Pingüinos no apaleados o el principio de la infancia

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Rivera Westerberg.

Será, me digo, porque los conozco a los pingüinos desde niño (o al menos conocí uno en la ciudad de Punta Arenas, allá en el principio de la Tierra); entonces me preguntaba por qué se les llama pájaros bobos. Creía que era porque no vuelan; pero los años me enseñaron, —por otros pingüinos— que es porque demandan lo necesario en un tiempo en el que lo necesario de algunos es miseria para otros.

Me enseñaron hace años que una de las razones de la conformación de los Estados era mejor asegurar la existencia de la especie humana, ya por eso de homo homini lupus, ya porque somos, los humanos, una especie gregaria. No es necesario leer hagiografías o la vida de Hitler o papá Stalin para saber qué somos —o qué querríamos ser (o qué merecemos: los pobres pagan la culpa terrible de serlo).

Insistimos en tropezar con la misma piedra, siempre que el caído sea otro. Somos testigos perfectos: no vemos nada, decimos idioteces, cerramos ojos y orejas.

El pingüino no. Es un ave pacífica que vive en el frío polar y a orillas de la mar. Curiosamente el apellido del Presidente de la República de Chile comienza con la letra "P" de pingüino y es Piñera. Pero no basta una letra para definirlo como pingüino (a menos que haya pingüinos no solidarios y más bien feroces; suman centenares los muchachos y muchachas apaleados por las "fuerzas del orden" que le obedecen —u obedecen a sus ministros, que, si a ver vamos, tienen un aire más a comadreja que a pingüino.

(Más adelante encontrará cómo ver un documental sobre pingüinos, si mal no recuerdo sobre los pingüinos emperador, los más grandes y coloridos).

Ayer nomás, lunes de sol sobre una Santiago que amaneció helada y nevada, la caballeresca fuerza del orden hizo su agosto: no solo apaleó a estudiantes (hecho que no es ni anécdota en Chile, más bien el apaleo se ha convertido en dolor cotidiano), sino que manoseó a madres y jóvenes (manosear significa hurgar con los dedos de las manos allí donde no se debe hurgar en el cuerpo de las personas).

Y todo, por eso de la cultura chilena, frente a las oficinas de la UNICEF, dependencia de las Naciones Ujidas que también en Chile —es un decir— se supone que trabaja por la infancia. Fuera de las madres, pocas, manoseadas, y de alguna muchacha ídem, fue golpeado un estudiante, adolescente que había ido con sus compañeros hasta esas oficinas en demanda de un interlocutor; ese estudiante llevaba cuatro días de ayuno. Lo "derivaron" a un centro médico.

También "derivaron" a un hospital en la ciudad de Concepciòn al presidente (¡no Piñera!) sí de la Federación de Estudiantes de Concepción, pero como al parecer no se veía bien —los "detenidos" insisten en golpearse contra los palos policiales de puro malvados que son— lo llevaron con velocidad a la cárcel.

Todo esto a colación porque en Chile les ha dado en llamar pingüinos a los alumnos de la enseñanza media, varones y hembras, cuyas edades oscilan entre 13 o 14 y 17 o 18 años.

Estos pingüinos, no los de la Antártica, llevan nueve semanas ¿o son 10? haciendo ruido por una bagatela para el gobierno, una actitud que ganas tiene el ministro  del Interior de calificar como terrorista: los chicos y chicas quieren educación igualitaria, digna y a cargo del Estado; como era antes de la dictadura, antes de que la traición concertacionista, primero, y los herederos de Pinochet, ahora, posaran sus culos en sillas, sillones, butacas y quién sabe si no alfombras de La Moneda y ministerios adyacentes.

Sereno, el gobierno responde que primero se dejan de pendejadas y luego obedecen, de lo contrario les "caerá todo el peso de la ley" —y en Chile si tiene 14 años el apresado la ley puede ser muy dura, a menos que haya vestido uniforme militar, en cuyo caso conservan  grado, pensión, granjerías. Los estudiantes no son militares.

No por eso los apalean, gasean y etc…, lo hacen porque es necesario mantener la disciplina social, ¡mire que venir esos jóvenes imberbes y esas niñas de uniforme escolar a presentar absurdos petitorios!
(El petitorio de los estudiantes secundarios se encuentra aquí —y cualquier persona temerosa de Dios, de leerlo, sabrá que es un absurdo).

Lo saben los estadistas y aspirantes a serlo en Chile, en especial esos que tienen el corazón en los balances. Porque, curioso, de los políticos que los chilenos consideran con futuro — verbi gratia el señor Longueira, la señora Mathei, el señor Golborne, el señor Lagos (Weber, que el otro Lagos solo tiene pasado), el señor Enríquez-Ominami, en fin, el único que ha conversado con los estudiantes en huelga y en toma de colegios es Enríquez-Ominami. Quizá no sea mucho, pero es una mano solidaria en el desierto.

En la película, muy breve, que le insinuamos vea, los pingüinos adultos cuidan a los pingüinitos. Entre los humanos hasta los profesores huyen del "caos": ni el cinco por ciento de ellos comparte con sus alumnos, les da clases, son solidarios. Sin duda, h ijos de la democracia post Pinochet no conocen la vieja definiciòn de universidad. Y son miserables.

En fin, si comparamos al animal humano con el animal pingüino… Nos dará vergüenza ser humanos. Véalo aquí. La música de Mike Rowland no molesta en absoluto; la versión es de Aetopus.

¡Ah! Los pingüinos-aves tampoco se roban las raciones de alimento destinadas a los pichones, fea cosa que cuando fueron descerrajadas las despensas, luego de las tomas de colegios, pudo ser constatada. Contra esos ladrones (¿quiénes serán?) nadie —ni el señor alcalde, ni el presidente que habla tan bonito, ni los ministros— despotrica ni pide castigo.

Es que la libre empresa es la libre empresa, y es justo que los empresarios se autocontrolen —en libertad.

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