Siria, cuna del mundo, herencia mediterránea

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Juan Manuel Costoya.*

El novelista norteamericano Mark Twain afirma en el libro de memorias en que refleja sus viajes alrededor del mundo que “cuando Roma aún no existía Damasco y Alepo ya eran ciudades viejas”. Esta afirmación no es en modo alguno literaria ya que, en efecto, el nombre de Siria aparece citado varias veces en el antiguo testamento. Hubo un tiempo no tan lejano en que Siria abarcaba no sólo sus actuales fronteras sino que se extendía por los territorios que hoy pertenecen a Líbano, Chipre, Jordania, Irak e Israel.

A pesar de los límites cambiantes la capital de este extenso territorio fue siempre Damasco, una ciudad mítica en el mundo árabe. T.E. Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, cuenta en su obra Los siete pilares de la sabiduría que cuando a Faisal, el líder de las tribus árabes que acaudillaba la rebelión contra la hegemonía turca, le interrogó con satisfacción sobre su opinión acerca del terreno ganado a los otomanos, éste respondió con un contundente “Aún estamos muy lejos de Damasco”, zanjando así la conversación y dando a entender la importancia estratégica y emocional que la capital siria aglutina en el imaginario colectivo de los árabes.

El gran tablero de ajedrez que es el mundo geopolítico determinó que el 1º de enero de 1944 la actual Siria declarase unilateralmente su independencia. Sin embargo este país del oriente próximo tiene una vocación más o menos explícita que trasciende sus fronteras actuales. Entre 1958 y 1961 al arrimo de la faraónica figura política de Nasser, conforma junto al país egipcio, la República Arabe Unida en un intento, a la postre fallido, de poner en marcha la tan anhelada unidad árabe. El proyecto permaneció latente hasta la década de los setentas en que, de nuevo, Egipto, Siria y Libia reeditan una nueva federación con parecidos fines confesables a la anterior. También, de nuevo, una personalidad emergente del mundo árabe se perfila en el horizonte de aquellos años, la del libio Muammar al Gaddafi.

La perseguida unidad de acción árabe quedó desmadejada ante la incapacidad de los respectivos gobiernos de establecer políticas unitarias y coherentes ante Israel.

Omnipresentes

La Siria actual es hija de Hafed al Assed (1970-2000) otra personalidad de una región que regularmente ofrece al mundo liderazgo carismático enfundado en traje militar o civil. Paseando por cualquier calle del país la omnipresencia de su retrato, a pequeña escala en todos los negocios privados y a gran tamaño en todos los edificios públicos, pronto lo convertirá en una figura familiar para el visitante el cual lleva viendo sus enmarcadas fotografías desde el momento mismo de tomar tierra en el vetusto aeropuerto de la capital. Sonriente vestido de traje y severo en atuendo militar son las dos variantes principales mostradas.

Su hijo Bashar al Assad es el actual presidente desde el fallecimiento de su padre Hafed en junio del 2.000. Bashar aterrizó precipitadamente en Damasco desde el Londres en el que llevaba una existencia plácida ejerciendo su carrera de oftalmólogo. La constitución que define al país como una República Democrática Popular y Socialista hubo de ser enmendada con celeridad para permitirle jurar un cargo que, a priori, establecía la condición de 40 años cumplidos para acceder al cargo frente a los 34 del aspirante. En el referéndum al que sometió su gestión en 2007 la aprobación del pueblo sirio rondó el 97%. Presidente asimismo del Partido Arabe Socialista Baaz, su semblante es igualmente mostrado con profusión a lo largo y ancho del país.

La publicidad y la propaganda, su hermana gemela, han evolucionado desde los tiempos de su padre y la figura del presidente se muestra ahora además de en las variantes trajeadas y uniformadas en otras que lo identifican como padre cariñoso y marido atento.

En el pintoresco barrio cristiano de la ciudad vieja de Damasco, por ejemplo, no es extraño contemplar iconografías presidenciales más bien heterodoxas. Junto al padre y al hijo presidenciales enmarcados otras fotos identifican al barbudo líder de Hezbolá, Hassan Nassralá, a San Jorge sometiendo al maligno en forma de dragón y a la Virgen María. La experiencia enseña a las minorías que descuidar cualquier flanco puede ser letal para su supervivencia.

Historia reciclada

Cuenta una leyenda con gran predicamento en el país que cuando Mahoma, al volver de La Meca, contempló Damasco desde las alturas que lo rodean no quiso descender y entrar en la ciudad argumentando que era demasiado temprano para acceder al paraíso.

Poco queda hoy de las feraces huertas y del armonioso conjunto entre hogares de dimensiones humanas, jardines y naturaleza que fue tan celebrado, no sólo por el Profeta, sino por viajeros de cualquier condición durante siglos. El cemento, el hormigón, calzadas de cuatro carriles, contaminación y un tráfico tan feroz como caótico son la impresión más evidente que sufre el recién llegado. A pesar de ello la ciudad vieja, al margen de su atractivo más conocido, el zoco, aún destila los restos de un tiempo en el que la estética era más importante que el negocio.

Es cierto que muchas de las casas tradicionales, levantadas con una mezcla de adobe y madera aparentan estar en ruinas o a punto de venirse abajo. Sin embargo algunos edificios nobles están siendo restaurados con acierto pensando en atraer turistas y en algunos lugares de sus laberínticos callejones el visitante puede tener la impresión de llegar a encontrarse con un personaje de cómic como Corto Maltés, apoyado en el brocal de un pozo, fumando un cigarro y rodeado de gatos.

En la ciudad vieja de Damasco airosas ruinas del Imperio Romano se levantan a escasos metros de la mezquita Omeya, una de las más celebradas en el mundo musulmán y cuyos muros exteriores limitan con los barrios cristianos de la ciudad vieja.

El resto de Siria responde también a este patrón de mezcla de civilizaciones y culturas. Restos fenicios, ruinas romanas y bizantinas conviven junto a castillos cruzados, alcazabas árabes y fortificaciones otomanas, muy frecuentemente entrelazados en sus ruinas en pocos metros ya que las piedras utilizadas por unos como ornamento fueron reutilizadas por otros como defensa.

En algunos lugares, como en la ciudad costera de Tartus, los actuales habitantes de la parte vieja han continuado con este proceso reciclador aprovechado las murallas cruzadas y las posteriores fortificaciones árabes para acondicionar, a base de ladrillos, uralita e imaginación, sus hogares. El olor a fritanga y la ropa de las familias colgando sobre el foso de lo que hace siglos fuera fortaleza franca y después árabe puede interpretarse como que la historia, al igual que la materia, nunca se destruye sino que simplemente se transforma.

La ofensiva de los cruzados hacia Jerusalén dejó esta zona del mundo trufada de castillos y construcciones defensivas, también de iglesias y hasta de catedrales como la que se conserva en la costera Tartus en su día consagrada a Nuestra Señora de Tortosa y que hoy alberga un museo. Cuando Lawrence de Arabia no era más que un anónimo estudiante de historia dedicó algo más de un año de su vida a recorrer a pie las fortificaciones cruzadas de lo que hoy es Siria, Turquía, Jordania y Líbano. Tomando notas, dibujando y levantando planos llegó a visitar más de sesenta castillos. Su tesis doctoral, todavía conservada en Oxford, mereció la más alta calificación.

De entre todos los castillos del país quizás el más espectacular y desde luego el más visitado sea el Crac de los Caballeros. Estratégicamente aupado en las alturas de la conocida como Cordillera del Antilíbano y a medio camino entra la ciudad industrial de Homs y la costera de Tartus, el Crac es uno de los más acabados ejemplos de arquitectura medieval militar. Desde sus geométricos baluartes se vislumbra el mar lejano y a sus pies las montañas sirias con sus laderas salpicadas de olivos, higueras y pequeñas huertas. El propio Lawrence lo definió como “el castillo más bello del mundo”.

Hay otras fortificaciones que impresionan tanto por la belleza de su emplazamiento como por lo sofisticado y laborioso de sus defensas. El conocido desde tiempos medievales como Saône (el nombre de un líder cruzado) cambió oficialmente su nombre en 1957 para convertirse en Qala´at Salah ad-Din. Nadie que se tome la molestia de subir hasta este apartado emplazamiento de la Cordillera Jebel Ansariyya regresa defraudado.

En el pequeño pueblo de Musyaf, cerca de la ciudad de Hama, célebre por sus norias de madera ubicadas en las orillas del Orontes pertenecientes a la dinastía ayubí y datadas algunas en el siglo XIII, se levanta una de las fortalezas pertenecientes a una secta islámica, la ismaelita, uno de cuyos líderes fue conocido como “el viejo de la montaña”. La secta se especializó en abducir mentes y en utilizar sus poderes de seducción para crear asesinos por encargo. Varios jefes cruzados fueron sus víctimas y hasta el victorioso sultán Saladino recibió pruebas de su profesionalidad lo que le impulsó a levantar el asedio a la fortaleza de Musyaf ante el temor cierto de ser asesinado.

Los ismaelitas no sólo sedujeron mentes del pasado sino que han sido objeto de muy diferentes estudios y aproximaciones por parte de historiadores y novelistas. Las polvorientas y solitarias fortalezas de Siria e Irán, enmarcadas por altas montañas son su único legado cierto.

Zocos

Al margen de las espectaculares ruinas romanas de Palmira y los zocos de Damasco y Alepo, el turismo es testimonial en Siria. La pertenencia del país a la lista negra elaborada por el gobierno estadounidense y la larga tradición de conflictos cuando no de guerra abierta de sus vecinos con implicaciones más o menos explícitas para el país, quizás ayuden a entender este hecho. Sin embargo, pocos países transmiten a quien lo recorre una sensación mayor de seguridad. En el peor de los casos los ojos que contemplan al visitante dejarán traslucir indiferencia aunque lo común es una amabilidad abierta y espontánea más o menos ingenua.

La herencia fenicia y comercial está muy presente en Siria. A primera vista parece como si todo el mundo fuera dueño de uno de esos pequeños negocios en los que se sobrevive a base de componer y desmontar piezas en apariencia inservibles. Los espectaculares zocos de Alepo y Damasco son la expresión más perfecta de esta forma milenaria de entender la vida. Divididas sus estrechas callejas por género, la calle de las especias limita con las de la ebanistería, la que exhibe telas con las que ofrecen frutos secos y dulces o las que muestran quincallería más o menos genuina.

Un variopinto gentío compra, pasea y se deja ver por estos espacios, auténticos y primigenios Wall Street de las mercaderías donde las transacciones, exceptuadas las que se dirigen a los turistas, siguen haciéndose con calma, malicia y alrededor de un aromático café bien cargado.

El estilo de vida occidental tiene un gran impacto aparente en amplios sectores de la juventud. La ropa de mercadillo que ostente marcas reconocidas en el mundo de la moda y cantidades industriales de perfume dulzón flotando a su alrededor son señas de identidad de buena parte de la gente joven. Algunas chicas, sobre todo en el norte del país en la zona de Alepo, visten a la usanza tradicional musulmana con el cuerpo disimulado tras un largo vestido negro y con su cabeza completamente cubierta por el hiyab, el pañuelo con dos rendijas por las que asoman los ojos.

No es extraño ver a una familia completa formada por madre, hijas mayores y pequeñas vestidas de riguroso y absoluto negro. En general el resultado es, a ojos de un occidental, tétrico, en especial cuando grandes grupos de mujeres vestidas de esta guisa se agrupan discutiendo e gritos en la calle. El espectáculo tiene algo de medieval transmitiendo a los testigos una desazón y un sentimiento de vaga inquietud y amenaza.

Hay sin embargo una variante más sugestiva. No son pocas las chicas jóvenes que conscientes de lo atractivo de su figura se ciñen sus largos vestidos negros, algunos de los cuales son muy cuidados y trabajados pese a la uniformidad de su color. Completan su coquetería con un maquillaje acertado de sus ojos con los que no dudan en buscar la mirada del visitante quien, quizás, adivine tras su máscara un gesto entre irónico y divertido. Por el contrario se ven pocas mujeres arregladas al estilo occidental y las que lo hacen exageran las tendencias hasta convertirlas, en ocasiones, en una caricatura.

La pirámide poblacional del país es joven con casi un 40% de la población menor de quince años. La familia, como en todos los países árabes, sigue siendo un pilar básico de la vida social calculándose en más de tres hijos por mujer la tasa de fecundidad. De seguir a este ritmo Siria puede duplicar sus actuales habitantes, 19 millones, en menos de treinta años.

El Eúfrates

Siria sigue siendo a día de hoy un país en el que la agricultura tiene un peso fundamental proporcionando sus productos, sobre todo el trigo, el algodón y el aceite, casi un 28% del PIB. La vertiente mediterránea es la más fértil del país siendo el clima árido y desértico una realidad evidente conforme se avanza hacia el este y se deja atrás el mar y su benévola influencia. En buena parte del interior del país los escasos oasis reemplazan a las huertas y sólo el caudaloso Eúfrates es capaz de llevar vida y feracidad hacia el yermo y amplio horizonte por donde sale el sol. El Eúfrates, al igual que el Nilo, marca la diferencia entre los espacios vacíos y la civilización y buena parte de los restos arqueológicos y los asentamientos humanos se encuentran en las inmediaciones de esta auténtica vena que nutre de agua dulce el este del país.

Al igual que en tiempos bíblicos por el vasto desierto se mueven rebaños de camellos, en apariencia sin dueño, y cabras y ovejas color canela, pastoreadas, en ocasiones, por un viejo montado en un burro con el pañuelo rojiblanco sobre la cabeza. Las oscuras y abiertas jaimas y los apriscos hechos de espinos y estacas siguen identificando, desde lejos, a estos asentamientos nómadas. A día de hoy enfrente de la mayor parte de las jaimas permanece aparcada una destartalada furgoneta y restos de latas y otros enseres en apariencia inservibles. La sordidez del conjunto, que recuerda a algunas reservas indias norteamericanas, desaparece al contacto con los pastores herederos de una de las más arraigadas tradiciones hospitalarias del mundo.

Los nómadas y beduinos que han sobrevivido básicamente a todos los imperios y ambiciones territoriales sin apenas cambios sustantivos en su forma de vida se ven sometidos en ésta época a novedosos protocolos sociales. Buena parte de los turistas que se acercan a las ruinas romanas de Palmira situadas en las inmediaciones de un frondoso oasis en pleno desierto llevan también contratada una visita a los beduinos acampados en sus cercanías.

Quizás después de la partición de sus territorios tradicionales de pastoreo mediante arbitrarias fronteras pertenecientes a ajenos Estados-nación, el contacto del consumo en forma de ruidosos grupos humanos armados de cámaras y exigencias contribuya al canto del cisne de una de las formas de vida más antiguas del mundo.

Cuentacuentos

En los años en que el explorador inglés Wilfred Thesiger compartió la suerte de las tribus beduinas del sur de Arabia (1935-39) la contemplación de aquellas sufridas fisonomías le trajo a la memoria los pasajes del génesis en los que se habla de los primeros seres humanos de los que se tiene noticia escrita. Las palabras de Thesiger pueden resonar perfectamente en la memoria del visitante que pasee por cualquier ciudad de Siria. Perfiles semíticos de gruesos labios y ojos claros y almendrados, que recuerdan a un felino, se unen en la misma tetería y alrededor de una mesa, con físicos cien por cien latinos que, a su vez, juegan codo con codo a las cartas con otros que por su tez trigueña y rasgos severos dejan entrever un lejano y matizado eco del dorado Bizancio.

Los armenios y los cristianos de los diferentes ritos orientales están tan presentes en la calle como en los zocos y los bazares. No es menos cierto que las narices aquilinas, anunciadoras de la herencia árabe, predominan en los perfiles de una buena parte de los parroquianos de las tradicionales teterías. El aroma dulzón de las narguiles se mezcla aquí con el acre de las brasas encargadas de la combustión del tabaco mientras el milenario aroma del café y el té envuelven a unos parroquianos que al margen de sus orígenes más o menos remotos se ven unidos por un sentido fatalista, lúdico y sensual de la existencia y por un sentido de la curiosidad sólo superado por la hospitalidad que muestran hacia el visitante.

Al parecer, de las noches de Alepo y Damasco, y posiblemente de casi todo el mundo árabe, han desaparecido los cuentacuentos, esos vistosos personajes que hasta hace escasos años declamaban en las teterías las viejas historias mil veces repetidas, corregidas, remendadas y enmendadas por sus narradores. Todos los presentes conocían el argumento y el final de la fábula pero el mérito residía en la particular forma de contar el cuento, de captar la atención del heterogéneo auditorio usando juegos de palabras, improvisación y humor.

En su lugar las grandes pantallas de televisión apoyadas por atronadores altavoces han sustituido a la cultura oral que hunde sus raíces en las historias que Sherezade y el sultán Harun al Rashid protagonizaron en Las mil y una noches. Ahora los culebrones locales captan la atención del auditorio hasta extremos hipnóticos. Ninguna tetería extiende los manteles verdes en las mesas para jugar a las cartas, ni reparte los artísticos tableros del backgammon hasta que el episodio vespertino haya concluido.

Siria, como todas las naciones, atesora un pasado hecho de retales e influencias diversas. El presente se debate entre influencias contradictorias a caballo entre doctrinas radicales y liberalizadoras. El tiempo dirá si la prometedora crisálida se queda en gusano o se convierte en mariposa.


* Periodista, escritor.

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