articular un nuevo relato de sociedad.

Urgía una narración identitaria-nacional que incluyera, conciliatoriamente, pasado y futuro, memoria e imaginación, esperanza y disidencia. Lo que se necesitaba, nos dijeron, era un período largo de transición y paciencia, mientras las cosas se tranquilizaban un poco. Nótese la influencia de la sociología en este discurso transitivo, al enfatizar en la naturaleza procesual de los cambios, “la alegría ya viene”, “la alegría ya viene”, “la alegría ya viene”…

Pero el florecimiento maravilloso de esas otras narrativas, contra lo que se ha dado a entender, supone un doble movimiento complejo, donde el lenguaje profesional se renueva y la ideología, tan cínica como siempre, obstruye cualquier esfuerzo conciliatorio, dado que no es tal la unidad disciplinaria de la sociología ni cierto el pretendido “diálogo cómplice” entre los diferentes sectores que están problematizando, legitimando y construyendo, en definitiva, el relato cultural de la Nación.

Sobre esta y otras materias, hablaremos en un próximo capítulo.
 
Bibliografía, lecturas:
 Ricardo Lagos E. BBC Mundo. Chile: Fin de la transición. En: http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/latin_america/newsid_4682000/4682157.stm
 
Alvarado, M. Santander, P. Matar al padre: Análisis discursivo de dos textos de la sociología chilena en período de dictadura. Lit. lingüíst. n.14 Santiago 2003
 
Revisar: Brünner, J. Sobre el crepúsculo de la sociología y el comienzo de otras narrativas. Revista de Crítica Cultural, Santiago de Chile. 1997.

Del Sarto, A. La sociología y la crítica cultural en Santiago de Chile. Intermezzo dialógico: de límites e interinfluencias.  Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales. Vol 7, N° 3 (2001):259-277.

 

* Sociólogo.
 

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