Ago 26 2007
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Cultura

Relato. – TRAGEDIA DE UN ROSTRO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Tengo el gusto de comunicar a mis bi√≥grafos que vivo en el √ļnico cuarto alto que hay en mi casa. Una casa con s√≥lo una habitaci√≥n de segundo piso es harto rara si pensamos que apenas habr√° dos de √©stas en toda la ciudad. No voy a describir lo que hay en mi cuarto. Me limitar√© a decir que todo en √©l es pobre. Un ropero pendiente de un clavo, oblicuo por esto en la pared, donde todas las noches, al regresar, cuelgo mi sobretodo que ya empieza a tener parecido conmigo. Una cama, una cama dormida como cualquier otra cama del mundo. Y adem√°s de muchos objetos insignificantes, una mesa vulgar y coja sobre la cual hay varias hileras de libros. Encima de una de estas hileras, un reloj que anda al estricote, maltrata las horas de un modo doloroso.

Todo, excepto los libros, a los que amo con un amor humano, como si fueran personas, vale muy poco o no vale nada. Iba a decir de la escalera, que est√° ah√≠, detr√°s de la puerta, y que es como la cola de mi cuarto; iba a decir lo que hace mucho viene mortific√°ndome y que a√Īos ha tuve la intenci√≥n de someter a una encuesta: ‚Äď ¬ŅCree usted que las escaleras tienen la intenci√≥n de subir o la de bajar? Yo lo iba a decir, pero Ram√≥n, el m√°s ilustre de los Ramones que en el mundo han sido, seg√ļn c√°lculo aproximado, pero no promedial, se ha apoderado de la idea antes que yo. A veces tambi√©n tengo ideas y, sin embargo, no soy un escritor. No me acuerdo haber urdido nunca una mentira. Lo que ahora voy a decir es tan cierto, tan cierto pero inveros√≠mil como, por ejemplo, la muerte del infalible pont√≠fice.

Si dije al principio dónde vivo y cómo es mi cuarto, lo hice porque así lo necesito para mi historia. Confieso que me he distraído en cosas que no vienen a cuento y que todo lo anterior se podría suprimir, lo que no hago, sin embargo, porque creo que fue Stendhal quien me pidió que le pusiera este marco a mi narración.

Desde mi cuarto se ve el patio de la casa vecina. La pared en la que est√° incrustada la puerta de mi cuarto forma √°ngulo recto con un tramo del tejado de la otra casa. De suerte que desde la puerta, apoyando las manos en el tejado, es f√°cil divisar el corto corredor, al otro lado del patio.

Una personita encantadora atravesaba en ocasiones por este corredor. Nadie m√°s pasaba por √©l, como si estuviera destinado exclusivamente para ella. Se o√≠an voces en la casa, pero jam√°s vi a los due√Īos de esas voces. Esa bella persona carec√≠a totalmente de personalidad. A primera vista se le comprend√≠a y lo acab√© de comprobar una ma√Īana que ella, buscando el sol, hab√≠a arrastrado su peque√Īo asiento hasta el corredor y se hab√≠a puesto a hacer un tejido de crochet, moviendo la aguja entre los √°giles dedos.

A veces, por breves instantes, dejaba su labor para mirar a un punto determinado, invisible para mí, y entonces, con extraordinaria claridad descubrí que su rostro reflejaba la expresión de la persona que yo no veía. Esto determinó en mí una invencible curiosidad: la de estudiar a las personas de la casa a través de ese rostro, en el cual se veía todo como en un espejo.

Por este medio supe que all√≠ hab√≠a un hombre severo y pronto pude darme cuenta de que era su marido, porque en el rostro que ella copiaba se advert√≠a la expresi√≥n de la posesi√≥n, pero de la posesi√≥n desde√Īada. ¬ęTe poseo y por eso te desprecio¬Ľ, dec√≠a aquel rostro severo. Al contrario de √©ste, el otro rostro que conoc√≠ aquella ma√Īana de sol era el de un hombre dulce y joven, un tanto triste, cuya expresi√≥n, de un sentimentalismo semi-risue√Īo, dec√≠a claramente: ¬ęTe amo¬Ľ.

As√≠, durante meses, asomado por momentos a la puerta de mi cuarto, con los codos en el tejado vecino, acumul√© paulatinamente detalles, gestos, rictus de amor y de odio, rasgos de cara melanc√≥lica, sonrisas, recriminaciones, todo el c√ļmulo de sentimientos que pasaba alternativamente por la faz hermosa de la mujer. En un cuadernillo llev√© nota minuciosa de todo esto por separado; es decir, que cuando uno de estos caracteres era severo se lo apuntaba al marido y cuando era dulce iba a completar la personalidad del otro hombre. Llegu√© a definirlos con tal exactitud que pude saber hasta su estatura. Por una relaci√≥n entre el piso y la mirada de ella calcul√© que su marido ten√≠a aproximadamente un metro con setenta cent√≠metros y que el joven no pasaba de un metro con sesenta.

Como me ci√Īo estrictamente a la verdad, esta historia aparece trunca e incompleta constantemente, pues rara vez se daba la casualidad de que ella estuviera en el corredor y de que uno de los hombres se hallara en la casa. En el transcurso de ese tiempo los dos hombres no llegaron a estar simult√°neamente en la casa. Lo que s√≠ suced√≠a con frecuencia, y hasta por ocho o diez d√≠as, era que en el rostro de la mujer no aparec√≠a sino la faz del hombre dulce, por lo cual coleg√≠a yo que el otro estaba ausente de la casa, quiz√°s en misiones de su oficio.

En una de esas ausencias tuvo lugar algo que clausur√≥ definitivamente mi libreta de apuntes. Era una noche clara, como ha habido pocas en el mundo. Por sobre los tejados ‚Äďlejos‚Äď se ve√≠an las copas de los √°rboles y en la rama de un eucaliptus recort√°base la luna. Sobre el patiecillo vecino la sombra de una palma era una ara√Īa enorme, negra, que mov√≠a las patas. Ser√≠an las dos de la ma√Īana. Reinaba un silencio de sombras. Yo sub√≠a la escalera, de regreso de mi paseo nocturno, y ya iba a entrar a mi cuarto cuando o√≠ voces en la casa vecina. Por un instante volvi√≥ la calma en la que se sent√≠a la respiraci√≥n de la noche. Pero luego, un grito bestial hizo trizas el reposo. Se oy√≥ una carrera precipitada y la mujer, en bata de dormir, lleg√≥ hasta el extremo del corredor. Estaba desgre√Īada. En su rostro pude ver alternativamente al agrio marido y al amante rom√°ntico.

Las anotaciones de mi libreta me permit√≠an esperar, por una l√≥gica com√ļn y corriente ‚Äďy tal vez tambi√©n por el ansia de espect√°culo que atosiga a los seres‚Äď el desarrollo y culminaci√≥n del drama que ocurrir√≠a ante mis ojos. Me dispuse a presenciar en el rostro de la mujer la lucha de los dos hombres y hasta me adelant√© a imaginar cu√°ndo el uno, moment√°neamente, triunfaba sobre el otro; cu√°ndo los dos rodaban por el suelo; cu√°ndo cejaban en el duelo para tomar aliento; cu√°ndo volv√≠an a trenzarse en la lucha. Pero la escena, esperada por m√≠ durante meses enteros, no se presentaba.

De pronto hubo un silencio, grande como una piedra. Creí llegado el momento. La mujer palideció, sus facciones se desencajaron y las pupilas, desmesuradamente abiertas, se inmovilizaron en el blanco. Esto solo duró un segundo y pensé que la partícula de tiempo era más que suficiente para comprender que aquello era el reflejo de la cara del muerto.

Pero no fue as√≠. Las expresiones de los dos hombres se refractaron en la suya, con sus caracter√≠sticas propias; y en los d√≠as siguientes volvieron a pasar por el rostro de la mujer hermosa la faz severa del marido y la dulce del hombre melanc√≥lico. Me veo en la necesidad de consignarlo as√≠ en honor a la verdad. Tal vez esto desaliente al lector. A m√≠ me ocurri√≥ lo mismo. Lanc√© al aire las p√°ginas de mi libreta de apuntes, que volaron como hojas de un calendario, y no volv√≠ a fisgonear hacia el patio de la casa vecina. ¬ŅPara qu√©? Pero… ¬Ņqu√© espect√°culo es capaz de mantener nuestra curiosidad ‚Äďvulgar o no‚Äď durante meses enteros? Si algo de esa curiosidad he podido transmitir al lector, me sentir√© pagado por el fracaso de este relato.

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foto
* Cuarto hijo del maestro Roberto Vidales y de Rosaura Jaramillo de Vidales, Luis Vidales naci√≥ en la hacienda R√≠o Azul, jurisdicci√≥n de Calarc√°, el 26 de julio de 1904 seg√ļn los registros bautismales, pero al parecer en realidad cuatro a√Īos antes (1900) seg√ļn datos familiares (la Guerra de los Mil D√≠as y el hecho de que sus padres fueran liberales radicales y masones parece haber impedido su bautismo durante cuatro a√Īos).

Estableci√≥ una amistad entusiasta y profunda con dos j√≥venes geniales: el inolvidable cronista Luis Tejada y el admirable caricaturista Ricardo Rend√≥n, con quienes comparti√≥ audaces aventuras intelectuales y una ruidosa bohemia que sacudi√≥ y escandaliz√≥ las sombras estancadas de las noches bogotanas. Tejada, Rend√≥n y Vidales colaboraron en El Espectador de manera regular y ocasionalmente en El Tiempo, que public√≥ por aquellos a√Īos un suplemento de homenaje a Charles Chaplin, dirigido por Vidales.

Por esta época se conformó el grupo intelectual de Los Nuevos, en que se distinguieron como fundadores y participantes Luis Vidales, Luis Tejada, Ricardo Rendón, León de Greiff, José Mar, Moisés Prieto, Felipe y Alberto Lleras, Carlos Lozano y Lozano y muchos otros brillantes escritores, poetas y periodistas. A fines de 1922 fue fundado el diario matutino El Sol bajo la codirección de José Vicente Combariza, José Mar y Luis Tejada. En sus páginas colaboró asiduamente Luis Vidales, al lado de Jorge Eliécer Gaitán, Gabriel Turbay, León de Greiff, Alejandro Vallejo, Carlos Lozano y Lozano, Nicolás Llinás Vega y otros escritores de vanguardia.

En 1926 public√≥ Vidales su primer libro de poemas y la m√°s importante de sus obras: Suenan Timbres, original creaci√≥n que caus√≥ estupor, admiraci√≥n y esc√°ndalo en los c√≠rculos intelectuales del pa√≠s, todav√≠a dominados por un tradicionalismo decadente. La edici√≥n se agot√≥ en tres d√≠as. El autor de esos versos inveros√≠miles era agredido en plena calle por los defensores de la poes√≠a de rima y sonsonete. En actitud provocadora, el joven Vidales sal√≠a a pasear a la carrera s√©ptima llevando en la mano un bast√≥n con empu√Īadura de plata que m√°s de una vez emple√≥ como garrote para defender su concepto de la literatura.

Viaj√≥ a Europa. Estudi√≥ ciencias pol√≠ticas en la Escuela de Altos Estudios de Par√≠s, entre 1926 y 1929, con un intervalo de estad√≠a en Italia (1928) durante el cual se desempe√Ī√≥ como c√≥nsul de Colombia en G√©nova. Renunci√≥ a su cargo a ra√≠z de la masacre de las bananeras y regres√≥ a Par√≠s, ciudad que fue la que m√°s am√≥ en la vida, junto con su tierra natal de Calarc√°.

De regreso en Colombia formó parte del grupo fundador del Partido Comunista colombiano (17 de julio de 1930) y llegó a ser su Secretario General en 1932. Se distinguió como agitador, organizador y propagandista. Dirigió varios periódicos de combate, entre ellos Vox Populi de Bucaramanga (1931), que después de haber sido un medio de expresión del socialismo revolucionario (1928-29) se sumó a las fuerzas del comunismo. En 1932 asumió como jefe de redacción del periódico Tierra, órgano oficial del Partido Comunista bajo la dirección de Guillermo Hernández Rodríguez.

Los comunistas ten√≠an entonces cordiales relaciones de amistad con amplios sectores del liberalismo y la casa editorial de El Tiempo, a trav√©s de Enrique Santos Montejo (Calib√°n) regalaba a los impresores de Tierrael plomo necesario para fundir los tipos cada vez que la econom√≠a estrangulaba al peri√≥dico comunista. Como redactor, Vidales desarroll√≥ una en√©rgica campa√Īa contra la guerra colombo-peruana, llamando a los soldados de ambas naciones a confraternizar en el frente y a ¬ęvolver sus armas contra sus propios oficiales¬Ľ. Naturalmente, el peri√≥dico fue atacado por las turbas patri√≥ticas y sus instalaciones fueron destruidas.

Las luchas internas en la Tercera Internacional condujeron a la marginación de Vidales de las filas comunistas desde 1936 hasta 1964. Mantuvo a pesar de todo una posición de izquierda militante. Fue redactor del periódico El Soviet, tabloide fundado en diciembre de 1933 y que logró sobrevivir hasta 1939 bajo la dirección de Jorge Regueros Peralta. Su adhesión al caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán lo llevó a ocupar importantes cargos en su movimiento, entre los cuales destaca el de columnista del diario Jornada, órgano del gaitanismo. Ese aguerrido periódico continuó publicándose después de los hechos trágicos del 9 de abril de 1948, y en sus páginas continuó jugándose la vida, día a día, el periodista Luis Vidales. Luego vino un período de dura clandestinidad durante el cual colaboró activamente en las redes de información y abastecimientos de la guerrilla liberal (1948-1952).

En 1953 ,recibió asilo político en Chile.

En 1956 ganó un concurso convocado para la producción de una biografía del difunto presidente radical de Chile, Juan Antonio Ríos, pero su trabajo (Juan Antonio Ríos, biografía de una voluntad) no pudo ser publicado, a pesar del premio, debido a presiones de la poderosa familia Alessandri, que no salía muy bien parada en la obra.

Rehabilitado discretamente por el Partido Comunista, se mantuvo en sus filas hasta el d√≠a de su muerte (junio de 1990), a los noventa a√Īos de edad. En 1986 le hab√≠a sido concedido el Premio Lenin de la Paz.

Obras publicadas: Suenan Timbres (1926); Tratado de Estética (1945); La insurrección desplomada (1948); La circunstancia social en el arte (1973); Historia de la estadística en Colombia (1975); La Obreríada (1978); Poemas del abominable hombre del barrio de Las Nieves (1985).

Una colecci√≥n de su obra in√©dita fue publicada en los Cuadernos de Filosof√≠a y Letras de la Universidad de Los Andes (Vol. V, n√ļm. 3, Bogot√°, julio-septiembre de 1982). Muchos de sus trabajos in√©ditos se perdieron en el saqueo que algunos de sus ¬ęamigos¬Ľ y ¬ęcompa√Īeros¬Ľ hicieron en su casa pocos d√≠as antes de su muerte, aprovech√°ndose de su vejez, confianza y hospitalidad.

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