Perdonar hasta que duela

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Wilson Tapia Villalobos.*

Desde hace veinte años que estamos dando vueltas en la misma cuestión. Se ha planteado de distintas maneras. Se han hecho declaraciones, cual más altisonante. Pareciera que todos estuviéramos de acuerdo en dejar atrás el pasado y mirar hacia el futuro, como si fuéramos una sociedad sana. Pero cada vez que se le saca el polvo al tema, aparece la realidad y la hipocresía chilena queda al desnudo.

Ahora ha sido por la idea de la Iglesia Católica de otorgar un indulto amplio con ocasión del bicentenario de la Independencia. Idea encomiable, sin duda. Sobre todo, porque el objetivo declarado es hacer gestos de unión, de buena voluntad. Y, como dijo recientemente el subsecretario de Aviación, Raúl Vergara, todo gesto de buena voluntad, como el amor, es fecundo.

Hasta ahí, nadie podía decir nada en contrario. Parecíamos una sociedad saludable. Que espera sus doscientos años de vida republicana con la madurez que le ha permitido el subdesarrollo y la atroz desigualdad entre clases sociales perfectamente delimitadas, casi como castas.

Pero cualquier indulto amplio, en Chile se topa con la vulneración de los derechos humanos. ¿Qué pasaría con los militares condenados por atropellarlos durante la dictadura? La visión de Vergara apuntaba directamente al problema, al señalar que “no debiera excluirse del indulto a ex uniformados por la sola razón de serlo”.

Y agregó que no puede juzgarse con la misma vara a quien estaba en una posición de mando que al subordinado. Incluso fue más allá al parafrasear a san Alberto Hurtado (“dar hasta que duela”), al decir que “hay que perdonar hasta que duela”. Un planteamiento que se transformaba en una muestra de grandeza al provenir de un hombre que fue atrozmente torturado después del golpe militar de 1973. En aquella época, Vergara era capitán de la Fuerza Aérea de Chile (FACH).

Hasta aquí, puras buenas intenciones. La Iglesia con su gesto de buena voluntad y Vergara con su disposición al perdón. ¿Pero eso basta? Para tener gestos de buena voluntad hay que ver a quien se los hace. Es difícil pensar en que se tenga buena voluntad con el enemigo. Aunque la guerra haya terminado. Y más incomprensible resulta si se pretende que esa buena voluntad provenga de quien fue agraviado y el agresor ni siquiera haya dado muestras de arrepentimiento.

En cuanto al perdón, el asunto tiene mayor complejidad. Para perdonar debe haber un gesto del ofensor. Las sociedades no están constituidas por santos que ponen la otra mejilla. Los seres humanos comunes y corrientes no somos así. Y si hay que perdonar hasta que duela, será porque ambas partes aprendieron. Y, desgraciadamente, en Chile sólo las víctimas han aprendido lo que es el dolor. Los vencedores se siguen comportando como tales y hasta quieren reescribir la historia.

Hay cosas que no me cuadran en nuestra sociedad. Hablamos con pasión acerca de la democracia chilena. Pero nos negamos a meternos en sus intersticios más recónditos. Damos por sentado que las instituciones funcionan. Que después que terminó la dictadura, como por arte de magia, los militares, aviadores, marinos, policías, sufrieron una especie de lobotomía, exitosa claro, que les cambió la manera de pensar. Que les borró todas les desviaciones antidemocráticas que se les inculcaron desde varias décadas antes de que asestaran el Golpe.

No ha sido así. Y las muestras están para quien las quiera ver. La tragedia de Antuco se produjo recién el 18 de mayo de 2005. Por la visión fascista del mando, 45 soldados murieron. Poco antes, en 2003, la Mesa de Diálogo no dio los resultados que se esperaban. Las instituciones armadas negaron tener antecedentes respecto de detenidos desaparecidos. En pocas palabras, en vez de ayudar a la reconciliación optaron por la defensa corporativa. Hasta hace poco, era el dinero de todos los chilenos el que pagaba la defensa de los culpables de delitos de lesa humanidad.

Hasta hoy siguen mintiendo.

Cómo no querer estar de acuerdo con el capitán (r) Vergara Meneses. Pero si bien su actitud es comprensible y encomiable desde la perspectiva individual, no se puede pedir lo mismo a nivel social. La mentira, el silencio, la arrogancia, no ayudan a perdonar. Y aquí, las instituciones armadas le han mentido descaradamente al país. Sería conveniente que la transparencia que se exige a la administración civil del Estado, llegara también al contenido de la instrucción que se les entrega a los soldados, marinos y aviadores. Es una revisión necesaria, que no se ha hecho.

Se ha dado por sentado que la democracia llegó con una varita mágica y cambió mentalidades. Y como nos cuesta hurgar en lo que somos, no basta con ver actitudes. Pareciera que es suficiente que los golpistas de ayer digan que son demócratas hoy. Aunque cuando muere el dictador, estén rindiéndole homenaje, como si hubiera partido el salvador de la patria. ¿Qué piensa Usted? Yo creo que, al menos, hay una contradicción.

Una última confidencia. Estoy dispuesto a perdonar hasta que duela, pero con las cartas sobre la mesa. Cuando los culpables hagan el acto de contricción que falta.

* Periodista.

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